La invención de trastornos mentales

Mariano Pérez con Héctor González, investigadores universitarios expertos en psicología clínica y psicofarmacología, han escrito un libro necesario, La invención de los trastornos mentales.

Breve reseña:

La invención del trastorno de estrés postraumático

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Libro dentro

El trastorno de estrés postraumático es un ejemplo paradigmático de lo que se viene diciendo. Figura hoy día como una categoría diagnóstica definida en el DSM-IV, lo que le confiere carta de naturaleza, cual entidad clínica objetiva que estuviera ahí dada, poco menos que desde siempre, para su diagnóstico.
Sin embargo, su historia es bien reciente y perfectamente conocida, de manera que se sabe cómo ha llegado a ser la categoría que es. Ha llegado a ser la categoría que es en virtud de una «armonía de ilusiones» . Como se recordará, los veteranos de la guerra de Vietnam presentaban una variedad de problemas de adaptación a la vida civil. Esta variedad de problemas incluía alcoholismo y otras drogodependencias, violencia, irritabilidad, problemas del sueño, depresión, ansiedad, miedo, esquizofrenia paranoide, etc. A pesar de que estos problemas ya estaban tipificados en la clínica vigente, la sociedad no se hacía cargo de ellos, del modo que lo hacía de los problemas consistentes en traumas físicos, merecedores de recompensa. Así, se inició un proceso de reclamación tratando de vincular los problemas actuales a traumas psicológicos acaecidos en actos de servicio en la guerra, lo que había que hacer visible. En dicho proceso participarían además de la reclamación de veteranos, las formulaciones psiquiátricas, los argumentos judiciales, la reivindicación moral y la presión política hasta que, finalmente, se reconocería esta problemática como categoría diagnóstica (en el DSM-III, en 1980).

La variedad de problemas presentados inicialmente se convertiría en unos cuantos síntomas supuestamente característicos de la experiencia traumática. Así, las preocupaciones propias de la ansiedad se convertirían en «reexperiencias intrusas», las reacciones fóbicas en «conductas de evitación» y la irritabilidad y los problemas del sueño en «activación autonómica aumentada». El cuadro de estrés postraumático quedaría constituido por síntomas consistentes en reexperiencias intrusas, conductas de evitación y activación aumentada. A pesar de la heterogeneidad de los síntomas y de que los sistemas nosológicos no se comprometen con las causas, el trastorno de estrés postraumático viene dotado con una explicación etiológica: el trauma. Por lo demás, se trata de una etiología de origen exógeno, de carácter social, algo que el sistema clasificatorio no se atrevería a decir de los distintos problemas que constituyen este cuadro. Es más, la arquitectura hace inteligible (de una forma narrativa) la conexión entre la causa pasada y los efectos posteriores, cualquiera que sea el tiempo transcurrido. En realidad, la evidencia de la experiencia traumática deriva de la memoria del paciente, dando por hecho la dificultad para el acceso a tales recuerdos, supuestamente codificados de alguna manera que habría que descubrir.
Una vez definido, el cuadro acoge, reduce y canaliza la diversidad de problemas presentados en su día por los veteranos de la guerra del Vietnam y después por toda una diversidad de casos, entre ellos los debidos supuestamente a abusos sexuales.
Por lo que respecta a los veteranos, lo que iría sucediendo a partir de su definición oficial es una suerte de adaptación de los casos al cuadro. No sólo las preguntas del clínico serían fáciles de satisfacer para completar el cuadro, sino que además se desarrollaría toda una literatura y cultura del trauma, de modo que los aleccionados veteranos presentarían un cuadro de «estrés postraumático», permítase decirlo, por la cuenta que les tenía.
Comoquiera que sea, la categoría diagnóstica, elevada al DSM-III, supondría el reconocimiento oficial (público y político) de un doble padecimiento de los veteranos del Vietnam; por un lado, de los propios padecimientos acaecidos en la guerra y, por otro, del olvido de la sociedad. Como dice Young:
La patología psicológica de un individuo, el microcosmos, refleja la patología moral de la colectividad, el macrocosmos social. El secreto colectivo es una ignorancia voluntaria de actos traumáticos y una negación del sufrimiento postraumático. Los pacientes son víctimas dos veces: víctimas de las perpetraciones originales y víctimas de la indiferencia social. El acto terapéutico de sacar el secreto a plena conciencia está ahora inextricablemente ligado a un acto político. Los veteranos de Vietnam son las primeras víctimas traumáticas que demandan reconocimiento colectivo, y ellos son seguidos por víctimas de otros traumas suprimidos tales como el incesto infantil y la violencia doméstica .
La cuestión estaría en si dicho reconocimiento tiene que ser a costa de una categoría clínica y en qué medida la actuación clínica correspondiente está cumpliendo más una actuación política y moral que propiamente clínica. Siendo así, se trataría de una iatrogenia cultural, por dejarlo en una de las iatrogenias tipificadas por I. Illich .
Una vez establecido el cuadro, se independiza de su origen y se extiende a toda una variedad de situaciones. Aunque los criterios para el diagnóstico parecen estrictos, en la práctica se avienen a cubrir una diversidad de circunstancias, incluyendo supuestos traumas sin evidencia de que hayan ocurrido.

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De cómo la depresión ha alcanzado proporciones epidémicas

La depresión se ofrece hoy como el trastorno psiquiátrico probablemente más frecuente. De hecho, alcanza proporciones, se podría decir, epidémicas. Tener depresión se ha vuelto algo tan natural como tener catarro. No es sólo un diagnóstico que se prodiga en la clínica, sino que es también usual entre la gente. Tampoco es sólo un asunto de adultos sino que alcanza igualmente a los niños. Es más, la gente del Tercer Mundo tampoco parece estar a salvo. En general, se estima que del orden del 10-15% de la población padece de depresión, llevándose la mayor parte las mujeres. Según esta estimación, habría, por ejemplo, cien millones de chinos con depresión (y sin saberlo).
Sin embargo, esta prevalencia de la depresión es, en realidad, cosa de los últimos 25-30 años, desde los años de 1980. Aunque la depresión formaba parte con su nombre del elenco clínico desde la mitad del siglo XIX, nunca fue una categoría clínica principal. Primero, en tiempos de Charcot y de Freud, porque el campo estaba capitalizado por la histeria y, después, bajo la influencia psicoanalítica, porque lo estaría por la neurosis de ansiedad. La depresión figuraba en el DSM-II, de 1968, como neurosis depresiva. De hecho, durante los primeros ochenta años del siglo XX fue considerada un diagnóstico raro . Mientras que solamente del orden de cincuenta a cien personas por millón habrían sufrido lo que era entonces la melancolía, las estimaciones actuales de la depresión son de cien mil por millón . Este boom de la depresión empezaría con el DSM-III y los nuevos antidepresivos.

El DSM-III, de 1980, todavía en tiempos de la ansiedad, repartió la neurosis de ansiedad en varios trastornos (ansiedad generalizada, fobia social, ataque de pánico, estrés postraumático y trastorno obsesivo- compulsivo) y convirtió la neurosis depresiva en depresión propiamente. Sería a partir de la revisión del DSM-III de 1987 (DSM-III-R) cuando la depresión alcanza una variedad de especificaciones, desde episodios depresivos hasta trastornos depresivos varios (depresivo mayor, distímico, no-específico). (Véase DSM-IV).
Los primeros antidepresivos fueron desarrollados a finales de la década de 1950 (véase más adelante, Segunda Parte, capítulo «El descubrimiento por azar de los psicofármacos»). Sin embargo, los laboratorios implicados, Geigy y Roche, estaban poco interesados en los antidepresivos y no hicieron nada por promover estos preparados. Los clínicos raramente se encontraban en su consulta con la depresión. Fue otro laboratorio, Merck, el que se interesó en 1961 en lanzar la amitriptilina para la depresión. A este respecto, distribuyó entre médicos y psiquiatras 50.000 ejemplares de un libro recién editado titulado Recognizing the depressed patient (de E J. Ayd). La amitriptilina llegó rápidamente a ser el preparado más vendido de su grupo, pero, aun así, los antidepresivos no dejaban de ser los primos pobres de los tranquilizantes. Y es que se estaba todavía en los tiempos de la ansiedad y por lo que respecta al mercado farmacéutico en la era del Valium.
El Valium, sin duda más popular, compartía el mercado con el Librium, otra benzodiazepina. Tanto el Valium como el Librium habían sido debidamente lanzados para abrirse un hueco en las farmacias y botiquines caseros. Los médicos fueron advertidos de que una proporción significativa de las quejas de sus pacientes podían ser manifestaciones de ansiedad. Pronto el Valium llegaría también a los estudiantes y a las amas de casa. Así, sería el medicamento más vendido en la década de 1970. La era del Valium vino precedida, a su vez, por el lanzamiento del meprobamato bajo el nombre comercial de Miltown en 1955, que también haría época. De todos modos, la era del Valium y, en general, de las benzodiazepinas llegó a su final en torno a 1980 cuando se supo que podrían crear adicción. Es de señalar que por las razones que sean, las benzodiazepinas siguieron un camino de éxito en Japón13. Pronto llegaría, a finales de la década de 1980, la era de los antidepresivos y, por lo que respecta a los medicamentos emblemáticos, la marca sería el Prozac. Son los tiempos de la depresión. El hecho de que la emergencia de unos trastornos a costa de otros se deba, en buena medida, a lanzamientos comerciales se puede percibir en que la continuada vigencia de los tranquilizantes en Japón hizo que el mercado de los antidepresivos fuera pequeño allí, al punto de que el Prozac no estuvo disponible hasta finales de 2003. Queda por ver si la depresión hará época también en Japón (no es que no haya depresión allí, sino que llegue a ser epidémica). Por lo que respecta a los ya aludidos potenciales cien millones de chinos deprimidos sin saberlo todavía, probablemente se encargarán las compañías farmacéuticas de informarlos.

La cuestión es cómo la depresión se ha convertido en una epidemia. Ya no será una sorpresa decir que tiene que ver con el lanzamiento de los antidepresivos. La sorpresa sería, si acaso, que los nuevos antidepresivos no son tan eficaces como los clásicos, particularmente, en las depresiones severas, ni están exentos de los efectos secundarios, según se ha dado a entender, donde figuran nada menos que el suicidio, la violencia y la manía14. Los nuevos antidepresivos son tan eficaces como los clásicos en las depresiones moderadas, ciertamente la mayoría, pero también remediables de varias maneras, desde la terapia con base en hierbas (hipérico o hierba de San Juan) hasta psicoterapias breves. Igualmente, puede ser una sorpresa saber que la fluoxetina (genérico del Prozac) no supuso ningún descubrimiento específico de las supuestas bases bioquímicas de la depresión.

2 Respuestas a “La invención de trastornos mentales

  1. Hola… Estoy tratando de comunicarme con repsi… Me pusieron una inyección de Risperidona de deposito entre otras cosas, despues me pasaron a olanzapina y quiero recuperarme y estar nuevamente sin medicación… Tiene mucha afinidad por los reseptores esta Risperidona? solo fue un mes de la dosis mas baja pero tambien me dieron oral… Cómo se deja de apoco?… Tengo miedo que me desacomode y enpiese a alusinar, etc… yo solo tenia un problema de controlar la preocupasión. Hace / años me dieron un coctel de medicación por shock emosional dijeron x 4 meses y me habia recuperado bastante… los oidos nunca se me recuperaron…

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