¿Desaparece la psiquiatria?

J. SORIA
EL PAÍS – Sociedad – 03-06-1989

Insiste el autor del artículo en la polémica en torno a la posible y paulatina desaparición de la psiquiatría, ciencia que pierde terreno y competencias por el progreso del conocimiento de actividades como la genética, la neurología o la medicina interna. La inquietud que se oculta en la sospecha de desaparición de la psiquiatría radica en la pérdida o el olvido del camino psicopatológico, que ha sido sustituido por las eficacias inmediatas de la investigación científica. Las ideas que expone Haro Tecglen en su artículo sobre la psiquiatría (véase EL PAIS de 2 de mayo) me parecen admirables y oportunas, y su modo de escribirlas, enormemente eficaz. En pocos párrafos logra provocar una sensación de frustración, y al mismo tiempo de esperanza, que a mi entender coincide con lo que sentimos un gran número de profesionales suficientemente experimentados, tras abundantes años de dedicación a los menesteres de la psiquiatría.Es indudable que entre los determinantes de su buen decir se da una especial perspicacia indagatoria que le permite al autor hacerse cargo de lo que pasa -a pesar de lo engañoso que pueda resultar la catalogación de 400 tipos de depresiones-; acertar en las cuestiones que se están dirimiendo y, sobre todo, apuntar a la crisis de los fundamentos que deben justificar la actividad clínica del psiquiatra.

Muy de destacar es la confianza que manifiesta ante la figura del psiquiatra que con su ojo clínico -su experiencia supera las pruebas y las clasificaciones, y con su actitud ejerce una ftinción de amparo y de apoyo social. Esta amable referencia recuerda la que siempre se hizo del médico de cabecera. Un comentano que indica la vitalidad de esta profesión, amenazada, según el autor, por el agotamiento o la comercializ ación.
Desalojo territorial
Por eso resulta más destacable la contraposición de la sospecha de una próxima desaparición de la psiquiatría en favor de actividades con mayor fundamentación científica, como son la genética, la neurología o la medicina interna. Señala así uno de los efectos, históricamente comprobados, que ejerce el progreso del conocimiento fisiopatológico sobre la pertenencia de los trastornos al ámbito de la psiquiatría. En otros tiempos, la epilepsia y la parálisis general progresiva fueron consideradas enfermedades típicamente psiquiátricas. Es evidente que el avance de las ciencias biológicas, en la misma medida en que aclaran -o explican los mecanismos alterados, tienden a desalojar a la psiquiatría de estos territorios. La supuestamente posible desaparición de la psiquiatría sería así la consecuencia lógica y legítima de la pérdida continua de territorio ante el avance -de todo punto deseable- del conocimiento científico. El que actualmente se pueda lograr una aclaración científica de los modos de aparición de las demencias, y evitar así la tragedia que son los enfermos de Alzheimer, incluiría definitivamente estos trastornos en las especialidades de neurología, endocrinología o genética.
Aunque este hecho sería en su momento un acontecimiento jubiloso para toda la humanidad y para los psiquiatras que trabajan en esa dirección, no cabe duda que también puede ser analizado como un paso más hacia el desalojo de la psiquiatría de territorios que se le suponían propios.
Desde esa perspectiva, la situación del psiquiatra, en cuanto profesional expuesto a quedar sin contenido propio, puede resultar incómoda, y en ningún caso podría justificarse exclusivamente por el hecho de que aumente el número de personas que le buscan, bien sea por su experiencia, por su disposición de ayuda o por su capacidad de apoyo. El fenómeno social del incremento de las medicinas alternativas permite abundantes interpretaciones, pero ningún psiquiatra aceptaría el quedar incluido entre los curanderos de la tribu, por muy respetuosos que seamos ante esa figura destacable en los antecedentes de la medicina.
Discurso cultural
Además de estas dos posibilidades extremas que son la desaparición o el curanderismo, se puede pensar que la psiquiatría -aunque de suyo no sea más que una actividad clínica-, en la búsqueda de fundamentos que le sean propios -que es tarea de la psicopatología-, seguirá siendo motivo y ocasión, tanto en el ámbito de la experiencia como en el de los conocimientos, de aportaciones importantes para la salud y para la cultura. Nadie puede dudar de la influencía ejercida por la psicopatología psicoanalítica en la configuración del mundo en el que ahora vivimos: en el de la vida cotidiana y en el discurso cultural.
La inquietud que se oculta en la sospecha de desaparición de la psiquiatría radica en la pérdida o el olvido del camino psicopatológico que ha sido sustituido por las eficacias inmediatas de la investigación científica (fisiopatológica y farmacológica) -de ahí la corriente que llamamos psiquiatría biológicay por la urgencia social de los planteamientos asistenciales que exigen estrategias típicas de la ingeniería social: así es como el psiquiatra, mitad médico científico, mitad asistente social, evidencia su situación de crisis.
Como sucede en todas las situaciones de crisis, hay razones para destacar los riesgos y para alimentar esperanzas. Sabiamente, Haro Tecglen destaca ambas. Basa la esperanza en la figura y el bien hacer del psiquiatra con lo que argumenta desde una experiencia individual y destaca el riesgo cuando reflexiona sobre la carencia de fundamentos que se le hace patente.La tarea de la psicopatología es fundamentar desde la realidad el trabajo del psiquiatra. Fue lo que hizo Jaspers para la psiquiatría clásica y lo que hizo Freud para la práctica psicoanalítica. Ambas psicopatologías han sido eficaces y su huella es indeleble en la práctica clínica y también en nuestro entendirniento del hombre. En la insuficiencia de ambos para dar cuenta adecuada de fenómenos de orden clínico -la alucinación, el delirio y la despersonalización, entre otros- o de carácter antropológico -lo que sea el cuerpo, en qué consiste el enfermar, cómo pesan las relaciones interpersonales- se hace ver su limitación metodológica: así pues, las tareas científicas del presente son comprender y asumir tales limitaciones -en cuanto limitaciones metodológicas-, retroceder más allá de sus fundamentos y asegurar unos nuevos principios. Esto requiere atenerse a los contenidos histórico-filosóficos en los que se sustentaban estas psicopatologías, para cumplir sus pretensiones de realidad y de verdad con respecto a los fenómenos clínicos y antropológicos que exigen nuestra respuesta.
Ciencias del hombre
En este tránsito, la psicopatología se encuentra inexorablemente con los problemas del presente y con la perientoriedad de incorporarlos a su reflexión: el sujeto, la conciencia, el lenguaje, la intersubjetividad, la inteligencia sentiente, etcétera. Problemas asaz más vivos y reales que los divertimientos mediatos y objetivos que sobre lo humano realiza la bioquímica… y algunas ciencias del hombre.
De todo esto cabe esperar que en un futuro la experiencia psiquiátrica ostente la consideración que posee de suyo y que la psiquiatría esté en disposición de ofrecer al resto de la medicina el sentido al que ésta, de acuerdo a su historia, está orientada, y así pueda evitar su ya iniciado deterioro en las contradicciones inherentes a su ceguera tecnológica.Nada de este avanzar tiene que ver con modelos cerrados o determinaciones seguras, ya que la psiquiatría está entregada en su acción al despliegue de la libertad. Tiene que ver más bien con un sereno estar abierto a lo otro en su inmediatez y cotidianidad.

Fuente: El País

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