Relaciones entre psiquiatria y nazismo

RELACIONES ENTRE PSIQUIATRIA Y NAZISMO

Clínicas de concentración

El autor examina cómo los campos de concentración y de exterminio, lejos de ser una irrupción de la barbarie en la civilización moderna, tuvieron su fundamento en desarrollos científicos prevalentes y cómo encontraron brazos ejecutores en profesionales de la medicina y, particularmente, de la psiquiatría.


Por Daniel Navarro *

Para desarrollar el concepto de “vida indigna de ser vivida”, en pos de una política eugenésica, el nazismo se valió de la lógica científica, en cuyo marco teórico se legitimaron las esterilizaciones y la eutanasia de los “anormales”. Esta lógica científica establece categorías clasificatorias propias del biologicismo (positivismo) como “asocial”, “degenerado”, “anormal”. Las consecuencias conducen a la segregación y en ocasiones al asilamiento. Michel Foucault señala un claro vínculo entre la teoría biológica del siglo XVIII y el discurso del poder. El evolucionismo –entendiendo como tal un conjunto de ideas que incluyen las jerarquías de determinadas especies, la lucha por la vida de las especies, la selección natural, que elimina a los inadaptados– en el siglo XX sirve para transcribir en términos biológicos el discurso político, para ocultarlo en un ropaje científico y, fundamentalmente, como una manera de pensar las relaciones de la colonización, la necesidad de las guerras, la criminalidad, los fenómenos de la locura y la enfermedad mental, la historia de la sociedad con sus diferentes clases. En definitiva, el evolucionismo se convirtió en un pensamiento único, que invadió la medicina y el derecho.

A su abrigo se construyeron la criminología y la medicina legal, donde el positivismo se constituyó como cuerpo científico e ideológico pleno. Los positivistas van a ocupar las cátedras de medicina legal en las facultades de medicina, controlando de esa manera la formación ideológica de los médicos legistas y por ende de los diversos cuerpos médicos forenses de los aparatos judiciales. Señala Foucault que la psiquiatría necesita destacar el carácter específicamente peligroso del loco. Para funcionar le fue preciso establecer la pertenencia esencial y fundamental de la locura al crimen, y del crimen a la locura. Esta pertenencia es una de las condiciones de constitución de la psiquiatría como rama de la higiene pública.

La psiquiatría, entonces, se constituye como saber científico específico encargado de diagnosticar los probables peligros sociales que acarreaban los enfermos mentales; de allí su necesidad de unir enfermedad mental y peligrosidad, ubicándose como saber técnico indispensable para el funcionamiento y el orden social. Propone que todo portador de una anormalidad es también portador de un peligro para la sociedad: se requieren entonces instrumentos para limitar y cercar este peligro, y surgen las instituciones destinadas al alojamiento de los anormales: manicomios, cárceles, institutos de menores. En esta asignación de tareas, la psiquiatría va a ocupar un lugar de importancia en proveer funcionarios del control social.

Paralelamente a la construcción social del loco como sujeto atávico y peligroso, se constituye el modelo de la peligrosidad, que será utilizado para el “diagnóstico” de la peligrosidad de “locos”, “niños anormales”, “vagabundos” y todo aquel que ponga en peligro el orden social establecido.

Giorgio Agamben sugiere: “El campo de concentración es el paradigma mismo del espacio político en el punto en que la política se convierte en biopolítica y el homo sacer se confunde virtualmente con el ciudadano. La pregunta correcta con respecto a los horrores del campo no es, por consiguiente, aquella que inquiere hipócritamente cómo fueron posible en ellos delitos tan atroces en relación con seres humanos; sería más honesto, y sobre todo más útil, indagar atentamente acerca de los procedimientos jurídicos y los dispositivos políticos que hicieron posible llegar a privar tan completamente de sus derechos a unos seres humanos, hasta el punto de que realizar cualquier tipo de acción contra ellos no se considerara ya como un delito” (Homo Sacer, I; Editora Nacional, Madrid, 2002).

Los nazis llevaron adelante un programa eugenésico elaborado por médicos ávidos de clasificar y diagnosticar rasgos humanos interpretados como anormales. El destino de los clasificados sería la exclusión y la eliminación. El marco jurídico convirtió lo atroz en legal. Muchos médicos nazis lograron eludir la acción de la Justicia y continuaron ejerciendo posteriormente su profesión. Por ejemplo, Carl Vaernet, quien, concluida la guerra, logró escapar con ayuda de los gobiernos danés y británico y vivió en la Argentina desde 1950 hasta su muerte, en 1965.

Vaernet instaló una clínica en la calle Uriarte, del barrio porteño de Palermo, dedicada a la “curación de homosexuales”. Allí realizó tratamientos a numerosos adolescentes cuyos padres no admitían sus inclinaciones sexuales: les insertaba en la ingle una glándula artificial, metálica, que segregaba dosis constantes de testosterona, en la expectativa de cambiar la orientación sexual del sujeto.

La medicina nunca analizó profundamente y con suficiente espíritu crítico su responsabilidad en la génesis de los conceptos biopolíticos del nazismo; algunos pocos médicos alemanes muy involucrados en prácticas homicidas fueron juzgados y condenados, y de esa manera se cerró la discusión.

Señala Agamben: “Es importante hacer notar que, contrariamente a un difundido prejuicio, el nazismo no se limito simplemente a utilizar y a distorsionar para sus propios fines políticos los conceptos que le eran necesarios; la relación entre la ideología nacionalsocialista y el desarrollo de las ciencias sociales y biológicas del momento, en particular de la genética, es más íntimo y complejo, y a la vez inquietante. Lo que aquí nos interesa especialmente es, sin embargo, que en el horizonte biopolítico que es característico de la modernidad, el médico y el científico se mueven en esa tierra de nadie en la que, en otro tiempo, sólo el soberano podía penetrar”.

El campo de concentración no fue una excepción al Estado moderno, sino que el estado de excepción está en la base de las políticas concentracionarias. La política occidental se funda en la construcción de un sujeto a excluir, eliminable. En este sentido, la medicina se constituye como aliado indispensable para llevar adelante la biopolítica de nazismo y de todo Estado moderno. Al contribuir al diseño del sujeto a excluir, la medicina se convierte en una herramienta fundamental en la construcción de la sociedad, adquiriendo un carácter profundamente ideológico. Su saber científico será puesto al servicio del Estado Nacionalsocialista para la elaboración de un aparato que sustente y justifique acciones de la más diversa índole, incluso y fundamentalmente policiales, penales y represivas. Especialmente la psiquiatría y la genética se constituyen como un saber que aporta la base científica para la exclusión de aquellos sujetos indeseables para la sociedad, los anormales. Bajo el nazismo, la medicina se convierte en auxiliar del poder, a los efectos de seleccionar a los sujetos que van a ser excluidos e eliminados. Muchos médicos alemanes participaron activamente en la planificación, diagramación y puesta en marcha de los asesinatos de niños indefensos, enfermos mentales, judíos, gitanos y todo aquel que fuera catalogado como anormal, peligroso, impuro de raza aria, criminal, delincuente, homosexual, adversario político, esquizofrénico, psicópata, profanador de la raza, antisocial, testigo de Jehová.

En el hospital de Steinhof, en Viena, se internaba a niños enfermos o “asociales”. Recibían tratamiento psiquiátrico o eran sometidos a experimentos científicos. Después de la liberación de Viena por los aliados, se descubrieron en Steinhof cientos de frascos con los cerebros de los niños asesinados, caratulados con el nombre de cada víctimas, la patología que padecía, las fechas de nacimiento y de muerte.


Indeseables

El programa de eutanasia, iniciado en los institutos psiquiátricos, fue puesto en pausa cuando el personal y las cámaras de gas que allí funcionaban fueron trasladados a las nuevas instituciones de exterminio: los campos de concentración. Los campos de concentración eran centros de aniquilamiento de sujetos “indeseables”, pero también centros de investigaciones médicas, auspiciadas por las principales universidades alemanas.

Así como el ingreso en el programa de eutanasia se iniciaba con el diagnóstico de una enfermedad psiquiátrica –que incluía al paciente en la categoría de “vida indigna de ser vivida”–, el ingreso al campo de concentración se producía a partir de un cúmulo de clasificaciones –que asimismo incluían a la persona en la “vida indigna de ser vivida”–, entre ellas las de “judío” o “gitano”, a las que se asignaban características atávicas. Al llegar al campo, los prisioneros eran recibidos y clasificados por personal médico, de acuerdo con su capacidad para el trabajo; los niños y ancianos eran destinados inmediatamente a las cámaras de gas, por improductivos; los adultos sanos eran remitidos al campo de concentración propiamente dicho.

La muerte de los pacientes en los institutos psiquiátricos, así como de adultos y de los prisioneros en el campo, se producía por la sobremedicación, el hambre, las infecciones, las investigaciones científicas a las que eran sometidos, o las cámaras de gas. En los campos predominaba el factor de aniquilación directa, pero también se ejercía la experimentación sobre los cuerpos de los prisioneros. En ambas instituciones, los médicos eran los encargados de dirigir las investigaciones, prescribir determinados tratamientos o indicar la muerte. Luego de la muerte, los cuerpos de los pacientes psiquiátricos, como los de los prisioneros del campo, eran estudiados por destacados científicos, preocupados por descubrir las alteraciones anatómicas específicas de la víctima, de acuerdo con la categoría que hubiera determinado su inclusión en el programa de eutanasia o su ingreso al campo. Tales estudios revestían un interés fundamental para la medicina alemana a los efectos de convalidar sus teorías biologicistas y eugenésicas.

El programa de eutanasia y el campo de concentración fueron fuentes inagotables de víctimas, de niños y adultos disponibles para la investigación, de cuerpos a los que se podía estudiar vivos o muertos, según el interés del investigador. Los médicos del hospital o del campo elaboraban los proyectos de investigación que proponían a las autoridades alemanas, y que en su mayoría estaban destinados a la confirmación de las teorías nazis sobre higiene racial.

* Médico legista. Psiquiatra. Texto extractado de Psiquiatría y nazismo: historia de un encuentro, de reciente aparición (Ed. Madres de Plaza de Mayo).

Fuente


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POSITIVISMO, EUGENESIA Y POLITICA

Ver documento eugenesia pinchando en la foto


“Clases peligrosas”

por Raúl Zaffaroni *

No se trata de que la psiquiatría y la medicina aportaran algo concreto al nazismo: todo lo contrario, el nazismo es expresión de una ciencia dogmatizada, de un positivismo pobre en argumentos pero eficaz a la hora de revolver las tripas de las multitudes. Los crímenes del nazismo no fueron más que culminación de la senda indicada por el positivismo, seguida hasta sus últimas consecuencias. La Revolución Industrial había llevado al poder a una clase de industriales, comerciantes y banqueros que se concentraron en las ciudades, junto a muchos más que llegaban a ellas en límites de subsistencia, generando situaciones de extrema tensión y violencia como resultado de la simultánea acumulación de riqueza y miseria en el reducido territorio geográfico. Se concentraban los que tenían mucho y los que tenían algo junto a quienes no tenían nada. Los últimos se volvían peligrosos. La policía aparece como institución indispensable para la defensa de los primeros.

Se comienza a hablar de “clases”: el término aparece vinculado a los carenciados de las ciudades, pero no por el lado de los revolucionarios, sino de los poseedores, que llamaron a esos carenciados “clases peligrosas”. En 1838, diez años antes del Manifiesto Comunista, el Instituto de Francia convocó a un concurso sobre las clases peligrosas. Lo ganó el comisario Frégier, que publicó su libro en Bruselas dos años más tarde (Des classes dangereuses de la population dans les grandes villes). Es un libro teóricamente pobre, porque la policía, aunque no tenía poder, no tenía discurso. Como el poder sin discurso no se mantiene mucho, los policías deben pedirlo, y quienes gustosos se prestan a aportarlo son los médicos, que desde el siglo XVI, con Wier reclamando a las brujas, miraban con codicia la cuestión penal. De este encuentro entre médicos y policías surge el mayor impulso del positivismo disciplinante en las ciudades.

Los médicos de locos –marginados por ocuparse de semejantes seres recluidos en infectos recintos– adquirieron prestigio social al pasar al papel de astros centrales en los grandes procesos. Los juristas, que primero les habían opuesto cierta resistencia (se disputaban las cabezas de los guillotinados en París), terminaron plegándose a su discurso. Pero la síntesis justificante de la hegemonía de los industriales, comerciantes y banqueros, y también del neocolonialismo, la llevó a cabo un ingeniero de ferrocarriles: Herbert Spencer. Todo evoluciona por catástrofes, planteó: triunfan los más fuertes y así se reproducen éstos y mejoran las razas, mientras sucumben los más débiles, cuya supervivencia haría que la raza involucionara y desapareciera. En esta línea trabajaron los antropólogos que legitimaron los genocidios neocolonialistas; entre éstos, uno de los más terribles fue, en la entrada del siglo XX, el de Leopoldo II de Bélgica en el Congo, que acabó con más de dos millones de seres humanos. Hoy tiene un museo y monumentos ecuestres en Bruselas.

Las clases peligrosas se asimilaron a los neocolonizados: eran salvajes regresivos que surgían por accidentes de la naturaleza entre las razas superiores: el loco moral de la psiquiatría inglesa; el delincuente nato de Cubi y Soler y, después, de Lombroso; el mestizo degenerado de Morel; los mestizajes que neutralizaban la raza superior de Gobineau.

La lógica era: hay que neutralizar a los inferiores para que no se reproduzcan y hagan desaparecer a los superiores; hay que impulsar el avance de los superiores y esterilizar a los inferiores. Galton le dio forma de ciencia con su “eugenesia”, pero se asombró –y asustó– cuando los norteamericanos la tomaron en serio y las sociedades de criadores de vacunos y caballos con veterinarios a la cabeza, y apoyados financieramente por fundaciones prestigiosas, comenzaron a aplicarla a los humanos; a partir de 1907, la convirtieron en ley. Se reprodujeron las leyes de esterilización y las prohibiciones de los matrimonios mixtos en los Estados Unidos, pese a que el pobre Galton declaraba que lo suyo eran hipótesis necesitadas de demostración. Miles de personas fueron esterilizadas: delincuentes, malformados, sordomudos, psicóticos, ciegos, toxicodependientes, débiles mentales, epilépticos. En Europa, países nórdicos y algún cantón suizo copiaron las leyes.

La eugenesia alemana estaba en pañales; los norteamericanos le transfirieron sus conocimientos científicos y financiaron sus primeros institutos. Los alemanes volvían muy contentos de sus viajes a los Estados Unidos y afirmaban que los negros estaban sobrerrepresentados en las prisiones norteamericanas porque el Estado les exigía un esfuerzo que no estaban en condiciones biológicas de realizar. En Mein Kampf se afirma que el único país que tiene una política poblacional racional son los Estados Unidos.

La consecuencia no podía hacerse esperar dentro de la propia Europa. Manipularon la ciencia médica para legitimar la explotación neocolonial y la sagrada ciencia –convertida en verdad dogmática– los llevó a que no pudieran discutir ni poner en duda su propio invento. Europa se enroscó dramáticamente en sus propias mentiras antropológicas. Las atrocidades cometidas en otras latitudes acabaron cometiéndose en su propio interior. Después de perder el respeto a la persona en sus colonizados, no podían tardar en perderlo entre ellos mismos. Los monstruos de esta razón son la creación de una gran mentira científica elaborada para explotar al resto del planeta en un festival de soberbia genocida.

Los cerebros de los niños asesinados, guardados durante sesenta años como material para la investigación, son el producto de la indiferencia y la irreflexión de sus ascendientes ante el extremo sufrimiento de otros pueblos del mundo y de la introyección de las mentiras de la ciencia que los legitimaba.

Alemania no fue potencia colonialista y tampoco lo fue el Imperio Austrohúngaro. A ambos se les negó la oportunidad de explotar en provecho propio a otros pueblos, pero asimilaron las mentiras de la ciencia colonialista y siguieron su lógica a la hora de conquistar poder: pero lo hicieron a expensas de los otros pueblos europeos y no contra los africanos, asiáticos o americanos. El nazismo no fue otra cosa que el neocolonialismo practicado dentro de Europa, conforme los principios de la misma ciencia colonialista. Debían someter a los pueblos inferiores, utilizar como mano de obra a quienes estaban en condiciones de servirles, eliminar a los que eran inservibles, y en el interior de su país también debían liberarse del riesgo de que los inferiores pudiesen reproducirse; ellos destinarían los esfuerzos a la reproducción de los más fuertes, se descargarían del lastre y del costo de mantener a los inútiles. Y, cuando la guerra exigió el máximo de esfuerzo, las razones económicas llevaron estos crímenes al paroxismo.

El psiquiatra alemán Ernst Kretschmer fue maestro del español Juan Antonio Vallejo Nágera, médico jefe de investigaciones psiquiátricas de los campos de concentración después de la masacre civil y dueño de la psiquiatría franquista hasta su muerte en 1960. Vallejo Nágera asumió las tesis lamarckianas: el ambiente hace y modifica al ser humano (curiosamente la misma tesis de la biología stalinista). En función de ella, no mataron a los niños en los campos de concentración franquistas, sino que los entregaron a familias sanas, es decir, católicas y, por supuesto, falangistas. Un puente que alguna vez será menester investigar permitió la llegada de este pensamiento hasta nuestras tierras.

* Profesor en el Departamento de Derecho Penal y Criminología, Universidad de Buenos Aires. Miembro de la Corte Suprema de la Nación. El texto forma parte del prólogo a Psiquiatría y nazismo: historia de un encuentro.

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