DEPRESION ¿Prozac o placebo?

JOHN HORGAN

Durante la última década, los psiquiatras y los medios informativos han contado maravillas del Prozac y del resto de los medicamentos que pertenecen a una generación de antidepresivos conocidos como inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (SSRI, en sus siglas en inglés). Ahora, sin embargo, un informe del Departamento de Salud y de Servicios Humanos de Estados Unidos acaba de confirmar lo que ha sido desde hace mucho tiempo un secreto a voces para los investigadores de enfermedades mentales: que los SSRI no son más eficaces en el tratamiento de la depresión que otras clases de medicamentos más antiguos, como los antidepresivos tricíclicos.
Escondida entre las páginas de este informe hay una historia más amplia e inquietante. A lo largo de los últimos 100 años, mientras los científicos adquirían información cada vez más detallada sobre el cerebro valiéndose de tecnologías cada vez más potentes, en la práctica no se han producido verdaderos avances en el tratamiento de la depresión y de otros trastornos mentales comunes. Desde el psicoanálisis hasta el uso del Prozac, todos los tratamientos que se han ofrecido hasta la fecha son similares en cuanto a su eficacia, o falta de ella.
Aproximadamente, dos tercios de todos los pacientes que son sometidos a algún tipo de tratamiento contra la depresión presentan cierta mejoría. Por otro lado, al menos la mitad de quienes nunca reciben tratamiento mejora de todos modos.
La terapia más común durante la primera mitad del siglo era la curación con palabras, popularizada por Freud. Ahora hay cientos de métodos de curación con palabras, desde la interpretación de los sueños propuesta por Jung hasta la terapia cognitiva del comportamiento. Si bien cada uno de estos métodos siempre ha sido pregonado como un avance en relación con los anteriores, existen pruebas científicas de que todos los tipos de psicoterapia son esencialmente iguales.
La llegada en los años cincuenta de ciertos fármacos como los antidepresivos tricíclicos se interpretó como un enorme avance con respecto a la psicoterapia en el tratamiento de la depresión. De hecho, varios estudios sostienen que los antidepresivos y la psicoterapia producen más o menos los mismos resultados. El mencionado informe, en el que se resumen muchos estudios, llega a la conclusión de que alrededor del 50% de los pacientes con depresión severa mejora al tomar medicamentos, en comparación con el 32% de los que han tomado un placebo. Pero incluso este resultado, que según parece confirma la ventaja que supone tomar fármacos, podría ser engañoso, según algunos investigadores, como Roger Greenberg, del Centro de Ciencia de la Salud de la Universidad Estatal de Nueva York, en Siracusa (EEUU).
Los ensayos clínicos se llevan a cabo, al menos en teoría, de tal manera que ni los sujetos ni los investigadores saben a quién se administra el fármaco o un placebo (ensayos doble-ciego). Sin embargo, ya que todos los medicamentos psicotrópicos producen efectos secundarios, como sequedad de boca, estreñimiento y disfunciones sexuales, tanto los pacientes como los investigadores acaban descubriendo quién recibe el medicamento, según Greenberg. Cuando un paciente se da cuenta de que está tomando el fármaco, el efecto placebo se intensifica, sobre todo si ha leído libros y artículos en los que se elogia el producto.
Al menos un destacado psiquiatra, Walter Brown, de la Universidad de Brown, EEUU, ha propuesto que se utilicen placebos como tratamiento inicial para pacientes con depresiones leves o moderadas. En realidad, los médicos podrían decirle a los pacientes lo siguiente antes de administrar el fármaco: Estos comprimidos no tienen ingredientes activos, pero algunos estudios han descubierto que surten efecto en muchos casos». Brown sostiene que existen pruebas de que los pacientes suelen responder bien al placebo, aun cuando escuchan esta explicación antes de tomarlos.
En un reciente estudio de la Universidad de Duke se ha destacado un remedio probado desde hace mucho más tiempo. Un equipo de investigadores examinó a 87 pacientes de edad avanzada que sufrían depresión, de los cuales, aproximadamente, la mitad estaba sometido a tratamientos de psicoterapia, de
antidepresivos o de una combinación de ambos. El factor más directamente relacionado con la mejora del estado del paciente no era ninguno de estos costosos tratamientos, sino su grado de religiosidad.

“Salud y persuasión” es un libro escrito por Jerome D. Frank en 1961 que causó mucho revuelo: la obra sostenía la existencia de muchas notas comunes entre las diferentes psicoterapias que resultaban exitosas, postulaba que: “La hipótesis más razonable es que todas las formas de psicoterapia que perduran deben hacer algún bien; de lo contrario desaparecerían. Además es probable que la falta de diferencias netas en el grado de mejoría entre distintas formas de psicoterapia resulta de caracteres comunes a todas.”

Frank concluía que las notas comunes a todas las psicoterapias eran cuatro:

a) Una relación particular entre el paciente y el terapeuta, cuyo ingrediente esencial es la confianza del paciente en la competencia del terapeuta para ayudarlo.

b) Sus entornos son designados por la sociedad como lugares de curación, de modo que el ambiente genera por si sólo una expectativa de alivio.

c) Todas las psicoterapias se basan en el funcionamiento de un mito sobre la salud y la enfermedad: ese mito debe ser compartido por el aparato cultural que defienden el paciente y el terapeuta.

d) Toda psicoterapia implica un procedimiento que resulta de una prescripción teórica.

Años más tarde, el mismo Frank (1982) identificaba los siguientes seis factores comunes a todas las psicoterapias:

1.- Establecimiento y refuerzo de una importante relación entre paciente y terapeuta.
2.- Provisión de una significativa cuota de confianza y esperanza para aliviar el sufrimiento.
3.- Oferta de nuevas informaciones y por ende nuevas posibilidades de aprendizaje.
4.- Facilitación de la activación emocional.
5.- Aumento de las sensaciones de dominio y autoeficacia.
6.- Incremento de las oportunidades de verificar los cambios y los logros en la práctica.

Fuente
Según Jerome Frank, profesor erneritus en la Escuela de Medicina de la Universidad de John Hopkins, en su libro “Persuasión y Cura”, afirma que no es el psicoanálisis el que suele beneficiar a algunos pacientes, sino que la habilidad del psiquiatra para lograr hacer creer al paciente que se va a curar. Es decir, el éxito dependería de la habilidad del psiquiatra para inducir el efecto “placebo”, fenómeno ya bien conocido cuando dos grupos de pacientes se comparan frente a un determinado tratamiento. Es ya algo demostrado, que si a un grupo de pacientes, por ejemplo, se le administra una droga inocua y a otro la que se quiere experimentar, un cierto porcentaje de los que reciben sin saberlo la droga inocua, también mejoran (efecto placebo).

El hecho concreto es que, los esfuerzos que se han hecho para comparar los resultados obtenidos tanto por el psicoanálisis, como por la terapia de tratamiento cognitivo, o cualquier otra terapia de apoyo por conversación y persuasión del paciente, no permiten obtener conclusiones definitivas. Cualquiera que sea la terapia, el porcentaje de los pacientes que se benefician, parecen ser sensiblemente iguales. En todo caso, en cualquiera de estas metódicas existe también el efecto placebo.

Fuente

***

El psiquiatra Jerome Frank nos advirtió en su libro Persuasion and Healing, ya un clásico, que el efecto placebo podría ser el principal factor de todos los remedios psiquiátricos. Las últimas investigaciones confirman los descubrimientos de Frank: los psiquiatras, los psicólogos y otros sanadores científicos, en realidad se aprovechan del poder de la fe de los seres humanos, al igual que lo hacen los chamanes y los hechiceros.
New York Times Op-Ed. John Horgan es autor de The End of Science y de The Undiscovered Mind, de próxima publicación. 

http://www.elmundo.es/salud/1999/336/02452.html

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