Los desaparecidos de Malvinas


En abril de 1982 miles de argentinos salieron a las calles para apoyar el desembarco de tropas que el Presidente Leopoldo Fortunato Galtieri había ordenado sobre las Islas Malvinas. Mientras duró el conflicto los combatientes merecían el título de héroes, de legítimos defensores de la soberanía nacional. Hoy, a 20 años de la derrota, los casi 300 veteranos de guerra que se suicidaron, los que intentaron hacerlo y los que luchan por evitarlo, son fantasmas hundidos en el olvido.

Los desaparecidos de Malvinas

Antes de la guerra, Jorge Medina cursaba quinto año en un colegio industrial. Quería ser arquitecto. Había dibujado, incluso, los bocetos de la casa que el mismo haría cuando sus ahorros le alcanzaran. Cuando volvió de Malvinas, durante una declaración que le tomó un Cabo Primero de las Fuerzas Armadas, acusó de cobardes a los jefes militares: “Ustedes no saben lo que es el combate en primera línea”, les dijo. Le ordenaron que se limite a responder, que hablara ahí mismo porque luego debía callar para siempre. “!Por limitarme perdí a los mejores compañeros de mi vida!”, respondió. El silencio, entonces, se impuso por la fuerza: el soldado rebelde fue confinado a 12 meses de internación y tratamiento psiquiátrico en el Hospital Naval de Buenos Aires. Nunca mas volvió a estudiar.

“Estuve en una habitación de dos metros por uno sin poder ver a nadie. Cuando salí caminaba en las nubes. Veía todos los pisos deformados, como si estuvieran en caída”. Cuando los mareos se disiparon, Medina pensó que podría, por fin, desahogarse, contar libremente lo que había vivido en Malvinas. Lo intentó varias veces pero no encontraba palabras para explicarlo y, si acaso lo conseguía, no lo entendían. Cuando hablaba de la guerra tenía la impresión de referirse a una historia falsa, a un hecho que nunca había ocurrido. Mientras más lo mencionaba, más loco parecía. El silencio, para él y para los 14 mil jóvenes que llegaron vivos de las islas, se hizo esta vez por propia voluntad.

“Cuando llegamos nos llamaban los chicos de la guerra, porque, decían, no teníamos edad para defender la soberanía nacional. Después pasamos a ser los locos de la guerra, porque, esta vez, reaccionábamos con violencia por cualquier cosa y, al final, fuimos los truchos de la guerra, porque creían que nos hacíamos pasar por ex combatientes para pedir limosna en los trenes”, cuenta Carlos Viegas, otro veterano que tiene a cargo grupos de terapia en el partido bonaerense de Tres de Febrero. “Eso trae aparejada la imposibilidad de generar una nueva identidad —explica—, no podés armar tu personalidad a partir de que sos veterano de guerra. Sos alguien que está en la sombra, que no merece el orgullo de nadie. Mas allá de la derrota militar, para nosotros, la derrota fue y sigue siendo social.”

Las dificultades que encontraron los veteranos para reinsertarse en la sociedad se sumaron, además, a las secuelas que cualquier persona, aún si fuera bien recibida y aceptada entre los suyos, sufriría luego de pasar por una guerra. La Asociación Voluntarias para la Patria, creada en 1982 para ayudar a los soldados que venían de Malvinas, llegó a los primeros diagnósticos clínicos luego de atender a un grupo reducido de ex combatientes. La heterogeneidad de los trastornos, que iban desde depresiones y ansiedad, hasta problemas familiares, laborales, drogadicción y alcoholismo, hizo imposible clasificar los casos dentro de una misma patología. Once años después, y tomando como referencia las experiencias que se habían hecho en Estados Unidos con veteranos de guerra de ese país, los médicos argentinos supieron que el 35 por ciento de los pacientes que habían atendido padecían de Estrés Postraumático.

En 1997, con la puesta en marcha del Programa de Salud del Veterano de Guerra, a cargo del Ministerio de Salud de la Provincia de Buenos Aires, se estableció la más efectiva red de ayuda que aún siguen recibiendo algunos de los 6 mil ex combatientes que viven en el distrito. Un grupo de psiquiatras dictó cursos a 40 veteranos para que luego actuaran, cada uno en su centro regional, como captadores. Viegas es uno de los 20 que hoy trabajan en la función para la que fueron instruidos: facilitar el acceso de los veteranos al sistema de salud, prestarles apoyo en reuniones semanales o, en madrugadas imprevistas, evitar que alguno se suicide.
Acorralados

“La posibilidad de hablar, de contar la experiencia, provoca una cicatrización mucho más rápida que cualquier otro método. A nosotros, cuando terminó la guerra, los jefes militares nos dijeron: ‘Muchachos, los civiles no saben nada de esto, no pueden contar nada’ Y los civiles querían saber, pero nos preguntaban cosas como: ‘¿Te violó un inglés?’ o ‘¿A cuántos mataste?’ Y entonces ahí se produce el silencio, te cerrás, porque ves que nadie te va a entender”, dice Viegas, mientras otros cinco veteranos escuchan, serios, atentos y estáticos, en un patio del Centro de ex combatientes de la localidad de Pablo Podestá. Adolfo Vallejos, que estuvo un mes prisionero al término de la guerra, añade: “La única manera de desahogarse es hablando entre nosotros, no hay otra. Yo, por ejemplo, cuando paso un día de nervios o me siento inestable, vengo acá, hablo y después regreso tranquilo a casa”.

Cada uno que llega se sienta y espera un tiempo discreto para intervenir. Todos rondan los 40 años, salvo Ricardo Caballero, que es padre de uno de los 649 soldados argentinos que murieron en combate. “Cobro una pensión por mi hijo y me suelen decir que con eso estoy salvado, que no me puedo quejar. Yo les respondo: ‘¿Sabés cuánto me costó esta maldita guerra? ¡Un hijo! ¡el único que tenía!’”. Mientras enciende un fuego con unos pastos secos para ahuyentar a los mosquitos, Marcelo De Caro dice: “Para negarte un empleo usan esa excusa. Te dicen: ‘¿Para qué querés trabajo si ya cobrás una pensión’, pero, aún si te alcanzara con eso ¿La dignidad dónde está?”.

Más del 60 por ciento de los ex combatientes que viven en el país están desempleados. Todos cobran un beneficio social de 300 pesos por mes y sólo unos pocos, los que pudieron acreditar algún tipo de invalidez ante las Fuerza Armadas, han recibido un retiro militar. El trámite para obtener la indemnización de guerra se hace llenando un formulario (Anexo 40) y pidiendo luego una Junta Médica. “El abandono y la desprotección por la que pasan algunos veteranos es tal, que muchos deciden internarse en el Hospital de Campo de Mayo y esperar hasta que la Junta los declare enfermos mentales. Muchos vienen antes y me dicen: ‘Che, Carlos, estoy sin laburo, no tengo un mango, voy a ver si me dan el retiro’. Y entonces van, se hacen los locos y al final terminan creyéndolo.Les cambia la personalidad, se convierten en tipos medicados, más violentos que cuando entraron, mucho más psicópatas que antes.”

Soldado acorralado por el fantasma de la guerra, titulaba el diario Página/12 del 8 de abril de 1999, a cuatro días de cumplirse el 17º aniversario del desembarco. La crónica decía, textual: “Luis Alberto Lopresti, 37 años, veterano de Malvinas, un hijo de 12, se colgó en la soledad de un departamento porteño, el domingo de Pascua, después de haber perdido su trabajo como remisero. Había estado internado cuatro días en el Pabellón de Salud Mental del Hospital de Campo de Mayo”.

Hubo otros veteranos, muchos más que 300, tal vez, que buscaron desahogo en la misma desgracia, pero que no lo consiguieron porque alguien llegó a tiempo. En una de sus guardias pasivas de 24 horas —como él las llama—, el 15 de diciembre pasado, Carlos Viegas recibió la noticia de que cuatro ex combatientes se habían literalmente acorralado en una sala del Hospital de Campo de Mayo y que habían amenazado con suicidarse de a uno a partir de las 15 horas del mismo día. Los amotinados, que habían completado el Anexo 40, exigían que se les otorgaran sus retiros militares. “Cuando llegué había un Teniente Coronel y dos médicas: una Teniente y otra Teniente Primero —recuerda—. Uno de ellos quería que ingresara la Guardia y los reprimiera”. En el Pabellón de Salud Mental se acreditó como captador del Programa de Salud y pidió las historias clínicas de los cuatro hombres. Después, se acercó hasta la puerta: “Estuve hablando con ellos desde afuera hasta que me dejaron entrar. Cuando depusieron su actitud tuvimos una reunión con las autoridades del hospital y allí se decidió darles la baja, a los cuatro, en no más de 48 horas”. Días más tarde, uno de ellos fue internado por intento de suicidio en el Hospital Diego Paroissien, en la localidad bonaerense de Isidro Casanova, y finalmente acabó bajo el mismo tratamiento de antes en el Servicio de Salud Mental de Campo de Mayo. De los otros tres no hubo más noticias.

En voz alta, Viegas imagina una metáfora: “Es como si el Estado fuera nuestro padre y la sociedad civil nuestra madre. Ella nos dice cuánto nos quiere pero no nos reconoce, nos manda a pedirle ayuda a papá. Y él, que nos había mandado a la guerra, cuando volvimos nos dio dinero. Nunca nos quiso escuchar”, y, volviendo al 15 de diciembre, concluye: “Por eso, cuando el Coronel me preguntó cómo había convencido a los muchachos, le dije: ‘hay que poner la oreja’”

Fuente: http://www.malvinasmdp.org.ar/Salud/SaludViegas.htm

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Una respuesta a “Los desaparecidos de Malvinas

  1. hola, quisiera saber como puedo conseguir el formulario sobre el anexo 40 o si me pueden orientar ya q desde hace mucho tiempo busco informacion y nada me la da.Gracias

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