Paradojas Freudianas, si cobra el paciente cronifica si lo hace el terapeuta cura

Con el post anterior me ha saltado la paradoja sobre el asunto de los beneficios económicos quién los debe recibir, la respuesta de Freud, únicamente el terapeuta ya sea psiquiatra o psicólogo, ya que sino el paciente no le da valor a la terapia, y si recibe el dinero el paciente no se cura y cronifica la enfermedad mental.

Esta ganancia económica asociada a la enfermedad mental, tiene una serie de implicancias clínicas ya articuladas por Freud en el concepto de “ganancia secundaria de la enfermedad”[4]. Podemos decir con Freud, que la ganancia económica obtenida por la enfermedad, refuerza el síntoma y opera como un obstáculo para su disolución (Freud 1913).
A partir de los casos tratados por Freud, donde el paciente encontraba justificación para sus síntomas en la situación económica, él concluye que, “son demasiado buenos los servicios…” que la enfermedad le presta al paciente “en la lucha por la afirmación de sí, y le aporta una ganancia secundaria (…) demasiado sustantiva” [5]. Freud advierte que frente a estos casos el trabajo terapéutico para la disolución del síntoma tiene pocas probabilidades de éxito.

Fuente: https://psiquiatrianet.wordpress.com/2008/07/07/el-manejo-institucional-del-sintoma/

Tres años más tarde (en 1913), en un ensayo titulado “Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, Freud aborda la cuestión de los honorarios, un tema que omitió profundizar siempre en su obra publicada –tan lamentablemente, hay que señalarlo–. Recomienda a los practicantes adoptar desde el comienzo una actitud muy franca. Deben convenir expresamente, con audacia y sin escrúpulos, honorarios suficientemente altos para que los clientes potenciales tengan la impresión de que la prestación que les será propuesta tiene valor.
A la “cuestión molesta” de la duración del tratamiento –una cuestión “a la que, de hecho, es casi imposible responder” – Freud responde que un analista sólo puede dar garantía de que durará “más de lo que prevé el paciente”.
Freud sostuvo que los honorarios elevados estaban justificados por el hecho de que, cualquiera fuera la duración del tratamiento, el psicoanálisis contaba con su promesa de partida: la cura de la neurosis. Por otra parte, es a partir de consideraciones terapéuticas que él recomendó esa actitud interesada; después de todo, la reducción progresiva del volumen del portafolio o del contenido de los bolsillos del paciente podía servirle de aguijón para mejorar en la vida.

Fuente

He encontrado el texto original y lo adjunto tal cual:

Freud en “La iniciación del tratamiento” 1913; hablando en relación a los honorarios.

Para el psicoanalista, los pacientes más gratos habrán de ser aquellos que acuden a él en busca de la más completa salud posible y ponen a su disposición todo el tiempo que le sea preciso para conseguir su restablecimiento. Naturalmente, sólo pocos casos nos ofrecen condiciones tan favorables. Otra de las cuestiones que deben ser resueltas al iniciar un tratamiento e la referente al dinero: esto es, al montante de los honorarios del médico. El analista no niega que el dinero debe ser considerado en primera línea como medio para la conservación individual y la adquisición de poderío, pero afirma, además que en su valoración participan poderosos factores sexuales. En apoyo de esta afirmación puede alegar que el hombre civilizado actual observa en las cuestione de dinero la misma conducta que en las cuestiones sexuales, procediendo con la misma doblez. el mismo falso pudor y la misma hipocresía. Por su parte el analista no está dispuesto a incurrir en iguales vicios, sino a tratar ante e paciente las cuestiones de dinero con la misma sinceridad natural que quiere inculcarle en cuanto a los hechos de la vida sexual, y de este modo le demostrará ya desde un principio haber renunciado él mismo a un falso pudor, comunicándole espontáneamente en cuánto estima su tiempo y su trabajo. Una elemental prudencia le aconsejará luego no dejar que se acumulen grandes sumas, sine pasar su minuta a intervalos regulares (por ejemplo, mensualmente). Por otro lado, es bien sabido que la baratura de un tratamiento no contribuye en modo alguno a hacerlo más estimable a los enfermos. Esta conducta no es, desde luego la habitual entre los neurólogos o los internistas de nuestra sociedad europea.

Pero el psicoanalista puede equipararse al cirujano, que también es sincero y exigente en estas cuestiones, porque posee, realmente, medios eficaces de curación. A mi juicio, es indudablemente más digno y más moral declarar con toda franqueza nuestras necesidades y nuestras aspiraciones a fingir un filantrópico desinterés, incompatible con nuestra situación económica, como aún es habitual entre los médicos, e indignarnos en secreto de la desconsideración y la tacañería de los enfermos o incluso criticarla en público. El analista podrá apoyar además sus pretensiones de orden económico en el hecho de que, trabajando intensamente, jamás puede llegar a ganar tanto como otros especialistas. Por estas mismas razones podrá negarse también a todo tratamiento gratuito sin hacer excepción alguna en favor de parientes o colegas. Esta última determinación parece infringir los preceptos del compañerismo médico, pero ha de tenerse en cuenta que un tratamiento gratuito significa mucho más para el psicoanalítico que para cualquier otro médico, pues supone sustraerle por muchos meses una parte muy considerable de su tiempo retribuido ( una séptima u octava parte). un segundo tratamiento gratuito simultáneo le robaría ya una cuarta o una tercera parte de sus posibilidades de ganancia lo cual podría ya equipararse a los efectos de un grave accidente traumático.

Habremos de preguntarnos, además, si la ventaja que procura al enfermo el tratamiento gratuito puede compensar en cierto modo el sacrificio del médico. Personalmente me creo autorizado a formular un juicio sobre esta cuestión pues durante diez años he dedicado una hora diaria, y en alguna época dos, a tratamientos gratuitos, guiado por la idea de eludir todas las fuentes de resistencias posibles y facilitarme así la tarea de penetrar en la esencia de la neurosis. Pero esta conducta no me proporcionó en ningún caso las ventajas buscadas. El tratamiento gratuito intensifica enormemente algunas de las resistencias del neurótico; por ejemplo, en las mujeres jóvenes. la tentación integrada en la relación de transferencia, y en los hombres jóvenes la rebeldía contra el deber de gratitud, rebeldía procedente del complejo del padre y que constituye uno de los más graves obstáculos a la influencia terapéutica. La ausencia de la compensación que supone el pago de honorarios al médico se hace sentir penosamente al enfermo; la relación entre ambos pierde todo carácter real y el paciente queda privado de uno de los motivos principales para atender a la terminación de la cura.

Se puede no compartir la repugnancia ascética al dinero y deplorar, sin embargo, que la terapia analítica resulte casi inasequible a los pobres, y tanto por motivos externos como internos Pero es cosa que no tiene gran remedio. Por otro lado, quizá acierte la afirmación corriente de que los hombres a quienes las duras necesidades de la vida imponen un rudo y constante trabajo, sucumben menos fácilmente a la neurosis. Ahora bien: la experiencia demuestra. en cambio, que cuando uno de tales individuos contrae una neurosis, no se deja ya sino difícilmente arrancar a ella, pues le presta grandes servicios en su lucha por la existencia y le procura una ventaja patológica secundaria demasiado importante. La neurosis le ayuda a lograr de los demás la compasión que antes no logró de ellos su miseria material y le permite eximirse a sí mismo de la necesidad de combatir su pobreza por medio del trabajo. Al atacar con medios puramente psicoterápicos la neurosis de un sujeto necesitado, advertimos en seguida que lo que él demanda en este caso es una terapia actual de muy distinto género, una terapia como la que nuestra leyenda nacional atribuye al emperador José II. Naturalmente, también entre estas personas encontramos a veces individuos muy estimables a quienes la desgracia ha vencido sin culpa alguna por parte de ellos y en los cuales no tropieza el tratamiento gratuito con los obstáculos antes indicados, obteniendo, por el contrario, resultados perfectos: Para la clase media, el gasto que supone el tratamiento psicoanalítico sólo aparentemente puede resultar excesivo. Aparte de que un gasto relativamente moderado nunca puede significar nada frente a la salud y a la capacidad funcional, si comparamos las continuas expensas exigidas por el tratamiento no analítico de los neuróticos en sanatorios y consultas con el incremento de capacidad funcional y adquisitiva que los mismos experimentan al cabo de una cura psicoanalítica llevada a feliz termino, podremos decir que el enfermo ha hecho todavía un buen negocio. Lo más costoso en esta vida es la enfermedad… y la tontería.

Es demoledor la contradicción observada aquí, si lo recibe sólo el terapeuta es válido y da igual que cronifique el tratamiento, para llenarse el bolsillo ya que le sirve al paciente como acicate para mejorar en la vida y dejarse de tonterías como dice Freud literalmente, ver la cita de arriba y si lo recibe el paciente, no mejora ya que le supone un beneficio tangible mantener la enfermedad.

Lo asombroso es que Freud viene a decir que la terapia psicoanalítica sólo sirve para neuróticos ricos, no para neuróticos pobres, ya que estos últimos se valen de la neurosis para conseguir objetivos tangibles y no psicológicos como hace el solvente, y a su vez a éste se le quita la tontería al ir vaciándole el bolsillo el terapeuta, se tendrá que preocupar por asuntos más importantes. En resumen que el mismo Freud nos dice que el psiconálisis es una farsa o estafa, cuando hay problemas reales no sirve para nada pero cuando hay problemas no vitales, sirve de acicate.

Cualquiera advierte que el terapeuta también se beneficia en mantener una enfermedad mental en el paciente cuando más largo el tratamiento más beneficio secundario económico saca, cronifica algo que podría solucionarse en poco tiempo y por sí mismo o por otros medios.

La hipocresía en el ámbito de Salud Mental es lo normal, hoy a diferencia de principios del siglo XX, se benefician generalmente económicamente ambos, tanto el paciente con bajas renumeradas o pensiones y  el terapeuta con salario público o privado, y no se tira de Freud en la recomendación de dejar al paciente sin beneficio económico alguno, al menos en España, porque la réplica es obvia,  una es hecha por un lector de la web.

Hay mucho charlatán de feria en esta vida y la terapia te la puede hacer una buena/o amiga/a, una persona con mucha calidad humana y además no cobra y se mete de lleno y de forma empática en los sentimientos de la persona que sufre, mucho más que un profesional y encima no cobra.

¿cómo puedo diferenciar un buen de un mal psicoterapeuta?,¿cómo se tantea a un terapeuta para ver que te está estafando y se cree que tu eres un chollo fijo al mes?

Otra y principal porque el descenso de clientes a los centros de Salud Mental, sería alarmante, fácilmente un 90% menos, por eso hoy en día se ha tomado en cuenta la distinción de Freud y son plenamente conscientes las administraciones públicas de los dos tipos de pacientes que acuden a salud mental:

1ª Los que van a llenarse los bolsillos por parte de la seguridad social (Problemas tangibles).

El que va sólo por el beneficio económico, el paciente se “cura”, más que cronifica es un hecho probado que una gran parte de los enfermos mentales desde leves hasta graves que han conseguido la pensión (beneficio económico) por enfermedad mental, no se les ve el pelo por los centros de salud mental, consultorios privados etc, y eso es así porque en este país no se necesita que hagas terapia, farmacológica o psicológica para beneficiarte de ello de por vida a diferencia de otros países, algo que alguien puede colegir que es perjudicial para la otra parte, pero no es así porque siempre se van reponiendo pacientes nuevos de los que se han largado por lo que mantiene también la otra parte su beneficio económico.

2º Los que van a que les vacíen los bolsillos por el terapeuta (Problemas intangibles).

Éstos van principalmente a consultorios privados para que les vacíen los bolsillos y con menos dinero aprendan a valorar las cosas importantes y el valor de las cosas frente a sus neurosis.

Por otro lado cuando no hubiera pacientes nuevos a tratar entonces sí que se preocuparían de los centenares de miles de fulanos y menganos que cobran beneficios económicos hace lustros sin la contrapartida de tratar su enfermedad mental y empobreciendo al terapeuta o al Big Pharma.

Para el estado es una situación de empate o neutra, le da lo mismo pagarles la pensión a perpetuidad sin demostrar que hagan nada para tratar su patología o hecho de la cual recibió el beneficio económico, que darles tratamientos psicofarmacológicos o psicológicos modernos para que se valgan por sí mismos, porque es consciente de los dos tipos de pacientes mencionados anteriormente.

La realidad es que entre esa masa de enfermos mentales pensionistas que no se tratan, hay un mejunje con los dos tipos, unos, esquizofrénicos que no conocen los antipsicóticos atípicos, mezclados con los otros, una gran masa que la enfermedad mental se le “curó” por ejemplo depresivos exógenos por el paro, con la pensión, pero que pueden volver a enfermar si se la quitan, porque la enfermedad mental es su solución como dijo Freud. Por lo que a efectos prácticos es mejor no remover la sopa boba.

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