LA HOMOSEXUALIDAD DOS VISIONES DE LA POLÉMICA

Por ejemplo la homosexualidad estuvo considerada enfermedad mental hasta los años 70 en el DSM, y salío de ella como entró sin ninguna prueba objetiva que clínicamente era patología tal diferencia conductual/biológica de un % pequeño de la gente. Por qué salió respuesta: cambio sociológico de la sociedad que consideraba que no era enfermedad, y dicho estado de opinión se trasladó a la comisión legislativa que redacta dichos códigos. La mayor parte de los problemas que tenían los homosexuales no eran debidos a su particularidad biológica (homosexualidad) sino a la presión mayoritaria del resto de la sociedad (heterosexual) intentando eliminar tal anomalía % de la curva, mediante discriminación o promulgación de leyes contra los homosexuales y finalmente ser considerados enfermos mentales.

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MEDICINA LOS ERRORES DE LA CIENCIA (I)

Cuando la homosexualidad se consideraba una enfermedad # Hasta los años 70 la homosexualidad figuraba en los manuales de psiquiatría como un trastorno mental # La investigación científica y el paso de los años desmontaron unas teorías sin base científica pero vigentes durante años

SABEL F. LANTIGUA

bandera-gayHubo una época, no tan lejana en el tiempo, en que la homosexualidad estaba incluida en los manuales de psiquiatría como un trastorno mental más. Y, como otros problemas psiquiátricos, se pensaba que esta “alteración de la conducta” podía curarse con diversas terapias y tratamientos. La investigación científica y el paso de los años se han encargado de desmentir estas ideas. La reciente intervención del psicoterapeuta Aquilino Polaino en el Senado, en las que calificaba la homosexualidad de “patología”, ha abierto un polémico debate sobre el tema. Aunque la comunidad científica internacional reconoce que la homosexualidad no se puede considerar una enfermedad, hay personas que, contradiciendo a la ciencia, siguen pensando que se trata de un trastorno. Dos son los puntos de vista predominantes sobre la homosexualidad que han entrado en conflicto a lo largo de la historia: el de aquellos que siempre han defendido que es una orientación sexual más y el de quienes han considerado que se trata de una desviación psicológica que se puede cambiar. La mayoría de los psicólogos del siglo XIX y algunos del XX veían la homosexualidad como una enfermedad mental y desarrollaron todo tipo de teorías sobre el origen de la misma. Porque, al igual que ocurre en otros campos, la ciencia también tiene sus puntos negros y uno de ellos es el tratamiento que durante mucho tiempo ha dado a los homosexuales. En 1886, el psiquiatra alemán Richard von Krafft Ebing incluía en su libro ‘Psychopathia Sexualis’ la homosexualidad como una “perversión sexual” y le atribuía un origen hereditario.

El influjo de Freud Su colega, el conocido e influyente psicoanalista Sigmund Freud, reflexionó mucho sobre la homosexualidad y, entre otras cosas, la caracterizó como el resultado de un conflicto durante el desarrollo de la identidad sexual en el que el varón se identifica con el sexo femenino y empieza a sentir atracción por los hombres muy masculinos. Además, señala que las madres de los homosexuales suelen ser “frías y exigentes”. Sigmund Freud en 1936. (Foto: AP) Sigmund Freud. (Foto: AP) Para Juan Antonio Herrero Brasas, autor del libro ‘La Sociedad Gay’ y profesor de ética y política pública de la Universidad del Estado de California (EEUU), “lo único que logró la errónea teoría de Freud sobre la estructura familiar fue crear durante muchos años un sentimiento de culpabilidad tremendo en las mujeres, que se sentían responsables de la homosexualidad de sus hijos”. Ya en el siglo XX, los científicos comenzaron a tener más preocupación por investigar las conductas sexuales. Entre los trabajos más llamativos destaca el de Alfred Kinsey, que realizó en su citado ‘Informe Kinsey’ la primera encuesta masiva sobre sexualidad en Estados Unidos. Su estudio reveló que la homosexualidad era un comportamiento mucho más frecuente de lo que se creía y contribuyó a sacar a la luz a una parte de la sociedad.

Y así se han ido sucediendo diferentes teorías hasta la actualidad, fecha en la que “se ha producido un cambio importante en la mentalidad de los ciudadanos respecto a los homosexuales”, destaca Arnaldo Gancedo, presidente de COGAM (Colectivo de lesbianas, gays, transexuales y bisexuales de Madrid). Su afirmación se basa en las últimas encuestas que revelan que España ocupa el segundo lugar de la UE en cuanto a aceptación de la homosexualidad. Cambio en los 90 En 1973 la Asociación Americana de Psiquiatría (APA) decidió eliminar la homosexualidad del ‘Manual de Diagnóstico de los trastornos mentales’ (DSM) y urgió a rechazar toda legislación discriminatoria contra gays y lesbianas. La acción vino motivada tras una completa revisión científica sobre el tema. Éste sólo fue el primer paso de un lento proceso de cambio que tardaría en llegar al resto del mundo, pues hubo que esperar aún dos décadas, hasta 1990, para que la Organización Mundial de la Salud (OMS), retirara la homosexualidad de su lista de enfermedades mentales. Sin embargo, la medida de la OMS no impidió que se siguieran practicando todo tipo de terapias para intentar “curar” a los gays y las lesbianas. Ante esta situación, explica a ‘elmundo.es’ Fernando Chacón, decano del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid, la APA se vio obligada a firmar una declaración en el año 2000 en la que expresa que “no hay evidencia científica que apoye la eficacia de la terapia ‘reparativa’ para alterar la condición sexual, por lo que no está incluida como tratamiento psiquiátrico”. Y, a pesar de esto, “todavía hay personas que consideran que los homosexuales somos enfermos”, indica el presidente de COGAM, recordando las ya conocidas ideas manifestadas por el director del departamento de psicología de la universidad San Pablo-CEU, Aquilino Polaino.

De ‘la naranja mecánica’ a la cirugía cerebral A lo largo del siglo XX los científicos experimentaron con distintas técnicas para ver si podían ‘reconvertir’ a un homosexual. Todas ellas fueron un fracaso ISABEL F. LANTIGUA Varias personas forman la bandera gay.

* Cuando la homosexualidad era una enfermedad (I)

Todas las civilizaciones, desde la Antigua Grecia y el Imperio Romano hasta nuestros días, han mantenido posturas muy diversas respecto a la homosexualidad, que han pasado de la prohibición de cualquier manifestación de conducta homosexual y los castigos a la tolerancia y, finalmente, la aceptación. En la época en que se consideraba la homosexualidad como un trastorno mental se llevaron a cabo intentos muy variados para tratar de curarla. El profesor Herrero Brasas, autor de ‘La Sociedad gay’, explica que “antes del siglo XX la homosexualidad ‘sólo’ era pecado y los gays eran considerados sodomitas. No se asumía su condición como algo permanente sino que se castigaba su conducta como se podía castigar la de un ladrón”. Sin embargo, el siglo XX ha probado diferentes terapias para ‘salvar’ a los gays y las lesbianas. “Los homosexuales que hoy tienen 50 o 60 años cuentan que les hacían de todo.

Desde darles descargas eléctricas mientras miraban la foto de un hombre desnudo hasta recetarles pastillas para inhibir el apetito sexual”, declara Arnaldo Gancedo, de COGAM
. Fernando Chacón, decano del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid, afirma que se utilizaban fundamentalmente dos terapias: la terapia de reconversión, también conocida como ‘La Naranja Mecánica’ en alusión a la película de Stanley Kubrick, que consistía en pequeñas descargas eléctricas para asociar la conducta homosexual a algo negativo; y la terapia psicoanalítica, que se basaba en buscar dentro de uno mismo las razones del conflicto que llevan a ser homosexual, sacarlo a la luz para buscar una solución. Aunque estos tratamientos están desaconsejados por la APA, “es cierto que hay personas muy conservadoras y tradicionales que preguntan cómo pueden tratar la homosexualidad y que someten a sus hijos a terapias de este tipo que, aunque poco, se siguen practicando”, reconoce Chacón. Para este experto, lo importante es la libertad individual. “Si un chico de 24 años no se siente cómodo con su identidad sexual puede acudir a un psicoterapeuta que tratará de ayudarle, primero, a que se acepte a sí mismo” comenta Chacón. “Lo que no se puede consentir es que las familias sometan a los chicos a tratamiento contra su voluntad”. El psicólogo explica que “los homosexuales pueden sufrir algún trastorno cuando no se aceptan a sí mismos y, además, sufren rechazo social. Pero esto le sucede también a cualquier otra persona con algún complejo que le impide quererse”. Fotos, inyecciones y hormonas

El siglo pasado fue testigo de una gran variedad de ‘inventos’ científicos para ‘curar’ la homosexualidad. “Ninguno de ellos consiguió un sólo caso de modificación de la orientación sexual, porque es algo que no se puede cambiar, no es un aspecto concreto sino una expresión más de la personalidad de un individuo”, afirma Juan Antonio Herrero Brasas. Éstas son algunas de las técnicas que se han empleado: # La terapia reparativa: Mezcla una serie de imágenes eróticas con el electroshock. La idea es que al mismo tiempo que los gays ven fotos de hombres reciban una descarga eléctrica para que se produzca una asociación negativa con la homosexualidad. Por otro lado, les obligan a masturbarse con imágenes de mujeres para conseguir una asociación positiva. En el caso de las lesbianas era al revés. [foto de la noticia] # Tratamientos eméticos: En la misma línea que la terapia anterior, pero en vez de descargas eléctricas, administraban a los pacientes inyecciones para que vomitaran mientras veían fotos eróticas de personas del mismo sexo. # Tratamientos hormonales: Tras probar el tratamiento con hormonas en ratas, algunos científicos empezaron a experimentar con personas. Fue un fracaso total.

“Lo único que consiguieron las hormonas es que a los hombres les creciera pelo por todas partes y, en algunos, casos, también los pechos, pero no cambiar la orientación sexual”, destaca Herrero Brasas. Uno de los casos más llamativos de persecución es el del matemático inglés Alan M. Tuning. Gracias a sus trabajos en criptografía fue admitido en el Foreign Office británico, donde contribuyó a descifrar el código nazi que sería decisivo para la resolución de la Segunda Guerra Mundial. Pero su aportación no sirvió de mucho cuando se descubrió su homosexualidad. Fue perseguido, juzgado por conducta impropia y encarcelado. Solamente si aceptaba tomar estrógenos para cambiar su orientación sexual le concedían la libertad condicional. Turing no aceptó pero tampoco aguantó la situación, por lo que se suicidó a los 42 años. # La terapia psicoanalítica: Basados en las teorías de Freud sobre un conflicto durante el desarrollo del sujeto que había que sacar a la luz. # Tratamientos médicos: Incluyen, además del tratamiento hormonal, diversos fármacos y pastillas para quitar el apetito sexual. # Cirugía cerebral: Consistía en destruir una parte del hipotálamo, una zona del cerebro que controla el comportamiento sexual y afectivo, para dejar a las personas sin deseo sexual. Fue una práctica habitual durante 30 años, de la década de los 40 hasta 1970. # Terapias religiosas y morales: Basadas en la reflexión y la comunicación con Dios. Convertirse a la religión para evitar el comportamiento homosexual.

Fuente: http://elmundosalud.elmundo.es/elmundosalud/2005/06/24/medicina/1119625636.html


miércoles, febrero 15, 2006

¿La homosexualidad es un trastorno?

gaysTranscribo un artículo que viene de una traducción de un informe sobre cómo se quitó la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales. No tiene desperdicio. El original está en la red, pero en inglés, por esto he puesto este, por si alguno no habla english

El juicio sobre la homosexualidad ha experimentado diversas variaciones a lo largo de la Historia. En general, las culturas de la Antigüedad generalmente la juzgaron moralmente reprobable. Egipcios y mesopotámicos la contemplaron con desdén mientras que para el pueblo de Israel se hallaba incluida en el listado de una serie de conductas indignas del pueblo de Dios que se extendían del adulterio a la zoofilia pasando por el robo o la idolatría (Levítico 18, 22). No en vano, el Antiguo Testamento incluía entre los relatos más cargados de dramatismo el de la destrucción de Sodoma y Gomorra (Génesis 13, 14, 18 y 19), cuyos habitantes habían sido castigados por Dios por practicar la homosexualidad. Durante el período clásico, la visión fue menos uniforme. En Grecia, por ejemplo, alguna formas de conducta homosexual masculina y sin penetración era tolerable mientras que en Roma fue duramente fustigada por autores como Tácito o Suetonio como un signo de degeneración moral e incluso de decadencia cívica. El cristianismo -que, a fin de cuentas, había nacido del judaísmo- también condenó expresamente la práctica de la homosexualidad. No sólo Jesús legitimó lo enseñado por la ley de Moisés sin hacer excepción con los actos homosexuales (Mateo 5, 17-20) sino que el Nuevo Testamento en general condenó la práctica de la homosexualidad considerándola contraria a la ley de Dios y a la Naturaleza (Romanos 1, 26-27) y afirmando que quienes incurrieran en ella, al igual que los que practicaran otro tipo de pecados, no entrarían en el Reino de los cielos (I Corintios 6, 9).

La condena de la práctica homosexual fue común en los Padres de la Iglesia y en los documentos más antiguos de disciplina eclesial aparece como uno de los pecados que se penan con la excomunión. Partiendo de esta base no resulta extraño que el mundo medieval -tanto judeo y cristiano como musulmán- condenara las prácticas homosexuales e incluso las penara legalmente aunque luego en la vida cotidiana fuera tan tolerante -o tan intolerante- con esta conducta como con otras consideradas pecado. Esta actitud fue aplastantemente mayoritaria en occidente -y en buena parte del resto del globo- durante los siglos siguientes. Esencialmente, la visión negativa de la homosexualidad estaba relacionada con patrones religiosos y morales y no con una calificación médica o psiquiátrica. El homosexual podía cometer actos censurables -no más por otra parte que otros condenados por la ley de Dios- que incluso se calificaban de contrarios a la Naturaleza y de perversión. No obstante, no se identificaba su conducta con un trastorno mental o con un desarreglo físico. En realidad, para llegar a ese juicio habría que esperar a la consolidación de la ps
iquiatría como ciencia.

Partiendo de una visión que consideraba como natural el comportamiento heterosexual -que meramente en términos estadísticos es de una incidencia muy superior- la psiquiatría incluiría desde el principio la inclinación homosexual -y no sólo los actos como sucedía con los juicios teológicos- entre las enfermedades que podían y debían ser tratadas. Richard von Kraft-Ebing, uno de los padres de la moderna psiquiatría del que Freud se reconocía tributario, la consideró incluso como una enfermedad degenerativa en su Psychopatia Sexualis. De manera no tan difícil de comprender, ni siquiera la llegada del psicoanálisis variaría ese juicio. Es cierto que Freud escribiría en 1935 una compasiva carta a la madre norteamericana de un homosexual en la que le aseguraba que «la homosexualidad con seguridad no es una ventaja, pero tampoco es algo de lo que avergonzarse, ni un vicio, ni una degradación, ni puede ser clasificado como una enfermedad». Sin embargo, sus trabajos científicos resultan menos halagüeños no sólo para las prácticas sino incluso para la mera condición de homosexual. Por ejemplo, en sus Tres ensayos sobre la teoría de la sexualidad, Freud incluyó la homosexualidad entre las «perversiones» o «aberraciones sexuales», por usar sus términos, de la misma manera que el fetichismo del cabello y el pie o las prácticas sádicas. A juicio de Freud, la homosexualidad era una manifestación de falta de desarrollo sexual y psicológico que se traducía en fijar a la persona en un comportamiento previo a la madurez heterosexual.

En un sentido similar, e incluso con matices de mayor dureza, se pronunciaron también los otros grandes popes del psicoanálisis, Adler y Jung. Los psicoanalistas posteriores no sólo no modificaron estos juicios sino que incluso los acentuaron a la vez que aplicaban tratamientos considerados curativos contra la inclinación homosexual. En los años cuarenta del siglo XX, por ejemplo, Sandor Rado sostuvo que la homosexualidad era un trastorno fóbico hacia las personas del sexo contrario, lo que la convertía en susceptible de ser tratada como otras fobias. Bieber y otros psiquiatras, ya en los años sesenta, partiendo del análisis derivado de trabajar con un considerable número de pacientes homosexuales, afirmaron que la homosexualidad era un trastorno psicológico derivado de relaciones familiares patológicas durante el período edípico. Charles Socarides en esa misma década y en la siguiente -de hecho hasta el día de hoy- defendía, por el contrario, la tesis de que la homosexualidad se originaba en una época pre-edípica y que por lo tanto resultaba mucho más patológica de lo que se había pensado hasta entonces. Socarides es una especie de bestia negra del movimiento gay hasta el día de hoy pero resulta difícil pensar en alguien que en el campo de la psiquiatría haya estudiado más minuciosa y exhaustivamente la cuestión homosexual. Curiosamente, la relativización de esos juicios médicos procedió no del campo de la psiquiatría sino de personajes procedentes de ciencias como la zoología (Alfred C. Kinsey) cuyas tesis fueron frontalmente negadas por la ciencia psiquiátrica. De manera comprensible y partiendo de estos antecedentes, el DSM (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders) incluía la homosexualidad en el listado de desórdenes mentales. Sin embargo, en 1973 la homosexualidad fue extraída del DSM en medio de lo que el congresista norteamericano W. Dannemeyer denominaría «una de las narraciones más deprimentes en los anales de la medicina moderna». El episodio ha sido relatado ampliamente por uno de sus protagonistas, Ronald Bayer, conocido simpatizante de la causa gay, y ciertamente constituye un ejemplo notable de cómo la militancia política puede interferir en el discurso científico modelándolo y alterándolo. Según el testimonio de Bayer, dado que la convención de la Asociación psiquiátrica americana (APA) de 1970 iba a celebrarse en San Francisco, distintos dirigentes homosexuales acordaron realizar un ataque concertado contra esta entidad. Se iba a llevar así a cabo «el primer esfuerzo sistemático para trastornar las reuniones anuales de la APA». Cuando Irving Bieber, una famosa autoridad en transexualismo y homosexualidad, estaba realizando un seminario sobre el tema, un grupo de activistas gays irrumpió en el recinto para oponerse a su exposición. Mientras se reían de sus palabras y se burlaban de su exposición, uno de los militantes gays le gritó: «He leído tu libro, Dr. Bieber, y si ese libro hablara de los negros de la manera que habla de los homosexuales, te arrastrarían y te machacarían y te lo merecerías». Igualar el racismo con el diagnóstico médico era pura demagogia y no resulta por ello extraño que los presentes manifestaran su desagrado ante aquella manifestación de fuerza.

Sin embargo, el obstruccionismo gay a las exposiciones de los psiquiatras tan sólo acababa de empezar. Cuando el psiquiatra australiano Nathaniel McConaghy se refería al uso de «técnicas condicionantes aversivas» para tratar la homosexualidad, los activistas gays comenzaron a lanzar gritos llamándole «sádico» y calificando semejante acción de «tortura». Incluso uno se levantó y le dijo: «¿Dónde resides, en Auchswitz?». A continuación los manifestantes indicaron su deseo de intervenir diciendo que habían esperado cinco mil años mientras uno de ellos comenzaba a leer una lista de «demandas gays». Mientras los militantes acusaban a los psiquiatras de que su profesión era «un instrumento de opresión y tortura», la mayoría de los médicos abandonaron indignados la sala. Sin embargo, no todos pensaban así. De hecho, algunos psiquiatras encontraron en las presiones gays alicientes inesperados. El Dr. Kent Robinson, por ejemplo, se entrevistó con Larry Littlejohn, uno de los dirigentes gays, y le confesó que creía que ese tipo de tácticas eran necesarias, ya que la APA se negaba sistemáticamente a dejar que los militantes gays aparecieran en el programa oficial. A continuación se dirigió a John Ewing, presidente del comité de programación, y le dijo que sería conveniente ceder a las pretensiones de los gays porque de lo contrario «no iban solamente a acabar con una parte» de la reunión anual de la APA. Según el testimonio de Bayer, «notando los términos coercitivos de la petición, Ewing aceptó rápidamente estipulando sólo que, de acuerdo con las reglas de la convención de la APA, un psiquiatra tenía que presidir la sesión propuesta». Que la APA se sospechaba con quién se enfrentaba se desprende del hecho de que contratara a unos expertos en seguridad para que evitaran más manifestaciones de violencia gay. No sirvió de nada.

El 3 de mayo de 1971, un grupo de activistas gays irrumpió en la reunión de psiquiatras del año y su dirigente, tras apoderarse del micrófono, les espetó que no tenían ningún derecho a discutir el tema de la homosexualidad y añadió: «Podéis tomar esto como una declaración de guerra contra vosotros». Según refiere Bayer, los gays se sirvieron a continuación de credenciales falsas para anegar el recinto y amenazaron a los que estaban a cargo de la exposición sobre tratamientos de la homosexualidad con destruir todo el material si no procedían a retirarlo inmediatamente. A continuación se inició un panel desarrollado por cinco militantes gays en el que defendieron la homosexualidad como un estilo de vida y atacaron a la psiquiatría como «el enemigo más peligroso de los homosexuales en la sociedad contemporánea». Dado que la inmensa mayoría de los psiquiatras podía ser más o menos competente, pero desde luego ni estaba acostumbrada a que sus pacientes les dijeran lo que debían hacer ni se caracterizaba por el dominio de las tácticas de presión violenta de grupos organizados, la victoria del lobby gay fue clamorosa. De hecho, para 1972, había logrado imponerse como una presencia obligada en la reunión anual de la APA. El a
ño siguiente fue el de la gran ofensiva encaminada a que la APA borrara del DSM la mención de la homosexualidad. Las ponencias de psiquiatras especializados en el tema como Spitzer, Socarides, Bieber o McDevitt fueron ahogadas reduciendo su tiempo de exposición a un ridículo cuarto de hora mientras los dirigentes gays y algún psiquiatra políticamente correcto realizaban declaraciones ante la prensa en las que se anunciaba que «los médicos deciden que los homosexuales no son anormales».

Finalmente, la alianza de Kent Robinson, el lobby gay y Judd Marmor, que ambicionaba ser elegido presidente de la APA, sometió a discusión un documento cuya finalidad era eliminar la mención de la homosexualidad del DSM. Su aprobación, a pesar de la propaganda y de las presiones, no obtuvo más que el 58 por ciento de los votos. Se trataba, sin duda, de una mayoría cualificada para una decisión política pero un tanto sobrecogedora para un análisis científico de un problema médico. No obstante, buena parte de los miembros de la APA no estaban dispuestos a rendirse ante lo que consideraban una intromisión intolerable y violenta de la militancia gay. En 1980, el DSM incluyó entre los trastornos mentales una nueva dolencia de carácter homosexual conocida como ego-distónico. Con el término se había referencia a aquella homosexualidad que, a la vez, causaba un pesar persistente al que la padecía. En realidad, se trataba de una solución de compromiso para apaciguar a los psiquiatras -en su mayoría psicoanalistas- que seguían considerando la homosexualidad una dolencia psíquica y que consideraban una obligación médica y moral ofrecer tratamiento adecuado a los que la padecían. Se trató de un triunfo temporal frente a la influencia gay. En 1986, los activistas gays lograban expulsar aquella dolencia del nuevo DSM e incluso obtendrían un nuevo triunfo al lograr que también se excluyera la paidofilia de la lista de los trastornos psicológicos. En Estados Unidos, al menos estatutariamente, la homosexualidad -y la paidofilia- había dejado de ser una dolencia susceptible de tratamiento psiquiátrico. Cuestión aparte es que millares de psiquiatras aceptaran aquel paso porque la realidad es que hasta la fecha han seguido insistiendo en que la ideología política en este caso la del movimiento gay- no puede marcar sus decisiones a la ciencia y en que, al haber consentido en ello la APA, tal comportamiento sólo ha servido para privar a los enfermos del tratamiento que necesitaban. Se piense lo que se piense al respecto -y la falta de unanimidad médica debería ser una buena razón para optar por la prudencia en cuanto a las opiniones tajantes- la verdad era que la decisión final que afirmaba que la homosexualidad no era un trastorno psicológico había estado más basada en la acción política que en una consideración científica de la evidencia. Por ello, ética y científicamente no se diferenciaba mucho de aberraciones históricas como el proceso de Galileo o las purgas realizadas por Lysenko.

Por César VIDAL
La Razón, martes 31 de diciembre de 2002

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