CÓMO NOS DROGAN

Como persona que trabaja en una profesión sanitaria, tengo la necesidad de contar algo sobre esas drogas que se recetan, llamadas medicamentos, y sobre los criterios que rigen su utilización.
Por : Psylosaurus
Prólogo
diplodocus

Como persona que trabaja en una profesión sanitaria, tengo la necesidad de contar algo sobre esas drogas que se recetan, llamadas medicamentos, y sobre los criterios que rigen su utilización. Se trata de dar un breve repaso a las distintas categorías de los llamados psicofármacos, para darnos cuenta de cómo la psiquiatría y la medicina en general, lejos de promover “un mundo sin drogas”, lo que hacen es guardar celosamente en sus manos la capacidad de manipular el estado de conciencia ajeno. Se pretende que el individuo acabe por ser un extraño en su cuerpo y en su mente, y viva convencido de que sólo el doctor podrá decidir lo que debe ocurrir de su piel para adentro. Una lamentable situación que sólo podemos remediar en la medida en la que aumentemos nuestro conocimiento sobre toda clase de sustancias, tanto si son legales como si no.

En mis días de ignorancia yo fui de los que creyeron que los medicamentos eran buenos y curaban; en cambio, existían las malvadas drogas ilegales, que entraban en otra categoría: la de algo diabólico y más poderoso que las personas… De manera que no me resulta ajena esa superchería tan ampliamente difundida y que los profesionales de la sanidad se ven obligados a seguir difundiendo. La mayoría convencidos.

Pero al estudiar un poco de farmacología y vivir ciertos hechos, vi claro que todas las sustancias están en el mismo saco, compartiendo unos mecanismos biológicos que son universales, y los criterios científicos de su peligrosidad nada tienen que ver con los criterios políticos que rigen la prohibición.

Mi sorpresa fue la conformidad con que toda la clase científica se tragaba lo que no se sostenía por ningún lado. El sesgo con el que se impartían clases: todo un curso de toxicología dedicado a hablar de lo peligroso de las drogas y sin decir nada de los contaminantes que están matando el planeta. La enorme carga ideológica que arruinaba todo rigor al hablar de ciertas sustancias me pareció una práctica de doble pensamiento al más puro estilo Orwell… Y ahí sigue.

Pero no voy a contar mi vida, sino que trataré de exponer cuáles son los fármacos que pueden alterar nuestra conciencia y que están en la farmacia.

Según la “clasificación anatómica” de los medicamentos, que es la vigente, los medicamentos que actúan sobre el sistema nervioso se clasifican en las siguientes categorías:

Anestésicos. que incluyen los analgésicos opiáceos.

Antiepilépticos

Antiparkinsonianos

Psicolépticos

Psicoanalépticos

Otros

Esta clasificación es bastante más compleja y contiene multitud de fármacos. Sería largo y aburrido citarlos todos. A quien le interese le recomiendo que consulte algún catálogo de medicamentos, por ejemplo el “Catálogo de especialidades farmacéuticas” que todos los años edita el Consejo General de Colegios Oficiales de Farmacéuticos.

Anestésicos
Empezando por los anestésicos generales: dentro de ellos encontramos la ketamina. Un fármaco con los días contados: ya se están notificando los casos de “abuso”, y ello suele significar que el fármaco se retira, deja de existir como tantos otros y pasa al ostracismo de la lista l de psicotropos (o a la lV de estupefacientes). Su pecado habrá sido el dar placer a alguien. Eso ellos no lo perdonan. Un anestésico debe dejar inconsciente sin pena ni gloria, o mejor con pena. Pero nunca hacer otra cosa.

Entre los anestésicos locales estuvo en su día la cocaína, pero también se portó mal, y ahora su lugar lo ocupan diversos análogos de menor eficacia pero intachable mérito antieufórico.

Pero en lo que más se ha lucido el criterio antieufórico ha sido en la elección de opiáceos y en su restricción. Tenemos a la morfina como prototipo. La heroína era aún mejor, claro, pero ya cayó en desgracia y ahora se ve que no existe. Los opiáceos sintéticos metadona, pentazozina, buprenorfina, etc. son el resultado de largas investigaciones dedicadas a proporcionar algo que quite el dolor, pero haga sentir mal en vez de bien. Así no hay “potencial de abuso”, dicen. Esto, junto con las dificultades para recetar ese tipo de fármacos, ha hecho y hace que todo tipo de enfermos tengan que soportar grandes cantidades de dolor que serían muy fáciles de eliminar… si no fuera por cuestiones legales.

Ahora hay una tímida tendencia a volver a la morfina, pero sólo en pacientes terminales y que no tengan antecedentes de abuso de drogas. Se les da menos de lo que necesitan y ya en los últimos días, después de haber agotado las posibilidades de la “escalera del dolor”, que es de la OMS y tiene tres peldaños: en el primero se atiborra al enfermo de paracetamol hasta que revienta su hígado y de antiinflamatorios hasta que revientan sus riñones; en el segundo se le añade codeína a todo eso, y ya en el tercero se le puede dar morfina, pero por suerte allí sólo vivirá tres días de promedio y antes de llegar a drogadicto ya estará muerto. O sea que tranquilos.

El tramadol (Adolonta, Tradonal…) es el opiáceo sintético que ahora más se receta y en un régimen más laxo: no hace falta la receta oficial de estupefacientes, sino que va como un medicamento normal. Si uno lo prueba, lo entiende: no vale para nada y tiene muchos efectos secundarios. Sin duda han dado con el analgésico ideal. A casi todos los ancianos reumáticos acaban recetándolo, pero les sienta tan mal que lo dejan.

Antiepilépticos
Dentro de los antiepilépticos encontramos al fenobarbital (Luminal, Gardenal): el último de los barbitúricos que quedan en el mercado. Ahora sólo se receta para prevenir los ataques epilépticos. En su día los barbitúricos fueron tranquilizantes y somníferos ampliamente usados, pero han sido sustituidos por las benzodiazepinas, de las que hablaré en el apartado de tranquilizantes, debido a que éstas realmente tienen menor toxicidad. Antes la gente se suicidaba con barbitúricos; ahora, intentarlo con benzodiazepinas es perder el tiempo… y hacérselo perder a otros.

El ácido valproico (Depakine) y la carbamazepina (Tegretol) son ejemplos de antiepilépticos que también se usan en psiquiatría con otras finalidades. Así encontramos que se da Depakine a niños como tranquilizante y Tegretol como antidepresivo.

Todos los antiepilépticos tienen en común que deprimen el sistema nervioso. Así, el epiléptico tiene que vivir en el embotamiento para no sufrir ataques, con el agravante de que no puede nunca dejar la medicación, pues éstos volverían peor que nunca, dada la habituación que se ha producido en su organismo. Ahí es dónde no se puede evitar el pensar en los efectos terapéuticos de la marihuana contra la epilepsia como una alternativa que la clase médica no debiera desoír. No pretendo decir que estos fármacos no sirvan para nada; seguro que muchas veces no queda otro remedio. Pero debieran ser criterios científicos y de elección personal los que determinaran la elección, y no los actuales criterios políticos y morales.

Antiparkinsonianos
La enfermedad de párkinson se debe a una falta del neurotransmisor dopamina en el cerebro, debido a la destrucción de las neuronas que lo producen. Los antiparkinsonianos, pues, serán fármacos que tratarán de que ese nivel aumente, y lo pueden hacer por varias vías:

1. Como agonistas de la dopamina, es decir, imitando su acción. De ese tipo encontramos derivados del cornezuelo del centeno: bromocriptina (Parlodel), lisurida (Dopergín) y pergolida (Pharken). Todos mencionan como efectos secundarios el poder producir “delirios y alucinaciones”… Y parece factible, pues están emparentados químicamente con el ácido lisérgico, pero emparentados muy de lejos. Que nadie se haga ilusiones: son el resultado de largos años de estudio en que se ha buscado eliminar ese terrible efecto secundario. Una dosis masiva sólo produciría una intoxicación, con graves efectos cardiovasculares, además de vómitos y diarreas.

2. Los que generan directamente dopamina en el cerebro: levodopa/carbidopa (Sinemet), del que no creo que nadie haya “abusado”.

3. Anticolinérgicos: biperideno (Akineton) y trihexifenidilo (Artane). Disminuyen niveles de acetilcolina, lo cual compensa la falta de dopamina. No sólo se recetan a enfermos de párkinson, sino a los tratados con neurolépticos, que veremos a continuación. Se dan para contrarrestar los terribles efectos secundarios de éstos y también se ha hablado de “abuso” por parte de quienes se toman más de lo recetado y dicen que así se sienten mejor.

Que nadie busque en la farmacia un modo de colocarse a base de ingerir grandes cantidades de algo: no queda nada que valga la pena. Llevan décadas retirando meticulosamente todo fármaco del que se haya “detectado abuso”, y han hecho un buen trabajo. Sólo hace falta que algo se pida más de lo que cabría esperar y se intoxique algún incauto para que llegue la noticia a Sanidad y se retire (como el caso del Respirex hace unos años), o se pongan pegas a su dispensación, como en el caso del Katovit i el Cloretilo, por ejemplo.

Y donde no llega la ley, llega el celo de la clase farmacéutica, que tiene buen ojo para detectar a todo hereje en busca de goces mundanos, y les tiene un odio atroz.

Psicolépticos
El término psicolépticos hace referencia a los tranquilizantes. Son los psicofármacos que más se recetan, junto con los antidepresivos y mezclados con ellos y para casi todo mal que aflija al españolito. Se distinguen dos grupos: tranquilizantes mayores o neurolépticos y tranquilizantes menores o ansiolíticos.

Entre los primeros, también llamados antipsicóticos, se encuentran, citando algunos ejemplos:

Fenotiazinas: clorpromazina (Largactil), clozapina (Leponex), tioridazina (Meleril), flufenazina (Modecate)…

Butirofenonas: Haloperidol.

Ortopamidas: sulpirida (Dogmatil). En este grupo son de menor potencia.

Nuevos fármacos: risperidona (Risperdal), olanzapina (Zyprexa).

Están pensados para tratar la esquizofrenia y reducir los brotes psicóticos. Ello se consigue reduciendo la cantidad de dopamina en el cerebro y éste es su mecanismo de acción: dejar a las neuronas sin dopamina. Lo que hacen es vaciar los depósitos de neurotransmisores que hay en la neurona, de modo que éstos sean destruidos antes de poder llegar a su destino. Con ello se terminan los delirios, alucinaciones y reacciones violentas, pero también toda sensación de vivir y toda iniciativa. Hacen sentir realmente mal: impotencia sin ni siquiera posibilidad de rabia. Se puede llegar al extremo de que a uno le ataquen cruelmente y no sea capaz de sentir enfado alguno, porque en sus neuronas no queda adrenalina ni nada que se le parezca.

Los efectos secundarios son de lo peor: sequedad, visión borrosa, retención urinaria, obstrucción de vías biliares, alteraciones sanguíneas, desequilibrios hormonales (no es infrecuente que una mujer pierda la menstruación)… Y los llamados “efectos extrapiramidales”, que son debidos a la falta de dopamina, consisten en dificultades de movimiento y temblores parecidos a los que sufren los enfermos de párkinson (antes hemos visto que en la enfermedad de párkinson hay una falta de dopamina) y que suelen presentarse a quien lleva un tratamiento algo fuerte. Es por ello que también recetan Akineton junto con esos fármacos: para paliar en parte esos efectos.

Pero lo que no podrán paliar serán los casos de disquinesia tardía, en los que el sujeto será víctima de movimientos involuntarios el resto de su vida, aunque ya no tome más el fármaco, ni los de hipertermia maligna, ni los casos en que se destruye la sangre, o el hígado… Si hubiera una droga de diseño capaz de algo así, realmente tendrían razón de prohibirla. Pero tratándose del orgullo de la psiquiatría, se limitan a hablar de “efectos secundarios” y, dado que los clientes de estos fármacos cada vez más son jóvenes desorientados que resulta que han estado tomando de todo, no cuesta mucho imaginar quién va a cargar con el muerto…

Ahora, los nuevos antipsicóticos Zyprexa y Risperdal parecen no tener tantos efectos secundarios. Al menos, a juzgar por su precio, bien tiene que ser así.

A dosis bajas, claro, no aparecerán tan terribles efectos, pero siempre habrá una pérdida de impulso vital y un aumento de apetito que dará lugar a obesidad. A dosis bajas se usan para todo: niños movidos, ancianos que chochean, trastornos psicosomáticos, depresiones y “nervios” en general, bastan para ganarse una receta de Haloperidol gotas o algo parecido: la incomunicación y la conformidad general ganarán mucho con ello. Incluso al moribundo se le dan: “Así no le damos morfina ni ninguna droga y, si sufre, no nos enteramos”, deben de pensar.

Pero los tranquilizantes que más conoce todo el mundo y que probablemente no faltan en ninguna casa no son éstos, por suerte, sino otros más benignos: los tranquilizantes menores.

Se trata de las benzodiazepinas. Tienen otro mecanismo de acción: incrementan el efecto del ya existente neurotransmisor GABA, que es el de frenar el impuls
o nervioso. El GABA se ocupa de relajar el organismo, y lo mismo pretenden las benzodiazepinas. Se dan como somníferos y ansiolíticos, o sea, para reducir la ansiedad, y funcionan. Pero crean adicción. Su síndrome de abstinencia será un exacerbado aumento de las angustias que pretendían evitar y puede llegar a tener forma de crisis epiléptica, ya que comparten mecanismos de acción con los antiepilépticos y, de hecho, pueden también ser usados como tales.

Lo que distingue a unos de otros es la duración de su acción. Así tenemos que hay benzodiazepinas de:

1. Acción corta (unas pocas horas): midazolam (Dormicum), triazolam (Halción), lormetazepam (Noctamid)… Sirven para dormir. Al día siguiente su efecto habrá desaparecido prácticamente. Aquí también tenemos al zolpidem (Stilnox), que se considera un análogo de las benzodiazepinas y cumple a la perfección la obra de misericordia de hacer dormir al que no puede.

2. Acción larga (más de 24 horas): diazepam (Valium), bromazepam (Lexatin), clorazepato dipotásico (Tranxilium)… Se recetan como ansiolíticos y con ellos el sujeto permanece sedado todo el día, muchas veces con la creencia de que con ello se está curando de algo.

3. Acción intermedia (entre las dos anteriores): flunitrazepam (Rohipnol), alprazolam (Trankimazín), lorazepam (Orfidal)… Aquí se pretende combinar el efecto somnífero con el ansiolítico.

Se suelen recetar combinados, y a una misma persona se le va cambiando de uno a otro. A ciertos heroinómanos que están en tratamiento de “desintoxicación”, se les trata con un cóctel de Rohipnol, Tranxilium 50, Trankimazín 2 mg, y puede que algún otro más, lo cual es para tumbar a un elefante.

Después, unos y otros andarán mendigando recetas, pidiendo el medicamento sin receta, acudiendo a urgencias a que se la hagan. Todos igual de desesperados: el yonqui y la señora que no podía dormir y ahogó sus problemas en lo que le dieron como medicina y luego dejaron de darle sin más explicaciones. Jamás se conocerán ni se sabrán iguales.

Luego está el que simplemente pide “algo para dormir”. Para éste, la moderna ciencia tiene reservado un par de fármacos que quedaron obsoletos hace muchos años como antihistamínicos de primera generación: la difenhidramina (Nytol) y la doxilamina (Dormidina). Se usaban para la alergia, pero con muchos efectos secundarios, entre ellos el de producir somnolencia, una nada agradable somnolencia. Y ahora para dormir es para lo que se venden, y a un precio muy actual.

En mi opinión, éstos son fármacos que conviene tener a mano para usar en un momento dado como lo que son: tranquilizantes. Ese momento bien puede ser la vuelta de un mal viaje, o el mal viaje mismo, o cuando toca ralajarse y eliminar las tensiones producidas por cualquier derivado anfetamínico. Los de acción corta siempre serán más rápidos y manejables, pero cualquiera vale.

La pega es que no los venden sin receta, pero seguro que en todas las casas hay alguno.

En cambio, en lo que se refiere a tranquilizantes mayores, son los psicofármacos a los que menos pegas se pondrá para su adquisición; será fácil comprarlos sin receta. Se considera que “no tienen potencial de abuso” y por ello “son menos peligrosos”. Otra muestra de cuál es su criterio de peligrosidad.

Psicoanalépticos

Dentro de los psicoanalépticos encontramos a los estimulantes y los antidepresivos.

En cuanto a estimulantes, atrás quedaron ya los tiempos de la Centramina y otras anfetaminas potentes que se vendían como medicamento. Ahora sólo queda el metilfenidato (Rubifen), el prolintano (Katovit) y la pemolina (Dynamín). El primero resulta ser el más potente y controlado. Sólo lo recetan a niños hiperactivos, a los que hacen tomar dos y hasta tres comprimidos diarios. Pobres criaturas!… Pero consideran que prácticamente no hay ningún motivo por el cual un adulto deba tomar esto.

Los segundos son de baja potencia y llevan, además, un complejo vitamínico. Su indicación es la astenia que produce la convalecencia, por ejemplo, de una gripe (como si uno no tuviera derecho a descansar en esos días!) y el que recetan es el Dynamín, por ser poco o nada euforizante. El Katovit ya tiene cierta mala fama, que va por épocas y por zonas, pero que supongo que acabará con su retirada.

Otro grupo de anfetaminas que había eran las de perder peso: anfepramona (Delgamer), fenfluramina (Ponderal), dexfenfluramina (Dipondal), fenproporex (Tegisec), etc., dado que uno de los efectos de las anfetaminas es quitar el apetito (momentáneamente, claro, como todo lo demás…). Ya están todas retiradas por ocasionar problemas cardíacos. Y es que no se habían seleccionado las menos tóxicas, sino las menos euforizantes, por aquello de “evitar el abuso”, como siempre.

El mecanismo de acción de todas las anfetaminas es doble: por un lado, imitan a neurotransmisores tales como adrenalina, noradrenalina y dopamina, cumpliendo con su función excitadora. Por otro, hacen que la neurona suelte sus reservas de neurotransmisores, pero no en saco roto como hace con los neurolépticos, sino en el sitio que toca. El resultado es el efecto estimulante, con toda clase de matices según la sustancia, claro, que luego deja paso a la fatiga, porque se han agotado las reservas. Ni que decir tiene que son sustancias de las que no conviene abusar por el desgaste que ello produce. Pero sí habría que poder elegir la situación y la sustancia y no encontrar que todas las que valían la pena están en la lista I, mientras hay otras que se están dando a niños para mentenerles atentos, (¿a qué?) como si de algo inofensivo se tratara.

Aparte, encontramos también como estimulantes a la cafeína y una serie de fármacos llamados nootrópicos, que se supone que hacen que la neurona reciba más oxígeno. Su efecto es irrelevante.

Los antidepresivos son, en el fondo, un tipo de estimulantes a largo plazo. Los hay también de varios tipos según su mecanismo: pero no entraré ahora en ello, porque resultaría demasiado extenso. Sólo recordar la especial precaución que hay que tener con los llamados inhibidores de la monoaminooxidasa (IMAOs), que dan lugar a múltiples y peligrosas interacciones.

La depresión es un tema bastante más complejo como para pretender “curarla” con esos fármacos, que lo que hacen es paliar sus síntomas y permitir que el sujeto siga funcionando, que es lo que cuenta. He asistido a conferencias sobre la depresión en las que se empezaba por citar las pérdidas económicas debidas a las bajas laborales por depresión y se terminaba por considerar como mejor fármaco aquel capaz de reducir más estos días de baja y hacerlo a un menor coste. Sin comentarios.

Luego, claro, siempre se han retirado los que producían algún tipo de euforia para evitar abuso. Tal es el caso del Survector.

A los pacientes deprimidos se les suele dar un cóctel de antidepresivo y tranquilizante (menor, mayor o ambos) y se les va cambiando la medicación a lo la
rgo del tiempo. Si se ponen demasiado alegres, se les dan neurolépticos, para luego volver a los antidepresivos, y así sucesivamente. Quizá se les diga que “su enfermedad se va a curar”, pero no he visto a nadie que se escape de la cronificación. Y así es como se considera a la depresión de puertas para adentro: como una enfermedad crónica que siempre habrá que ir controlando.

En el apartado “otros”, hallamos básicamente aquellos fármacos que se emplean para la deshabituación. Aquí vemos que hay vicios y vicios: al fumador todavía se le considera un ser inteligente y se le da nicotina en forma de parches o chicles para que substituya los cigarrillos, y se le indica cómo debe de ir bajando la dosis, lo cual parece un modo razonable de dejar algo: ir bajando y aguantar, previo estar mentalizado, claro.

Pero a otros ya se les considera de modo distinto y se recurre a algo tan pedagógico como una descarga eléctrica si no te portas bien. Así tenemos la carbamida (Colme) y el disulfiramo (Antabús), que interfieren el metabolismo del alcohol, de modo que el que toma eso y bebe se pone mal a morir (con auténtico peligro para su vida) y se supone que así va a dejar de beber.

A los yonquis se les dan antagonistas opiáceos (naltrexona, por ejemplo), que son sustancias que bloquean los receptores opioides, de modo que si se pinchan, no sentirán ningún efecto. Se pretende, así, que crean entonces que “la droga no vale para nada” y se olviden, sin más…

La naltrexona (Antaxone), parece ser la quinta esencia del control de todo vicio: no sólo impide la acción de la morfina y derivados, sino la de las propias endorfinas que se generan cuando algo produce gratificación (tal es el caso del alcohólico: el alcohol le hace generar endorfinas y por eso bebe, a falta de otra cosa). Ese algo puede ir desde una sustancia hasta un comportamiento.

Endorfinas, dopamina, lo que sea: llevan años buscando como locos cuál es el centro del cerebro que genera los deseos para anularlo y hacer que la existencia sea algo mecánico, insípido, y muy, pero que muy controlado.

Así, el “psiquiatra”, que por su nombre debiera ser experto en curar el alma, resulta ser un timorato funcionario del sistema, experto en homogeneizar y llevar a la “normalidad” a todo individuo que de ella se aparte. Para ello irá dando palos de ciego con distintos fármacos hasta hallar la combinación de la cual resulte una mente que no busca ni pregunta en un cuerpo que aguanta: el ciudadano que viene.

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18 Respuestas a “CÓMO NOS DROGAN

  1. Muy buen artículo. Me parece que hay que subrayar más el daño que hacen las benzodiazepinas por la extensión de su uso. Y un punto más: la ignorancia imperdonable en que se encuentra el mundo médico de lo que se llama “síndrome de abstinencia prolongada” de las benzodiazepinas. Es decir, que los síntomas de la abstinencia, cuando se las quita, pueden durar más, -y muchísimo más-, que veinte días. Alguna gente conserva, como recuerdito, esos síntomas toda la vida.

  2. Muy bueno. Lamentablemente creo que a oídos de quienes padecen los efectos más graves de la medicación esta perspectiva casi no llega; se hacen fieles creyentes de lo que el médico dice como si se encontrase en posesión de la verdad, sin darse cuenta de cómo de esa manera pierden toda responsabilidad sobre sus vidas así como su capacidad de crítica.

  3. – En tiempos conocí a un chico el cual empezó a visitar al psiquiatra con tan solo 17 o 18 años esté le receto psicofarmacos el chico los tomó hasta hoy en dia, pues hoy en dia me e hecho con informacion sobre el y su psiquiatra q aun lo conserva, bien el psiquiatra se a hecho politico pues este paciente va detras suyo por internet y por sus foros defendiendolo como si se tratasde de su propia vida, ¿la pregunta es le a han lavado el cerebro a base de psicofarmacos?¿el psiquatra busca votantes a base de psicofarmacos? no lo se …
    tb buscando informacion de este psiquiatra q ahora es politico me di cuenta q habia tenido detenciones en los años 70 por revolucionario un autentico delincuente de aquella epoca o un enfermo mental hoy en dia de los megalomanos… bueno el caso es que no hay q votar a esa gentuza, por q al unico q e visto protestar es al tio ese, y lo defiende a capa y esapada, menos mal q aun tenemos ojos y vemos lo q pueden llegar a hacer con estas mierdasy sabemos controlar nuestras propais vidas

  4. Hola, quería discrepar, en lo que se refiere a lo que comentas de los tranquilizantes “mayores” (neurolépticos/antipsicóticos). Como dices, en dosis bajas los efectos son menores.

    He visto a profesionales tener “éxito” con pacientes, utilizando dosis bajas. El efecto (hablamos de la nueva generación de neurolépticos —olanzapina y demás), se reduce a una ligera sedación que permite al paciente controlar sus delirios o sus desajustes emocionales. El resto de los efectos, a esas dosis, y en los pacientes adecuados, sí funcionan (no hablo por hablar). No generan dependencia, y no estoy de acuerdo en lo que dices de “perdida emocional o vacío” que generan.

    Un individuo que padezca esquizofrenia o trastorno bipolar o esquizoafectivo, si tiene, eso sí, MUCHA SUERTE, y claro una búsqueda incesante de un profesional competente, agradecerá, a medio-largo plazo, los efectos que esos medicamentos van a proporcionarle.

    Y si se combinan con “estabilizadores del ánimo” (como la lamotrigina, p.e.), las perspectivas de recuperación pueden llegar a ser decentes o incluso muy positivas.

    Sólo quiero decir que los casos de “éxito” son menos de los deseados, pero existen, y se sustentan en el compromiso firme del paciente en medicarse y resistir desde esa decisión. A medio-largo plazo, los resultados pueden llegar a ser, sorprendentemente positivos.

    No hay que demonizar las drogas “modernas”. Los psicofármacos existen por algo.

    El que un paciente diagnosticado de esquizofrenia pueda descansar unas horas, o el que una persona con trastorno esquizoafectivo, pueda desarrollar su emocionalidad hacia la empatía, normalizada, creo que debe valorarse de forma positiva.

    Esta otra cara también es real. Otra vez, parece que todo depende de las dosis.

    Salu2 y suerte

  5. A los que son realmente esquizofrénicos hablando neurológicamente los antipsicóticos les hace el efecto calmante en los sanos el efecto acatisico es predominante. Pero discrepo con los anticonvulsionantes usados como eutimizanes a los psicóticos no se les da ningún tipo de bloqueante de sodio porque en definitiva los antipsicóticos permiten que los canales de sodio estén activos al inhibir el receptor D2 por eso a los bipolares en fase de manía les dan antipsicóticos y les quitan los anticonvulsionantes (bloqueantes de sodio).

  6. No estoy de acuerdo con los dos comentarias,

    Si con quien escribe y critica el uso de estos farmacos.

    Como podria contactar con quien a escrito este articulo?.Por favor,me gustaria preguntarle unas cosas

  7. llevo desde los 27 años tomando tranxilium y si que te cambia bastante, tiene muchos efectos secundarios.. dejarlo es casi imposible. Dentro de los efectos secundarios (entre otros) está la falta de deseo sexual, falta de erecciones y retardo en el orgasmo. Ahora tengo 42 años y lo sigo tomando, no hay manera de dejarlo porque el mono es muy fuerte, e incluso bajando la dosis poco a poco me hes imposible. Si hay alguien que sepa alguna alternativa al tranxilium que no tenga efectos en la sexualidad, se lo agradecería mucho. Gracias

    • Llevo 10 años tomando tranxilium, sí que es posible dejarlo, las he dejado tres veces y ahora voy por la cuarta, sí que se puede, pero hay que ser consciente de que para dejarlas hay que sufrir mucho, o como otras dos veces fue fácil…… Lo difícil es no volver a retomarlas……esta cuarta vez no se lo que me costará….él triptofano puede ser de gran ayuda. Cualquier información que se me pueda dar me es valida

  8. Ni estoy en desacuerdo, ni estoy en acuerdo, con lo que dice este autor,hay que saber mucho más de medicina de lo que sabe este autor. sin embargo el uso de antipsicóticos , los neuroléptcos se da de una forma exacerbada, ya que “las cosas extrañas y / raras o no todavía conocidas” no tienen que ser falsas , desmesuradas o psicóticas.Hay mucha gente que no los necesita y mucha gente que los necesita. Hay que saber que dar y cuando dar, y para eso es necesario que los psiquiatras sean vocacionales y estudiar durante toda su vida medicina y medicamentos y sobretodo, no sólo aprobar los exámenes si no tener por lo menos un 99,9% de sabiduría sobre esta carrera y mantenerla con las actuualizaciones.

  9. Pingback: A vueltas con el ibuprofeno y sus “alternativas”, en el punto de mira | Red de Medicamentos ALAMES·

  10. Es lamentable que una persona que haya tenido.contacto con la sanidad tenga este tipo de pensamientos, primero pq debes saber que existen trastornos mentales derivados de la inexistencia o hipofuncion de neurotransmisores cerebrales, de los cuales aun no se ha investigado lo suficiente pero gracias a acuerdos internacionales se toman uno u otro protocolo, en nada se beneficia un medico en “ser el dueño de otras vida” pq créeme , hay muchos pacientes y si hay q alterar el contenido del pensamiento de algún paciente psiquiátrico es para q no se haga daño a el mismo o a otras personas; de todo existe en la vida pero te aseguro que cada uso tiene su ratón y si bien hay efectos secundarios, estos los encuentras hasta en el fármaco con menos compuestos , siempre el paciente o el familiar tendrá la opción de no cumplir el tratamiento y quedarse con su dolencia, el médico cumple con su deber. .. si yo fuese una paciente psiquiatrica y tuviese q elegir entre tener alucinaciones y ser dependiente de un fármaco elijo lo segundo, sobre todo por el sufrimiento q genera a los pacientes y para eso está la medicina… “primun non nocere” analiza bien los motivos q has tenido para plantear las cosas d esta manera …. recuerda q lo q sabemos es una gota y lo q ignoramos el oceano

  11. La verdad que con este articulo diste en el ojo!! tendrian que mostrarle esto en la cara y antes que mueran estos abusantes de la medicina, diplomaticos arruina almas, tendrian que darle el mismo remedio, yo te contaria mi historia, simplemente abreviando el haripedidol me da ataques de mas de 3min , como epilepticos, CONSEJO ANTES DE TOMAR MEDICACIONES LEER EL PROSPECTO!!

  12. Yo tuve ataques de celos y el psiquiatra me recetó fluoxetina y olanzapina combinada deje ese tratamiento y lo cambie por marihuana y me ayudo mas el cannabis jaja

  13. Yo por suerte o por desgracia he conocido gente esquizofrénica y gente bipolar y cuando tienen una crisis severa toman la medicación pero en cuanto se ven bien la dejan por que viven siempre en la cuerda floja de tener crisis y estar muertos en vida sin ilusión, anodinos, sin deseo sexual, etc si funcionarán tal y como dicen no estarían ahora lo tomo ahora lo dejo ahora lo vuelvo a tomar

  14. ESTOY TOTALMENTE DE ACUERDO CON TODO LO QUE DICE ESTE ARTICULO,PUES LO HE VIVIDO EN MI PROPIA PERSONA,HE PASADO DE SER UNA PERSONA TOTALMENTE SANA,NO BEBO ALCOHOL,NI FUMO TABACO,NUNCA HE CONSUMIDO NINGUN TIPO DE DROGA,NI SIQUIERA UNA CALADA A UN PORRO COMO SE DICE VULGARMENTE Y TODA ESTA GENTUZA ME HAN CONVERTIDO EN UNA DROGADICTA LEGAL,Y LUEGO ME DICEN ESTOS DESGRACIADOS QUE ESTO. NO SON DROGAS,MALDITOS MALNACIDOS,AHORA NO SE COMO SALIR DE ESTO

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