¡A la hoguera con ellas!

He visto un montón de pararelismos del corpus teórico y práctico de la psiquiatría con sus antepasados en este reportaje de Miguel Ángel Sabadell sobre la brujería publicado en la revista “Muy Interesante” Nº 357 febrero de 2011 titulado

¡A la hoguera con ellas!

Extracto:

De curalotodos a demonios.

Este brutal cambio de percepción surgió en el Renacimiento. Antes, los brujos formaban parte del entramado social y “la brujería respondía al deseo de controlar la Naturaleza en cuatro aspectos principales: la salud, el sexo, el conocimiento del futuro y la ambición económica”, dice el historiador e hispanista de la Universidad de Burdeos-III Joseph Pérez, autor de Historia de la brujería en España. Habituales en el medio rural, los hechiceros ejercían de curanderos, dada la falta de médicos, y vivían de vender pociones amatorias y amuletos de la suerte. Sin preparación intelectual, sus conocimientos sobre las plantas procedían de la tradición y de la experiencia; eran depositarios de la cultura popular. Pero en el siglo XV todo cambió. Europa había sido arrasada por la peste negra, y en 1494 apareció una nueva epidemia que infectaría a un millón de ciudadanos.- la sífilis. Mientras, reyes y gobernantes embarcaban a sus estados en un ciclo continuo de conflictos. A la Guerra de los Cien Años (1337-1453) entre Francia e Inglaterra le siguieron las sangrientas luchas entre católicos y protestantes y la Guerra de los Treinta Años, que destrozó Centroeuropa entre 1616 y 1648. A eso hay que sumar sequías y hambrunas, muertes por falta de higiene…, un cuadro desolador para una población dominada por el miedo a unas penurias y desastres sin explicación razonable.

En ese contexto, la Reforma religiosa sirvió de trampolín para eliminar los restos de paganismo que pervivían en el medio rural y de los que se alimentaba la hechicería. En lugar de reciclar esas creencias, como hizo el cristianismo primitivo, tanto católicos como protestantes decidieron atacarlas declarándolas herencia de Satanás. Lutero abogó por quemar a sus practicantes y los luteranos extendieron por Alemania la caza de brujas, mientras el calvinismo impulsó en Escocia la primera ley antibrujería, en 1563.

100 mil
Número total de personas que se
calcula fueron ejecutadas en
Europa, entre los siglos XV y XVIII,
por supuesta brujería.

Siniestras criaturas.

Al tratarse de un concepto ideológico difícil de demostrar, se declaró la brujería crimen excepta, delito excepcional al margen de las garantías procesales. Era una traición a Dios y como tal debía ser penada: “Ningún castigo que impongamos a las brujas, aun asarlas y cocerlas a fuego lento, es excesivo”, escribía el jurista francés del siglo XVI Jean Bodin. Este prohombre descargó su fanatismo en Demonomanía de los brujos (1580), donde dejó perlas como “hay que obligar a los niños a declarar contra sus padres”, “la sospecha es base suficiente para la tortura” o “nunca se debe absolver a una persona una vez que haya sido acusada”. Para él, la mejor manera de infundir temor de Dios era con “hierros al rojo para arrancar la carne putrefacta”. Como si hubieran leído a Bodin, las hijas del terrateniente inglés Robert Throckmorton causaron la ruina al matrimonio formado por John y Alice Samuel y a su hija Agnes, vecinos del pueblo de War-boys. Las pequeñas monstruitas, encabezadas por Jane, de 10 años, fingían ataques de epilepsia cuando aparecía Alice y convencieron a los jueces, con el apoyo de un médico de Cambridge, de que esta les aplicaba un conjuro. Las niñas también acusaron a la familia Samuel de causar la muerte de Lady Cromwell, casada con el hombre más rico de Inglaterra y conocida de los Throckmorton. John, Alice y Agnes fueron declarados culpables de asesinato mediante hechicería. El caso, conocido como Los brujas de Warboys, contribuyó a impulsar la ley de 1604 que fijaba la pena de muerte para la brujería.

Orgía en el convento.

En Francia, el fenómeno estuvo más relacionado con el sexo. El episodio de las monjas de Louviers, en Alta Normandía, se debió a los excesos de los capellanes de un convento de franciscanas terciarias. Cuando la joven Madeleine Bavent ingresó en 1623 descubrió que el padre espiritual del cenobio participaba de una herejía que defendía que a Dios había que adorarlo desnudo, como Adán y Eva. “Las monjas se desnudaban y bailaban ante él. Nos obligaba a darnos abrazos lujuriosos, presencié la circuncisión de un enorme falo que unas monjas cogieron a continuación para satisfacer sus caprichos”, escribió Madeleine.

Ella se negaba a participar en esas prácticas, pero el cura Mathurin Picard la violó y la dejó embarazada. Las orgías continuaron hasta 1642, cuando la muerte de Picard desencadenó la histeria. Temerosas de que se descubriera el asunto, 14 de las 52 monjas del convento empezaron a fingir posesión demoníaca y acusaron a Madeleine de haberlas hechizado (Aquí el fingimiento de posesión demoníaca se utiliza para encubrirse y echar las culpas al cabeza de turco de turno). Esta fue torturada y condenada a cadena perpetua en una insalubre mazmorra donde sólo recibía pan y agua cada tres días. En 1647 Madeleine no pudo aguantar más y murió en prisión.

1787

Año en que se quemó por última vez en la hoguera a una bruja. Fue en el cantón calvinista de Glarus, en suiza.

Simpatía por el diablo.

El desenlace habría sido otro si los jueces franceses hubieran mirado lo sucedido en el Convento de las Benedictinas de San Plácido de Madrid, en 1628. En sus intramuros el diablo poseyó a 25 monjas. Pero el inquisidor Diego Serrano comprobó que estas no eran posesas, sino enfermas mentales (aquí se vislumbra el cambio de lenguaje de posesas a “enfermas mentales” en vez de decir lo obvio que no podían decir libremente que estaban siendo violadas por los frailes, por el riesgo a no ser creídas, debieron fingir que estaban siendo poseídas por el diablo), y que no necesitaban exorcismos, sino atención médica. Francisco García Calderón, confesor del monasterio, fue encarcelado por mantener relaciones sexuales con las religiosas. “No hay, señor, que andar con rodeos en todo esto: ni ha habido ni hay más demonios que los frailes”, escribió Serrano con buen tino al Inquisidor General. La brujomanía se instaló durante dos siglos en la mente de clérigos, jueces, alcaldes y filósofos, que sofocaron con horca y fuego el espíritu»

La cacería light española.

Pese a la fama de la Inquisición, en España la caza de brujas fue relativamente light. Según Joseph Pérez, aquí hubo menos procesos y sentencias por brujería que en Europa, y la mayoría leves: destierro, azotes, cárcel, casi nunca ejecuciones. El auto de fe más sonado fue el de Logroño de 1610 contra las brujas de Zugarramurdi, en que se procesó a 40 vecinas de ese pueblo navarro por brujería y se condenó a 12 de ellas a morir en la hoguera. Los testimonios se basaron en supersticiones y envidias, y los inquisidores se dejaron llevar por la histeria social y por el caso de la vecina comarca francesa de Labourd, donde el jurista Pierre de Lancre había condenado a 80 personas. Brujas sí, moros no. En general, según Pérez, “la Inquisición española trató de buscar explicaciones racionales al comportamiento de las brujas mientras que en el resto de Europa la credulidad de los jueces envió a miles de mujeres a la muerte“. Para este hispanista, el hecho diferencial se debió a que nuestro país se libró de las guerras de religión que asolaron el continente. Por otra parte, la Inquisición estaba muy ocupada persiguiendo a los moriscos, judíos conversos y luteranos, por lo cual juzgó con más benevolencia la brujería, que no consideró una herejía estricta.

» crítico del que solían hacer gala. La incipiente ciencia que llegaba con Galileo y Newton fue sustituida por una credulidad extraordinaria. ¿Cómo personas ilustradas podían creer semejantes tonterías? El juez papal Paulo Grillandi llegó a explicar por qué una bruja, capaz supuestamente de cambiar de forma y de pasar por el ojo de una cerradura, no podía escapar de la prisión: “Una vez que el demonio se ha apoderado de ella, Satanás desea que sea ejecutada, porque así no podrá librarse de él arrepintiéndose”.

Un recurso financiero.

Joseph Pérez apunta a la vieja fascinación humana por lo demoníaco, pero tampoco hay que olvidar que la brujería era un excelente negocio. Como los tribunales de principios del XVII se autofinanciaban, los condenados por hechicería -o sus familiares –pagaban cada acto de castigo y cada banquete de los jueces. Incluso aunque fueran declarados inocentes, como le pasó en 1676 a la alemana Chatrina Blanckenstein, que fue torturada salvajemente con las empulgueras -que machacaban los dedos de manos y pies-, el potro, los borceguíes y las cuerdas de despellejar. Pese a ello, la mujer no confesó y el caso fue sobreseído, pero antes tuvo que pagar las costas de su calvario. No es de extrañar que en Alemania, donde la confiscación de bienes fue sistemática, se incoaran procesos contra mujeres acaudaladas. Cuando Fernando II (1578-1637) prohibió las confiscaciones por considerarlas negocio sucio, disminuyeron las ejecuciones. Aun así, hubo casos sangrantes como el del burgomaestre de Bamberg, Johannes Junius, víctima de la caza de brujas impulsada por el elector de Sajonia Juan Jorge II, que ordenó quemar vivas a unas 600 personas. En 1628, antes de morir en la hoguera, Junius escribió a su hija contándole cómo fue atormentado en la estrapada) y cómo el verdugo le rogaba que confesase algo, aunque fuese inventado, porque no pararían hasta que admitiera que era brujo. Es cierto que hubo unas pocas mentes lúcidas que se horrorizaron ante tales perversiones. “Escuchadme, jueces hambrientos de dinero y fiscales sedientos de sangre: las apariciones del diablo son mentira”, escribió en el siglo XVII el teólogo luterano Johann Mey-farth. Este había presenciado cientos de procesos por brujería y cómo los verdugos se deleitaban con el suplicio de sus víctimas, con los ojos fuera de las órbitas y las quemaduras de azufre y aceite. Meyfarth bebió sus ideas de su compatriota el jesuíta alemán Friedrich Spee von Langenfeld, que publicó en 1631, sin firmar, Cautio criminalis, donde confesaba lo siguiente: “Si no somos todos brujos es porque todavía no hemos sido sometidos al tormento; el mismo Papa, sometido a tormento, confesaría que él también es brujo”.

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