Bullying y algunos Psicólogos

 

san sebastián. DV. Marta lleva desde los nueve años siendo víctima de bullying. Vive en Donostia, con sus padres y un hermano mayor que ella. Pronto cumplirá catorce años y desde hace semanas es objeto de una contravigilancia por parte de la Ertzaintza para impedir que los acosadores la sigan maltratando. A finales del pasado año, la policía decidió ponerle escolta. La medida se mantuvo durante quince días. La situación era insostenible. Insultada en el centro en el que estudiaba, perseguida en la calle, aislada socialmente -le «robaron» hasta sus amigas- Marta ha sufrido lo indecible por culpa de un grupo de chavales y chavalas, casi todos de su mismo barrio, de su misma edad, que estudiaron con ella. La pandilla está formada por diez personas y liderada por tres adolescentes provenientes de familias desestructuradas.
Hace cuatro años que se propusieron hacerle la vida imposible. No había causa ni motivo que justificara el acoso. Sin más, Marta se convirtió en objeto de mofa. Todos ellos están identificados y denunciados ante la Ertzaintza. El caso fue puesto en manos de la Fiscalía que el jueves pasado comunicó a los padres que el caso quedaba archivado, dado que eran menores de 14 años y, en consecuencia inimputables. La decisión causó desolación en la familia
La historia de Marta no parece un mero caso de bullying. Sus padres opinan que es una muestra del fracaso y de la incapacidad de las autoridades académicas para atajar este tipo de situaciones. Creen que, en buena medida, la responsabilidad de las penalidades que ha padecido la menor es de los docentes de los tres centros públicos en los que ha estado escolarizada. En uno de ellos, su director le obligó a limpiar una pintada en su contra. Llegaron a decir que era Marta quien desencadenaba los conflictos. Sus padres afirman que la niña siempre ha tenido que demostrar que era inocente.
Todo comenzó en 2002, cuando la niña se vio obligada a repetir 2º de EGB. Marta no era una estudiante brillante. Le cuesta todo un esfuerzo sacar adelante los cursos. Era activa, movida, extrovertida, cariñosa. Eso sí, tenía la mano un poco larga. «Es una cría que nunca se ha dejado pisar, siempre se ha defendido, no acudía a los adultos e intentaba resolver ella misma sus conflictos, los que puedan tener niños de esas edades» explica su madre.
Marta empezó a quejarse en casa de que comenzaban a llamarle la «repetidora». A ella no le gustaba. Comenzó a observar que los mismos niños que el año anterior pertenecían a su misma clase daban muestras de que ya no le aceptaban. En casa pensaron que ya buscaría otros amigos, que se relacionaría con los nuevos compañeros.
La niña comenzó a ver que cuando salía a la pizarra se reían de ella. Así una y otra vez. Prefería decir que no sabía lo que le preguntaban que seguir siendo objeto de mofa. «Los profesores empezaron a decirnos que no sabía leer, que tenía dificultades, que no progresaba académicamente. Era absurdo. ¿Cómo que no sabía leer si cuando acudíamos a misa los domingos mi hija era una de las que leía los textos durante el oficio? Nos dijeron que la llevásemos a clases particulares. Lo hicimos y allí sí leía, con nosotros también», explican sus padres.
Los progenitores, para entonces ya habían descubierto que el estancamiento en los estudios coincidía con episodios conflictivos. Hablaron con los docentes y éstos les hicieron saber que, a su entender, la pequeña era hiperactiva. Los padres llevaron a su hija al médico. «Nos dijeron que no, que no lo era. Que si lo hubiese sido, habríamos acudido mucho antes a pedir ayuda porque no hubiésemos podido con la cría», explica la madre.
Insultos y vacío
A las risas cuando salía a la pizarra le siguieron el aislamiento, el vacío y los insultos. «’Ama, ¡por qué tengo que aguantar que me llamen puta repetidora, la margi, txerri…?’ me decía la niña», recuerda su madre. La ikastola culpó, en parte, de lo que sucedía al comportamiento de la niña. «De repente, nos dijeron que nuestra hija era poco menos que un monstruo, que tenía problemas psicológicos, que era mentirosa…». Hasta ese momento, los informes escolares que periódicamente recibían nada de ello habían reflejado.
Preocupados ante el cariz de los acontecimientos y aconsejados por responsables del centro, los padres acudieron a un gabinete psicológico. Los tres participaron durante meses en la terapia. Perdieron horas y más horas de trabajo y se dejaron en facturas «hasta la hiel», dicen. De poco o nada sirvió. El problema no estaba en la niña ni en su familia, sino en el bullying del que era objeto.
Con once años, Marta empezó a ser perseguida por sus acosadores al salir del colegio. Por la calle era objeto de insultos. El abuelo de unos niños maltratadores le llegó a tirar de la coleta en plena calle.
La familia puso el caso en conocimiento de la ikastola. La respuesta que recibieron fue que eran fantasías de la niña. Se quedaron perplejos. Al acoso real se sumaba por entonces la doble victimación que toda la familia debía soportar ante las aseveraciones de los psicólogos que sostenían que «era posible» que fuera la propia menor quien provocaba a sus agresores. «Llegaron a decirnos que bajar la basura o ir a buscar el pan se podía interpretar como una provocación si el grupo de acosadores se encontraba en las inmediaciones», señala la madre.
Durante los años siguientes, la vida de Marta fue, por momentos, un suplicio. Los insultos y los menosprecios se sucedían. Los fines de semana, su grupo de amigas, entre las que se encontraban también varias de las agresoras, la dejaban sola. Volvía a casa destrozada. Sus amigas terminaron por abandonarla a su suerte por temor a las posibles represalias de los pequeños maltratadores.
Pintadas en el centro
Era cuestión de tiempo que aparecieran pintadas en el centro. En la primera, junto a su nombre, el autor escribió la palabra «puta». De manera sorprendente, el director ordenó que fuera la propia víctima quien la borrara. «Aquel día Marta me dijo que se había sentido como una ‘caca a la que todo el mundo le puede dar patadas’. Este comportamiento de la dirección reforzó aún más la posición de los acosadores que pensaron que a partir de entonces podían hacer con ella lo que les diera en gana», relata la madre.
Las agresiones se intensificaron de manera especial el pasado año, En junio arrojaron un periódico incendiado a la ventana de la casa de Marta. La familia tiene la certeza de que fue lanzado por una de las acosadoras que vive en el mismo edificio que Marta. Unos días después, la propia niña le reconoció a Marta: «te lo hice para joderos».
El verano de 2007 fue tranquilo. Marta aguardaba con ilusión el inicio del nuevo curso, 1º de ESO. Cambiaba de centro. Pero todo fue de mal en peor. «Cuando empezó, la notamos muy nerviosa. Por las noches se levantaba, abría el armario y comenzaba a ponerse una ropa, luego otra. Me contó que le decían que si iba con chandal era una puta guarra, si vestía prendas de Zara, una cutre, si llevaba prendas de marca, una puta pija…», explica
A primeros de octubre, al término de una reunión escolar, la madre se entrevistó con la tutora. «Me dijo: ‘tenemos que hablar, estamos observando que tu hija está siendo objeto de un maltrato por parte de los compañeros. Ella no se queda quieta, intenta defenderse, pero es totalmente desproporcionado lo que recibe a cambio’».
Tres días después, según la madre, el centro activó el protocolo de bullying. A pesar de ello, «me dijeron que Marta provocaba situaciones que desencadenaban el acoso. Y fue entonces cuando me comentaron que mi hija había sacado unas fotos en el vestuario. Menos mal que ya me lo había contado todo. Tuve entonces que explicarles que fue una las acosadoras quien se apropió de su teléfono e hizo como que sacaba fotos a sus compañeras desnudas. Marta fue acusada de ello y para evitarse problemas con la otra niña, que la había amenazado, admitió que había sido ella. Marta fue obligada a pedir perdón, aun cuando en su móvil no había una sola foto», explican los padres.
Sin garantías
A partir de ese momento el centro les hizo saber que, por seguridad, era mejor que la niña cambiara de colegio. «Me dijeron que no podían garantizar la integridad física de nuestra hija. Nos comentaron que si deseábamos mantenerla la tendríamos que llevar nosotros al cole, no podía tener recreo para evitar contacto con los acosadores, tenía que estar vigilada por un adulto y, aún y todo, que no podían asegurar que entre clase y clase no fuese insultada o agredida. Ante esta situación, me la llevé».
La niña estuvo quince días sin escolarizar. Marta fue finalmente derivada a otro centro donostiarra a pesar de que se barajó la posibilidad de enviarla a una localidad alejada cincuenta kilómetros de la capital guipuzcoana. Pero en el nuevo colegio, la tranquilidad duró cuatro días. La niña relató a sus padres que sus compañeros habían empezado a preguntarle si se introducía objetos en sus genitales. Incluso si era cierto que había ejercido la prostitución. La familia tiene la certeza de que los acosadores habían divulgado estos infundios entre sus nuevos compañeros, a través del boca a boca y mediante mensajes remitidos por la red tras apropiarse de la clave de su messenger.
Comenzó a escuchar los mismos insultos que ya recibía en la otra ikastola y acusaciones como que había sido expulsada por colgar fotos de niñas desnudas en internet. Marta regresaba a casa destrozada, pero aún y todo reconocía que estaba mucho mejor que en la etapa anterior. Pero el acoso se había extendido fuera de los recintos escolares. Le tocaban el timbre de casa, recibía llamadas al móvil, rajaron las ruedas del coche familiar, comenzaron a esperarle ante el portal… Empezaron a inmiscuirse en la actividad deportiva que practica, donde había encontrado refugio.
La escolta
Para entonces la Ertzaintza ya había tenido conocimiento del caso a través de una denuncia formulada por los padres que posteriormente fue ampliada en dos ocasiones, ante las nueva situaciones de acoso que se iban sucediendo. La medida de seguridad fue una decisión policial. El acompañamiento comenzó el 26 noviembre y se mantuvo durante dos semanas. Fueron días de tranquilidad.
Al mismo tiempo, la familia buscó ayuda y apoyo en la Asociación contra el Acoso Escolar, cuya presidenta, Encarna García, intentó mediar ante Educación. «Le manifestaron que por qué no llamaba la madre. Lo hice y hablé con el inspector. Ni siquiera sabía que se trataba de un caso de bullying».
Marta continúa hoy en el mismo centro. Hay días mejores y peores. Sale poco de casa y cuando lo hace va en la mayoría de las ocasiones acompañada de sus padres, a quienes Servicios Sociales del Ayuntamiento de Donostia les ha ofrecido apoyo psicológico. Pero ellos ya no están para más psicólogos. Sólo desean que alguien ponga término a la impunidad con la que los acosadores actúan.

Saben que sólo entonces todo volverá a su ser. «Al final los castigados somos nosotros. Somos los que tendemos que contar nuestra vida, nuestras miserias, nuestras alegrías a los psicólogos, mientras que los culpables andan por la calle a sus anchas».

http://www.diariovasco.com/20080302/al-dia-sociedad/escoltas-para-marta-20080302.html

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