¡Mírate, tú no estás nada bien!

Ciertos psicólogos se empeñan en hacernos creer, aun sin pruebas, que estamos emocionalmente enfermos.

En 2000, unos psicólogos canadienses publicaron un artículo sobre Winnie The Pooh titulado Patología en el bosque de los Cien Acres. Este osito, aparentemente sano, ocultaba una hiperactividad enfermiza y un funcionamiento cognitivo limítrofe. Sus amigos tampoco se quedaban atrás: el conejo narcisista, la lechuza emocionalmente perturbada y el cerdito con ansiedad. Y para qué hablar del burro, con baja autoestima. Lo que estos canadienses denunciaban es que legiones de psicólogos, psicoterapeutas y psiquiatras se han dedicado sin descanso a convertir en enfermos a nuestros infantes. Incluso dieron un paso más allá cuando empezaron a afirmar –¡sin demostrar!– que la mayoría de los adultos estamos emocionalmente enfermos. Por culpa de la sociedad, claro.

Hacia el psicoterapeuta de cabecera. Semejante estrategia, que muchos colegas suyos denuncian, ha conseguido el efecto buscado: hacer imprescindible al psicoterapeuta… y llenar su consulta. Siempre recordaré esa frase de la película Cocodrilo Dundee cuando la chica le dice al protagonista que alguien va al psicólogo a contarle sus problemas y este responde: “¿Qué pasa? ¿Es que no tiene amigos?”. Esta campaña de marketing –que oculta bajo la alfombra la verdadera psicología– ha conseguido transmitir a la sociedad que ellos son la mejor solución a los problemas emocionales porque lo saben todo sobre el comportamiento humano. Como si tuvieran un corpus teórico único y bien defi nido, cuando lo que hay son escuelas y modas. ¡Y más de una treintena!

Tratamientos muy subjetivos. Así, en función de si visitas a un cognitivo, conductista, psicoanalista, funcionalista o gelstáltico, tendrás explicaciones –y terapias– diferentes a tus males, algo que también depende de las épocas: la probabilidad de encontrarte con un gelstáltico en los 80 era muchísimo más elevada que hoy en día. Eso sí, la base empírica de todas ellas es casi indetectable. La impresión con la que uno se queda es que pertenecer a una escuela u otra es como ir al mercado: miras el puesto de frutas y te quedas con la que más te gusta. Por eso, si necesitas un psicólogo, empieza por escoger la escuela que más te mole.

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