Loca no y no (Doida Não e Não!)

la crónica de un error médico

sábado 20 de agosto de 2011

Ocurrió en Oporto, entre las paredes de este mismo hospital desde donde hoy escribo este artículo. Corría el año 1918. Portugal vivía los convulsos años de la Primera República, presidida por aquel entonces por Sidónio Pais, con la Primera Guerra Mundial dando sus últimos estertores y la gripe española devastando el mundo. La protagonista fue una mujer que compensaba su pequeña estatura – cerca de un metro y medio – con una determinación irreductible para luchar por su amor contra viento y marea. Su nombre era Maria Adelaide Coelho da Cunha y formaba parte de la alta burguesía lisboeta. Era hija del fundador del histórico periódico portugués Diário de Notícias y se había casado con Alfredo da Cunha, que se transformaría en propietario del diario tras la muerte del padre fundador. Las vicisitudes de su historia, abordadas en el libro de Manuela Gonzaga “Doida não e não” (en castellano “Loca no y no”) ya forman parte del imaginario colectivo portugués.

El argumento tiene un inicio aparentemente simple: Maria Adelaide se apasionó por su chófer, un hombre cerca de veinte años más joven que ella, de nombre Manuel Cardoso Claro, y decidida a dejar una vida fácil y mundana, que la hacía profundamente infeliz, huye con el hombre de sus sueños para vivir con él un corto idilio en una pequeña y olvidada aldea de la Beira Interior. Pero la estancia en este paraíso bucólico dura el tiempo necesario para que el marido traicionado y ávido de venganza consiga organizar una cacería policial que acaba con la captura de la mujer y del amante.

Hasta aquí nada de original encontramos en esta historia que nos hace pensar en la versión provinciana de una novela decimonónica de adulterio de Zola o Flaubert: la inevitable relación triangular, la intervención de la pasión arrebatadora que hace saltar en añicos las barreras de clase y educación, la fuga obligatoria, la breve sinfonía pastoral de los amantes fugitivos y la aparición final del marido traicionado.

Pero tras la captura de Maria Adelaide y del amante, que fue encerrado en la Cadeia da Relação de Oporto, la historia adquiere repentinamente tonos más tenebrosos y, dando un giro inesperado, se transforma en un cuento lúgubre cargado de resonancias kafkianas. Alfredo da Cunha, herido en su orgullo masculino, se obstina en castigar el comportamiento de su esposa y, a pesar de que ella le transmite explícitamente su deseo de iniciar los trámites del divorcio, usa dinero e influencias para conseguir su ingreso en el Hospital Psiquiátrico Conde de Ferreira de Oporto, lejos de la distinguida alta sociedad lisboeta de que ambos formaban parte, evitando, de este modo, provocar escándalos innecesarios.

En este hospital, ella es valorada varias veces por el reconocido Profesor Magalhães Lemos, a la sazón Director de la institución y Profesor de Psiquiatría y Neurología de la Escuela Médico-Quirúrgica de Oporto, quien, sorprendentemente, no cuestiona el ingreso de la paciente. Comienza así una pesadilla que, aunque breve en el tiempo – sólo unos meses – conmueve y provoca la indignación del lector, en particular, cuando se da cuenta de que durante el tiempo que duró el ingreso, Maria Adelaide no recibió ninguna medicación psiquiátrica o tratamiento específico para su supuesta enfermedad mental. También somos testigos de cómo, antes de haber sido valorada por un perito psiquiatra, toda su correspondencia comienza a ser interceptada, al mismo tiempo que se le obliga a convivir con una empleada, que se transforma en su sombra y la vigila durante las veinte y cuatro horas del día. De igual forma, las visitas de los familiares solo son autorizadas pasado algún tiempo, y siempre con el imprescindible beneplácito previo del marido. Vale la pena referir como curiosidad que, a partir del momento en que se aplica la cuarentena en el hospital debido a la epidemia de gripe española, las visitas pasan a ser realizadas en la escalera principal del hospital, convenientemente separados visitantes y pacientes por un profiláctico descansillo de las escaleras.

Pasado cierto tiempo, nuestra heroína es objeto de un peritaje realizado por tres famosas eminencias de la psiquiatría de la época: el todopoderoso Júlio de Matos, el Profesor Sobral Cid y aquel que sería más tarde Premio Nobel de Medicina, el Profesor Egaz Moniz. El informe elaborado por los tres psiquiatras no ofrece dudas en sus conclusiones: Maria Adelaide Coelho sufre una enfermedad mental grave que justifica su reclusión y su incapacitación. Los términos clínicos usados en el informe son los habituales para la época: “degeneración hereditaria”, “locura lúcida”, “neurastenia”. Con todo, los peritos destacan el papel de la ovaritis, la importancia de una supuesta carga genética – para la cual no dudan en desenterrar patología psiquiátrica supuestamente presente en diferentes familiares muertos – y atribuyen una relevancia especial a las alteraciones hormonales asociadas a la menopausia, que habrían provocado un “recrudecimiento sexual” que impulsó a la paciente a quebrar todas las barreras inhibitorias… Todo demasiado vago, además de poco consistente, para justificar la naturaleza perentoria del procedimiento seguido y la decisión de la incapacitación, habida cuenta las repercusiones que esta decisión tendría inexorablemente para la capacidad civil y para el futuro de los bienes de María Adelaide. Nos surge entonces una pregunta inevitable: ¿cómo es posible que figuras de reconocida capacidad intelectual y con semejante peso en la historia de la psiquiatría portuguesa pudiesen aceptar participar en un proceso que tenía por objetivo el ingreso permanente y la incapacitación de una mujer que no presentaba ninguna patología psiquiátrica? A priori, es posible aventurar muchas explicaciones posibles, unas más verosímiles que otras: por dinero, por un error diagnóstico, porque el estado del saber psiquiátrico de la época dejaba espacio teórico para que tales “juicios morales” ocurriesen, tal vez porque los tres sabios se erigieron en representantes y defensores de las buenas costumbres o del poder patriarcal masculino… ¿Será este caso, confirmando las teorías de Foucault, una demostración más de la identificación del poder psiquiátrico como “policía moral”? Resulta tentador pensar que sí, y tal parece ser la opinión de la autora del libro.

No obstante, es necesario destacar un aspecto que el libro de Manuela Gonzaga, tan rico en pormenores históricos, se encarga de esclarecer: al contrario de lo pudiésemos pensar, el caso de Maria Adelaide no fue un caso aislado, ya que, según parece, en esa época era relativamente frecuente el ingreso psiquiátrico de las hijas descarriadas de la burguesía y de la aristocracia; un procedimiento que constituía una forma de punición, que era considerada adecuada frente a comportamientos supuestamente desviados, entre los cuales estaban las relaciones con individuos poco recomendables o de clase social inferior.

La autora del libro defiende que el factor principal que determinó la repercusión histórica de este caso fue el papel fundamental que desempeñó la prensa, que actuó como una caja de resonancia, facilitando que se tornase vox populi y adquiriese dimensiones inusitadas. A ello debemos sumar la decisión tomada por la protagonista y por el marido de saltar al espacio público, escribiendo libros y artículos donde intentaban defender y argumentar sus puntos de vista: “Infelizmente louca”, se tituló el libelo de Alfredo da Cunha y “Doida não” la contestación de María Adelaide. Títulos exclamativos y melodramáticos, que nos dan una idea de las pasiones envueltas en este proceso, tal vez uno de los primeros escándalos mediáticos de la historia de Portugal, cuya trascendencia se vio favorecida aún más por el hecho de que los dos protagonistas formaban parte de una de las más conocidas familias de la prensa portuguesa.

La historia, sin embargo, tuvo un final más
feliz de lo cabría esperar. La intervención de un abogado diligente permitió la liberación de María Adelaide, para lo cual fue necesaria, con todo, la intervención del Gobernador Civil de Oporto, que se presentó en el Hospital Conde de Ferreira para ordenar y verificar el alta clínica de la joven, a lo que siguió la liberación posterior del chófer. Ya libres, Maria Adelaide y el joven Manuel Cardoso Claro decidieron establecerse en Oporto, donde él trabajó durante muchos años como taxista en la Avenida da Liberdade, mientras ella cuidaba del hogar. El aspecto más dramático de esta historia es, sin duda, la incapacitación, que se mantuvo vigente hasta los 77 años de edad de Maria Adelaide, lo que nos hace pensar en el poder que emanaba de la pericia realizada en 1918. Entre tanto, ella ya había renunciado a todos sus bienes, que pasaron inicialmente para las manos del marido y finalmente recayeron en el hijo. Sin embargo, Maria Adelaide ya había clarificado que no era bienes lo que quería, que sólo deseaba que fuese corregido el dramático error médico cometido por los peritos que la habían valorado sesenta años atrás. Nada más quería que eso: recuperar la capacidad civil que le había sido retirada sin que nunca hubiese perdido sus facultades mentales. Tal como había escrito en el título de su famoso libro, quería demostrar tan solo, frente a la opinión pública, que ella, simplemente, doida não era (loca no era).

Bibliografía:

-Gonzaga M (2009): Maria Adelaide Coelho da Cunha: Doida não e não! Bertrand Editora. 3ª Edição. Lisboa.

Fuente: http://www.adriangramary.com/agramary/Articulos/Entradas/2011/8/20_la_cronica_de_un_error_medico.html

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