Expreso de Medianoche (libro)

Hace poco que he leído este libro autobiográfico de Billy Halles, entre el libro y la película hay grandes semejanzas lo que cambia radicalmente es el final, en la película la estancia en el manicomio es no deseada  se produce por un incidente en prisión que le saca de quicio y se enajena, mientras que en el libro su estancia manicomial es querida y simulada, por pensar que haciéndose el loco, tendrá más posibilidades de escapar que estando en prisión. En la película su estancia en el manicomio penal es al final, con un final apoteósico, la lucha a muerte con el funcionario de prisiones turco, en el libro es un paso intermedio.

Aparte de que el protagonista anteriormente ya había conseguido librarse del servicio militar en Estados Unidos por “enfermedad mental”, ya tenía experiencia y usa esos antecedentes para cambiar cárcel por manicomio.

En el manicomio relata la falta de higiene, el adocenamiento, depósito de cuerpos y la medicación a granel que consiste en “barbitúricos” y la división del manicomio penal en diferentes salas, la primera simuladores con dinero e influencias, la segunda mezcla (enfermos/simuladores sin influencias) y la tercera desahuciados + un sótano para castigos e irrecuperables, no obtenido el objetivo vuelve a prisión y allí más tarde vuelve a pensar en volver al manicomio o escapar por otros medios, como cambiar de cárcel. El final es menos impactante que su versión fílmica, pero también muy trepidante y emocionante.

A diferencia con lo que hace el protagonista intentando simular síntomas de enfermedad mental, para que le consideren como grave enfermo mental, es un error, el truco para ello es parecer lo más normal posible como hizo Nelly Bly  como relata en su libro “Diez días en un manicomio“.

Permítanme que diga una cosa: desde que entré en el centro para enfermos mentales de la isla no intenté seguir con el falso personaje de loca, sino que hablé y actué como lo hago en la vida real. Y, aunque suene extraño, cuanto más sensatamente hablaba y actuaba, más loca me consideraban todos.

Extracto algunos párrafos de su estancia manicomial.
El traqueteo del camión rechinante me creaba toda una ilusión de avance. Nunca volvería a Sagmalcilar, estaba seguro; obtendría mi “certificado de loco” y me quedaría en Bakirkoy hasta que pudiera preparar una fuga; ésta era mi gran oportunidad.

***

Cuando entramos en la oficina de la administración, varios auxiliares del hospital, con sus uniformes blancos muy sucios, se hicieron cargo de nuestro grupo. El de más edad parecía tener unos sesenta años, pero era el más alto de todos y aún se veía muy fuerte. De su cuello pendía un silbato plateado y los otros lo llamaban Policebaba, pero respetaban su autoridad.
—¿Lira? ¿Lira? —preguntaban los auxiliares.

Simulé no advertirlo. Ese era el comienzo de mi actuación como insano y había planeado mostrarme malhumorado y poco comunicativo.

***

Evité su mirada y observé la sala, donde parecía desarrollarse un extravagante espectáculo circense, sólo que yo estaba entre los actores en vez de ser parte del público. El ruido siempre había sido insoportable en Sagmalcilar, pero aquí era peor. Se percibían sonsonetes y cantos constantes y monótonos, que formaban un trasfondo ruidoso a los gritos de las conversaciones y esporádicamente se oían alaridos desgarradores que conmocionaban la atmósfera. Los hombres se gritaban unos a otros peleando por sábanas, mantas, camas, cigarrillos. Otros se limitaban a permanecer sentados en sus camas, balbuceando para sí mismos. . . Se mecían, gritaban, reían, lloraban. Había hombres sucios y hediondos, algunos desnudos por completo, otros envueltos en sábanas rotas y ennegrecidas, que deambulaban por la sala desplegando una actividad desprovista de sentido.

***

Al volver a la primera sala comprendí de inmediato que existía un clima muy diferente de aquélla en la que estaba mi cama. Esta, si bien era sucia según las pautas norteamericanas, parecía el hotel Hilton comparada con la mía. Había unas cuarenta o cincuenta camas alineadas en tres hileras ordenadas. Casi todas tenían sábanas limpias y allí nadie estaba desnudo. Había hombres vestidos con pijamas limpios y viejos, sentados en sus camas, en aparente dominio de sus reacciones.

De pronto me detuve, sorprendido. Ahí estaba Memet Celik, a quien había visto en el tribunal y Alí Asían, a quien me habían señalado en la cárcel. Los dos eran kapidiye, bandidos turcos. Eran depravados y crueles, pero no locos. Estaban sentados en sus camas, con sus propios pijamas, no con los del hospital, jugando kulach con algunos auxiliares. ¿Qué estaban haciendo en Bakirkoy? Por cierto, no estaban ahí para escaparse. Ellos no podían permitirse huir y convertirse en fugitivos. ¿Por qué estaban estos kapidiye en Bakirkoy?

***

Era como si hubiese levantado una piedra y hubiera descubierto cientos de gusanos blancos que se movían hacia todos lados. El hedor hizo que me detuviera. La sala atestada de camas y cuerpos. Había grupos de tres o cuatro camas puestas una junto a la otra, sobre las que estaban acostados nueve o diez hombres. Parecía desarrollarse una perpetua lucha de jungla. Un hombre sacaba a otro de una cama y éste volvía gritando a reclamar su lugar.

Por todas partes se oían gritos, blasfemias y peleas. Allí era casi imposible evitar no sólo el fuerte olor a amoníaco, sino también el terrible hedor de las heces humanas, que se acentuaba en la entrada de lo que sólo podía ser el baño.

***

Avanzada la noche, apareció uno de los auxiliares con un gran delantal que tenía varios bolsillos abultados con pastillas rojas, azules, verdes y blancas. “Hop, hop” (pastillas, pastillas), gritaba. Me encogí de hombros. No me gustaban los barbituricos, pero casi todos los otros tragaron las pastillas como si se tratase de caramelos y el auxiliar las repartía a puñados.

Cuando las pildoras empezaron a surtir efecto en la mayoría de los reclusos, el ruido descendió considerablemente hasta ser reemplazado por un zumbido seguido de gritos ocasionales. Los cuidadores volvieron a su juego de cartas. La sección 13 se aprestaba a pasar la noche.

***

El muro tenía más del doble de mi altura y estaba construido con piedras y argamasa, al igual que el viejo edificio. En muchos lugares la argamasa había desaparecido, dejando grandes espacios entre las piedras. Lo exploré con cuidado y busqué algún grupo de huecos que me permitiera trepar.

En la parte superior del muro había una vieja cerca de alambre. Los cordones de alambre de púas, herrumbrosos y rotos, estaban enredados y retorcidos entre un gran manto de hiedra verde.

Inicié una lenta caminata a lo largo de esta pared, estudiando detenidamente las hendiduras en la argamasa. Muchos de los grandes bloques de piedra estaban alisados cerca de la base del muro. ¿Las fricciones de cuántos locos? En la parte posterior del edificio se hallaba la escalera que llevaba a la puerta del subsuelo.

***

Por último, un auxiliar que acudió ante el tumulto y gritó Ossman, y luego, de la primera sala, vestido con pijama de recluso, llegó el turco más musculoso que había visto en mi vida; parecía un gorilla y demostraba la misma chispa de inteligencia en sus arrugados ojos. El “gorilla” se acercó al propietario de las cuentas, ya que éste era sin duda quien había causado el desorden y lo aferró por los hombros. El anciano gritaba, más no obstante lo empujó con tal violencia contra la pared que el viejo loco se derrumbó instantáneamente. Luego recogió el cuerpo inerte y lo llevó a la primera sala donde los auxiliares atendieron las heridas y magulladuras del anciano.

Ossman, Ossman —dijo el auxiliar en tono laudatorio, yOssman sonreía.

Entre los interminables pedidos de cigarrillos del ininterrumpido cántico de Omina Koydum que me llega a través del pasillo y el barullo general del lugar, no podía pensar con claridad. Debía evaluar mi situación, planear mis acciones, pero en ese manicomio, ¿dónde hallaría un sitio adecuado para pensar?

***

Sí; la rueda. Allí podría caminar en soledad y ordenar mis confusos pensamientos. Bajé al subsuelo. Me uní a la procesión que marchaba sin vacilaciones en sentido contrario al de las agujas del reloj. Mis pensamientos volvían siempre a la pared occidental, a esos grandes espacios entre las piedras. Estaba seguro de que podría escalar ese muro, ya que era un verdadero mono cuando de trepar se trataba; pero, ¿podría encontrar ropas? ¿Obtendría un pasaporte? Más importante aún: si escapaba del hospital, ¿tendría tiempo suficiente para cruzar la frontera antes que me descubrieran? Para ser libre debía huir, no sólo del hospital, sino también de Turquía. Mi cabello rubio y el pijama corto que vestía llamarían la atención en Estambul, así que resolví esperar hasta la decisión del médico, cuando una mano en mi hombro interrumpió mis pensamientos.

***

A la mañana siguiente, tres médicos turcos que hablaban un inglés bastante bueno me llamaron al consultorio.

—Buen día. ¿Cómo estás, William? —me dijo el que sin duda sería el jefe. No contesté.
—¿Por qué estás acá, William? —me preguntó.

Seguí sin hablar. Tenía la vista fija en el suelo. Estaba de pie en el centro del pequeño consultorio, forzándome por aparentar un estado de tensión que, dadas las circunstancias, me fue fácil lograr. Mi cuerpo empezó a sacudirse.

—¿Quieres sentarte?
—No. —Me retiré hacia un rincón.
—¿Qué ocurre, William? ¿Por qué estás acá?
—Ellos me enviaron. —¿Quiénes te enviaron? No respondí.

—¿Te sientes mal? ¿Estás enfermo? ¿Tienes algún problema? ¿Podemos ayudarte? —Esas preguntas eran deliberadas y formuladas con tranquilidad. Otro médico hacía anotaciones en una ficha.

—Me enviaron de la cárcel. No, del juzgado —rugí de pronto—. De la cárcel. No sé. No sé. ¡ ¿Qué me están haciendo?!

—¿Tienes algún problema?
—Tengo. . . callé. De repente me abalancé sobre el médico que escribía en la ficha—. ¿Para qué demonios está anotando todo eso? —grité—. ¿Creen que soy un animal? ¿Qué me están haciendo? ¡No soy un animal para que me tengan encerrado en una jaula!

—Cálmate, William. ¿Qué problema tienes? Estamos aquí para ayudarte.

—Mi problema es. . . me encerraron en esta cárcel. . . Estoy tratando de escribir notas. . . Antes era un tipo despierto. . . iba a la universidad. . . escribía. . . ahora ni puedo leer un libro. . . siempre me están mirando.. . ni puedo escribir una carta a mis padres. . . me olvido.. .

Corrí hacia el rincón y me detuve frente a la pared, ocultándome de ellos.

Los médicos hablaron en turco entre sí. No podía entender lo que decían. Me preguntaba si mi actuación sería buena, si habría puesto el énfasis necesario. Pensaba si sería necesario que saltase sobre el médico principal y le mordiera la nariz.

—¿Qué quieres que hagamos nosotros, William? ¿Quieres quedarte aquí? —No quiero quedarme aquí. —¿Quieres volver a la cárcel?
—No quiero volver a la cárcel. Allá quieren matarme. ¡Me encierran en una jaula como si fuese un animal!
—¿Por qué no te sientas en la silla? —me preguntó con tono amable.

— ¡No deseo sentarme en su maldita silla! —grité y pateé la silla a través del consultorio. El auxiliar que estaba en la puerta se puso en movimiento hacia mí, pero el médico lo detuvo con un gesto.

—A ustedes les importa un bledo. No les preocupa si vivo o muero. Son como los otros. Todos quieren encerrarme y matarme. ¡ ¡ ¡No quiero estar acá!!!
Salí corriendo del consultorio, eludí el brazo del auxiliar y volví a la segunda sala. Me acurruqué en la cama, sin poder creer todo lo que acababa de hacer.

Poco después vino a buscarme uno de los médicos que había sido muy amable durante la sesión y ahora trataba de tranquilizarme. —Vuelve. No te ocurrirá nada. Ven.

Lo seguí. Me hizo entrar en otra habitación.
Me indicó una silla y se sentó frente a mí. Colocó sus manos sobre mis rodillas desnudas y habló con suavidad.

—Creo que puedo ayudarte. Me gustaría poder hablar con el cónsul norteamericano. Aquí no te puedo ayudar. No en esta sección. Me gustaría llevarte a mi sección. Pero no puedo hacerlo a menos que el cónsul venga y se haga responsable de tu conducta.

Mantuve una expresión neutra en el rostro, aunque mi cabeza daba vueltas. ¡Si el cónsul se hacía responsable de mi conducta!, eso significaba que su sección debía ser de sistema abierto, sin barrotes ni paredes donde no había más que médicos para ayudar a los pobres enfermos como yo. Sí; podía imaginarlo. Me quedaría unos pocos días, caminaría por el parque, conversaría con el afable médico que aún apoyaba sus manos en mis rodillas y luego me iría como el viento. Nunca más Bakirkoy. Nunca más Sagmalcilar. ¡Nunca más Turquía!

El médico me permitió usar el teléfono para llamar a Willard Johnson, el vicecónsul a quien expliqué la situación, esforzándome por no delatar la excitación que sentía. Si él venía y hablaba con los médicos, éstos me ayudarían. El me contestó que pronto se comunicaría con ellos.

De regreso en mi cama, casi podía saborear la libertad.

No necesitaba los huecos de la pared occidental. Todo lo que debía hacer era mantener al médico convencido de que necesitaba ayuda urgente y pronto sería trasladado a un lugar donde estaría a centímetros de la libertad.

Con el útil ejemplo que me daban los cuatrocientos cincuenta locos de la sección 13, empecé a agregar nuevos signos a mi simulada locura, deseaba dar realismo a mi actuación, por si los médicos me hacían vigilar y rápidamente empecé a orinar en la cama y a defecar en el suelo. Como los pacientes más enfermos, en su mayoría, permanecían siempre desnudos, varias mañanas seguidas, después de ocultar mi dinero en un girón de la tela del colchón, me quitaba el pijama y salía corriendo al patio, porque me pareció que era lo que debía hacer y, si servían a mis fines, todos los inconvenientes de estar desnudo entre locos, se justificaban y por otra parte a los cuidadores no les importaba un loco más que se desnudara. Sólo el Policebaba parecía preocupado pero ignoré sus protestas. Más tarde cuando comprendí que los únicos que se interesaban en mi desnudez, lo hacían por razones equívocas, abandoné ese plan.

***

Sin que lo invitara, se sentó en mi cama. Su nombre era Ibrahim, me informó. Después de pedirme un cigarrillo, continuó su sombría charla. Deseaba desesperadamente que se fuera, pero como eso parecía un reconocimiento de no poder rebatir sus argumentos, una y otra vez le aseguré que si bien a él podrían retenerlo para siempre, yo pronto me marcharía.

Intentó explicarme la situación. —Todos venimos de una fábrica — pontificó, como un padre que sermonea a un hijo—. A veces la fábrica produce máquinas malas que no funcionan bien, entonces las traen aquí. Las máquinas malas no saben que lo son, pero sí lo sabe la gente de la fábrica Nos traen acá y nos retienen acá.

—Te retienen a ti, tal vez, pero yo me iré. —No, nunca te irás. Eres una de las máquinas que no funcionan.

***

Cada día que pasaba en Bakirkoy sentía que me iba aislando más de la realidad. La locura que me rodeaba parecía ser contagiosa. Las paredes opresoras, el constante parloteo y los gritos de los otros me atormentaban. Debía salir de la sección 13. Y pronto.

Con un billete de cincuenta liras, el Policebaba aceptó enviar por mí un telegrama. Era para Willard Johnson, del consulado norteamericano. Traté de que pareciera demasiado urgente, ya que si venía y persuadía al médico de que se podía confiar en mí, me trasladarían a una sección de sistema abierto, a un paso de la libertad, pero Johnson fue evasivo.

Los días pasaban e Ibrahim que seguía visitándome en mi cama, me dijo que yo no sabía lo que ellos me estaban haciendo porque una mala máquina no sabe que es una máquina mala.

Casi parecía que Ibrahim tenía toda la razón. Willard Johnson mantenía un extraño silencio y como los médicos ya no se ocupaban de mí, de pronto me encontré estudiando la pared occidental. ¿Debía intentarlo ahora o esperar? Si me declaraban insano, ¿tendría tiempo después para escalar la pared? En realidad, tal vez tendría que irme de esa manera, porque si verdaderamente creían que estaba loco, no me sería posible salir de otro modo. Parecía extraño que yo estuviese realmente tratando de crear la misma situación que Ibrahim me había pronosticado.

***

Abajo encontré la rueda quieta. Los que la movían de noche se habían retirado y los que lo hacían de día aún dormían. En todos los rincones se veían figuras cubiertas con harapos que se acurrucaban formando grupos en la oscuridad, debajo de la plataforma. La rueda estaba vacía y producía extrañeza. Nunca antes la había visto detenida, sino moviéndose siempre en la misma dirección. ¿Pero por qué? ¿Por qué las cosas siempre deben ser iguales? ¿Qué ocurriría si empezaba a caminar en la otra dirección? ¿Qué, si caminaba en el sentido de las agujas del reloj? Cuando los otros se despertaran, ¿se unirían a esa rueda que girase en el sentido inverso? Decidí intentarlo, de modo que, esa mañana, el primer rayo de la rueda empezó a girar con lentitud en la dirección equivocada.

Circulé solo alrededor del gran eje de piedra de la rueda, con el paso firme de los hipnotizados. Resultaba muy sedante ese lento movimiento circular en las tinieblas. Pude haber seguido así por largo rato, pero se acercaron dos turcos y empezaron a caminar en el sentido habitual, haciéndome señas de que cambiara de rumbo. Sacudí la cabeza y con un gesto los invité a seguir mi dirección.

— ¡Gower! —gruñeron y siguieron su marcha en el sentido contrario al de las agujas del reloj.

***

Yo me encontraba en la parte más próxima al eje de la rueda y cada vez que nos enfrentábamos, ellos intentaban bloquearme el paso, pero estaba decidido a conservar mi posición y a obligarlos a caminar alejados del eje. Por alguna razón, esto que me parecía importante se transformó en un principio, en una meta. Debía luchar contra la locura que me rodeaba.

Ahmet surgió de entre las sombras. Me llevó hacia un lado. Otros turcos despertaban y se unían al flujo de la rueda. —Un buen turco siempre camina hacia la derecha —me explicó Ahmet—. La izquierda es el comunismo. La derecha es buena. Debes caminar hacia la derecha. Tendrás problemas si caminas hacia el otro lado.

***

Cada vez que veía su rostro sonriente, los techos bajos de Bakirkoy me parecían más opresores; sentía que me asfixiaba entre tantos locos y que la suciedad, el hedor, los piojos, los gritos y ataques, así como las miradas de aquellos hombres cuyos cerebros no funcionaban, agudizaban mi depresión. Ibrahim siempre me decía que yo era uno de los desechos de la fábrica y ya estaba empezando a creer en sus palabras; indefectiblemente el poder de la sugestión, unido a la atroz realidad que me circundaba, me estaban llevando al límite.

Más tarde, mientras caminaba en la rueda en las primeras horas de la mañana, una respuesta flotó en mi mente. Sí; era una respuesta que me daría seguridad contra la teoría de Ibrahim, quien poco después del desayuno vino a buscarme.

—¿Aún no crees que eres una máquina que no funciona? Ya lo verás. Lo descubrirás. Más adelante lo sabrás.

—Ibrahim —respondí. Ya lo sé. Sé que tú eres una mala máquina y es por eso que la fábrica te mantiene aquí. —Bajé la voz. —Lo sé porque soy de la fábrica; hago las máquinas y estoy aquí para controlarte.. .

***

Me desperté en medio de una gran expectativa. Ya era el decimoséptimo día de mi estada en Bakirkoy y el plazo fijado por la corte expiraba ese día, de modo que los médicos debían tomar una decisión. Sabía que me enviarían de regreso a Sagmalcilar, pues estaba sano y no tenía nada qué hacer en Bakirkoy; eso era obvio.

Los soldados vinieron a buscarme. Me hicieron subir a la parte posterior de un camión y me condujeron a la cárcel. Extrañamente, deseaba volver a mi viejo kogus. Si debía estar encerrado, deseaba tener la compañía de mis amigos.


Billy Hayes está de vacaciones en Turquía y trata de sacar algún provecho de ello. Cuando sube al avión que le devolverá a su casa, es cogido por la policía con las manos en la masa: un alijo de droga que lleva pegado al cuerpo será el inicio de sus desgracias.

Las cortes turcas deciden que su caso debe ser ejemplar y le sentencian a una pena que supera los veinte años.

Hayes tiene dos oportunidades de liberarse: la apelación de su abogado, su familia y el gobierno americano, o El Expreso de Medianoche.

Una denuncia contra la violencia y el mal trato que sufren los presos en las cárceles turcas. La situación de indefensión en la que se encuentran. Un viaje terrorífico por un área de humana inhumanidad.

2 Respuestas a “Expreso de Medianoche (libro)

  1. Soy auxiliar de enfermeria. Me he puesto en contacto casualmente con un grupo de profesionales europeos que viven en Lisboa y que ha lanzado una campaña para denunciar publicamente la reclusion forzosa en un psiquiatrico de Nadiuska. Este grupo va a repartir informacion para concienciar a la opinion publica de esta violacion de derechos humanos y ha contratado a un abogado que va aintentar sacar de su ignorancia al Sr juez que ha dictado el ingreso forzado en un psiquiatrico de Nadiuska, entregandole un informe sencillo y claro sobre el fraude de la psiquiatria y sus enfermedades mentales inventadas, haciendole asi tomar consciencia de lo que realmente se le esta haciendo a Nadiuska.

    Aqui os dejo un link titulado : Caso Nadiuska. Terrorismo de Estado y fraude psiquiatrico

    abrazos a todos, si os recomiendo que os sumeis todos a la campaña

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