Tras el gen del diablo

22/06/2008
Tras el gen del diablo
Hace ahora 70 años, el campo de concentración burgalés se convirtió en un laboratorio en el que se trató de saber qué deformación derivaba en el pensamiento marxista

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Reclusos en el campo de San Pedro de Cardeña.
S.B.H.A.C.
R. Pérez Barredo/ Burgos

Aunque no se alcanzaron los niveles de perversión y maldad que, años más tarde, sobrepasarían con creces los nazis para escribir la página más siniestra de la historia de la Humanidad, durante la Guerra Civil española también se intentaron desarrollar experimentos psicogenéticos con seres humanos que hoy ponen los pelos de punta. A la vanguardia de este tipo de ensayos, un prestigioso médico: Antonio Vallejo Nágera. Y el laboratorio escogido, un campo de concentración: el de San Pedro de Cardeña, a las afueras de la ciudad de Burgos. En 1938, hace ahora 70 años, el monasterio llevaba casi dos años en funcionamiento como centro de reclusión. Aunque había prisioneros nacionales, la mayoría pertenecían a las Brigadas Internacionales, que padecían infames condiciones de vida, como denunciaron algunos brigadistas norteamericanos que fueron intercambiados en aquella época hasta que las autoridades rebeldes abortaron ese tipo de acciones.

Aquel año se hacinaban en la cárcel-abadía cerca de 700 reclusos, según diversas fuentes. Profundamente influido por la rama de la psiquiatría alemana, Vallejo Nágera, que cuando estalla la contienda es profesor de Psiquiatría de la Academia de Sanidad Militar, fue pronto nombrado jefe de los servicios psiquiátricos del ejército de Franco, creando en 1938 el Gabinete de Investigaciones Psicológicas de la Inspección de Campos de Concentración de Prisioneros de Guerra, cuya dirección asumió personalmente, y estableciendo su centro de operaciones cerca del campo de concentración burgalés.

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Según explican los profesores Javier Bandrés y Rafael Llavona en su estudio La psicología en los campos de concentración de Franco, el pensamiento médico de Vallejo Nágera en la época se sostenía desde principios de higiene racial y moral católica. Así, el doctor consideraba que donde faltaba una adecuada dotación genética resultaban inútiles los esfuerzos dirigidos a moldear un hombre espiritualmente sano por muy cuidado que fuera el conjunto de influencias ambientales. En resumen, pretendió analizar qué tipo de malformaciones -físicas y psíquicas- derivaban en el marxismo, ideología que los sublevados quisieron extirpar como si del mismísimo espíritu del diablo se tratara.

«Vallejo Nágera negó siempre ser un geneticista ignorante de la importancia de las fuerzas ambientales para la mejora de la raza, pero subrayaba sistemáticamente la preeminencia de los factores genéticos. Consideraba equivocada una política racial que promoviera a los inferiores con perjuicio de los selectos, pues pensaba que los esfuerzos prioritarios debían dirigirse al cruzamiento de los individuos con genotipos psicológicos adecuados para lograr el mayor número posible de superdotados».
Bandrés y Llavona señalan que la Guerra Civil significó para Vallejo Nágera una oportunidad más que propicia para avanzar estas tesis. Así, llegó a reclamar que se clasificara a la población en castas, utilizando como criterio de clasificación los valores espirituales que cada individuo hubiera manifestado durante la contienda. Sostenía la tesis de que un cuidadoso análisis biopsicológico de la población «podría servir de guía a una política de clasificación y orientación prematrimonial que produciría a la larga una lenta pero segura mejoría en el genotipo psicológico de la nación».

Y se dispuso en Burgos a desarrollar su teoría. El gabinete constaba de dos médicos y un criminalista que se encargaban de aplicar los tests. Los autores de La psicología en los campos de concentración de Franco creen probable que la idea de la creación del gabinete, así como la inspiración de sus trabajos, no fuera enteramente original de Vallejo. «Los brigadistas supervivientes recuerdan la presencia en San Pedro de Cardeña de miembros de la Gestapo que tomaban mediciones antropométricas e interrogaban a los prisioneros. También recuerdan la presencia de dos científicos alemanes».
Bandrés y Llavona indican que el único trabajo documentado de este laboratorio fue una investigación dirigida por Vallejo y denominada genéricamente ‘Biopsiquismo del Fanatismo Marxista’ y desarrollado entre 1938 y 1939. El doctor publicaría un artículo en que describía las características del proyecto: «Iniciamos investigaciones seriadas en individuos marxistas al objeto de hallar las relaciones que puedan existir entre las cualidades biopsíquicas del sujeto y el fanatismo político-democrático-comunista», escribiría.
Los historiadores revelan en el estudio cuáles eran los postulados de trabajo: la relación entre determinada personalidad biopsíquica y la predisposición constitucional al marxismo; la alta incidencia del fanatismo marxista en los inferiores mentales; y la presencia de psicópatas antisociales en las masas marxistas.

clasificación. Los sujetos del estudio se clasificaban, según el proyecto originario, en cinco grupos: miembros de las Brigadas Internacionales prisioneros en el campo de San Pedro de Cardeña, presos españoles -en dos grupos: varones y mujeres-procesados por actividades políticas, separatistas vascos y marxistas catalanistas.
Vallejo diseña una metodología consistente en la exploración biopsicológica individual de los sujetos de todos los grupos y propone diagnosticar el biotipo, reacción temperamental primaria (introversión-extroversión), temperamento e inteligencia del sujeto. «En cuanto a los factores ambientales se investigan, como factores de formación de la personalidad, la posición económica familiar e individual, formación política y religiosa del sujeto y medio ambiente familiar político y religioso. Se estudian los fracasos profesionales, sociales y sexuales del sujeto, que, para el psiquiatra, ‘resultan siempre de la desproporción entre sus aptitudes y dotes y sus aspiraciones y ambiciones; pero, en todo caso, fomentan complejos de rencor y resentimiento que se traducen en una conducta antisocial (sic)’».

Vallejo entendía por personalidad social media la que se desenvuelve sin crear conflictos, sin que una persona sea delincuente, alcohólica o pervertida sexual. Denominaba revolucionarios natos a los «esquizoides místicos políticos y a los sujetos que ‘inducidos por sus cualidades biopsíquicas constitucionales y tendencias instintivas, movilizadas por complejos de rencor y resentimiento o por fracaso en sus aspiraciones, propenden, en cierto modo congénitamente, a trastocar el orden social existente’ (sic)». Y va más allá. Califica como imbéciles sociales a los ‘seres incultos, torpes, sugestibles, carentes de espontaneidad e iniciativa, que contribuyen a formar la gran parte de la masa gregaria de las gentes anónimas’ (sic).

conclusiones. Bandrés y Llavona apuntan que el psiquiatra concluyó la presentación de su siniestro proyecto con un comentario que, dicen, da alguna clave del verdadero objetivo de esos estudios: ‘La reacción social más interesante al objeto de nuestro estudio es la transformación político-social del fanático marxista, posibilidades de transformación que deducimos del estudio de su psicobiograma y reacción psicológica a la prisión’ (sic).
Y así fue: en los campos de concentración franquistas se ensayó un programa de reeducación política con el fin de tratar de reutilizar a estos presos en las filas del ejército franquista. «En este contexto, parece probable que el gabinete de Vallejo ejerciera labores de asesoramiento científico del programa. En el caso de los prisioneros internacionales, tal vez las pesimistas conclusiones de Vallejo, unidas a la delicada situación de las relaciones internacionales del momento, hicieron que el objetivo final del programa se descartara», indican.
De esta manera, el trabajo de reeducación de estos prisioneros se limitó básicamente a obligarles a desfilar, entonar gritos franquistas y a un cursillo religioso de seis semanas que nadie superaba y que se repetía continuamente durante el periodo de cautiverio. «Entre diciembre del 38 y octubre del 39 se publicó una serie de informes con los resultados de la investigación. Cinco de ellos se refieren a brigadistas internacionales y uno a presas políticas españolas. No se publicó ningún otro informe relativo a los presos españoles, a pesar de lo anunciado en el proyecto inicial», apostillan los autores.

Como conclusión, en La psicología en los campos de concentración de Franco se apunta que el trabajo de Vallejo planteaba una vez más la dificultad de la separación radical de psicología científica, política y estereotipos sociales y sexuales. «En manos de Vallejo, los instrumentos de diagnóstico psicológico de la personalidad se convirtieron en armas de propaganda política y difusión de estereotipos sexuales. Mientras que psicólogos norteamericanos mostraban su solidaridad con la República, sobre la base de que fascismo y psicología científica eran incompatibles, Vallejo lanzaba el mensaje de que la psicología podía ponerse al servicio de cualquier ideología, incluyendo las totalitarias».
Al finalizar la guerra, el psiquiatra ocupó la cátedra de Psiquiatría de la Universidad de Madrid, convirtiéndose en una de las figuras más influyentes de la psiquiatría y la psicología de los años 40 y 50.

http://www.diariodeburgos.es/noticia.cf … 6CEA6EC851

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