Con una bomba en la cabeza

Siempre se dice de alguien que está mal que  está a punto de explotar o es una bomba.

Aquí os expongo un relato extractado de un ertzaina (policía autónoma vasca) que literalmente llevaba una bomba en la cabeza a consecuencia de otra bomba explosiva. Cómo no la psiquiatría también aparece en este episodio, errando indubitativamente  en el diagnóstico.

«La onda expansiva me arrancó el casco. Llevaba el chaleco antibalas, pero no sé si me sirvió de algo. Noté una opresión en el cuerpo y un calor tremendo, como si estuviese ardiendo. Lo peor fue la sensación de ahogo. Después vi que mis compañeros movían los labios y me hablaban, pero no podía escucharles. Me palpaba la cara pensando que encontraría sangre, pero estaba limpia. Sí que me costaba respirar. Cuando me tumbaron y me quitaron el chaleco antibalas, sentí que por fin me entraba aire en los pulmones. El dolor desapareció enseguida. No tenía ninguna herida. Ni siquiera un rasguño. Parece que no ha sido nada, pensé».

Se fue a casa con una molestia en el oído. Dos días después, el zumbido era ensordecedor. Los médicos le diagnosticaron un problema en el tímpano. Cuando él insistió en que se encontraba mal, le insinuaron que sufría una dolencia psiquiátrica. Volvió a insistir. Entonces le hablaron de un mal congénito. Cuando por fin le hicieron caso, le detectaron una lesión cerebral. Si no se operaba -en una cirugía a vida o muerte-, estaba sentenciado a morir en cuatro o cinco años, con el riesgo de que en ese tiempo podía sufrir una muerte súbita. La onda expansiva le había causado lesiones irreversibles. Vivía con una bomba en la cabeza. Le intervinieron y tuvo mala suerte. Perdió el habla, la movilidad y la visión de ojo. Ahora se ha recuperado, pero tiene una incapacidad total permanente que le ha obligado a abandonar la Ertzaintza.
Fue a la mutua contratada por el Departamento de Interior y le dijeron que no se preocupase. El ruido iba en aumento. «No me podía concentrar. Convivir con aquel sonido era insoportable. Volví a la mutua y me pusieron con un psiquiatra. Me recetó ansiolíticos y antidepresivos, y me mandó a patrullar. Yo no entendía cómo, en ese estado, me podían dejar en la calle con un arma», se asusta ahora al recordarlo. Se cogió otra baja. «Comencé a sentir vergüenza porque me trataban como a un carota que no quería ir a trabajar. Y en mi vida había cogido una baja».
En abril, dos meses y medio después del atentado, le practicaron una resonancia. Le diagnosticaron dos lesiones: una de oído y otra cerebral.

Manu pidió entonces la baja en Osakidetza. Un cirujano vascular ordenó más pruebas. Los análisis revelaron entonces una lesión cerebral muy extendida a la altura del oído izquierdo. El facultativo le explicó que aquella herida interna sólo podía tener dos orígenes: un consumo compulsivo de cocaína o un traumatismo brutal. «¿Me está diciendo que yo soy drogadicto?», le preguntó al doctor. Le practicaron análisis y descartaron los estupefacientes. Vinieron más análisis.

Diario Vasco

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