¿Qué no es una enfermedad mental?

Extracto de Mitos y realidades en salud-enfermedad

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En el otoño de 1984 G, un economista de 40 años de edad, es llevado por la policía desde la cárcel hasta una sala de consulta de un hospital psiquiátrico. Cuatro meses antes, mientras buscaba el domicilio de un amigo, agentes de la policía descubrieron un libro, escrito por G, en el que criticaba el sistema económico de su país. En este libro, G, se definió como un “economista de ideología comunista” y un patriota. Utilizaba un lenguaje igual que el “oficial” y “aprobaba” ideas políticas y económicas vigentes en su pais. El argumento del libro se centraba en las reformas de la economía del país con el fin de producir una mayor prosperidad y mayor estabilidad económica en el país. G fue arrestado y acusado de “realizar propaganda antigubernamental en contra del Estado socialista”. Debido a que no se mostró totalmente cooperador, G fue llevado por la policía a que se le practicara un reconocimiento de tipo psiquiátrico. El investigador de la policía describe en un documento que “existen suficientes razones para sospechar que el detenido sufre de una enfermedad mental, responsable de su conducta y ha provocado serios delitos contra el Estado”.
El prisionero llega esposado, muy ansioso y asustado. Al inicio de su discurso, el psiquiatra anota que el individuo posee “ojos penetrantes y ardientes”. Durante la entrevista, el prisionero insiste en su derecho de tomar nota y de escribir todo aquello que se le pregunta; al serle negado este derecho, el prisionero se niega a hablar. En la sala de consulta, rodeado de policías, se encierra en sí mismo y se le describe “retraído, con la mirada perdida en varias ocasiones y con un rechazo persistente a hablar”. G fue hospitalizado en ese momento. El personal del hospital mencionan estar preocupados por su “atención excesiva” hacia la comida que se sirve en el hospital, y de que la medicina ha sido puesta en la comida, y lo describen “con delirio de persecución”.
En la primera semana, el detenido pide ver al director del hospital y cuando éste acude, G lo enfrenta por el hecho de haber sido acusado injustamente. G niega la naturaleza criminal de su actividad y argumenta que lo que hizo fue escribir solamente un libro sobre la economía del Estado, al ser su profesión la de escritor. Las notas tomadas en el archivo local revelaron que el detenido no realizó el servicio militar debido al diagnóstico de “neurosis”, establecido por un psiquiatra en la clínica de salud mental local. Las notas de la historia clínica le describían como un muchacho “preocupado por la historia y las matemáticas, con una excesiva preocupación por su salud”. Aparentemente el detenido fue visto en la clínica de salud mental solamente tres veces y nunca requirió ningún tipo de tratamiento. El psiquiatra no pudo entrevistar a la familia de G o a sus amigos y colegas. Se lo prohibió la policía ya que por la peligrosidad del detenido la policía quiere mantenerle incomunicado antes de iniciar el juicio.
De este modo, el psiquiatra nuca supo que el detenido era un “estudiante ejemplar” de una universidad estatal o que era admirado por sus colegas El psiquiatra tampoco supo que el detenido habia estado casado durante 18 años, que mantiene estrechas relaciones personales con varios amigos, ni tampoco pudo leer el libro de G que presumiblemente era producto de una mente enfermiza. A la tercera semana un comité de expertos, compuesto por tres psiquiatras, confirmó el diagnóstico de esquizofrenia realizado por el primer psiquiatra que atendió a G y el comité de expertos recomienda tratamiento psiquiátrico para G “por su incapacidad de poseer una actitud crítica hacia su propia enfermedad y por un rechazo a recibir tratamiento médico adecuado”.

El psiquiatra que describe este caso (en Spilzer, Gibbon, Skodol el aJ., 1996: 454-458) sugiere que la policía sabía que el Estado tendría una dificultad considerable para condenar a G, ya que debía demostrar que sus intenciones eran “dañar y perjudicar los intereses del Estado socialista”. Debido a que G era una persona persistente, un juicio público incomodaría al gobierno. Como se le diagnosticó un trastorno de tipo psiquiátrico que lo excluyó del servicio militar, la policía pensó que un juicio seria innecesario y que la credibilidad de las ideas de G seria menor si su comportamiento se atribuía al hecho de padecer una enfermedad mental.
Al psiquiatra se le proporcionó una información inadecuada e inexacta, no tenía acceso a la familia de G ni a sus amigos, y atendió a un hombre atemorizado, que rechazó todo tipo de tratamiento. Actuando en un sistema social con un margen extremadamente estrecho de “conductas permitidas” y con una profesión medica que utiliza un concepto de esquizofrenia extraordinariamente amplio, el psiquiatra podría haber sido sincero a la hora de considerar a G como un enfermo mental. Puede ser posible, también, que el psiquiatra usara su poder de manera cínica y nada profesional para establecer el diagnóstico, decidir el ingreso y tratar al paciente con el fin de satisfacer las demandas de la policía para deshacerse de este hombre “problemático”.
A diferencia del psiquiatra que atendió a G, nosotros apreciamos que en este caso no existe ninguna evidencia de signos y síntomas para establecer la presencia de un síndrome psiquiátrico. Las aparentes dificultades que presenta “el paciente” son el resultado de la interacción de su muy particular forma de ser y de pensar, en una sociedad opresiva y poco tolerante a las críticas. Éste es un ejemplo de lo que no es una enfermedad mental, sino un caso del uso de la psiquiatría como una práctica medica que atiende otros intereses y necesidades al margen de la enfermedad.

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