El psiquiatra desquiciado

Tuvo 10 hijos con cuatro mujeres diferentes. Pero el psicoterapeuta de familia más reputado del siglo XX fue incapaz de mostrar por su propia saga la compasión que sentía por sus pacientes. Fue alcohólico, adúltero, maltratador, déspota… Por su culpa algunos de sus vástagos sufrieron serios desequilibrios mentales en la edad adulta. La vida y obra del polémico escocés R.D. Laing queda al descubierto en la biografía que le dedica su hijo Adrian. «r.d. laing. una vida» es un duro ajuste de cuentas que desvela capítulos desagradables de uno de los pioneros en tratar la esquizofrenia.

Por ELIZABETH DAY y GRAHAM KEELEY
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Antes de hablar, Adrian Laing toma un sorbito calculado de su cappuccino. «Cuando alguien me pregunta qué ha significado para mí ser hijo de R.D. Laing, siempre respondo que una mierda pinchada en un palo», comenta echándose a reír. «No deja de resultar irónico que mi padre llegara a convertirse en un personaje famoso como psiquiatra de familia cuando, al mismo tiempo, no tenía nada que hacer con la suya propia», explica el vástago de este escocés, nacido en 1927 y fallecido en 1989, y que fue uno de los psicoterapeutas más influyentes del siglo XX.

Mientras Adrian charla en un modesto café del norte de Londres, cerca de su casa de Highgate, un puñado de personas se han congregado muchos kilómetros al sur, en Formentera, para llorar la muerte de Adam, el hermanastro de Adrian. Adam, hijo mayor del segundo matrimonio de R.D. Laing, fue descubierto en una tienda de campaña en una finca privada. En un primer momento apuntaban a que el hombre, de 41 años, había consumido drogas y que podía tratarse de una borrachera intencionadamente suicida como reacción a la ruptura de su relación, en este mismo año, con su novia Janina. El análisis post mortem concluyó que Adam, de complexión fuerte y aparentemente sano, había muerto de un ataque al corazón.

A pesar de su carácter extrovertido, Adam llevaba algún tiempo sin estar bien. «Creo que heredó esas tendencias depresivas de su padre», sostiene el psicoterapeuta Theodor Itten, que fue alumno de R.D. Laing y que con el tiempo se hizo muy amigo de la familia. El doctor Itten subraya que la ruptura del matrimonio de sus padres (la madre de Adam, Jutta, se separó de Laing en 198?) le afectó gravemente. «Con ?5 años era rebelde, incluso dejó de estudiar. Creo que Adam pasó una temporada muy triste. Trató de encontrar refugio en el tabaco, algunas veces también en las drogas y en el alcohol, como una especie de automedicación», revela.

Muchos de los amigos que Adam tenía en la isla de la que hizo su hogar no tenían ni idea de quién era su padre. «Nunca hablaba de él», afirma Héctor Puig, de 47 años, un manitas que se dedica a trabajos de carpintería. De haberlo sabido, se habrían quedado impresionados por la tremenda paradoja de que una de las más fecundas aportaciones de Ronald David Laing a la psiquiatría en los años 60 y 70 fuera que estableciera la conexión entre la angustia o la fatiga mental y una educación familiar disfuncional. Laing escribió en 1967 que «desde el momento del nacimiento […] el recién nacido está sometido a estas fuerzas de violencia que llamamos amor, como antes lo estuvieron su madre y su padre. El interés principal de estas fuerzas es la destrucción de la mayor parte de sus potencialidades. En general, esta empresa se salda con éxito».

La teoría de Laing es que la locura podría entenderse como reacción a «la escisión del yo». La esquizofrenia sería entonces el resultado de una pugna entre dos identidades, la identidad que nos ha venido definida por nuestras familias y nuestra verdadera identidad, es decir, tal y como nosotros experimentamos que somos.

Laing estaba convencido de que las enfermedades mentales eran la respuesta sensata a un mundo insensato y que un psiquiatra tenía la obligación de comunicarse solidariamente con sus pacientes. En cierta ocasión tuvo que enfrentarse a una enferma de esquizofrenia que se había desnudado y que se balanceaba en silencio dentro de una habitación acolchada. Laing se quitó también la ropa, se sentó a su lado y empezó a balancearse al mismo ritmo hasta que la mujer habló por primera vez en varios meses.

Mala herencia. R.D. Laing, psiquiatra brillante y poco convencional, fue un pionero en el tratamiento humano de los enfermos mentales. Como padre, sin embargo, habitualmente deprimido y alcohólico, dejó a sus 10 hijos y a sus dos esposas una herencia más contradictoria.

Laing murió, como le ha ocurrido a su hijo Adam, de un ataque al corazón a los 61 años de edad, en su caso, mientras jugaba al tenis en Saint Tropez, Francia. También él tuvo problemas con la bebida y las drogas. Sin embargo, todo ello fue consecuencia, en su mayor parte, de su dedicación absorbente al trabajo, tan total y absoluta que quizá se sintiera culpable de la crueldad implacable y la aparente hipocresía con que trató a sus propios hijos.

Según amigos, colegas y familiares suyos, a Laing le sucedía con frecuencia que era incapaz de dedicar a su propia familia la compasión que sentía por sus pacientes. Sus hijos tuvieron que luchar solos contra sus propios demonios. Fue un fracaso como padre. También él permitió que se desataran «esas fuerzas de violencia que llamamos amor».

Ronald Laing tenía 5 años cuando sus padres le dijeron que Papá Noel no existía. Nunca les perdonó, e incluso con el tiempo terminaría afirmando que descubrir que le habían mentido había desencadenado su primera crisis existencial. Los recuerdos de su infancia le resultarían muy poco agradables durante el resto de su vida. A quienes se entrevistaban con él les hablaba de una infancia marcada por las carencias afectivas en el hogar familiar, en Govanhill, un lugar de los alrededores de Glasgow (Escocia, Gran Bretaña), con una madre que le imponía una disciplina estricta y que rompía sus juguetes preferidos cuando pensaba que les había cogido excesivo cariño.

Sus años de formación imprimieron en Laing una antipatía hacia la familia nuclear que ya no le abandonaría jamás. En el momento de su muerte, había sido padre de seis hijos varones y cuatro hijas, que había tenido con cuatro mujeres diferentes a lo largo de 36 años. «Creo que su fama se resintió un tanto por lo que dejó detrás al morir, con 10 hijos a sus espaldas y con todo el aspecto de haber sido un padre irresponsable», afirma Adrian, el más joven de los cinco hijos que Laing tuvo con su primera mujer, Anne. «Se produjo entonces una reacción enormemente violenta de familias que pensaban que les había echado la culpa de las enfermedades mentales de sus hijos», cuenta.

Su propia familia fue la primera víctima de su popularidad creciente. La reedición de su obra más famosa, El yo dividido (1965), le reportó apariciones frecuentes en radio y televisión. Su enfoque existencialista (opinaba que la cordura social se fabricaba según un mutuo acuerdo y que los enfermos mentales eran exactamente igual de humanos que los médicos que los diagnosticaban como tales) encajaba de muchas maneras en la corriente contracultural de los años 60. Su rechazo radical de las convenciones garantizaba que iba a convertirse en el psiquiatra más famoso del país, un psiquiatra de culto.

Carismático, moreno, atractivo y en posesión de un ingenio innato, pronto se embarcó en diversas aventuras extramatrimoniales por las que pasaba semanas, e incluso meses, lejos del que oficialmente era su hogar, en el noroeste de Londres. Anne pasó al olvido, una figura episódica en medio del éxito. El matrimonio llegó a una situación sin salida en 1967, una época en la que, según Adrian, «mi madre lo dio totalmente por perdido. Encontró la situación sumamente humillante porque él se había convertido en un personaje famoso, pero ya no vivía con nosotros».

Laing había iniciado ya su relación amorosa con Jutta Werner, una diseñadora gráfica alemana que terminaría convirtiéndose en su segunda esposa. A pesar de que su carrera empezaba a ser boyante, el psiquiatra pasaba estrictamente la pensión mínima legalmente establecida para el mantenimiento de su primera familia.

Desaparecía durante varios meses seguidos y se olvidaba de los cumpleaños de sus hijos hasta que un buen día reaparecía con una explosión de cólera absolutamente fuera de lugar. En la biografía de su padre que escribió en 1994, titulada R.D. Laing. Una vida, Adrian cuenta que, en una de sus escasas visitas a la nueva casa de su primera familia en Glasgow tras haber discutido con Jutta, descargó sus malas pulgas con una paliza a su hija Karen.

Era una figura paterna impredecible, fuera de sí en algunas ocasiones. Cuando a su hija mayor, Susan, le diagnosticaron en 1975 una leucemia monoblástica, enfermedad incurable, se produjo una agria bronca entre sus padres. La madre, Anne, creía que sería mejor para Susan que le ocultaran el diagnóstico. Laing no estaba de acuerdo. Se presentó en el hospital para informar a su hija de que, con toda probabilidad, no viviría para ver su 21 cumpleaños. «Eso fue lo peor de todo. Mi madre se volvió chiflada», evoca Adrian.

Susie murió a los 21 años de edad, en marzo de 1976. «Mi padre estaba acongojado por el sentimiento de culpa que le embargó. Debía de estar al corriente de las estadísticas que demuestran que las posibilidades de morir de esta enfermedad en particular son más altas si el enfermo procede de una familia desestructurada», añade.

Un año más tarde, la hija mayor de Laing, Fiona, sufrió un ataque de nervios y la internaron en el Hospital Gartnavel para enfermos mentales, en Glasgow, Escocia. Enormemente preocupado ante la posibilidad de que la sometieran a algún tratamiento brutal de electroshock y a exámenes médicos impersonales –que el propio Laing descalificaba–, Adrian llamó a su padre en demanda de consejo. «’¿Qué coño vas a hacer tú al respecto?’, le pregunté a mi padre. O bien él no sabía qué hacer en este asunto [se refiere a la crisis nerviosa de Fiona] y entonces sus teorías eran gilipolleces o bien podía hacer algo y, si no lo hacía, el gilipollas era él», rememora el vástago.

Éxito y fracasos. Ahora bien, ¿cómo diablos habría podido el celebrado psiquiatra, cuya reputación descansaba por entero en sus teorías de que había que tratar a los enfermos mentales desde la comprensión de sus problemas, conciliar su postura profesional con su comportamiento personal? ¿Cómo era capaz de solidarizarse tan profundamente con una paciente esquizofrénica y sin embargo cosechaba un fracaso tan espectacular a la hora de hacer lo mismo con su propia hija?

Adrian da sus argumentos: «Él no pensaba de sí mismo que fuera un hipócrita, pero era capaz de resolver los problemas de todo el mundo, salvo los suyos». El psiquiatra húngaro Thomas Szasz lo expresa de una forma diferente: «Laing hacía gala de eludir toda responsabilidad hacia su primera familia, lo que resulta injustificable puesto que su tesis había sido que el fracaso mental de los hijos podía atribuirse a sus padres y a sus familias».

Sin embargo, dio la impresión de que a Laing se le suavizaba el carácter con el paso de los años. Con la segunda de sus familias, la que formó con Jutta y los tres hijos de ambos –Natasha, Max y Adam– así como con los dos hijos más pequeños que tuvo con otras dos mujeres diferentes –Benjamin y Charles– demostró que podía ser un padre más bondadoso. Adrian fue reconciliándose poco a poco con él a lo largo de los años, llegando a convivir con sus hermanastros en la casa de Londres cuando estudiaba para presentarse a los exámenes para ejercer como abogado.

Theodor Itten, que lo conoció en este último periodo de su vida, afirma que «era transparente, amable, afectuoso y sagaz, muy tierno con su familia. En cierta ocasión me confesó que, en su primera familia, había pegado a sus hijos porque no sabía cómo hacerlo mejor. Me quedé muy sorprendido».

Muchos de los amigos y colegas de Laing hablan de su intuición extraordinaria y dicen que tenía la facultad de entender a las personas con una precisión apabullante. Cuando estaba sobrio, era un genio para ganarse la confianza de cualquiera, tanto daba que se tratara de una novia como de un paciente. «Tenía el don de ser abierto y de ser sincero», afirma Sue Sünkel, de 57 años, la psicoterapeuta de origen alemán con la que Laing tuvo su noveno hijo, Benjamin, en 1984. «Jamás he conocido a nadie como él. No sentía ninguna necesidad de dorarle la píldora a nadie. No tenía miedo del dolor de los demás; estaba abierto a ese dolor y abierto al suyo propio», añade.

Permanentemente ebrio. Al final de su vida, sin embargo, a medida que se fue volviendo más dependiente del alcohol y las drogas, su capacidad de juicio fue perdiendo brillantez. Cuando estaba borracho, Laing era capaz de sacar a relucir los defectos de la personalidad de alguien con una crueldad brutal. En 1987 le obligaron a retirar su nombre del registro del Consejo General de Médicos después de que un paciente le acusara de embriaguez y de haberle agredido físicamente (posteriormente, la denuncia fue retirada). Empezó a celebrar sesiones de «renacimiento» y a realizar peregrinaciones espirituales a Sri Lanka e India. La mayor parte de la obra del final de su vida es muy desigual, de un estilo rudimentario y, cada vez en mayor medida, sin el más mínimo peso frente a las tendencias más aceptadas de la psiquiatría. Daniel Burston, autor de El extremo de la locura: vida y obra de R.D. Laing, asegura que «la opinión general acerca de sus teorías dentro de la psiquiatría es que son el resultado de una imaginación desbocada, utópica y romántica, interesantes como productos de museo pero sin ningún interés en la psiquiatría contemporánea. La opinión fuera del ámbito de la psiquiatría es más compleja».

¿Qué hay de la opinión de la propia familia de Laing? ¿Cree Adrian que la desintegración de su padre, por culpa de la bebida, tuvo un efecto duradero en los hijos de Laing? «Creo que toda la familia es un paradigma de causa y efecto. En el caso de Adam… Queda como la sensación de que algunas personas serán alcohólicas si sus padres también lo han sido», afirma sin rodeos. «Después de que mi padre y Jutta vendieran su casa, él se encontró a sí mismo a una edad relativamente joven. Llevaba el corazón a flor de piel. Nunca tuvo hijos, en realidad. Tenía novias y nunca transcurría mucho tiempo entre una y otra. Me habría gustado verle feliz alguna vez, que hubiera sentado la cabeza, con niños, pero a él no le apetecía absolutamente nada sentirse atado. Le gustaba sentirse libre», apostilla Adrian.

El hijo afirma que ha llegado a firmar las paces con el R.D. Laing más despreciable, especialmente desde que él mismo es padre (tiene cinco hijos). En la biografía que ha escrito, Adrian hace constar, no sin dureza, que la relación con él «ha mejorado enormemente desde que murió. La verdad es que ahora me tomo la relación con más tranquilidad . Ya tuve bastantes ocasiones de echarle algunas buenas broncas antes de que muriera. Éramos amigos».

A pesar de todas sus contradicciones, pocas dudas caben de que Laing quería a sus hijos, a pesar de que la forma en que expresaba ese amor fuera todo un fracaso. En una de sus últimas obras, titulada The Facts of Life (los detalles de la reproducción), Laing escribió que «para mí, el hecho de que merezca la pena o no vivir la vida depende de si en esa vida hay amor».

+La biografía «R.D. Laing. A life» (Editorial Thunder’s Mouth Pr), de Adrian Laing, está publicada en Gran Bretaña.

Fuente: http://www.elmundo.es/suplementos/magazine/2008/460/1216211281.html

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