Diez días en un manicomio

Título: Diez días en un manicomio.
Autora: Nellie Bly.
Traductor: David Cruz.
Editorial: Buck, Barcelona, 2009. 188 páginas.
Autora de la reseña: Carolina Botella Dorta

Nelly Bly, pseudónimo de Elizabeth Jane Cochran (Cochran’s Mills, Pensilvania, 1867 – Nueva York, 1922), fue una de las primeras mujeres que se dedicó al periodismo. En 1887 el New York World le ofertó una arriesgada propuesta:

El 22 de septiembre el World me pidió si podía internarme en uno de los sanatorios para enfermos mentales de Nueva York con vistas a escribir una narrativa sencilla y sin barnices sobre el tratamiento de las pacientes, los métodos de dirección, etcétera. ¿Creía tener el valor necesario para pasar por el trago que requería tal misión? ¿Podía fingir las características propias de la locura hasta tal punto como para engañar a los médicos y vivir una semana entre locos sin que las autoridades descubrieran que tan sólo era “una chica infiltrada que tomaba notas”? Dije que creía que sí. Tenía algo de fe en mis habilidades como actriz y pensaba que podría fingir locura justo lo suficiente como para cumplir cualquier misión que me confiaran. ¿Podía pasar una semana en el centro de dementes de la isla de Blackwell? Dije que podría y que lo haría. Y lo hice. […] Si conseguía entrar en el sanatorio, algo que no esperaba que ocurriese, pensaba que mis experiencias no se basarían en otra cosa que en un simple relato de la vida de tal institución. Lo que ni me imaginaba era que esa institución pudiese estar gestionada de forma tan mala y que existiesen tales crueldades bajo su techo. […] Conseguí que me internaran en el centro para enfermos mentales de la isla de Blackwell, donde pasé diez días y diez noches y experimenté cosas que nunca olvidaré. […] Permítanme que diga una cosa: desde que entré en el centro para enfermos mentales de la isla no intenté seguir con el falso personaje de loca, sino que hablé y actué como lo hago en la vida real. Y, aunque suene extraño, cuanto más sensatamente hablaba y actuaba, más loca me consideraban todos, excepto uno de los médicos cuya amabilidad y dulzura no olvidaré en mucho tiempo.

ALGUNAS DE LAS CRUELDADES QUE NELLIE BLY PRESENCIÓ Y ALGUNAS DE LAS COSAS INOLVIDABLES QUE EXPERIMENTÓ

Nos metieron en un frío y húmedo cuarto de baño, y me ordenaron que me desnudara. ¿Protesté? Bueno, nunca me he puesto tan seria en mi vida como en ese momento, cuando intenté excusarme. Me dijeron que si no lo hacía usarían la fuerza, y que no serían muy delicadas. Justo entonces vi a una de las mujeres más locas del centro junto a una bañera llena de agua, con un trapo grande y descolorido entre las manos. Charlaba para sí misma y se reía de una manera que me parecía maligna. Ahora sabía lo que iban a hacer. Temblé. Comenzaron a desvestirme, y una a una me quitaron todas las prendas que llevaba puestas. Me lo había quitado todo, excepto una prenda.
-No me la quitaré- dije con vehemencia, pero me la quitaron.
Miré al grupo de pacientes reunidas junto a la puerta, que contemplaban la escena, y salté a la bañera con más energía que elegancia.
El agua estaba fría como el hielo, y de nuevo comencé a protestar. ¡Qué inútil era todo! Supliqué que al menos se llevaran a las pacientes, pero me ordenaron que cerrara la boca. La mujer loca comenzó a fregarme. No puedo pensar en otra palabra que “restregar”. De un pequeño barreño de latón cogió un poco de jabón blando y me lo restregó por todo el cuerpo, incluso por la cara y por mi precioso pelo. Para entonces ya no podía ni ver ni hablar, a pesar de que había suplicado que no me tocaran el pelo. La vieja no paraba de restregarme mientras farfullaba para sí misma. Me castañeteaban los dientes y mis brazos tenían la piel de gallina y estaban azules por el frío. De repente me echaron, uno tras otro, tres cubetazos de agua sobre la cabeza; agua fría como el hielo que me entró en los ojos, en los oídos, en la nariz y en la boca. Cuando me sacaron creo que experimenté algunas de las sensaciones que debe de sentir una persona que se hubiese estado ahogando, jadeante, tiritando y convulsionada por el baño. Por una vez, parecía estar loca. Vi la mirada indescifrable de los rostros de mis compañeras, que habían presenciado mi destino y que sabían que el suyo estaba a punto de llegar. Incapaz de controlarme ante el absurdo cuadro que mostraba, me puse a reír como una desesperada. Me colocaron, aún calada hasta los huesos, una enagua corta de franela […]

Éramos cuarenta y cinco internas en la sala 6, y nos enviaron al baño, donde sólo había dos toallas ásperas. Vi a algunas mujeres con erupciones peligrosas en la cara secarse con las toallas y después otras con la piel sana usarlas. Fui hasta la bañera y me lavé la cara en el grifo abierto, usando la enagua como toalla.
Antes de completar mis abluciones trajeron un banco al cuarto de baño. La señorita Grupe y la señorita McCarten llegaron con peines. Nos dijeron que nos sentáramos en el banco, y una paciente y dos enfermeras, con seis peines, acicalaron el pelo de cuarenta y cinco mujeres. Al ver las cabezas llagadas de varias mujeres pensé que aquella era otra prueba con la que no había contado. La señorita Tillie Mayard tenía su propio peine, pero se lo quitó la señorita Grady. ¡Oh, vaya manera de peinar! Nunca antes me había dado cuenta de lo que la expresión “saber lo que vale un peine” significaba realmente, pero entonces lo comprendí.

Después de que volviésemos a la sala de estar se les ordenó a varias mujeres que hicieran las camas. Algunas pacientes tuvieron que ponerse a barrer, y a otras se les dieron otras tareas, de modo que se repartió todo lo que tenía que hacerse en el centro. No son las asistentes las que mantienen la institución tan limpia para los pobres pacientes, como yo siempre había creído, sino que las pacientes lo hacen todo, incluso limpiar los dormitorios de las enfermeras y ocuparse de su ropa.

Nunca olvidaré mi primer paseo. […] De dos en dos, formamos una fila, y, custodiadas por las asistentes, salimos por una puerta trasera que daba a los caminos.
No habíamos andado más que unos cuantos pasos cuando vi, avanzando por cada camino, largas filas de mujeres custodiadas por enfermeras. ¡Cuántas había! Mirara a donde mirara podía verlas con sus extraños vestidos, los cómicos sombreros de paja y los chales, deambulando lentamente. Observé atenta las filas que pasaban ante mis ojos y me recorrió un escalofrío de terror. Sus miradas estaban vacías, los rostros inexpresivos, y de sus bocas salían sonidos sin sentido. Pasó un grupo, y gracias al olfato y a la vista pude notar que iban extremadamente sucias.
-¿Quiénes son? –pregunté a una paciente que estaba junto a mí.
– Son consideradas las más violentas de la isla –contestó-. Son del pabellón, el primer edificio con altos escalones.
Algunas gritaban, otras maldecían, otras cantaban o rezaban, hacían lo que les venía en gana, y juntas formaban el más miserable de los conjuntos humanos que se hayan visto. Mientras se desvanecía el estruendo de su paso en la distancia, apareció ante mí otra visión que no podré olvidar.
Una larga cuerda iba unida a anchos cinturones de cuero que rodeaban las cinturas de cincuenta y dos mujeres. Al final de la cuerda había un pesado carro de hierro, y sobre él dos mujeres, una a la que sanaban un pie llagado, y la otra gritando a una enfermera, diciéndole: “Me pegaste y no lo olvidaré. Me quieres matar”, y se ponía a sollozar y a gritar. Las mujeres “de la cuerda”, como las llamaban las pacientes, iban cada una inmersa en su propio desvarío. Algunas gritaban todo el rato.

Nunca me he sentido tan cansada como cuando estaba sentada sobre aquellos bancos. Muchas pacientes se sentaban sobre un pie o de lado, por variar de posición, pero siempre las regañaban y les decían que se sentaran derechas. Si hablaban eran amonestadas y les mandaban callar. Si querían caminar para estirar las piernas, les decían que se sentaran y se estuvieran quietas. ¿Qué, excepto la tortura, podría causar la locura más rápidamente que aquel tratamiento? ¡Y a aquellas mujeres las querían curar! Me gustaría que los doctores expertos que me condenan por lo que hice, puesto que han probado sus capacidades, cojan a una mujer perfectamente sana y cuerda, la encierren y le hagan sentarse desde las seis de la mañana hasta las ocho de la tarde en un banco recto, que no permitan que ande o se mueva durante esas horas, sin darle nada que leer, sin dejar que sepa nada de lo que pasa en el mundo exterior, suministrándole comida de mala calidad y un trato muy duro, y veamos cuánto tarda en volverse loca. En dos meses sería un despojo físico y mental.

Mientras estuve en la sala 6 nunca oí a las enfermeras dirigirse a las pacientes si no era para reñirles, gritarles o hacerlas rabiar. Pasaban la mayor parte del tiempo chismorreando sobre los médicos y sobre otras enfermeras de forma poco edificante. […] Por la noche, una mujer, que supongo que era la cocinera jefa de los médicos, solía traer pasas, uvas, manzanas y galletas a las enfermeras. Imagínense cómo se sentían las hambrientas pacientes allí sentadas viendo cómo las enfermeras comían lo que para ellas era un sueño lujurioso.

Tras una larga charla con el doctor Ingram, dijo:
– Te voy a trasladar a una sala más tranquila.
Una hora más tarde la señorita Grady me llamó para que fuera a la sala, y, tras insultarme y vejarme todo lo que quiso, me dijo que tenía suerte mi pellejo de ser trasladado, porque si no me iba a hacer pagar por haberle contado todo al doctor Ingram.
– Maldita fulana, de ti se te olvida todo, pero nunca olvidas contarle cosas al doctor.
En la sala 7 […] no vi que diesen un trato tan inhumano como en el piso inferior, pero sí las oí hacer comentarios crueles y amenazas, retorcer dedos y dar guantazos a las pacientes más revoltosas.

El manicomio de la isla de Blackwell es una trampa para humanos. Es fácil entrar, pero una vez allí es imposible salir. […] Había deseado tanto dejar aquel horrible lugar que cuando llegó la liberación y supe que de nuevo vería la luz de Dios en libertad, me entró cierta nostalgia. Durante diez días había sido una de ellas. De manera muy estúpida, me parecía muy egoísta por mi parte abandonarlas en su sufrimiento. Sentí un quijotesco deseo de ayudarlas quedándome allí. Pero sólo fue un instante. Bajaron los barrotes y la libertad me resultó más dulce que nunca.

Poco después de despedirme del manicomio de la isla de Blackwell, fui llamada a comparecer ante el Gran Jurado. […] Juré la veracidad de mi historia, y después lo conté todo […] Los miembros del jurado me pidieron entonces que los acompañara en una visita a la isla. Consentí hacerlo con placer. […] El viaje a la isla fue muy diferente […] Los miembros del jurado visitaron entonces la cocina. Estaba muy limpia […] El pan que se exhibía era de una blancura sublime y muy diferente al que nos daban para comer.
Encontramos las salas perfectamente limpias. Las camas habían mejorado, y en la sala 7 los cubos en los que nos obligaban a lavarnos habían sido reemplazados por nuevos lavabos.
La institución se estaba exhibiendo, y no podía encontrarse falta alguna […].
Apenas esperaba que el Gran Jurado me apoyase después de haber visto lo diferente que era aquello respecto a cuando yo había estado. Pero lo hizo, y su informe al tribunal aconsejaba hacer todos los cambios que yo había propuesto.
De modo que al menos me consuela saber que debido a la fuerza de mi historia el comité de presupuestos dona un millón de dólares adicional al año por el bien de los enfermos mentales.

ANOTACIONES PERSONALES A GOLPE DE PELÍCULA

Leer algo sobre los antiguos manicomios y visualizar a Jessica Lange interpretando el papel de la actriz Frances Farmer mientras estuvo ingresada en una de tales instituciones es, para mí, todo uno. Graeme Clifford rodó Frances en 1982. Yo tenía cuatro lustros y es indudable que esta película me impactó. 27 años más tarde (22 de ellos ejerciendo la medicina), el horror que me produce lo que relata Nelly Bry es mucho mayor. Me abruma la gama de matices abyectos que ahora soy capaz de captar. No. No eran imágenes exageradas las de, por ejemplo, El hombre elefante (David Lynch, 1980), De repente el último verano (Joseph L. Mankiewicz, 1959), Alguien voló sobre el nido del cuco (Milos Forman, 1975), San Clemente (Raymond Depardon, 1980) o, más recientemente, El intercambio (Clint Eastwood, 2008). Con respecto a este último filme no puedo dejar de señalar el paralelismo que existe entre la historia real de lo que le sucedió a una mujer llamada Christine Collins en 1928 y lo que relata Nellie Bly. Si delirante es la forma en que contra su voluntad encierran a la cuerda Christine en un psiquiátrico, no menos disparatado es cómo, premeditadamente, Nellie consigue lo propio. Contarlo alargaría demasiado esta reseña. No queda más remedio. Hay que ver la película de Eastwood. Hay que leer el libro de Bly.

Fuente: http://www.fisterra.com/human/1libros/cbd/DiezDiasEnUnManicomio.asp

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