Todos somos enfermos mentales

Como ya vimos en el post El Problema de la Psiquiatría de John Sorboro, sobre la posibilidad futura real que la mayoría de la población futura sean enfermos mentales y estos enfermos mentales definan lo normal como anormal, que traten como enfermos a los normales.

¿Un planeta gay que trate de enfermos a los heterosexuales y la reproducción sea separada completamente del sexo, un planeta lleno de paranoicos que trate de enfermos a los prudentes?

Somos comunistas en una economía capitalista, los capitalistas demócratas son enfermos

La obra psiquiátrica de referencia en Estados Unidos y también en Europa ha sido puesta al día. El DSM V aumenta el número de trastornos mentales y suscita una vez más la controversia.

Los homosexuales han hecho lo imposible para salirse. Los asexuales han reivindicado lo mismo y están casi consiguiéndolo. Y al contrario podemos observar la llegada de los “hipersexuales” en el ámbito muy frecuentado de las personas que sufren patologías mentales. Todo esto resume nuestra época. El manual en cuestión quiere considerarse un monumento de ciencia pura, indiferente a la Historia. ¿Inocencia?

La quinta versión del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, o DSM V, no aparecerá antes del 2013, pero su proyecto ha sido puesto en marcha el miércoles pasado (www.dsm5.org), y el mundo aguanta la respiración porque de la “biblia de la psiquiatría” depende la nueva separación entre enfermos y sanos.

¿Entre una minoría de enfermos y una mayoría de sanos? Ya no es seguro: con el correr de los años, el número de trastornos psiquiátricos clasificados no ha parado de aumentar. La cuarta versión del manual (DSM IV) cuenta con 297 patologías, lo cual es suficiente, según el historiador de ideas Christopher Lane, para considerar a la mitad de la población americana padeciendo de trastornos psíquicos.

En la ansiosa espera del DSM V, los autores de las ediciones precedentes han expresado su inquietud viendo cómo aumenta todavía más la proporción de la población considerada como fuera de la media. Así, 2013 verá, tal vez, ocurrir una transición histórica: el planeta Tierra estará poblado por una mayoría de enfermos mentales. “Esto pone sobre la mesa preguntas interesantes”, ironiza François Ansermet, jefe de la psiquiatría infantil de Ginebra: en el futuro, ¿habrá que curar a los “normales”?

Las críticas al DSM son numerosas en Europa. En el último número de la Revista médica Suiza, su redactor jefe, Bertrand Kiefer expresa su principal preocupación: este manual “fabrica la enfermedad”. Y lo hace bajo la sonada y contada influencia de la industria farmacéutica, que “explota de salud” ante un mercado de la patología psíquica en plena expansión. El enfrentamiento entre psiquiatras y farmacéuticas no es un fantasma: ya ha generado sonadas dimisiones.

¿Pero en qué nos afectan estas controversias trasatlánticas? Nos afectan más de lo que parece. Ya puede salir el DSM de la Asociación americana de Psiquiatría y sólo de ella y, sin embargo, se ha impuesto como la obra de referencia a escala mundial. Su único competidor es el capítulo “Trastornos mentales o del comportamiento” de la Clasificación internacional de enfermedades (CIM-10) de la OMS. Los psiquiatras suizos, sobre todo en los informes realizados para las compañías de seguros, se basan tanto en uno como en otro.

Más en profundidad, la clasificación del DSM afecta a nuestra manera de comprender la enfermedad mental. Pierre Bovet, profesor de Psiquiatría en Lausanne y especialista de la esquizofrenia, llegaba a la profesión en el momento en que llegó el DSM III. “Las dos versiones precedentes del manual, explica, eran simples nomenclaturas. El cambio en 1980 fue la introducción de los criterios para el diagnóstico”.

La ambición, legítima, era la de limitar la parte aleatoria en la comprensión de los trastornos mentales y permitir a los investigadores basarse en datos comparables: “Había que poner un límite a un cierto desvío en los diagnósticos”, reconoce.

Pero, poco a poco, el monumento clasificatorio se ha convertido, en los hechos, en lo que él mismo no quería ser: un manual de psiquiatría enteramente. Un manual que reduce el trastorno mental a una suma de síntomas. “Es un empobrecimiento enorme”, se lamenta Pierre Bovet. Lo que se ha perdido por el camino es la psicopatología, es decir, el esfuerzo de entender a una persona que sufre en la “coherencia de su comportamiento”. El “frenesí descriptivo” trabaja en plano, la profundidad se le escapa, y también la visión de conjunto de un ser humano porque se queda pegado al detalle.

“Utilizar las categorías del DSM no impide, por supuesto, pensar las cosas de manera más profunda”, añade el psiquiatra de Lausanne, y es el caso en Suiza, donde “se mantiene una fuerte tradición de psicopatología”. No quita que: “la idea de que la descripción del trastorno no es todo el trastorno es difícil a veces de transmitir, sobre todo en los jóvenes”.

Entre las novedades del DSM V, encontramos una innovación metodológica que consiste en tener en cuenta no sólo la naturaleza del síntoma sino también su intensidad. Una iniciativa loable en sí misma, que hace justicia al hecho de que “las emociones se presentan como un continuum”, dice Pierre Bovet: del humor depresivo a la depresión patológica, por ejemplo.

Por otro lado, como escribe Bertrand Kiefer, “en función de dónde se ponga el cursor sobre el continuum, se puede acelerar o desecar el mercado de la enfermedad mental. No es muy grande el suspense que hace falta para saber de qué lado soplará el viento.

Después de todo, sugiere François Ansermet, ¿la vida no es, en sí misma, una enfermedad?

Referencias:

1. “Cómo la Psiquiatría y la industria farmacéutica han medicalizado nuestras emociones” Ed. Flammarion 2009

2. “Crisis de credibilidad en la psiquiatría pediátrica”, Nature Neuroscience vol. 11, nº9, septiembre 2008.

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