Ayer, hoy y mañana: el enfermo mental con organicidad ante la devastación del lazo social

Os pongo un documento, que me ha parecido muy interesante.

Santiago Héctor Valdés (1) y Mario Crocco

(1) ex-Viceministro de Salud de la República Argentina, médico psiquiatra, psicólogo.

Introducción al trabajo “Memorias de un Psiquíatra”, por Santiago Héctor Valdés, de próxima publicación en Electroneurobiología

1. Afuera de las instituciones

Como casi todas las cosas, el concepto de enfermedad mental fue variando en el tiempo. Hoy a la mayoría de los enfermos mentales no se los quiere llamar enfermos, marginándolos así del magro amparo (“cobertura social”) que nuestra fragmentada sociedad tal vez aún podría darles. Dedicaremos a este silenciado silenciamiento las secciones finales de la presente Introducción. Las próximas secciones procederán a bocetar, en ceñido racconto, cómo el concepto de enfermedad mental, y en particular el de los psicóticos con compromiso orgánico (organicidad) fue llegando hasta allí.

En el principio no existían manicomios. Los primitivos creían que los factores sobrenaturales al actuar sobre el individuo le producían los trastornos mentales. De allí que los trataran de curar por medio de la magia, mediante cantos, danzas, plegarias, imprecaciones. Diversos intentos de explicación se han encontrado en los escritos dejados por Hipócrates, Galeno, Celso y otros.

Pero estas narrativas no resultaron convincentes. En el período llamado renacentista de lo que ha llegado a ser nuestra cultura, y hasta bien entrada la Modernidad en muchos lugares, se los miraba como hechiceros, se los perseguía, torturaba o hasta se los enviaba a la hoguera. Al enfermo mental en ese período lo consideraban endiablado o enviado del Diablo.

2. Accediendo a la institucionalización

Tan horrible suerte atrajo la caritativa reacción de algunos que, aun sin controvertir que el desamparo proveniese de la misma inhabitación demoníaca, sintieron la necesidad de reducírselo. De pura compasión, pues, comenzaron en la misma época a fundar en Occidente los hospitales para alienados. La cultura árabe los tenía desde antes. Pero recién desde el siglo XVII comenzamos a considerarlos enfermos.

No obstante, aun entonces se los tenía por incurables: no se advertía la existencia ni se imaginaba la posibilidad de elaborar alguna praxis específica – ni médica, ni mucho menos comunitaria o capaz de eludir el asistencialismo – eficaz para prevenir la locura, o para rehabilitar a todos o parte de tales dolientes. Tenidos por enfermos pero considerados incurables, estimóse lógicamente que todo loco, que por variados motivos no pudiera ser dejado en la calle, habría de terminar sus días en asilos o prisiones.

Nótese al pasar esta vieja asociación entre criminología y psiquiatría. Algunos enfáticamente quisieron olvidarla durante los cuarenta años transcurridos entre el comienzo efectivo de la desmanicomialización, en los años de 1960, y del inicio del agotamiento de los combustibles fósiles baratos y consecuente globalización de los intereses, cerca de 2000, que hoy nos desafía con no pocos signos de decadencia. Con ese olvido se procuraba separar en modo tajante al enfermo neuropsiquiátrico de los desmanes y delitos ocasionados por su condición, alegándose que en estos mayoritariamente entendían alienistas e higienistas. Estos dos grupos eran presentados como de profesionales organicistas (esto es, que veían al alma o psiquismo como una secreción del órgano cerebral, secreción capaz sólo de reaccionar a estímulos exógenos o pulsiones endógenas e incapaz de imponer en el ambiente nada realmente nuevo), insensibles que estimaban superflua toda intervención psicoterapéutica, innecesariamente autoritarios, deshumanizados y tan dogmáticos cuanto incompetentes. El olvido de los temas de su incumbencia era un modo eficaz de ponerlos fuera de juego.

3. El panorama intrainstitucional

Ahora, en infortunada pendulación, con el reciente incremento del desamparo comunitario, la violencia social y el consecuente auge de los enfermos internados llamados “sociópatas”, la asistencia intrainstitucional a buena parte de los psicóticos con cuadros neuropsiquiátricos (es decir, detectable organicidad) ha vuelto a requerir consideración criminológica – apenas despojada entre nosotros del añejo énfasis de la Liga de Higiene en la herencia genética, énfasis que reflorece en otras latitudes. La nueva consideración criminológica se hizo forzosa ante la capacidad, de estos psicóticos con organicidad, de asociarse dentro del hospicio para procurarse escape vicario (estupefacientes) y recursos como poder interno y dinero. La asociabilidad en los pacientes clásicos era mucho más reducida.

En este momento, en cambio, la asociabilidad creció tanto que se hace prioridad cohartar la formación intrainstitucional de bandas delictivas que conspirarían contra la asistencia, asumiendo el efectivo control del hospital si se lo permitiera. Aunque es claro que no corresponde imputarles culpa ni punirlos con castigos, nuestro problema actual (escribimos en marzo de 2006) es que no podemos seguir idealizando a los enfermos mentales internados como personas tocadas por el genio y separar la actual población de pacientes neuropsiquiátricos de las inconductas y delitos aparejados a su condición clínica. Ya volveremos al tema y comentaremos por qué el caso difiere de la situación de los no internados, o sea de los psicóticos neuropsiquiátricos con domicilio en la calle; volvamos ahora al racconto.

4. Primeras complicaciones en la institucionalización

Fue así como, mientras se los tenía por incurables, los enfermos mentales tanto con cuadros neuropsiquiátricos cuanto sin organicidad detectable (pacientes psicológicos, englobados como neuróticos) siguieron sin ningún tratamiento y sufriendo trato inhumano. Pero se los solía internar. Quedaban en manos de los encargados de dichos asilos o prisiones, quienes en forma despiadada solían castigarlos, llegando a matarlos por el maltrato. Además les exigían trabajar, no rehabilitatoria o educativamente sino para explotarlos en distintas formas. También se los presentaba en circos o teatros, cobrándose el espectáculo de exhibir su locura. Y si lograban permanecer en el ámbito familiar se los encerraba por vergüenza, hasta que la vejez o la parálisis neutralizaban los riesgos atribuídos a la enfermedad, quedando recién libres.

Vemos como el enfermo neuropsiquiátrico, y también el paciente mental en general, ha pasado por períodos donde primero fue “enviado de Dios”, luego “enviado del Diablo”. Se lo ha maltratado, exhibido, explotado, encarcelado; pero en general siempre se consideraba su enfermedad vergonzante: humillante. El mito urbano de su genialidad o hipersensibilidad artístico- intuitiva, descendiente de aquel asombro original en los primitivos que creían a los locos sobrenaturalmente tocados, sólo era falaz fantasía compensatoria.

Los encerraban tras muros de hospicio. Ahí por muchos años subsistió la represión y el ocultamiento de ese “inservible”, que a no pocos producía escozor por el solo hecho de verlo. Quienes los internaban los “tapaban” tras los muros. Tras haberlos recluído, un dulce efecto amnésico sobrevenía a los internantes: se sentían aliviados y protegidos habiéndose sacado de encima la horrífica carga. Debemos decir que esa actitud o “razonamiento” era normal en todos los niveles sociales. ¡Si la conoceremos terapeutas y pacientes!

En el siglo XVIII apareció la escuela francesa con Pinel, a quien llamaron “el libertador de los locos”. Modernizó métodos y tratamientos: el movimiento que impulsó produjo una reforma hospitalaria con la que prácticamente comenzó a ser fructífero el contacto interpersonal entre médico y enfermo mental. Se llegó así a observar que algunos reaccionaban tan pero tan bien que resultaba tolerable enviarlos a la sociedad exterior. Su “curabilidad”, antes inconcebible, apareció en el horizonte de posibilidades y empezó a exigir consideración. Fomentó sondeársela por ensayo y error.

5. La cura y los factores contextuales en la institucionalización

A medida que así se iban sacando empíricamente en limpio algunas conclusiones validables cuyas materias podríamos clasificar como médicas y como sociológicas, la reforma institucional y su reconformación del campo neuropsiquiátrico progresó en torno a una pregunta fundamental, siempre muy clara en cada contexto histórico: ¿cómo factibilizar la cura en cada etapa de desarrollo de los medios técnicos? Por ejemplo: ¿cuánto uso parásito (interés político o sectorial de fachada) es inevitable y debe tolerarse en salud mental en cada tipo de sociedad? O sea, ¿cuán en serio tomar la “nueva” posibilidad de la cura y cuanto como mero medio exclusivo de vida y pura justificación social de algunos sectores profesionales autorreproducibles? ¿Cuánto es legítimo ensayo terapéutico? ¿Cuánto uso “terapéutico” indiscriminado de cocaína (Freud joven), de haloperidol, de Prozac, de Ritalina, de inconsciente estructurado como un lenguaje pueden ensayarse inocuamente en modo continuo e ilimitado? ¿Cuánta ficción tolerar amablemente – “no te metas con …” tal o cual sector – dejándola pasar por inofensiva? ¿Cuánta ingerencia, cuanto suministro de interpretaciones interesadas tolerarle a los diversos sectores sociales en el marco interpretativo? ¿Cuánta iatrogenia (daño evitable causado por psiquiatras, psicólogos y otros profesionales de la cura) es irreducible?

Mucho se ha avanzado hasta hoy, a pesar que hace apenas unos años existía la idea de que los hospitales psiquiátricos eran depósitos de enfermos incurables y reducideros humanos, como en otro tiempo lo veíamos a diario y bien lo destacaba, entre muchísimos colegas sensibles al dolor que nos rodeaba, Ramón Carrillo, maestro y amigo de uno de quienes borronean estas líneas. Carrillo veía muy bien que crear anexos para enfermos mentales en los hospitales comunes sería más barato para el Estado y por el mismo costo permitiría aumentar el número de camas de internación, logrando la desaparición de los hospicios-reducideros y asilos-depósito. Pero aunque varió el sistema, los seres humanos aún no variaron y la idea, impráctica desde el principio, con el cambio social se manifestó del todo contraproducente.

Una cosa es atender ambulatoriamente al paciente psiquiátrico, no pocos de ellos neuróticos, y muy otra crear servicios de internación neuropsiquiátrica “periféricos integrados”, vale decir, que atiendan psicóticos y estén al mismo tiempo afuera y adentro del hospital general a la vez que conectados con el resto de la comunidad. Esta, pese a una atracción inicial bastante corriente, atracción (“Má, ¡quiero ir a ver un loco de verdad!”) que sostuvo la mencionada presentación de la locura como espectáculo, mayoritariamente se cansa pronto de interesarse en los insanos. El descuido crece cuanto más las comunidades son motorizadas por el egotismo y la ceguera a los motivos últimos para respetar al prójimo. Hay un estudio muy serio e interesante, realizado hace casi cuatro décadas por la licenciada Mármora en el servicio 23 del Hospital Borda cuando su jefe era el Dr. López de Gomara, estudio que llegó a conclusiones aún válidas: que estos enfermos fueron y siguen siendo marginados por la sociedad y que la misma familia del internado lo abandona. Nadie los soporta por mucho tiempo.

6. Reformando la institucionalización

Cierto, a los hospitales generales no se los puede enviar. En ninguna Sala común se tolerarían pacientes proclives, por ejemplo, a hacer sus necesidades, limpiarse con el pantalón y embutirlo a presión en el inodoro, si es posible con el palo de una escoba, por “delicadeza”: porque el pantalón ahora está sucio, para que no se vea. (Entre muchas adaptaciones especiales impuestas ya en el siglo XIX, en nuestros hospicios el caño de salida de los antiguos retretes o de los actuales inodoros tiene cuatro veces más superficie de sección que en hospitales generales. Otro ejemplo, todas las sillas deberían ser lo suficientemente pesadas para evitar que adquieran gran velocidad si las emplean como cachiporra). Ni la infraestructura edilicia de los hospitales no psiquiátricos ni los demás pacientes, ni el personal o los familiares que como acompañantes asisten a esos hospitales, están preparados para sobrellevar, junto a los enfermos psiquiátricamente sanos, siquiera un uno o un dos por ciento de insanos reales. Dícese entonces, confundiendo por error o por malicia la atención de psicóticos con la atención de neuróticos (en quienes la sola intervención psicoterapéutica tiene alguna eficacia, pero cuya praxis no sin frecuencia quiere utilizarse como “filtro para depurar la sociedad de elementos perniciosos” de variado signo en los que pretextar organicidad es menos fácil), que los servicios de internación neuropsiquiátrica debieran estar “afuera” pero cerca y traerse los pacientes combinados a otras Salas cuando necesiten otras atenciones clínicas, no psiquiátricas. Traerlos, si es posible, perfumados e inconscientes.

Pero esto último, además de absurdo, es monstruoso: el hilo se corta por lo más delgado e imponer tales traslados en la práctica equivale a postergar de continuo la atención clínica más allá de su debida oportunidad. Son mayoría los psicóticos que conjuntamente necesitan terapias no psiquiátricas, tanto neurológicas (por su organicidad o por cuadros agregados, por ejemplo sindromes neurológicos vegetativos o periféricos) cuanto de cualquiera otra clínica: desde una gripe hasta una peritonitis o una dolencia cardíaca. La disponibilidad debe ser incesante y el remedio pronto, no dependiente de ningún traslado físico ni transferencia de responsabilidad. ¿Vamos a retacearles o negarles esas terapias no psiquiátricas aunque tales enfermos no tengan la culpa de que en nuestra sociedad de hedonismo global muchos de ellos resulten tan difíciles de soportar? Algunos las requieren sólo cada tanto, pero entre crónicos son mayoría los pacientes combinados que necesitan continuamente clínica médica de diversos tipos no psiquiátricos y tendrían que estar con los enfermos comunes … o fingirían necesitarlo para que los lleven.

Además, ¿cuán cerca de los “enfermos que no están locos” debe estar el servicio de internación psiquiátrica “periférico integrado”? Pregúntesele a los vecinos, gente común que se domicilia cerca de los manicomios a la cual los planificadores suelen creer superfluo escuchar; a los rematadores o martilleros, que conocen el valor de venta de sus inmuebles; a los pequeños comerciantes del barrio, a sus reducidores (compradores) del producto de escamoteos y raterías, a la policía de la zona que con harta frecuencia “devuelve” al manicomio internos tras sus incursiones extramuros, autorizadas e inconsentidas. No es cuestión menuda optimizar valores en la dimensión conexión-aislamiento con adecuada precisión y es en esta dimensión donde falló, y como enseguida veremos aun más fallaría en nuestros tiempos, la noción misma de servicio de internación neuropsiquiátrica “periférico integrado” en hospitales generales. Para intentar retenerla, sí, aun podríamos aislarlo de más, precautoriamente; pero ¿queremos que el servicio de internación neuropsiquiátrica “afuera y adentro” del hospital general y a su vez conectado con el resto de la comunidad sea una cárcel? Atención: construir y mantener cárceles dentro de los hospitales generales será gran negocio, pero presentarlo con hipocresía pareciera uno aun mejor…

7. Deconstruyendo algunas reformas a la institucionalización

Ahora un alto porcentaje de los enfermos mentales son los ya mencionados “sociópatas” y ello no sólo atañe a los neuróticos, que pueden beneficiarse con psicoterapias solas: también ocurre entre los psicóticos, con organicidad manifiesta o recóndita. Estos “sociópatas” con organicidad suelen ser víctimas de toxicomanías inducidas por el proyecto de vida promovido desde los medios de control social y formación de opinión. En las instituciones que los hospedan los sociópatas suelen desarrollar subculturas contestatarias, asociándose entre sí con fines ilícitos (por ejemplo, robar y vender cables y metales de cuanta instalación o equipo hospitalario esté accesible, para procurarse estupefacientes; o romper incesantemente vidrios o muebles para marcar territorio o reclamar atención) o de coerción (bandas dominantes que intimidan o atraen empleados o enfermeros; alojamiento pago de malvivientes sanos buscados por la policía, tal como en cierto hospicio hubo de tolerarse largamente a Cancio Martínez, perseguido lugarteniente del célebre bandolero Laginestra; hábil dispersión de informaciones falsas, intramuros y hasta en los medios, con propósito de oponer entre sí a los profesionales y directivos, por el placer de dominarlos y para generar sus frecuentes cambios ampliando así los espacios de maniobra de dichas bandas), mientras el enfermo mental clásico típicamente no lo hacía. En las familias, a su vez, los sociópatas con organicidad a menudo resultan insoportables y costosos en demasía, además de ser riesgosos. Piénsese que estos insanos, libres de toda responsabilidad ocupacional, disponen de sus jornadas completas para ocuparse de semejantes propósitos, inimaginables en el solitario orate clásico sumido en privado delirio.

Al aumento de estas variedades de pacientes se suman los cuadros clásicos, tanto amables como agresivos, solitarios o bien socializados pero con requerimientos especiales. Por ejemplo, las previsiones especiales para dementizados, piromaníacos, epilépticos, contagiosos…

Por todo ello la muy debatida noción, de servicio de internación neuropsiquiátrica “periférico integrado” en los hospitales generales, en la práctica no prosperó y la unidad manicomial especializada de capacidad policlínica sigue siendo indispensable, sobre todo para los casos, tan frecuentes, que demandan terapias combinadas. Son y siempre fueron mayoría los agentes de salud mental sensibles al dolor ajeno cuya alta creatividad se aplica en la escala inmediata, vale decir la del trato interpersonal con el paciente concreto o los grupos pequeños, porque en la escala institucional mayor la “creatividad” suele responder al mercado, no al paciente. Llámesele como quiera, el manicomio es elemento inevitable del paisaje social.

Pero el razonamiento que precede no suele ser conocido del gran público. Ir a parar a un manicomio sigue siendo visto como una despreciable indecencia. El mito de la “genialidad” no lo logra creer ningún involucrado. Es decir, sigue la vergüenza y la humillación.

No son pocos los psicóticos con cuadros neuropsiquiátricos que no pueden egresar nunca; no pocas veces la locura no se cura y los agentes de salud fracasamos, como se verá en los capítulos que siguen. Llevamos menos de siglo y medio de neuropsiquiatría, de modo que no sólo la investigación aplicada sino la investigación básica en serio es aun esencial si realmente queremos curar alguna vez a la mayoría de estos enfermos. ¿Acaso no vemos demasiadas investigaciones cuyas conclusiones casualmente concurren con prefiguraciones sectoriales, factualmente insostenibles? A su vez otros pacientes, pese a nuestras equivocaciones, en algún momento llegan a la condición clínica que permite insertarlos en alguna ubicación externa disponible (familia o comunidad particular) o se insertan solos (vagabundaje por fuga), mientras que otros nunca se vieron desprovistos de la condición clínica que habilita esa “insertabilidad”; estos, en realidad, hubieran debido ser tratados como ambulatorios solamente. Esas son las alternativas de salida.

Pese a todo ha de notarse que un elevado porcentaje de enfermos en condiciones de egresar, frente a esa posibilidad, no quieren dejar “ese lugar” que es su hogar verdadero. No es cuestión de relectura ni de construcción social: ahí están bien (no sólo “se sienten” bien); afuera, no. Prefieren su sitio en el manicomio a los pagos asistenciales mensuales (“Planes Trabajar”, pensiones) y los proyectos de reinserción. En ellos el disconformismo es un punto de concordancia: “no los querían”, “eran marginados para siempre”. Correcta percepción.

8. Afuera de las instituciones (bis)

¿Bocétanse así las más grandes líneas que conforman el campo neuropsiquiátrico? ¡Ojalá! No, lo que acabamos de bocetar apenas toca la problemática de un cinco por ciento o de un diez por ciento de los psicóticos con base neuropsiquiátrica: no neuróticos que puedan beneficiarse con la sola psicoterapia, sino pacientes de compromiso orgánico (neurológico, cerebral) que a veces podemos aliviar y otras muchas no sabemos curar. Tal vez cause asombro este comentario. ¿Cómo es posible que los institucionalizados sean tan pocos? ¿Dónde está el restante noventa o noventa y cinco por ciento de los pacientes de este tipo? ¿No están en los manicomios?

No señor; están en la calle.

Siempre ocurrió que no eran locos todos los que estaban, pero hoy es más cierto que nunca eso de que tampoco están todos los que son. Aunque, tal vez se insista, ¿un noventa o noventa y cinco por ciento excluídos del manicomio? ¿Hay tantos psicóticos con compromiso orgánico? ¿Dónde están todos esos?

En la calle. ¿No los ve? Será que los medios de comunicación no los presentan demasiado seguido, o salen sólo como anécdota, o que los presentan en medio de otras novedades más entusiasmantes y por eso aún falta para que se los “construya socialmente”. Serán cuestión de preocupación en planificaciones turísticas; neuropsiquiátricamente están desinstitucionalizados y se los excluye de las estadísticas. No los queremos considerar enfermos. Pero pacientes de estos cuadros que antes hubieran sido “asilados” hoy están juntando y vendiendo basura (“requecheo” o cartoneo, formidable negocio para otros) o mendigando tal vez con reparto de baratijas en el transporte público (“bondeo”: actividad desprotegida pero que deja altos ingresos) para correr a intoxicarse enseguida con las drogas emergentes de bajo costo, neurológicamente las más deletéreas a la vez que más baratas: el ahora famoso “paco”, el éxtasis, el muy asequible pegamento, lucrativamente distribuídas a los multitudinarios sectores más carecientes de la población. Ocurre que no los construímos socialmente como psicóticos neuropsiquiátricos, enfermos con serio compromiso orgánico para quienes la psicoterapia es existencialmente indispensable pero incapaz de rehabilitarlos.

La desmanicomialización tuvo éxito, diría un cínico; ahora los manicomios apenas atienden una fracción mínima de los psicóticos con organicidad. Los demás, la mayoría, se mezclan con excluídos sociales que son sólo neuróticos (cuentan, por ello, con alguna posibilidad de atención institucional) y con personas sin patología especial pero marginadas. A aquella mayoría de psicóticos con organicidad no los consideramos enfermos. Hasta en más de un claustro universitario se desoiría a quien pretendiese declararlos así: “no es la calle salvaje, sino la ordenada institución llamada hospital la que cuando yo me reciba a cambio de mi salario ha de entregarme pacientes neuropsiquiátricos bañados y contenidos, para que yo les provea curativa terapia”.

9. La organicidad en la calle

A los neuróticos de la calle se los puede atender con alguna eficacia. Pero a los psicóticos con organicidad no, porque la rehabilitación no se emprende institucionalmente mientras el que la necesita se encuentre intoxicado; y su organicidad proviene mayormente del abuso de estupefacientes, abuso que mientras siguen en la calle es casi imposible quebrar. Resultan así muchísimos los chicos sin infancia que rápidamente, antes o después pero en apenas unos críticos meses, detienen el desarrollo de su operatividad intelectual y luego aumentan su deterioro neurológico con los cotidianos vejámenes y el consumo de los intoxicantes emergentes mencionados, sin que hallen cobertura social ni inserción institucional. En algún momento posterior pueden interactuar más o menos efímeramente con algún nodo de la red institucional, pero en general es ya tarde para rehabilitar muchas de sus potencialidades previas.

Es un círculo vicioso. Pero en el caso que aquí específicamente nos ocupa no se trata de su subjetividad: se trata de sus recursos corporales. Caen fuera de todos los análisis de las consecuencias psíquicas de la devastación del lazo social; no porque no las padezcan, sino porque no los podemos curar. Cuestión de química cerebral, de sinapsis, de neuronas, cuya organización fisiológica ha sido desviada más allá del punto de reversión. Se los arresta, se los registra como asunto de “emergencia” y se los libera nuevamente a la fragua de espanto que es la (sociedad de la) calle, no se los puede atender con psicoterapias por causa su organicidad, no hay cura neurológica tampoco, se los desampara (“ya hicimos todo lo posible”, “atendimos la emergencia”), su población aumenta a ojos vistas, nuestra falsa conciencia se tapa los ojos (“nada más podemos hacer”) y justifica por qué se los excluye del sistema de salud, todos conocemos las causas inmediatas y las remotas de su horrenda situación y nadie puede modificarlas. Pero no son enfermos. Los locos están en el manicomio; los de la calle no son locos: ¿no ve que no los pueden poner adentro? Por algo habrá sido.

10. Pensando objetivos generales

Por eso, por este absurdo que supimos conseguir, junto con el avance de la medicina, que ha encontrado posibilidades técnicas de modificar los contenidos de la mente y también de acoger la sensibilidad humana de los neuropsiquiatras comprometidos con el sufrimiento de sus pacientes, debiera al mismo tiempo existir un avance social objetivo que modificase el medio y las mentes de los sanos. Para prevenir, ya que con harta frecuencia no sabemos curar el cuadro una vez que se ha instalado. Ha de promoverse una transformación cultural, no sólo respecto a los enfermos mentales abordables con psicoterapias sino, también, en relación a los enfermos mentales con compromiso orgánico (cuadros neuropsiquiátricos) y a las estrategias para su rehabilitación e inserción psicosocial, que exigen convivir con la irreversibilidad de sus deterioros en materia de desarrollo intelectual y capacidad de aprendizaje. Tratemos de prevenir, pues; pero, que quede bien claro: si no podemos impedir que nuestra comunidad los tare, no debemos excluirlos luego de victimizarlos.

Es necesario que todos les reconozcamos a todos su dignidad, aun hambrientos, enfermos, estupidizados, desvalidos o indefensos, de manera que todos sean deseados y amados, recibidos en una sociedad que en su mayoría tal vez se hará cada vez más pobre pero que, procuremos, también se haga cada vez más acogedora, con hogares ricos en valores. Es necesario que a todos les sea permitido estimar la dignidad e importancia del trabajo humano en la sociedad y del trabajo como necesidad y deber autorrealizador del individuo, como participación de la acción creadora que originó la realidad y, en consecuencia, como medio de hallar el sentido final de la existencia; que todos sean orientados hacia los caminos para su mejor realización y dotados, aun ante creciente pauperización y falsificación de proyectos vitales, con todo lo que necesitan para su desarrollo y para apoyar a los demás cuando el momento les llegue. No tenemos derecho a calificar unas vidas de valiosas y otras de inservibles, a desentendernos de algunos y aun maltratarlos, como si unas vidas fueran respetables y otras no lo fueran.

¿Utopía? No lo creemos. Vemos, sí, que si los profesionales de la salud mental queremos cambiar la vida interior de los enfermos neuropsiquiátricos, no podremos conseguirlo si no sobreviene un replanteo en el exterior: en la actitud de los familiares, cuando están y se hacen presentes, y en la actitud de la sociedad, que permita una “nueva adaptación” del enfermo al medio ambiente … y del medio ambiente al rico y profundo sentido que tiene la existencia humana.

11. Dimensionando el problema

¿Un ejemplo? Bueno.

En Buenos Aires hace noventa años los internados psicóticos con organicidad llegaron a ser unos diez mil (sobre 12.000 internados simultáneos) y ahora, tras desmanicomializarlos, sólo son unos tres mil. Pero hace unos diez años, al iniciarse localmente estos efectos de la “globalización” de los intereses y su incremento de la falta de solidaridad en el mundo, había unos ciento cincuenta mil “chicos de la calle”. Contando el conurbano, con población económicamente más pobre pero casi cuatro veces más numerosa (unos quince millones de personas viven entre Zárate, Mercedes, Ensenada y el río), hemos de estimar su total en el quíntuple. Ahora bien, hace diez años muy pocos de esos 750.000 chicos más indigentes, niños y adolescentes tempranos del 8,3% más pobre de esa población, generaban excedentes económicos para adquirir drogas. Sólo pocos, pues, eran “negocio” permanente para terceros. La miseria era injusta y abominable pero, debido a aquello, no generaba demasiados psicóticos con cuadros orgánicos.

Hoy no sólo esa población ha crecido, sino que “requecheo” (venta de basuras selectas) y “bondeo” (mendicidad, a veces disimulada como venta, en el transporte público) aportaron nuevas modalidades de acceso al dinero y su empleo en las drogas de abuso. Esa población accede a varios centenares de millones de dólares por mes; repartiendo estampitas un chico de la calle gana más que la maestra de la escuela primaria a la que el chico no asiste.

Creada así la posibilidad, los intereses creados fomentaron la “ingeniería social” para prestigiar abuso y adicción y reproducirlos entre sus víctimas. Incluso desde la prestigiosa y casi única vía de exposición de los marginales a contenidos “educativos” de la “otra cultura”, la televisión por aire fuera del “horario de protección al menor”, se les representa y permite “verse desde afuera” con matices positivos, instruyéndoselos acerca de sus hábitos grupales, recursos y vicisitudes. Ello es redituable ya que el sector maneja ahora mucho dinero. La organización social del marginal se estratificó más y le brindó más medios de dañarse.

Durante algún tiempo esos medios le permiten con facilidad adquirir drogas y “pegamento” de uso rapidamente incapacitante. No todos caen en ello, claro está, pero el sector es numeroso; muy numeroso. El típico psicótico con compromiso orgánico de hoy es pues joven, no el adulto mayor con larga evolución patogénica de antaño, temulento consueto o sifilítico cuaternario.

Es que los chicos indigentes se “enriquecieron” y toda una emprendedora industria urbana y suburbana creció en torno a esa lucrativa “demanda”, cuyas víctimas se tornan velozmente incurables con las solas psicoterapias, siendo apenas parcialmente rehabilitables con la adición de otros tratamientos y foráneas a los manicomios. No sabemos cuántos psicóticos en ese sector, con graves retardos neurológicos adquiridos en el desarrollo y cursando pues su psicosis con retraso mental definido por la coincidencia de bajo nivel intelectual e incapacidad para adaptarse a las demandas del entorno, además de fabulaciones, delirios parciales y vinculaciones esquizo-paranoides o disminución del umbral de tolerancia a la frustración, irritabilidad, defecto para reimaginar (trastornos mnésicos, diferencial con el retraso mental congénito), incrementada distractividad y abreviada capacidad de mantener voluntariamente enfocada su atención (“trastorno de déficit de atención”) con hiperactividad o sin ella, presentan también a consecuencia de la toxicomanía episodios de epilepsia, disfunción mínima de consciencia, ausencias, sindromes de liberación supraorbitaria, episodios propios de lo que antes llamábamos “estados crepusculares” (Goldenberg y Pereyra 1955) y psicosis involutivas (Goldenberg, Vispo y Basombrío 1956), y otras múltiples manifestaciones neuropsiquiátricas, las que inician durante la infancia o adolescencia y por las deberían ser institucionalizados para su contención o alivio – tal vez en algún caso para su cura. Sólo sabemos bien que a pocas cuadras del Borda y del Moyano, cerca de la gran estación terminal de ferrocarriles llamada Constitución al igual que en otros puntos de concentración similares, ahora mismo, el alquiler de un infante para mendigar con él en brazos cuesta menos de diez pesos por día; en un buen lugar comercial, recurrir al chico brinda por jornada diez veces más. El vino, por supuesto lo paga el locatario, para que el crío no moleste. Piénsese en el crío tarado pocos, muy pocos años después, con suerte y mientras no se desarrolle “poniendo el cuerpo” en alguna red de prostitución infantil para turismo sexual de extranjeros beneficiados con el cambio o locales en ascenso social: o con menos suerte atrapado para la criminalidad por todo su corto futuro. Piénsese, piénsese – ¡ah, no! ¿Cómo se les ocurre que vamos a pensar seriamente en todo eso? Yo me hice profesional universitario en el campo de la salud mental, no misioner@. ¿Y además para qué pensar en todo eso, si no podemos hacer nada?

12. Colofón

Bueno, ¿no hablábamos de insanos con organicidad? ¿Quién dijo que debíamos buscarlos sólo entre los internados en los manicomios? Este es el contingente más numeroso de locos con organicidad hoy y sobre todo dentro de unos pocos años, a medida que mundialmente la exclusión aumenta y los excedentes demográficos parecen justificar intervenciones más drásticas para lograr una solución final. Ahí, entre otros subgrupos, se hallan los pacientes psicóticos con organicidad en su mayor número. ¿Querían que no los mencionáramos? Nosotros, solos, tampoco tenemos respuesta a su drama, pero nuestro deber como particulares y como profesionales de este campo es advertir su presencia. ¿Podríamos despreciar una vida? No podemos curarlos ni erradicar las causas de esta tragedia global, sólo tratar de proporcionarles cierta comprensión adaptativa que les permita eludir alguna de las propuestas ambientales más deletéreas y así aminorar los daños que se les causa en nuestra nueva situación social.

En tal sentido cada uno de nosotros, los aquí vinculados por este texto, desde cada diferente profesión y situación social tenemos sin duda a nuestro alcance la posibilidad de hacer algo concreto respecto a un caso, a dos, tal vez a más, haciéndonos presentes en su exclusión. Amar es cuidar. No se trata de abandonar la procuración de soluciones más amplias sino de sumar la acción eficaz concreta, tratando con el debido asesoramiento y criterio, aun sin esperanzas y en escala mínima pero concreta, de reducir sus injustas miserias. Por nuestra parte, tal vez algo de lo que aún podemos hacer es señalarlos aquí.

Referencias:

Goldenberg, Mauricio y Pereyra, Carlos, “Estudio clínico de los estados crepusculares”, Acta Neuropsiquiátrica Argentina 1, 209-219, 1955.

Goldenberg, Mauricio; Vispo, Raúl; Basombrío, Luis I., “Sobre las psicosis involutivas”, Acta Neuropsiquiátrica Argentina 2, 23-41, 1956.

Fuente: http://electroneubio.secyt.gov.ar/enfermo_mental_con_organicidad.htm

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3 Respuestas a “Ayer, hoy y mañana: el enfermo mental con organicidad ante la devastación del lazo social

  1. ADVERTENCIA: Los peligrosos fármacos psicotrópicos para la depresión, estrés, ansiedad, hiperactividad y TDAH alimentan una industria psiquiátrica de 245 mil millones de Euros SIN UNA SOLA CURA y con un alto coste en vidas humanas, matando más de 42.000 personas cada año y dañando a muchísimas más. Si necesitas ayuda, infórmate a conciencia antes de destrozar tu vida o la de uno de los tuyos con estos PELIGROSOS TRATAMIENTOS que alteran la mente.

    Me gustaria que veas el siguiente video de unos 5´17 minutos sobre
    La enfermedad mental: fraude y abuso siquiátrico.

    Para verlo copia o pincha aqui:

    • También de mi parte, ¡muchas gracias! Es en verdad un informe actual pese a tener unos años, y para quienes le hemos oído y leído, es la pluma inconfundible del Dr. Mario Crocco. Es el prólogo de Crocco a un libro (su título es el título de la nota), del recordado Dr. Santiago Valdés, apodado “Pechito” Valdés por su gallarda apostura, ex viceministro de Salud, amigo de Abel Fleury en los intensísimos años de hospicio de este (¡cruel y envidiosa es la Argentina con los que descuellan!) y de los Carrillo, a quienes procuró continuar desde la función pública. Siempre cortés y atildado en su vestir, siendo un septuagenario el Dr. Valdés dejó pasar adelante a una adolescente al subir a un colectivo. El conductor, posiblemente ultrajado de ver que alguien quisiera una sociedad mejor y ofendido de que vistiera impecable traje y corbata, cuando el Dr. Valdés empezaba a ascender arrancó de golpe, arrastrándolo. Al caer se golpeó la cabeza con el cordón de la vereda y quedó con severa discapacidad cognitiva en plena etapa productiva de su vida, lo que cuadra al dedillo con las graves dificultades cotidianas con que batallaron Crocco y su escuela los últimos sesenta años. Mucho de la historia está en el directorio raíz de la fuente, http://electroneubio.secyt.gov.ar

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