OCURRIÓ EN INVIERNO, EL SIGLO PASADO

AUTORÍA del POST: BLOG GATOPARDO

OCURRIÓ EN INVIERNO, EL SIGLO PASADO (1)

Diciembre, 1982

Huelva es una de las ciudades más contaminadas de España, junto con Tarragona y Avilés. A cambio de los puestos de trabajo, los onubenses tienen las industrias contaminantes que ningún país europeo ha querido en su territorio.
A unos cuatro kilómetros del centro, en la carretera de Sevilla, se encuentra el Hospital Psiquiátrico Provincial. Cuatro veces al día llegan y se van los autobuses de línea, que comunican con la gente normal, que respira con toda normalidad los gases de las fábricas de titanio, cloro, celulosa, ácido clorhídrico, fertilizantes…
En “El País” del domingo, 28 de noviembre de 1982, en la sección Cartas al Director, Alicia H. J. denuncia estar internada contra, su voluntad y a petición de su padre, en este hospital, “donde me encuentro y me considero secuestrada“.
Quizás haya sido ese oscuro temor ancestral, que todos tenemos a los todopoderosos psiquiatras, capaces de leer en el fondo de nosotros la anomalía, o la película del sábado en la televisión, con escenas de manicomio dignas de Dickens; el caso es que he llegado al Hospital Psiquiátrico echando de menos aquel cursillo de autodefensa y supervivencia, y todo porque me gustaría tener en mi haber el rescate y salvamento de una dama.
En el viaje he imaginado los muros grises, erizados de alambre de espinos y vidrios rotos, los psiquiatras hoscos de penetrante mirada y traje oscuro, casi talar, rodeados de cuidadores, antiguos pesos pesados, y algunas enfermeras de gesto enigmático. Al llegar creo haberme equivocado de establecimiento: el camino que conduce al Psiquiátrico está bordeado de árboles y paseantes; en el vestíbulo los pacientes conversan, entran y salen sin que nadie intente impedírselo. Fingiendo un desparpajo que no siente ningún visitante, me adentro en un dédalo de pasillos hasta un patio interior, con ventanas de visillos naranjas, en busca de Don Antonio R, el director, que parece un bebé de anuncio con cuarenta años más, y del psiquiatra que lleva el caso de nuestra victima, Don Antonio P, un hombre joven, prematuramente serio, que quizás se muerda las uñas en secreto.
Buscamos un sitio para hablar, pero del primero nos despacha otro psiquiatra porque hay consulta externa de psicoanálisis y solo allí existen las condiciones idóneas, me explican. Así me entero de que el Hospital ofrece un servicio de consultas que en el año anterior superaron las seis mil sesiones.
Me hablan de psiquiatría preventiva, de la necesidad de sanear el medio ambiente familiar y social del enfermo, de su inserción en la sociedad, previamente concienciada para que desarrolle una comprensión y aceptación que hoy no tiene.
En mi pueblo siempre se ha protegido mucho a los tontos y los locos, pero en una sociedad masificada me parece mucho más difícil conseguir sus propósitos. Sin embargo no se lo digo, me parece un crimen quitarles las ilusiones a estos especialistas de la psique y ofrecerles, mondo y lirondo, el principio de realidad con la consiguiente lucidez amarga y desencantada, que los psiquiatras se empeñan en hacer coincidir con la salud mental; prefiero dejarles que arreglen el mundo con sus presupuestos antipsiquiátricos, con tal de que conserven ese esperanzado entusiasmo.
Pero cuando, al fin, encontramos un despacho libre y planteo el tema de Alicia, que acusa al Hospital Psiquiátrico de “secuestro”, misteriosamente desaparecen los ingenuos reformadores y surgen los “psiquiatras institucionales” a la defensiva.
Primero: El País no debería haber publicado la carta de una enferma mental, porque si se generaliza la práctica, se desprestigia, la institución médica y su especialidad.
Sonríe Antonio P irónicamente, y pregunta si es costumbre publicar todas las cartas de los locos contando delirios de persecución.
Segundo: Deberían de haber consultado con el Director del Hospital Psiquiátrico de Huelva. No es tan fácil ingresar y retener a alguien contra su voluntad, sin una patología, clara, eso deberíamos saberlo. Es necesario que un médico ajeno al establecimiento recomiende el ingreso, que un psiquiatra del centro lo admita, y el director confirme el diagnóstico. No es tan fácil.
Habla el director, claro, que me ha dejado sentada, en una esquina del despacho, en un sofá bajito y se ha instalado en un sillón giratorio, a tres metros de distancia, con las piernas cruzadas, agarrado al historial de Alicia H, –una demente que ya ha sido ingresada en dos ocasiones, en Murcia y Tenerife, que ha recibido tratamiento psiquiátrico con anterioridad- remacha triunfalmente ante mi desconcierto.
Y esto no es América, donde la gente va al dentista un par de veces al año y al psiquiatra todas las semanas –pienso-, aquí se va al dentista para que nos ponga la dentadura postiza y al psiquiatra no vamos, van los locos, o mejor dicho, los llevan. Haber recibido tratamiento psiquiátrico es simple y llanamente infamante. A esa gente no se le publican cartas en los periódicos, ni se les hace caso si protestan, y parece mentira, que yo pierda el tiempo pretendiendo investigar un asunto así si quiero llegar a hacer algo en periodismo (sic).
Lo que sí sería interesante -prosiguen- es escribir sobre la labor que hace un hospital abierto, sin muros exteriores, con una Psiquiatría de talante liberal, no manicomial, eso si es serio. Y hablar de lo que piensan, quieren y opinan los psiquiatras, que se encuentran sin eco en la prensa y muchas veces enfrentados a los poderes públicos que quieren que el Hospital sea el almacén de detritus cerrado a cal y canto que no deje filtrar la anomalía.
A modo de terapia de relajamiento muestro un desmesurado interés por su peripecia, confesando, entre grandes exclamaciones, hasta qué punto ignoraba que un tema de esa magnitud periodística estuviera oculto tras su callada labor.
A los diez minutos somos cuatro compinches que comentan desde la, misma perspectiva los errores de la psiquiatría clásica: Antonio P, médico encargado del caso de Alicia H, Antonio R, director del Hospital Psiquiátrico de Huelva, responsable en última instancia de su internamiento, Ladislao L, psiquiatra recomendado como interlocutor por la izquierda onubense y apasionado investigador de la ecología de la provincia, y yo, profana que accedió a su mundo trabajando una temporada como auxiliar en un manicomio de Barcelona, donde se desbravaban los psiquiatras que salían de la Universidad con ideas raras, sacadas de Cooper, Laing y Bassaglia, para pasar tres años como residentes, y mientras se reafirmaban en sus teorías -porque las lobotomías a troche y moche de López Ibor y los psiquiatras del sistema no les parecían progresistas-; pero en la práctica comprendían que el arsenal de tranquilizantes, hipnóticos, antidepresores y ansiolíticos es lo más idóneo para crear un clima de tranquilidad edénica en las salas de confinamiento.
Los pacientes llegan gritando, protestando, con veleidades individualistas, y al mes son adorables vegetales que engordan y esperan con parsimonia las horas de las comidas, la televisión y la laborterapia —barrer y fregar para las mujeres, y montar en cartoncitos cierres automáticos y botones si son hombres.
Y las raras visitas que les hacen son de gente apresurada, que se mantiene ojo avizor, por si acaso, y desmenuzará ante el medico cualquier manifestación del enfermo, hablando de sus “manías” y “rarezas” como única aportación a la terapia… Porque tenerlo en casa es un incordio, ya se sabe; cuando esté bien adocenado se podrá intentar, claro, pero esos son los menos: normalmente llegan a ser veteranos en la sección de crónicos, y saben más de los entresijos y secretos del centro que el director o el administrador de turno, gente de paso, al fin y al cabo.
Esos, los veteranos, ya no se tragan las pastillas, las guardan bajo la lengua, y cuando han acumulado una buena cantidad, las venden a cambio de los enseres del que quiera suicidarse. Se puede prever quien ha comprado una vida mejor por el discreto trasiego de pertenencias que hay de una mesilla a otra. Se puede saber quien es el proveedor habitual de la dulce y definitiva solución, por los signos exteriores de riqueza y el respeto que despierta ese curtido enfermo crónico que ya forma parte de la institución.
Un manicomio es lo más parecido a la vida real, allí como afuera el saber da poder: el poder que otorgamos al abogado, al médico, al confesor, que pueden salvarnos y condenarnos según sea su sabiduría y nuestro pecunio para alquilársela.
Pero para estos psiquiatras yo soy una periodista despistada a la que informar, y mis afables interlocutores me explican el a, b, c, de su credo:
– “Hablar de los fallos de la psiquiatría tradicional ya resulta hasta burdo. Se hizo un experimento en América, enviando una circular a los hospitales psiquiátricos, en la que se avisaba que se incluiría para ingreso a un porcentaje de sanos entre los pacientes realmente enfermos, para detectar la fiabilidad de diagnóstico en cada centro. De cada cien casos los psiquiatras detectaron casi setenta “falsos enfermos“. Y estalla en sonoras carcajadas Antonio R, el director, mientras lo cuenta: -“Todos los casos eran pacientes con un historial clínico de al menos diez años de trastornos graves.
Y continúa Ladislao L: -“La locura es una apreciación, subjetiva del psiquiatrizador, en gran parte. Llamamos discurso ilógico o delirio a todo mensaje que escapa a nuestras coordenadas de referencia habituales, pero desde nuestra especialización creciente, estamos abocados a comprender cada vez menos al otro, que tiene su propio argot especializado y su propio mundo referencial
-“Un diagnóstico previo condiciona inconscientemente a quien observa hasta hacerle descartar cualquier dato que no sea pertinente con el “caso” que tiene que describir, y eso lo olvidan los psiquiatras tradicionales; amén de que la institución manicomial genera psicopatías características, miméticas de la enfermedad que se le atribuye a los que permanecen internados, muchas veces más graves que los desarreglos que los llevaron allí” – comenta contento de su perspicacia Antonio P.
No son psiquiatras papanatas que, carentes de espíritu crítico colaboren con el desaguisado manícomial, es obvio.

Y llegados a este punto, como recordarles sus anteriores afirmaciones diciendo que Alicia se ha quejado, como todos los locos, no es serio poner en duda la infalibilidad de un examen de casi veinte minutos, realizado por un psiquiatra de guardia, refrendado por el director, que ha confesado que no conoce a esta paciente personalmente, y que muchas veces, ahogado por la burocracia, administrativa, no compulsara los datos, sino que confiará en el médico, al que, por otra parte, no puede poner en causa porque así empiezan las fricciones o el abuso de poder.
Y cómo les recuerdo lo de la campaña a desarrollar para la comprensión del enfermo mental en el medio social y el discurso lógico o delirante. Se me olvidará también preguntar si es una práctica terapéutica negarle al loco la posibilidad, de expresarse y defenderse, porque quizás nunca llegaré a ser una periodista incisiva, no pretendo tener un historial abierto en el Psiquiátrico de Huelva, y realmente temo al poder de los psiquiatras para decretar sobre mi normalidad y mi locura desde acuella vez en que el Director del Psiquiátrico donde yo trabajaba en Barcelona, perteneciente al grupo de los “Setze jutges” en sus ratos libres, me comunicó, al margen de los cauces reglamentarios, que mis desafectos y reivindicaciones laborales, podían terminar el día que él decidiera rellenar uno orden de ingreso bajo su responsabilidad: -“que, deontológicamente,  ni siquiera tus amigos  los antipsiquíatras podrían rebatir“.
Callaré todo esto y nos despediremos de acuerdo en todo, pero me da pena, porque una vez más he descartado a alguien como interlocutor válido y decía Marco Penella que el fascismo empezó el día que alguien, por comodidad o por cansancio, no dijo que no estaba de acuerdo y calló. Y es especialmente triste porque, humanamente, estos psiquiatras me han parecido conmovedores.

(Diario personal, 1982)

04/03/2006 18:52.


OCURRIÓ EN INVIERNO EL SIGLO PASADO (2)

Así es que decidí buscar a Alicia, que había salido una semana antes del Psiquiátrico.
Me ronda en la cabeza una frase de su psiquiatra, Antonio P: “Es una mujer muy atractiva, joven, que alteraba gravemente a los enfermos varones y hubo que recluirla en la sección de mujeres para impedir incidentes“; y esta otra: “Su familia está muy afectada, porque hay gente que ha creído en los malos tratos, cosa absolutamente falsa”, que se contradice con la del director en la cháchara cómplice final: “Alicia no se opuso a ser ingresada cuando Onésimo G -el médico de guardia- viendo el estado de agitación y violencia del padre y las marcas de los golpes que tenía la paciente, creyó oportuno dejarla en el Psiquiátrico, sobre todo, para protegerla.”
A mí siempre me hubiera gustado creer en el periodismo objetivo e imparcial, pero cada vez que he admirado a un entrevistador, a un reportero, he tenido que admitir que mis ídolos eran un dechado de arbitrariedad y lo peor es que no me molesta que así sea. Como, además, yo no soy periodista, sino que me gano la vida limpiando casas, y sólo mi afán cotilla me ha metido en este caso, honestamente -pero con un punto de desafío- tengo que advertir que mi arbitrariedad tiene coordenadas bien precisas y delimitadas: como feminista, las mujeres siempre tienen razón, aunque a veces, hay mujeres que he de escamotear para creérmelo, y como antifascista finjo creer que las pulsiones coercitivas son patrimonio de mi adversario, y no pueden darse en mí.
He seguido los pasos de Alicia a través de Huelva, Cádiz y Sevilla; he ido al pub donde pasa sus veladas en Cádiz, he estado en el Hotel dónde se hospedaba, he jugado a los encuentros casuales con sus familiares durante cinco días, sin apenas dinero, comiendo bocadillos, sentándome a descansar en los bancos públicos, durmiendo una noche sí y otra no a cubierto, en pensiones dignas de la Corte de los Milagros. Mis pies están llagados, en carne viva, pero lo que me sostiene en pie es la convicción de que el retrato que me hacen de ella no puede ser cierto: esa mezcla de superficialidad, egocentrismo, inutilidad, vulgaridad y utilitarismo no puede ser veraz: es una mujer maltratada, por su marido, por su padre y por la institución psiquiátrica, es una victima. Me tiene que resultar simpática, me digo.
Y en Sevilla, después de una noche en vela, tras un viaje de ida y vuelta a Cádiz, infructuoso, al fin marco el número de teléfono en el que me contesta Alicia.
Quedo citada con ella en casa de sus tíos.
Sale a mi encuentro en la calle, me abraza como si nos conociéramos de toda la vida. Lleva un abrigo, imitación de visón, una de esas maravillas de los derivados del petróleo, un vestido drapeado con una abertura lateral, que deja al descubierto un muslo a cada paso, y como las medias se le bajan, cada tres minutos se las sube dejando ver generosamente las bragas. Los zapatos la alzan diez centímetros y ponen su equilibrio en un aprieto. Su rostro se halla semioculto tras el maquillaje, el rimel, y un azul eléctrico que centellea en sus párpados, pero eso apenas se nota porque la boca, delineada con un grueso trazo marrón, pintada de fucsia, atrae poderosamente la atención.
Me invita a entrar a casa de sus tíos, donde pernocta, y sale a mi encuentro un hombre de unos sesenta años con un capote de guardia civil sobre el pijama; es el hermano de su madre, treinta y un años en la Benemérita, habló personalmente con Franco en una cacería, casi cinco minutos estuvo el Generalísimo a su lado, que han sido los cinco minutos, más importantes de su vida y me lo dice así, de entrada. Ya sentados, añade que yo, como periodista sé de qué va la cosa, tanto como él, y debo aconsejar a su sobrina que retire la denuncia por secuestro:
Cuando alguien iba protestando porque le habíamos pegado en el Cuartel, poníamos en las diligencias que se resistió y agredió a los números que llevaron a cabo su detención, de palabra y obra, profiriendo asimismo insultos. Y si seguían pasándose de listos, otra paliza y otra detención por agredir a un número y blasfemias. ¡Y no me han pillado nunca, nunca nos ha pasado nada!– cuenta con ese aire pícaro y de superioridad de quien está en el secreto de los dioses y ha sido su correveidile.
La esposa del ex guardia civil nos sirve un café con leche, recalentado y tibio, y sujeta un bote de cocina dónde está escrito en gruesas letras “SALERO”, para que me sirva a mi gusto. Pruebo una pizca y la miro sorprendida; tiene ese aire arrebolado de las mujeres que los poetas llaman sencillas y en mi pueblo calificamos de tontas. -“Es sal”- le digo. Contesta que sí, sin expresión, que no hay azúcar, y no han abierto aún la, tienda, y sigue tendiéndome el salero: –Échale un poco, que, si no, está soso-, mientras su marido me cuenta con aire triunfal que le tiene tanto cariño a la Guardia. Civil, que siempre lleva el capote en casa, desde que se levanta hasta que se acuesta.
Me trago el café con leche sin azúcar al tiempo que Alicia me va tendiendo folios y folios, escritos con una caligrafía irregular y selvática, con “poemas” -llamados así los escritos de cualquiera que no aproveche todo el renglón- y prosas con un sinfín de sucesos escatológicos, golpes, palizas y hematomas, y mucho “semen”, “follar”, “mamada” y el verbo “enamorar” declinado en todos los tiempos, números y personas.
Por instinto de conservación salgo de la casa, llevándome a Alicia, que en cuestión de un cuarto de hora había llegado a la conclusión de que se viene a vivir conmigo: quiere recoger cinco maletas grandes, dos bolsos de viaje, tres muñecas y un cuadro al óleo con su retrato de ochenta por ochenta, para venirse a Madrid conmigo. No sé todavía cómo consigo que salga de la casa sin equipaje y me la llevo a una cafetería. Le explico pacientemente que sólo quiero hacerle una entrevista, que me cuente lo que ocurrió en el Hospital Psiquiátrico con una grabadora que dé testimonio de nuestra conversación, o con dos, si ella quiere quedarse copia, que no soy rica ni famosa, que cuando vuelva a Madrid me alojaré en casa de una amiga porque he dejado mi trabajo de chacha, sin avisarle a mis patrones, para ir a buscarla, que no tengo sitio para que viva en Madrid conmigo.
Alicia asiente a todo lo que le digo, concentrada en lanzar sonrisas y miradas incendiarias a los parroquianos. Cuando termino, después de darme la razón continúa ella:
Como estoy escribiendo un libro, que voy a presentar al Premio Café Gijón, me voy contigo, trabajaré contigo, firmamos las cosas a medias y luego, ya empezaré a trabajar en “Interviú” o en ’’El País’’, porque como le dije en una carta al Director de “Interviú”, lo que hace falta son periodistas, savia nueva. -Y me vuelve a enseñar los quince folios que ella llama modestamente “mi libro“, y me pregunta que cuanto podría pedir por él.
Yo insisto que no lo sé, que no soy periodista, que ha sido curiosidad, que me he venido y me iré en auto-stop, que no tengo medios para sufragar su viaje ni su estancia en Madrid, que en cuanto llegue tengo que buscar trabajo. A Alicia no le importa, me repite que vivirá en Madrid conmigo, en mi casa, trabajará conmigo y yo sólo he de pagarle la mitad de lo que cobre en “El País”, no hay problema.
A la hora de este diálogo de sordos, Alicia logra extraer de mí mi peor yo. Solicita con la misma naturalidad que respira y coquetea que resuelva por ella, porque por haber llegado la última ha decidido que sus proyectos están íntimamente unidos a mí, que he de resolver sus problemas de supervivencia.
Si es verdad que está loca, su locura consiste en llevar hasta las últimas consecuencias las características que hacen que una niña se convierta en una anciana, pasando por la madurez, sin perder jamás su inanidad esencial, llenando siempre su vacío por persona interpuesta, ya sean los padres, el marido, los hermanos , los hijos o las personas que accidentalmente se crucen en su camino, en las que delega su responsabilidad y se delega; es decir, ese tipo de mujer, soñada por el varón, que paradójicamente despierta su misoginia cuando comprende el alcance del desaguisado humano.
El padre pretende que su hija no crezca para jugar eternamente su papel de semidiós, pero de su proyecto emerge una mujer que necesita el juicio aprobatorio de los otros para seguir existiendo, y utiliza sus dotes de seducción indiferenciadamente, incapaz de aguantar el rechazo de alguien con pantalones. Suele casarse embarazada del último varón ante el que desplegó su dulzura, su debilidad, su incapacidad para sobrevivir y su absoluta disponibilidad, apelando a la firmeza, la fuerza, la territorialidad, la autosuficiencia y la autoridad del hombre que se la lleva. Pero en esta, caricatura de mujer, el hombre encuentra también su propia caricatura: dureza, violencia, sadismo, intolerancia y tiranía al sentirse acorralado en una interpelación que le obliga a tomar las riendas de si mismo y de esa amorfidad que espera todo de él y llora casi por todo, haciendo de la queja su característica por antonomasia.
Tengo que admitirlo: seré muy feminista, seré muy antifascista, pero me identifico plenamente con el pobre marido. Estas mujeres extraen al homicida que yace en el hombre pacífico, y una, que no es un dechado de perfecciones, siente que ese yo oculto que participa, del fascismo y de la misoginia a partes iguales, surge incontenible.
Días después Alicia mostrará otra cara conmigo. Ha venido a Madrid sola, y se presenta sin avisar:
Me he tenido que echar nueve polvos –me dice rencorosa- para que me traigan en auto-stop…
Pues yo he venido en auto-stop y no me he tenido que echar ningún polvo -le contesto.
Con esas pintas que llevas, no me extraña… -deja caer con retintín.
Y con toda naturalidad pretendía quedarse en casa de mi amiga o que le diera dinero para el taxi y un hotel.
Ya te expliqué que no te podías venir a vivir conmigo, que no tengo ni dinero para mí y estoy sin trabajo ahora.- le repito una vez más.
-Podemos ir a medias: tú escribes mi historia en “El País”, y yo presento mi libro al premio Café Gijón …
Despiadadamente la he dejado en la calle sin un céntimo, sin conocer a nadie en Madrid.
Vuelve a verme al día siguiente. Ya no finge ignorar que soy pobre como una rata, desconocida como un recién nacido, sin ninguna influencia y no arrebato a los hombres ni puedo aplastar con mi presencia y mi guardarropa a las mujeres, y me dirigirá sus carcajadas y su desprecio sin disimulos:
Tú, hija mía, eres tonta perdida. Si le dices a los hombres que no has comido, que tu marido te pegaba, que era alcohólico, que tu padre también te pega y cuando intentaste suicidarte porque no aguantabas más, te metieron en el manicomio…  te invitan a champagne, pagan el hotel y después de echar un polvo te dan dinero; a los hombres hay que irles así. Mira, dieciséis mil pesetas
Así es como me fuiste a mí, porque me has contado lo mismo y querías sacarme dinero, pero, encima, sin tener que echar un polvo.
-Hija, es que tú vas de prima por la vida…

Y me enseña orgullosa el dinero recaudado en sus encuentros de hoy -la mitad de lo que yo gano en un mes, por setenta horas de trabajo a la semana, y sin reglamentación laboral- y me muestra las botas de ante nuevas, y el cheque para pagar una semana de hotel con baño y teléfono en la habitación, que le ha dado uno de sus protectores de hoy.
Luego el talón resultaría sin fondos, pero qué más da. Otro aluvión de hombres se expondrá a un encuentro casual con Alicia en el metro, en la calle o en un paso de peatones del extrarradio, y tendrán la inefable sensación de ser providenciales salvadores de una dama, sensación que no les proporcionarán las mujeres como yo.
Un mes después volvió Alicia para que le dé dinero, porque ella no vuelve a una consulta pública, dice que es humillante, y tiene que curarse: sífilis.
E imaginando las caras de sus conquistadores me dio un ataque de risa. No le doy dinero, claro. Yo no soy uno de sus hombres, y no subvenciono a las tontiastuas.

Fuente:

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2 Respuestas a “OCURRIÓ EN INVIERNO, EL SIGLO PASADO

  1. Soy la autora del artículo “Ocurrió en invierno, el siglo pasado”. No tengo ningún inconveniente en que se copien y reproduzcan mis artículos, que se publican bajo licencia creative commons, siempre y cuando se haga con reconocimiento de autoría, y enlace drecto, sin fines comerciales, y se publique en las mismas condiciones.

    Pero, por favor,ya que han copiado estos artículos enteros, lo correcto es poner el autor en la firma, al final de cada uno, y ahí mismo poner el correspondiente enlace a mi bitácora. Poner el enlace sólo en el título induce a equívoco (ya que habitualmente el título es un enlace interno que muestra el propio artículo y sus comentarios), sobre todo cuando usted hace constar “Posted by respsi”

    Gracias de antemano.

    Saludos cordiales

    • Desgraciadamente de estas historias hay tantas hoy en dia y todas ellas psiquiatrizadas y ocultas bajo el nombre de enfermedad mental.

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