Memorias de Castilla del Pino

Extracto en este post las memorias de este psiquiatra Carlos Castilla del Pino relatadas en los libros “Pretérito imperfecto” (1997) y “Casa del Olivo” (2004), sobre los perfiles de los catedráticos de psiquiatría en España y la psiquiatría de esa época, dicho extracto su fuente es el blog Sin miedo al Opus Dei para el que lo quiera leer entero.

Como se dice de aquellos polvos surgieron estos lodos.

En 1952 se convocó la cátedra de Salamanca. López Ibor le aconsejó a Castilla que se presentase para ir fogueándose, porque él se presentaría con la finalidad de trasladarse a Madrid dos o tres años más tarde cuando se jubilase Vallejo Nájera. Con Joaquín Ruiz Jiménez en el ministerio parecía que las cosas habían mejorado un poco.
Entre los opositores estaba Luis Rojas Ballesteros de Granada que se presentaba para hacer méritos, contando con que más tarde se convocaría la de su facultad. De él dice Castilla que presentó un trabajo inefable, sobre ocho casos de la enfermedad de Wilson, una enfermedad muy rara cuyo diagnóstico se establecía por autopsia. De sus historiales clínicos de seis líneas no se deducía nada que permitiera sospechar la existencia de la enfermedad, ni se habían realizado los análisis pertinentes ni contaba que se hubieran hecho estudios post mortem.
El trabajo era una desfachatez: que de una enfermedad de la que se conocían muy pocos casos en la bibliografía universal, Rojas, sólo con la mirada, diagnosticara ocho o quizás más revelaba una ligereza intolerable y la carencia del rigor más elemental. Pero además, presentó una memoria cuya sintaxis la volvía ilegible y atiborrada de faltas de ortografía, entre dos y seis por línea. Castilla lo expuso así cuando le tocó el turno de batirse. Rojas achacó las faltas de ortografía a su secretario y se quedó tan fresco.
Castilla superó muy ufano los dos primeros ejercicios y para el tercero se había preparado a fondo las alteraciones del curso del pensamiento. Pero Laín Entralgo tras el examen y como presidente le llamó a su despacho y le explicó que le iban a eliminar para darle la cátedra a su “maestro” López Ibor y que no convenía que compitiera con él.

Dice Castilla que en aquellos tiempos las oposiciones a cátedras eran el segundo espectáculo nacional tras los toros y que había quien se desplazaba de provincias para asistir.

A López Ibor le dieron finalmente la cátedra de Salamanca. Firmó los papeles y procurando no encontrarse con el rector Antonio Tovar se volvió a Madrid. A las pocas semanas pidió la excedencia para encargarse de la cátedra de psicología médica de Madrid. Se reconcilió con Vallejo Nájera y ambos se convirtieron en uña y carne. Los que como Castilla se habían enemistado con Vallejo por causa de López ibor quedaron con el culo al aire. Al hijo de Vallejo, López Ibor lo nombró ayudante de cátedra. Y a la jubilación de Vallejo dos años después, López Ibor ocupó la cátedra de psiquiatría birlándosela a Román Alberca, más antiguo que él. Todo redondo y rodado.

Así que en 1956 se convocaron otra vez cátedras en Salamanca y Granada. En esta ocasión Luis Martín Santos, el de Tiempo de silencio, y Castilla fueron cómplices además de opositores. Estaban medio convencidos de que era la oportunidad de Castilla del Pino.

Los otros opositores eran Rojas, Rey Ardid y Pelaz. En el primer ejercicio Castilla recibió dos votos (Laín y López Ibor) y los demás uno cada uno. La cátedra de Salamanca quedó desierta porque nadie sacó tres votos. Pero curiosamente para la de Granada, Laín confesó más tarde a Castilla que López Ibor le había arrancado el tercer voto para Rojas. Es decir que una vez más se observa la desfachatez que hay que tener para ser ¿fascista? ¿opusiano? ¿o amigo de cualquiera de los dos?… Porque es increíble que teniendo mucha más categoría intelectual y científica no les dio la gana de votar ni López Ibor “hizo por” que Castilla, su alumno aventajado de otros tiempos, obtuviera la cátedra. Ni tampoco Laín Entralgo, el amigo de todos por lo que he podido averiguar sobre él, estuvo fino en esta ocasión, pues darle la cátedra al “enemigo de toda ortografía” como lo denomina Castilla del Pino… hay que tener estómago. Así son. Así lo hemos vivido.
Para más inri López Ibor confesó más tarde en un descuido de excesiva confianza, ya en la repanocha de la desfachatez: “En un tribunal, Castilla, se hace lo que yo quiera. No necesito presidirlo.”

En la década de los sesenta López Ibor asentó definitivamente su poder absoluto: controlaba cátedras, direcciones de dispensario y hospitales psiquiátricos, asociaciones profesionales, incluso de psicoanálisis. Su hijo fue catedrático con 25 años. ¡Viva la monarquía hereditaria! también en la ciencia.

La asociación española de neuropsiquiatría fue preterida frente a una nueva que creó López Ibor cuando abandonó la primera tras ser denunciado públicamente por Lafora. La mayoría de los psiquiatras siguieron al gran jefe “ofendido” por el republicano. López Ibor fue el factotum de la psiquiatría española hasta las postrimerías del franquismo, cuando fue atacado por la prensa de izquierdas y los psiquiatras jóvenes. Contestó con una larga carta en Sábado Gráfico. ¿Dónde estarán todos estos magníficos documentos?
López Ibor se aproximó cada vez más al Opus Dei (tengo entendido que desde sus años del Beato Juan Rivera en Valencia estaba en la zona de influencia) y desde él dice Castilla se hizo perdonar su coqueteo con la monarquía. Quien no acataba sus reglas podía despedirse de cualquier actividad psiquiátrica pública. Los trabajos que se publicaron muestran a qué perversión se llegó donde se le citaba más a él que a Kraepelin.
Se institucionalizó una psiquiatría de corte religioso pero moderno. No ya al modo medieval de Vallejo. Para ello se inspiró en una asociación francesa de psicoterapeutas católicos, con una tal Maryse Choisy a la cabeza, que conferenció en el CSIC ante un nutrido grupo de monjas y curas jóvenes. El padre Gemelli contribuyó a la puesta al día de la “psiquiatría religiosa”.

También se destapó otro que no era médico y que ejercía como tal, incluso como profesor en medicina, un tal Mariano de la Cruz.

En diciembre del 59 volvió a convocarse la cátedra de Salamanca. Otra vez a sufrir.
Luis Martín Santos, aunque estaba en la cárcel por actividades contra el régimen, también se presentó, las había firmado antes de su detención. En esta ocasión todos pensaban y daban como seguro ganador a Castilla del Pino. Vallejo Nájera llamó a Castilla para hacerle saber que el ministro de Gobernación Alonso Vega seguía muy de cerca la oposición.
Sin embargo, antes del último ejercicio, López Ibor pidió a Castilla que el ultimo ejercicio se realizase a puerta cerrada….LA TRAMPA ESTABA PREPARADA….”porque vera usted, Llavero, uno de los opositores no tiene experiencia de enfermos y tememos que ante el tribunal y el público la cosa sea muy violenta. Para usted no es importante, y la oposición puede terminar sin que pasemos un mal rato. El ya es mayor….” Vamos, que en los humanos la omnipotencia suele ir de la mano de la carencia total de escrúpulos. Castilla accedió como habían accedido los demás, así se ataban las manos y no tenían derecho a impugnar.

Tras el sexto ejercicio y ante la estupefacción de Castilla del Pino y de algunos más que estaban por allí, el tribunal votó en pleno por Llavero, el peor de los cinco opositores, que era objeto de burla por su ineptitud. Sixto Obrador rompió un cristal de la puerta principal de la indignación y Jiménez Díaz también mostró públicamente su desacuerdo con el desafuero.

No acaba aquí la cosa. López Ibor llamó a Castilla:
-“Estará usted indignado conmigo, ¿no es verdad? Déjeme que le diga: usted se cree que yo tengo las manos libres porque soy catedrático en Madrid. Pues está usted muy equivocado: yo tengo las manos atadas, así atadas”, y unía las muñecas como si estuviera esposado. “López Rodó y Florentino Pérez Embid (ambos opusinos de pro, primer ministro de Franco el primero de ellos) han estado presionándome por Llavero, y yo no puedo negarme ¿comprende?, no puedo decirles que no. ¿Qué quiere usted que haga?”
-“No puedo aceptar sus excusas. Usted estaba allí como juez. Si yo hubiera hecho mal papel en la oposición, debía llamarme para decirme que no me votó por esa y no por otra razón. Pero esto que me dice no se lo acepto. Si las presiones eran irresistibles, ¿por qué no renunció al papel de juez? Yo creía que sus explicaciones iban a ser de otro tipo. ¿Entraba también en ello las trampa en la que me hizo caer en el quinto ejercicio?”
Sin esperar respuesta Castilla salió y cerró la puerta de golpe. “Que se vaya a la mierda” le dijo a su acompañante.

Aquello significó el aislamiento total de Castilla del Pino de la psiquiatría española oficial. Su proyecto de cátedra, su proyecto de vida intelectual al que le había dedicado todo quedaba definitivamente roto. Todos los que aspiraban a algo en psiquiatría se apartarían de él. Muchos mostraron adhesión a Castilla, Laín, Escardó, Germain. Pero la vileza de la traición de quien le había proclamado su discípulo predilecto cayó como una auténtica losa sobre él. Y durante muchos años la gente del ambiente psiquiatría le rehuía: “quisiéramos hablar con usted pero no le importaría que nos fuéramos ahí detrás, es que está ahí el niño de López Ibor (Juan José) y nos puede ver con usted”….

Puedo asegurar que todo esto me suena y de qué manera…. No hemos cambiado casi nada en esta España, en las actitudes fundamentales de la vida. Pasan cosas muy parecidas incluso a escala y en asuntos que resultan sumamente ridículos frente a una cátedra universitaria.

A las pocas semanas López Ibor le envió una separata dedicada de un trabajo suyo. Castilla del Pino se lo devolvió con una carta:

“Tanto yo mismo como los muy escasos, pero leales, seguidores (no les puedo llamar discípulos porque usted no ha sido nunca maestro) que ha tenido hemos intentado soslayar la índole de su catadura moral: hemos querido no verla; si al fin nos la imponían los demás, hemos tratado de negarla. Inútilmente: ya se le conoce. No tiene usted la menor sensibilidad para la justicia, porque lo que trata no es de ser sino de poder, y para ello precisa rodearse de quienes jamás se lo reprocharán… No tiene el más mínimo asomo de esa actitud y generosidad que caracterizan a un maestro. Porque no lo es, tan sólo ha representado ese papel por la ocasión que en este pobre país se dio de acabar con los que ya lo eran…. He oído que sigue usted llamándome su discípulo. Queda dispensado de hacerlo. Suprima mi nombre del consejo director de “Actas”. Jamás aspiraré de nuevo a una cátedra. Renuncio así a lo que ha sido la mayor ilusión de mi vida, a la que he aspirado para disponer de un grupo con el que trabajar, al que enseñar y del que aprender. Al pretender sin éxito que el logro de la cátedra se hiciera justamente, tengo que reconocer que por este camino me siento absolutamente impotente frente a la carencia absoluta de sentido moral del que ha sido, a falta de otro u otros que han sido marginados o incluso exiliados, maestro mío de ocasión.”

Como le dijo Luis Martín Santos en carta tras la oposición, y viendo quienes iban ocupando las cátedras que serían por tanto los miembros de los tribunales:
“Parece que para ser catedrático va a ser necesario tener probado un discreto grado de oligofrenia”.

Castilla del Pino no escarmienta y en 1970 firma otra vez para Santiago y Sevilla. Dice en p. 366 del segundo volumen de sus memorias que el tribunal lo formaban el desmesurado plagiario Rey Ardid, el enemigo acérrimo de toda sintaxis y ortografía Luis Rojas Ballesteros, el de la obra propia no traducida al castellano, Francisco Llavero, su declaradamente enemigo López Ibor en el acmé de su omnipotencia, a quien los otros tres debían la cátedra y como presidente Fernández Cruz, colocado por López Ibor. Muchos estudiantes acudieron al acto, en primera fila Javier Muguerza, Aranguren y Jesús Aguirre. No sentó nada bien al tribunal, López Ibor mostró su sonrisa irónica y desafiante mientras los demás estaban serios.
En el primer ejercicio Alonso Fernández que obtendría la cátedra de Sevilla elogió el magisterio de López Ibor y la traducción de Rey Ardid de la obra de Freud. Pero otro de los aspirantes le recordó que nunca había sido discípulo sino de Vallejo Nájera del que renegó en cuanto alcanzó la jubilación. En cuanto a la traducción de Freud, Castilla dijo que mejor no aludir al asunto. Ya se sabía que Rey Ardid no tenía ni pajolera idea de alemán y se había limitado a copiar una traducción argentina hecha sin autorización.

Castilla del Pino pensó que le dejarían llegar hasta el final y que López Ibor le votaría haciendo que no le votasen los otros cuatro. Pero no fue así. No le dejaron pasar al tercer ejercicio. Cuando el presidente dio comienzo a la sesión, Castilla del Pino se acercó al centro del aula y dijo en voz alta:
-“Doy las gracias al tribunal que me ha permitido exponer los dos primeros ejercicios. Ahora que he sido suspendido y no puedo dar la lección preparada para el tercero les dejo las fichas para que aprendan psiquiatría.”
Se adelantó más al tribunal y les lanzó a la cara las 200 fichas. Los estudiantes se lanzaron también al centro del aula insultando al tribunal mientras el presidente intentaba poner silencio. López Ibor le preguntó a Castilla si le parecía propio de un universitario armar aquel escándalo y Castilla le recordó que años atrás él había hecho lo mismo y que le había apoyado porque lo consideró justo.

En 1946 tuvo lugar la primera oposición a cátedra. El designio oficial en el que estaba involucrado el Pardo, doña Carmen compañera de colegio de la mujer de Vallejo, era que la cátedra tenía que ser para Vallejo Nájera. Dos miembros del tribunal se quitaron de en medio para no dejarse enjuagar ni votar contra el designio oficial. Vallejo tenía 60 años, estaba en el límite para poder ser catedrático. Intervino primero vestido de uniforme de coronel. Llegó con una mole de libros entre los que destacaba su “Tratado de psiquiatría” apresuradamente escrito y del que Castilla del Pino, ayudando a López Ibor, había entresacado y clasificado los disparates. Según Vallejo su psiquiatría se basaba en santo Tomás de Aquino.
Los demás opositores se despacharon a gusto contra la ineptitud de Vallejo,
Pero el último en intervenir y contra todo pronóstico, Sarró, alabó a Vallejo como la flor y nata de la psiquiatría española.

López Ibor quedó estupefacto. La traición de Sarró cuando se contaba con él para el ataque y derribo del inepto causó sorpresa en todo el equipo de López Ibor.
En el último ejercicio López Ibor hizo saber que no aprobaba la parcialidad del tribunal. El presidente le ordenó callar, pero López tiró los folios a la cara del tribunal y se marchó. Se organizó un tumulto entre los ayudantes y equipo de López Ibor y militares y falangistas que apoyaban a Vallejo. Vallejo sacó su cátedra.

Fuente: http://sinmiedoalopusdei.blogspot.com/2010/05/el-escandalo-de-la-catedra-obtenida-por.html
Este fracaso le valió a López Ibor su éxito como víctima. Aglutinó en torno a sí a todos los buenos psiquiatras y los aspirantes en el Hospital General. Vallejo Nájera sólo tuvo un seguidor que llegó a catedrático en Sevilla. Este primer escándalo le valió una carta de apoyo firmada por destacados intelectuales monárquicos en la que ponían verde a Vallejo. Marañón, Jiménez Díaz, el decano del hospital, el ABC con Pemán a la cabeza, la buena sociedad madrileña estaban con López ibor. Incluso empezó a aumentar la clientela selecta en la consulta privada.
Establecido en general Goded, en una casa seudogótica, el matrimonio López Ibor se dispuso a la conquista social de Madrid, organizando cenas y saraos.

Tuvo que intervenir la policía a golpes para desalojar la sala.
En Destino apareció una larga entrevista, Luis Carandell trató el tema en su Celtiberia Show de la revista Triunfo y Mingote dibujó un chiste en ABC.

El único detalle que puedo añadir de Juan Antonio Vallejo Nájera (siempre lo he visto con j en Castilla del Pino) es que le rajó las ruedas del topolino que tenía López Ibor a la salida de la primera oposición en que se enfrentaron su padre y él. Testigo el que lo cuenta, p. 421 de Pretérito imperfecto. Corría el año 1946 y Juan Antonio era estudiante de los últimos cursos de medicina.
Impresiona las putadas que se hicieron entre sí toda esta gente (López I, Vallejo y Sarró) y al cabo de los años todos unidos… en amor y compañía.

López ibor, era en palabras de Castilla del Pino, un ser huidizo, tímido, con arranques terribles cuando se cuestionaba su identidad intelectual. Entonces tenía unos 39 años. De mediana estatura, canoso, la cabeza gruesa, gordezuelo, de manos con dedos amorcillados. Miraba fijamente unos instantes y apartaba luego la vista como diciendo: “una vez que sé quien eres y que guardo nota de ello, te dejo ahí.” Clásica estrategia de hacerse el “superior”.
Nunca descendió a ser un miembro más del grupo de médicos y estudiantes que tomaban café juntos. “Uno no debe hacerse demasiado visible; dejarse ver sólo en momentos y lugares adecuados.” Salvador de Heredia se encargaba de sacarlo en las páginas del Ya. Además le introdujo en algunos círculos de la high society, aunque en privado ironizaba sobre su falta de clase. Lo despreciaba tanto como López Ibor lo adulaba.

Un resbalón de López Ibor fue la firma de un manifiesto pidiendo a Franco la instauración de la monarquía en la persona de don Juan de Borbon. A los pocos días llegó un oficio al despacho: “cesa usted como profesor encargado de la cátedra de psiquiatría”. Un tal Escudero vestido de militar acompañado de otros dos irrumpió en la habitación. “Se me ha dado orden de hacerme cargo de la cátedra de psiquiatría de esta facultad. De modo que recojan sus cosas y márchense”. Pese a lo que pueda parecer estos modos fascistas han pervivido hasta hoy.

El caso es que López Ibor estuvo un mes desterrado en Barbastro, tenía orden de no salir de los confines del pueblo, hasta que escribió una solicitud de perdón pues necesitaba dinero. Casado recientemente, su mujer y él tenían grandes aspiraciones político-sociales, todo se dispuso para establecer una consulta privada en el mejor sitio de Madrid y convertirse en médico de lujo. Pudo presentarse y sacar sin demasiado esfuerzo la plaza de psiquiatría de hombres del hospital provincial: 40 camas y una consulta ambulatoria.

Hasta 1945 el único estudiante que se formaba con López Ibor era Castilla. Los demás eran psiquiatras con una orientación distinta a la de López Ibor, tanto en lo científico (mejores conocimientos neuropatológicos, no en lo psicopatológico), como en lo ideológico. Estas divergencias incomodaban a López que se sabía aceptado con reticencias. Era católico, de derechas, con inclinaciones filonazis (Véase “Neurosis de guerra” del que ya escribí aquí) aunque sin llegar a los extremos de Vallejo Nájera.
“Este pueblo necesita alguien con mano firme que lo mande” solía decir. Su rechazo del psicoanálisis y de planteamientos biologicistas hacían difícil saber a qué atenerse con él.

A Castilla le toleraba su antifranquismo (no era rojo) y tomaba a broma su anticlericalismo. “Usted es calvinista”, solía decirle cuando se mostraba rígido valorando determinados comportamientos. Hasta 1949 Castilla trabajó con él.

López Ibor era ambicioso, inteligente y calculador. Le perdía su suspicacia: a menudo interpretaba actitudes o gestos como atentados a su autoestima intelectual y se volvía implacable con quien consideraba su enemigo. Este aspecto le hizo temible mientras detentó el poder en la psiquiatría española, pero al mismo tiempo le condujo a su propio deterioro. Nadie estuvo mejor situado que él para conseguir lo que se propusiera. Contaba con todos los apoyos: Enríquez de Salamanca, Laín Entralgo y su grupo de Escorial, Jiménez Díaz que lo apreciaba por su inteligencia y le apoyó en la oposición a la cátedra meses antes de la guerra ( aunque luego censuró su excesiva ambición y su forma tan poco transparente de ejercer la psiquiatría privada), hasta los psiquiatras represaliados por republicanos veían en él la única posibilidad de seguir con una actividad en el Hospital General. Algunos de estos republicanos se incorporaron a su departamento

Asegura Castilla del Pino que envuelto en la maraña de sus ambiciones López Ibor destruyó su potencial de recursos y se desprestigió por su necesidad de autoafirmación que le impulsaba a descalificar a cuantos sobresalían: “Jiménez Díaz no es más que un oligrofrénico con mucha memoria”, “Laín tiene complejo de no ser Ortega y trata de convertirse en el pensador del régimen”, “Zubiri sigue siendo cura hasta cuando orina”, “Torrente Ballester pretende ser el Shakespeare del franquismo”, etc.
Se equivocó en la trayectoria que entonces iniciaba, Castilla se lo advirtió con tiento. Llegó a ser un hombre de éxito, pero no era el tipo de éxito que a él le hubiera gustado. Con todo aquellos años 40 fueron su mejor etapa intelectual. Cuando publicó “El español y su complejo de inferioridad” se lo dedicó a Castilla del Pino, “el Manolete de la psiquiatría”.

Fuente: http://sinmiedoalopusdei.blogspot.com/2010/05/lopez-ibor-visto-por-castilla-del-pino.html

Tampoco se entendían del todo López Ibor y Vállejo Nájera, el fundador de la “psiquiatría nacional”. Pelearon por la única cátedra de psiquiatría en Madrid. Y López Ibor se quedó sin ella por firmar un manifiesto en favor de instaurar en el trono a don Juan de Borbón ¿a quién se le ocurre? de manera que Vallejo Nájera hizo valer sus méritos y su condición de excombatiente de la cruzada desplazando a su rival del puesto que ya lo ocupaba de hecho aunque sin todavía haber opositado.

Los psiquiatras más señalados de la república fueron depurados o exiliados. Los que habían combatido en el bando franquista hicieron tabla rasa con las tímidas reformas que había empezado la república, había que hacer un nuevo orden surgido de la victoria. Emilio Mira, destacado científico, reconocido internacionalmente, fue particularmente denigrado y presentado como una persona sádica inventor de torturas.

El psiquiatra debía de ser un “eubiatra”, alguien que enseña a vivir a las masas, que mejora su higiene mental o racial. La trascendencia de la misión de la patria así lo requería. López Ibor fue el promotor e ideólogo del planteamiento providencialista, ultranacionalista e “imperial” del nuevo régimen. Apoyándose en su experiencia psiquiátrica en la guerra civil defendia la escasez de neurosis y reacciones psíquicas anormales entre los “nacionales”.

Su saber procedía de Alemania, los nazis habían calificado a los mediterráneos como propensos a toda suerte de excesos, excitables. Para apañar el cuadro López Ibor inventó que en realidad en la raza española había elementos nórdicos y mediterráneos: una mezcla ideal. Y todavía en 1960 algún catedrático repetía que “el pueblo español es de los más heterógeneos biológicamente”. Delirios de grandeza nacionalista sin ninguna base científica. En el libro “Neurosis de guerra” de 1942 expone el sr. López Ibor todas estas increíbles teorías sobre el “genio español”.

López Ibor se propuso estudiar las psicobiografías de los principales personajes de la historia y literatura hispanas: Lope, sta Teresa, Cervantes, Loyola… y también los carácteres psicológicos de los principales personajes de ficción: Quijote, Sancho, don Juan, el Hidalgo español… incluso llegó a sugerir el estudio de las personalidades de los altos jefes militares que habían realizado la Victoria de 1939.

El hombre español tiende a la vertical, al polo espiritual, al contacto con Dios. Y la horizontal, la democracia, la filantropía tienen poco que hacer entre nosotros. Rousseau fracasa en España. Tampoco el krausismo de la Institución Libre de Enseñanza tenía futuro, demasiada horizontalidad. El español es un hombre de esencias, una posición erecta y difícil ante la vida, raíz de sus heroísmos y madre de sus desgracias.

Al español no le interesa la ciencia ni la acumulación de riquezas (eso sería antes), más bien le apetece la gloria militar, la gloria literaria. La colonización española de América no nos dió riquezas sólo gloria.

Tras la Cruzada de 1936 el español se había purificado como pueblo y como destino. Pretensiones: “Cualquier mujeruca del último de nuestros pueblos castellanos ha guardado en su seno, como reliquia profunda, más valores éticos que la mayor parte de la masa europea”. Una vez reconquistado el verdadero espíritu español había que mantenerlo puro de toda contaminación. De ahí la conveniencia de cerrar las fronteras a todas las ideas extranjerizantes y decadentes. España era la reserva espiritual del mundo tecnificado, deshumanizado, arreligioso y necesitado de los valores espirituales, de un humanismo genuinamente hispánico. El modo religioso como forma de vida social, esa era la aportación y la superioridad de España sobre los demás países europeos, estamos más próximos a la “fuente de lo absoluto”, escribía López Ibor en 1956.

En un ensayo de 1940 titulado “El hombre español” publicado por Rialp (editorial opusina) en 1970 en el libro “El español y su complejo de inferioridad” declaraba que para ser nosotros mismos, fuera toda heterodoxia. La teología debía inspirar la cultura española, incluida la psiquiatría.

Fuente: http://sinmiedoalopusdei.blogspot.com/2010/05/lopez-ibor-ideologia-racista.html

Y una semblanza de la personalidad Carlos Castilla del Pino por un lector:

Castilla del Pino no era del Opus, por el contrario tras sus inicios en la especialidad de Psiquiatría terminó adoptando tesis marxistas y de antipsiquiatría. Eso sí como padre fué un desastre, una de sus hijas violada por un paciente al que acogía y el buen doctor preocupado más por el paciente que por su hija. Un hijo que de camino de vuelta a la casa de su padre atropella con el coche a un viandante y desayuna tranquilamente, como buen sociópata.

Otro lector:

Una de las cosas que me impidieron respetar intelectualmente a Carlos Castilla del Pino es que, cuando se transmutó de psiquiatra manicomial a psiquiatra progresista, en sus obras “Cuatro ensayos sobre la Mujer” (1971), y “Psicoanálisis y Marxismo” (1972), extracta y versiona a Wilhelm Reich, Ronald D. Laing, y Cooper teniendo buen cuidado de no entrecomillar y de no citar las fuentes. Cosa que me hizo pensar que no había aprovechado mal las mañas que le enseñó López Ibor.

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