Dorinda García apoya con testimonios de inquilinas de la Casa Malva sus acusaciones de “malos tratos” en el centro

La edil critica el silencio de la presidenta de la Asociación de Mujeres ‘La Xana’, quien asegura que sabía lo que pasaba

GIJÓN, 20 Ago. (EUROPA PRESS) –

La concejal del PP Dorinda García aseguró hoy, en rueda de prensa, que su partido no se inventó las acusaciones vertidas contra la Casa Malva, sino que las constató ‘in situ’ durante su visita al Centro de Atención Integral a Mujeres Víctimas de Violencia de Género. Es más, para apoyar estas acusaciones, García leyó varios testimonios de mujeres que están o estuvieron en la Casa, algunas de las cuales abandonaron el centro por “los malos tratos”, dijo.

Asimismo, la edil pidió que se tomaran medidas cuanto antes y criticó que la presidenta de la Asociación de Mujeres ‘La Xana’, Ángeles Pollo, no hubiera dicho nada cuando sabía desde hace un mes, según García, las quejas de las inquilinas. “Dio la callada por respuesta”, lamentó.

En los testimonios que leyó, la mayoría de las mujeres se quejan de “falta de libertad” y de “amenazas” con echarlas del centro si no cumplen las normas. “Prefieren estar fuera a dentro de la Casa Malva”, afirmó la edil.

También García instó a quien otorgó premios a la Casa Malva antes de ponerse en funcionamiento a que se acerque a hablar con las usuarias que han planteado sus quejas. La concejal recordó que el equipamiento iba a ser referente en España y ejemplo para otras comunidades. En su lugar, señaló que es “una casa donde las mujeres lejos de dejar de sufrir aumentan su sufrimiento”.

Fuente: http://www.europapress.es/noticia.aspx?cod=20070820154419&ch=294

Testimonio:

Siento mucho tener que abrir otra vez la caja de Pandora, pero después de leer todo lo que se ha escrito y dicho, me veo en la obligación de aclarar, definitivamente, las cosas. Veo demasiados intereses partidistas y muy pocas ganas de ayudar a las mujeres más débiles de esta sociedad. Aquellas que, abandonando su hogar y los recuerdos de toda una vida de sacrificio, se refugian en estas casas de acogida que se presentan a bombo y platillo. Los gobiernos quieren hacer ver que se gasta mucho dinero en estas infelices, pero el dinero se queda por el camino en pagar infinidad de cargos, despachos casi siempre vacíos (lo he podido comprobar personalmente) y personal que se autodefine como profesional de la materia.
Ésta es una amonestación para todas esas organizaciones feministas y defensoras de la mujer que salieron a la prensa a defender «al patrono». ¿Dónde estaban ellas cuando las inquilinas de la Casa Malva lloraban de rabia e impotencia por el maltrato que estaban recibiendo? ¿Alguna de ellas se ofreció a dar una habitación gratis a las que salimos con dolor en el corazón y sintiéndonos delincuentes? ¿Por qué en vez de defender lo indefendible no hicieron una investigación? De eso, ni una palabra. No sea que se enfade el jefe. Está muy clara su postura. Las víctimas no interesan a nadie. Cuantas más haya, mejor, porque así habrá más personal chupando del bote.
El cien por cien de las inquilinas que estábamos, y las que me precedieron, marcharon de la Casa Malva diciendo que era una cárcel. ¡Que no me venga ninguna catedrática justificando nada! Ellas, como yo, no hubieran salido si los objetivos por los que cobran las educadoras (les encanta llamarse así) se hubieran cumplido. Pero han fracasado totalmente. No conozco a nadie que saliera contento de allí. En cuanto se vieron con un despacho y un ordenador a su disposición, la actitud de las trabajadoras -me resisto a llamarlas educadoras- cambió radicalmente. Aumentaron su soberbia y su prepotencia.

¿Cómo es posible que la presidenta del Instituto de la Mujer no viera ningún indicio de malos tratos? Habló con dos inquilinas que, llorando de impotencia y desesperación, le expresaron sus deseos de cambiar ante el trato vejatorio a que eran sometidas y que se marchaban con sus maridos por no poder resistirlo más. Esa señora también habló conmigo y me justificó los registros de las habitaciones, las cámaras, las normas… la dictadura. Si no te gusta, a la calle. Si no estás de acuerdo, a la calle. Si no cumples con los talleres, a la calle. ¿Cuántas veces oímos la misma amenaza en un mes?

Su prepotencia, su soberbia, su sentirse superior era mi cárcel. «Tú no tienes que dar permiso para entrar en tu apartamento. Entramos siempre que nos dé la gana», decían. Me gustaría saber qué diría el pueblo español (incluidas esas organizaciones en defensa de la mujer) si saliese una ley que permitiese a la Policía entrar cuando le diese la gana en cualquier hogar por muy honrados y nobles que se crean sus dueños. Seguro que millones de españoles saldrían a la calle para protestar. ¿Dicha presidenta y esas organizaciones no han leído la Constitución? Pido el cese de esa señora. Si viendo y oyendo lo que vio y oyó no nos hizo ni caso… mejor está en otro sitio.
Políticos y representantes de mujeres tienen testimonios suficientes para hacerles callar. El Partido Popular salió en nuestra defensa y, gracias a su actuación -a mi entender, muy moderada-, cambiaron las cosas para las inquilinas que quedaron dentro. Se flexibilizaron las dichosas normas, el trato del personal trabajador se volvió más respetuoso. ¿Por qué no antes? Si se cambió es porque lo estaban haciendo mal. Muy mal. Si todo estaba perfecto como dice el presidente de la Cruz Roja, ¿por qué lo han cambiado?
Quiero aclarar que estoy inscrita en el PP desde el año 1982. Pago mis cuotas, pero no conocía a ningún militante o directivo de Oviedo o Gijón hasta después de publicar mi primera carta en LA NUEVA ESPAÑA y tras haber tenido encuentros con periodistas y la responsable de un Foro de Mujeres. Todas ellas asombradas de lo que les contaba.

Está muy equivocado quien se atreva a decir que soy un caso aislado, que no represento a nadie. No hablo por mí solamente, y tengo de testigos a periodistas, partidos políticos y la presidenta de un foro de mujeres. También están los testimonios de mis compañeras. Una de las inquilinas dice y firma: «No quiero seguir viviendo en esta cárcel. Si no mejora el trato, me quito de enmedio. Estas carceleras no me dejan vivir en paz». Otra pide en un escrito ayuda desesperadamente para salir de ahí. «Me siento igualmente maltratada que con mi marido. Estoy pensando en volver con él». La concejala Begoña Fernández también tuvo la oportunidad de hablar con las inquilinas de la Casa Malva y a una de ellas, de 66 años, agotada y cansada, que tenía que marchar esa semana, le dijo que nadie la iba a echar.

¿Qué pasa con las que nos quedamos por el camino? A mí me propusieron que fuera a otra casa de acogida. No, gracias. Tras mi denuncia, ¿qué iba a encontrar? Ahora me toca defenderme de tantas acusaciones. Sigo en una habitación pagando tres partes de mi pensión de 500 euros y estoy todo el día vagando por la calle y sintiéndome una marginal. ¿Dónde está todo ese dinero que el Gobierno dice que es para las víctimas? Me dieron un techo, comida y ropa limpia, pero pisotearon mi orgullo y mi dignidad. Mis lágrimas y ataques de ansiedad los camuflaba echando la culpa al robo de un paraguas o a la tremenda burocracia de este país. No pudieron o quisieron leer entre líneas mi verdadero suplicio. Otras dicen que pasaron por lo mismo que yo y salieron adelante. Tras trabajar veinte años fuera de mi país como educadora de niños alemanes, llegué a España, con dos niños pequeños, y no me quisieron ni de fregona. La juventud y mis hijos me dieron fuerza para salir adelante; pero ahora tengo 66 años, estoy muy enferma y me encuentro sola y sin nada.

Pido al Gobierno, al que muchos años pagué escrupulosamente los impuestos, que como ciudadana con derechos civiles me ofrezca la posibilidad de poder vivir dignamente hasta que se resuelva mi situación económica.
Aconsejo a todas esas personas que salen en defensa de ese monstruo que costó cuatro millones de euros que digan al pueblo llano -al que se queja continuamente por lo mal que va la Seguridad Social o la falta de médicos y especialistas- que esa casa se hubiera hecho por menos de la mitad y que con el resto del dinero se hubieran pagado unos cuantos especialistas. La víctima de malos tratos no quiere un lugar donde se sienta perdida ni gente al alrededor que no tiene tiempo para escucharla. Quiere un hombro amigo donde poder llorar su desgracia. ¿Amigo? Cuando mencioné esa palabra alguna vez, me dijeron que ellas no eran mis amigas.
Vuelvo a repetir, para terminar, que mi testimonio está avalado con firmas y hablando tanto con la prensa como con representantes políticos y de colectivos de mujeres. En vez de hablar tanto, que un juez escuche a las dos partes y dicte sentencia. No quiero dejar esta ocasión para decirle a la señora Felgueroso que me encanta su ciudad. Aquí quiero quedarme y morirme. Al césar, lo que es el del césar.

Josefa Gómez, ex inquilina de la Casa Malva, denunció irregularidades en el funcionamiento interno del centro de acogida para mujeres maltratadas.

Fuente: Ine

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s