Cuerpos y Almas

“Cuerpos y almas” (1943) de Meersch Maxence Van Der. Leí esta novela hace un par de años y retrata las corruptelas de la medicina en Francia en los años 30 del siglo pasado, donde los procedimientos más costosos, tóxicos y asilares se imponían sobre tratamientos más naturales e higiénicos, y donde se compraban las plazas de catedrático y puestos en los departamentos de los hospitales, las influencias y conocidos valían más que la valía personal y técnica y donde ante el error médico se tendían a cubrirse mutuamente.

Pongo uno extractos porque en la novela relata entre otros casos, el trato a enfermos mentales con la terapia convulsionante del Pentilenotetrazol un anti GABA, a los internos les producía graves convulsiones y fracturas graves, hasta partirse la columna vertebral, para evitar esas fracturas, utilizan el curare una toxina anticolinérgica ionótropica. En España se utilizó la terapia convulsionante para la represión del bando perdedor republicano en los hospitales psiquiátricos de la posguerra civil Española.

Extracto:

Aquella mañana de comienzo de abril Doutreval aguardaba a Groix en el laboratorio. El sol iluminaba el jardín. En el gallinero, Marietie daba de comer a las gallinas y palomos. A través de la ventana abierta del laboratorio, y por entre el incipiente follaje de los boneteros, Doutreval, percibía inconscientemente una sensación de bienestar. El dia era espléndido. De dieciocho enfermos sometidos desde hacia algunos meses al tratamiento de la convulsoterapia, doee habían mejorado notablemente y hasta dos de ellos reanudaran un trabajo ligero. El resultado era inesperada. La única preocupación eran aquellas convulsiones atroces con las subsiguientes fracturas. Mas justamente se le ocurrió a Groix una idea valiosa. Claude Bernard ha analizado magistralmente en, un magnífico estudio, los efectos del curare. extraña sustancia venenosa india con la que los indígenas de la América del Sur impregnan la punta de las flechas, la cual tiene la propiedad de bloquear las funciones neuromusculares, es decir, paralizar completamente el organismo. Para combatir las horribles convulsiones de los enfermos inyectados por Doutreval, impidiendo asi las fracturas de los huesos de los miembros, Groix pensó en utilizar el curare. Cinco minutos antes de administrar el producto convulsivo, proponía inyectar una dosis reducida de curare. Los ensayos que se hicieron sobre gatos dieron un resultado concluyente. Aquella misma mañana Doutreval se propuso hacer un ensayo en un joven demente de unos quince años. Apoderóse de aquél una febril y gozosa impaciencia. Nada valía tanto para él como las poderosas emociones del descubrimiento.
***

«Señor doctor, quisiera tener noticias de mi padre, de mi marido., o. Luego, las cartas se iban espaciando. Después, nada. Cinco, diez años de silencio. A la muerte del desdichado demente, la administración escribia a la familia, y Doutreval recibía una breve respuesta:
—Señor doctor, le ruego que para evitar gastos entierran a mi padre en el cementerio del asilo .
Ni siquiera una postrera visita al muerto. Sola el abate Vicent acampañaba al loco a la fosa común.
En la enfermería esperaban a Doutreval que se proponía experimentar el curare en un muchacho de unos quince años. El paciente estaba tendido en al cama, desnudo. Regnoult le aplicó una inyección de curare en la vena del brazo. Doutreval, con el cuaderno de apuntes en la mano, anotó las reacciones; relajación muscular, muecas, ojos que bizquean, y, a poco, parálisis progresiva de los miembros. A una señal que en aquel momento hizo Doutreval Regnoult inyectó el producto convulsivo.
Como de costumbre, la crisis sobrevino en el acto, pero infinitamente menos violenta. Una cierta estupidez, debida quizá al curare, impidió que apareciera la habitual expresión de angustia y de terror que se dibujaba en las facciones de los pacientes. Algunas violencias convulsivas hicieron crujir la espina dorsal produciendo una crispación de los miembros, aunque sin fractura aparente. Al cabo de unos minutos el enfermo recobró el conocimiento sin dar muestras del terror y de las ganas de huir que solían producirse. Sólo se quejaba de un enorme cansancio y de un violento dolor de espalda. Doutreval, siempre reservado, exultaba interiormente.
—Yo creo que el problema está resuelto —dijo.
Y diciendo esto dio unos golpecitos en el brazo desnudo del enfermo.
—Nosotros te devolveremos el juicio, pobre diablo. Singular regalo, en el fondo. Si tuvieras voz y voto quizá nos pedirías que te dejáramos abandonado a tu suerte…
—¡Oh! —exclamó Regnoult.

***

Hoja de Curare

En resumen, Doutreval dominaba completamente su procedimiento. En un momento dada provocaba en los locos las convulsiones apetecidas. En los casos de demencia ya antigua, el resultado era nulo, Pero entre los enfermos que estaban en los comienzos de su evolución, podia confiarse un 80 u 85 por ciento de mejorados, y un 15 por cinto de refractarios.
—¡Y aún haremos cosas mejores! —decia Groix.
Doutreval decidió publicar, con destino a la Academia de Medicina, un estudio sobre la <<convulsoterapia mediante el curare y el pentametilentetrazol>>.
Fue Groix quien tuvo la idea del curare. Bajo el impulso del entusiasmo, Doutreval pensó por un momento asociar directamente a su obra a Groix y a Regnoult, uniendo al suyo, en su publicación, los nombres de sus dos ayudantes. Incluso se lo habia sugerido a Groix después del éxito del curare, pero en última instancia no se decidió a menguar su éxito compartiéndolo con otros. Cuando Groix vio por primera vez en el despaeho de] «patrón» la abultada carpeta azul con el trabajo ya terminado, al que sólo faltaban las correcciones de estilo de Regnoult—pulcro escritor— y leyó en las tapas el titulo con gruesos caracteres de letra y debajo únicamente el nombre del profesor Jean Doutreval, hizo un gesto.

***

Entretanto, Doutreval confeccionaba el plan de trabajos y viajes para aquel año. A fines de mes, a Holanda. Después de los exámenes universitarios de junio, a Noruega. En octubre, a Alemania. Y cuando se reanudaran ]os cursos, a Italia. Recibía cartas de invitación de tudas los países.
La difusión de su abra presentaba el inconveniente de que le impedia estudiarla a fondo como hubiera querido. El problema afrecia aún ciertas lagunas. ¿Por qué la acción paralizadora del curare manifestaba una variación tan ostensible cuando se aplicaba a distintos pacientes? Antiguos enfermos, ya curados, que incluso efectuaban un trabajo ligero, se presentaban de nuevo a Doutreval quejándose de agudos dolores en la espalda que les obligaban a abandonar el trabajo. ¿Por qué? Para descubrirlo hubiera sido necesaria mucho tiempo y largas y pacientes investigaciones Doutreval se entregaba a ello algunos dias, pero la preparación de una conferencia o un viaje a Toulouse o a Estrasburgo para demostrar su tesis, atascaban sus esfuerzas dando al traste con las ideas que a la sazón bullían en su mente. Par aquellos días tuvo que enfrentarse con su primer accidente mortal. Pese a ser éste inevitable, no por ello Doutreval dejó de experimentar una penosa impresión. Sucedió en el hospital de Saint-Clément. Groix y Regnault inyectaron el producto convulsivo en las venas de un joven de veintiséis años, tendido, completamente desnudo, sobre la cama; seis centímetros cúbicos exactamente. Después de una espera bástante larga sabrevino una crisis fulminante. El rostro del enfermo cobró una verdusca lividez. Con tanta violencia volvió hacia Doutreval los ojos y la cabeza que pareció habérsele dislocado la nuca. Bajo !os efectas del tétanos, con los músculos tensos coma una cuerda, el enfermo prorrumpió en un grito horrisono y cayó de espaldas con las piernas levantadas, agitándolas furiosamente, una tras otra, como si pedaleara en el vacio. Sus manos parecían agarrar el aire. Abrió la boca y la cerró con un chasquido brutal, como para hacer saltar los dientes de un estallido. De repente, en medio de un pavoroso esfuerzo de contracción, se produjo algo asi como un crujido seco, neto, límpido, el ruido de algo que acaba de quebrarse, en la espina darsal del loco. El demente soltó un rugido. Los tres hombres se miraron. Terminada la crisis. Doureval hizo trasladar al paciente, todavía inanimado, al departamento de radiografía. La primera vertebra dorsal aparecía rota, aplastada, completamente triturada bajo la tracción de los poderosas músculos espinales. Debía de haber graves lesiones en la médula espinal, pues el paciente falleció al atardecer del siguiente día.
Durante varias dias Doutreval discutió el caso can Regnoult y Groix. Doutreval se pronunciaba por un accidente, una predisposición del paciente a las fracturas a causa de su debilidad y de su desmineralización. En suma, una caso excepcional que no habia de tenerse en cuenta. Regnoult abundaba en esta opinión. Groix, en cambio, pretendía supeditar el accidente a una serie de hechos vagamente similares: los dolares en la espina dorsal frecuentemente comprobadas en el momento de la crisis, como era el caso de esos enfermos curados que se quejaban luego de agudas molestias en !a espalda. Como Groix se mostrase terco. Doutreval se vio obligado a atajar la discusión dando ésta por terminada.

***

cicatriz… El botellazo que recibió en la cara para salvar a Doutreval.. ¿Y de quién fue la idea del curare. quién la puso en práctica? Groix. Sin embargo, en el último instante, Doutreval prescindió de él y firmó solo la comunicación a la Academia de Medicina. Un robo, en suma. El sentimiento de orgullo había hecha tabla rasa de la conciencia, el sentido moral y la humanidad. Hubo momentos en que, de una manera intuitiva, Doutreval se habia dado cuenta de que andaba equivocado. Ante el espectáculo de las crisis sufridas por los convulsionados, ante aquellos miserables locos atacados de tétanos, cuyos miembros se les quebraban en sus espasmos, algunas veees, DoutrevaL horrorizado, había vacilado, percatándose de que iba demasiado lejos y que el derecho de uno a efectuar experimentos sobre sus semejantes tiene sus limites. Sin embargo, siempre habia hecho caso omiso de su conciencia. ¿Por qué? Porque lo que en el fondo ambicionaba era cosa distinta de la salvación de los hombres. Apetecía su única satisfacción, la apoteosis de su “yo” Acudíó a su mente aquel film de actualidades, en el que trataba de curar a un loco entre un combate de boxeo experimentado una impresión desagradable y asqueante. ¿Por qué? Porque, en el fondo, sin atreverse a confesárselo, se daba cuenta de que aquella farsa, aquella exhibición de un demente en plena convulsión de epilepsia artificial, constituía una sacrilega profanación de la miseria humana puesta al servicio del orgullo. Propaganda, artículos mendigados a amigos suyos, artículos pagados a pobres directores de revistas . Y una cobarde y  secreta sensación de alivio cuando Groix, testigo demasiado lúcido, le dejó… ¡Demasiado lúcido¡ ¡Cuán acertadamente juzgaba su obra y la calificaba aquella noche en Amsterdam, cuando el «patrón» vacilaba, respeto a la operación de Mariette, entre Heubel y Géraudin! Groix había visto claro en el alma del maestro. Y habia «reabierto» a la muerta. Habia visto la verdad. Lo sabía todo. Desde aquel trágico momento en queh en su semi inconsciencia, a la cabecera del lecho mortuorio de Mariette. Doutreval oyera las palabras de Cassaing a Fleurioux: “La han vuelto a abrir y Groix me ha explicado que…»; desde aquel momento Doutreval se habia sentido desazonado en presencia de su ayudante.

***

Hay otra novela sobre las corruptelas del sistema médico, ambientada en la misma época pero en Inglaterra, concretamente en las minas de carbón de Gales del Sur, titulada “La Ciudadela” (1937) de A. J. Cronin, totalmente recomendable.

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