La Locura en el Diván

Culpando a la víctima durante el apogeo del psicoanálisis

Edward Dolnick

locura-divan

La locura en el diván combina la inmediatez de la mejor prosa e investigación periodística con la profundidad de una historia minuciosamente documentada que nos demuestra que ciertas teorías sobre las enfermedades mentales han hecho más mal que bien.

En la era dorada de la “terapia del habla”, las décadas de los años cincuenta y sesenta, la psicoterapia no veía límites a lo que podía hacer. Creyendo que realmente habían explicado el origen de la guerra, la homosexaulidad, el anti-semitismo y toda una suerte de trastornos neuróticos, pusieron manos a la obra para conquistar uno de los más feroces enemigos de la humanidad: la enfermedad mental. En La locura en el diván, el consumado escritor científico Edward Dolnick nos explica la trágica historia de dicha confrontación.

Edward Dolnick: Escritor americano, en otros tiempos escritor científico en el Boston Globe. Ha sido publicado en el Atlantic Monthly, el New York Times Magazine y el Washington Post, entre otras publicaciones. Sus libros incluyen Madness on the Couch: Blaming the Victim in the Heyday of Psychoanalysis, Down the Great Unknown: John Wesley Powell’s 1869 Journey of Discovery and Tragedy Through the Grand Canyon y The rescue Artist: A True Story of Art, Thieves, and the Hunt for a Missing Masterpiece. Vive en el area de Washington D. C., esta casado y tiene dos hijos.

«¿Por qué tantas personas inteligentes quedaron deslumbradas por el psicoanálisis freudiano? ¿Por qué lo utilizaron de formas tan absurdas en detrimento de su disciplina científica y de sus pacientes? El libro de Dolnick nos muestra de un modo nítido lo fácil que fue y nos hace preguntarnos que otra farsa se nos presenta actualmente como sabiduría.»

J. Allan Hobson, Profesor de Psiquiatría, Universidad de Harvard y autor de The Dream Drugstore

http://www.liebremarzo.com/blog/la-locura-en-el-divan

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Extracto del prólogo:

Los discípulos de Freud explicaron esta rigidez como una simbólica renuncia al mundo. Cuando los terapeutas pasaron de la enfermedad de Parkinson a los estados catatónicos, las posturas estatuarias de las víctimas inspiraron diagnósticos cada vez más imaginativos. La rigidez de un brazo o una pierna, explicó el eminente psicoterapeuta Sándor Ferenczi, constituía una erección desplazada. El tartamudeo, por citar otro tema de estudio del universo médico, reveló un mensaje diferente. “Si el impulso motor de los intentos de habla se observa cuidadosamente —señaló un reconocido psiquiatra—, el tartamudeo será visto como el acto de un lactante respecto a un ilusorio pezón.” Las úlceras proporcionaron otra interpretación: “El factor crítico en el desarrollo de las úlceras es la frustración asociada al deseo de recibir amor”.
Más a menudo, como se acabó demostrando después, el factor crítico en el desarrollo de las úlceras es la infección provocada por una bacteria que habita en el estómago. Pero las úlceras apenas son importantes, y cuando se conoció su verdadera naturaleza, alrededor de 1990, y también se hizo evidente que los antibióticos podían curarlas, los psicoterapeutas cedieron sus pacientes con úlcera a otros especialistas sin gran pesar.

Se trata de una antigua batalla, y todavía no está ganada. Pero en la rivalidad siempre oscilante entre psicología y biología, la psicología suele tener una ventaja incorporada: es capaz de interpretar los caprichos del destino. La biología no ofrece tal consuelo. E incluso si los biólogos consiguen algún día exponer detalladamente los pormenores bioquímicos que se hallan en la base de una enfermedad, nunca podrán explicar por qué una determinada persona ha sido elegida para sufrir. Las explicaciones biológicas terminan con un simple sucedió así, con una respuesta insatisfactoria de una fría crudeza que revela una falta de fe.

Prólogo en PDF.

http://www.liebremarzo.com/file_download/101/locuraeneldivan_fragmento.pdf

Extracto primer capítulo:

Freud era un terapeuta de oficio pero no de temperamento; su ambición no sólo consistió en tranquilizar a un puñado de vieneses con problemas. “Hacemos análisis por dos razones —declaró en una ocasión—, para entender el inconsciente y para ganarnos la vida.”

***

Cuando uno de sus antiguos pacientes cometía el error de pedir a Freud que se valorara a sí mismo como analista, este gran hombre se encolerizaba. “Me alegro de que me lo pregunte —replicaba— porque,
francamente, no estoy muy interesado en los problemas terapéuticos.”
No era como el doctor Norman Rockwell, con un corazón inmenso y una palabra amable siempre a mano. “En el fondo de mi corazón —dijo una vez Freud a su gran amiga Lou Andreas-Salomé— estoy completamente convencido de que mis queridos seres humanos, con muy pocas excepciones, son despreciables.” Ésta era una opinión recurrente. “En general, no he descubierto muchas cosas buenas en los seres humanos”, declaró Freud en otra ocasión. “Según mi experiencia, muchos son basura… Si hablamos de ética, yo tengo en cuenta un alto ideal del que, lamentablemente, la mayoría de los seres humanos con los que me he tropezado se han ido apartando.”

***

En lugar de acomodarlos en una silla, hacía que sus pacientes se echaran en un diván para que no pudiesen verle. “No soporto que me observen durante ocho —o más— horas al día”, solía comentar.

***

Todo tenía un significado. Incluso una actividad tan trivial como apretarse las espinillas estimulaba el esfuerzo interpretativo de Freud. Al hablar sobre un paciente que tenía la piel estropeada, Freud señaló que “sin lugar a dudas, el acto de expulsar hacia fuera el contenido de los puntos negros es para él un sustituto de la masturbación”. Pero eso no era todo. “La cavidad que aparece después debido al desperfecto representa a los genitales femeninos.”

***

“Creo en la casualidad exterior (real), es cierto —escribió Freud—; pero no en los acontecimientos accidentales internos (psíquicos).” Cuando una de sus pacientes se rompió una pierna, por ejemplo, Freud se apresuró a explicar la razón. Poco antes, había estado bailando en una reunión familiar y su marido la había reprendido por comportarse “como una puta”. Caso cerrado. “No podemos dejar de admirar la habilidad que fuerza a la casualidad a repartir un castigo tan a medida del crimen”, escribió Freud. “Esto ha hecho imposible que ella vuelva a bailar el can-can durante una larga temporada.”

***

Freud nos proporciona el primer informe detallado de sus técnicas de interpretación en el caso de una joven a la que llamó Dora. En este informe explicó, por ejemplo, por qué perdía de vez en cuando la voz y sufría ataques de tos. Estos ataques eran periódicos. Igual que la presencia de un tal señor K, un amigo del padre de Dora cuyos negocios lo hacían viajar con frecuencia. “Le pregunté cuánto habían durado esos ataques”, escribió Freud. “De tres a seis semanas.” “¿Y cuánto han durado las ausencias del señor K?” “De tres a seis semanas, también”, se vio obligada a admitir. Este caso era demasiado fácil. “La enfermedad —declaró Freud— era, por consiguiente, una demostración de su amor por K.”
Como una chistera mágica que pudiera contener cualquier objeto imaginable, el sistema de interpretación era extraordinariamente flexible. Freud reconoció, por ejemplo, que los ataques de la enfermedad de Dora no coincidían exactamente con los viajes del señor K, pero no dudó en rechazar este inconveniente. “Al final, se hace necesario ocultar la coincidencia entre los ataques de la enfermedad y la ausencia del hombre al que ama secretamente —escribió—, ya que esta regularidad podría acabar traicionando su secreto.”

Otro de los síntomas de Dora fue interpretado con la misma facilidad. Junto con la tos y la mudez, Dora sufría disnea o cortes de respiración. “Los actos sintomáticos de Dora y algunas otras señales —observó Freud— me proporcionan muy buenas razones para suponer que la niña, cuyo dormitorio era contiguo al de sus padres, había descubierto por casualidad que su padre estaba en la habitación de su madre, y que había oído su pesada respiración (puesto que padecía problemas respiratorios) mientras mantenía relaciones sexuales con ella. El jadeo del padre se había convertido en el origen del esfuerzo crónico de la niña por respirar.
“En muchos casos, como en el de Dora —escribió Freud—, he sido capaz de entrever que el síntoma de disnea o de asma nerviosa se remonta a la misma y excitante causa: el descubrimiento fortuito por parte del paciente de las relaciones sexuales
entre adultos.”

Freud dio por supuesto que los síntomas de Dora —tos, cortes de respiración, episodios de mudez— eran síntomas de histeria. ¿Por qué? Porque, explicó Freud, el amigo de su padre, el señor K, había “abrazado repentinamente a la chica y la había besado en los labios. Ésta era, sin duda, la situación necesaria para impulsar una clara sensación de excitación sexual en una chica de catorce años que nunca había sido abordada. Pero Dora experimentó en ese momento un violento sentimiento de repugnancia y se alejó del hombre, huyendo hacia la escalera para luego salir a la calle”.
Freud también interpretó aquello. “La conducta de esta niña de catorce años ya era completamente histérica”, declaró. “Evidentemente, debo considerar histérica a una persona a la que una oportunidad de excitación sexual hace aflorar sentimientos básica o exclusivamente desagradables.” Todo esto aunque la niña de catorce años fuese virgen y aunque hubiese sido abrazada y besada sin previo aviso por un hombre lo bastante viejo como para ser su padre. De hecho, era un íntimo amigo de éste.

Primer capítulo del libro en PDF

http://www.liebremarzo.com/file_download/255/el_evangelio_seg%C3%BAn_freud.pdf

3 Respuestas a “La Locura en el Diván

  1. Ya no queda ningún gallego que no llame “americanos” a los yanquis… (¿o sí?) ¿no es una expresión de desprecio por el resto del continente y de sus habitantes? ¿y qué es?

    En fin… lástima; uno quiere creer que gente respetuosa hay en todas partes pero lo viene a desmentir a diario gente como la que escribió el texto, la persona que lo tradujo, y la que lo copió y publicó acá.

    ¡América o muerte gallego! (no te preocupes, vos estás del lado ganador, nosotros somos los monitos que no merecen respeto).

    • Perdón por el mensaje anterior; uno tiene que dirigirse a un individuo en particular y jamás generalizar por gentilicios al expresarse respecto a lo negativo; incurrí en el error que suelo condenar y aunque lo alusivo al término “americano” aplicado a un yanqui siga siendo por mí sostenido, lo expresé incorrectamente y de la mala expresión me retracto.
      chau

  2. Pufffff, otro libraco panfletario de un “escritor científico”, o sea de un escritor que sin ser un científico escribe sobre ciencia. Y, al igual que otros muchos libros que critican al Psicoanálisis, el autor no se ha leído ni un solo libro completo de Freud. ¡Qué bien, cuánto rigor científico!
    El Psicoanálisis es un saber que, como cualquier disciplina, necesita de un profundo conocimiento y, desde luego, estos autodenominados “escritores científicos” critican sin tener la más mínima idea de lo que es el Psicoanálisis. Es como si yo me pongo a criticar un trabajo de biología molecular sin tener ni pajolera idea.
    Bueno, sólo puedo decir que los que nos hemos tendido en un diván durante años sabemos qué hacer con nuestras vidas y tenemos una visión más lúcida de la salud y la enfermedad mental que los que no se analizan. Y vaya por delante que el psicoanálisis cuanto menos no utiliza drogas para curar, sólo el poder de la palabra, luego lo de “víctimas” del psicoanálisis me da la risa….

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