Carl Gustav Jung el Nacionalsocialismo, la Sincronocidad

Carl Gustav Jung (1875-1961) y el Nacionalsocialismo

Jung
El inconsciente ario tiene un potencial mayor que el judío […]. A mi juicio, la actual psicología médica ha cometido un grave error al aplicar indiscriminadamente categorías, que ni siquiera son válidas para todos los judíos, a los germanos cristianos o eslavos […]. La psicología médica ha sostenido que el secreto más precioso de los germanos, el fondo de su alma creadora y llena de fantasía, es un pantano infantil y banal, mientras que por décadas, mi voz que advertía de ello, ha estado bajo la sospecha de ser antisemita. La sospecha provino de Freud. Éste no conocía el alma germana, como tampoco la conocen sus seguidores.

Estas palabras fueron escritas por C. G. Jung en enero de 1934. Ellas dejan ver el rumbo que tomaría la psicología en Alemania durante los once años en que el país estaría dominado por los nacionalsocialistas. Mientras Sigmund Freud y Alfred Adler, quienes pertenecían a la comunidad judía de Viena, eran blanco de numerosas difamaciones que aparecían en periódicos nacionales y en revistas especializadas, Jung sintió que había llegado la hora en que el régimen alemán lo habría de reconocer como uno de sus grandes intelectuales.

Jung pensaba que sólo su teoría, conocida como psicología analítica, lograba explicar realmente el surgimiento del nazismo, la grandeza de Adolfo Hitler y la supremacía psicológica del alma alemana sobre el inconsciente de los otros pueblos.
Jung estaba seguro de que tan pronto como los líderes nazis se dieran cuenta de las coincidencias entre su pensamiento y la ideología del nacionalsocialismo, él pasaría a formar parte de las luminarias académicas a quienes los nazis acostumbraban tributar un enorme reconocimiento.

A principios de 1933, Jung empezó a ser considerado en Alemania como el renovador de la psicología y de la psiquiatría. Él había venido a rescatarlas del estado de descomposición en que habían sido sumergidas por los judíos psicoanalistas. En ese mismo año, empezaron a ser quemados públicamente los libros de Freud. Los nacionalsocialistas recomendaban recitar en el momento en que éstos eran lanzados al fuego lo siguiente: “En contra de la sobrevaloración de la vida sexual que destruye el alma, y por la nobleza del alma humana, entrego a las llamas los escritos de un tal Sigmund Freud”.

En junio de 1933, C. G. Jung fue nombrado presidente de la Sociedad Médica de Psicoterapia, que agrupaba asociaciones de diversos países. Los miembros de la Asociación Psicoanalítica Alemana, que tenía más de veinte años de existencia, la fueron abandonando, voluntariamente o por presiones políticas, e ingresaban a la Sociedad Alemana Médica de Psicoterapia, que se formó en 1934.

Como presidente de esta sociedad fue designado el psiquiatra M. H. Goering, primo del ministro de Aviación, Hermann Goering, el hombre más importante del régimen, después de Hitler. Gracias a los esfuerzos del psicoanalista Ernest Jones, quien gozaba en ese entonces de un gran prestigio internacional, fue posible que el doctor Goering permitiera que la Sociedad Psicoanalítica Alemana continuara existiendo como una división dentro de la Sociedad Alemana Médica de Psicoterapia.

En diciembre de 1933 fue publicada la declaración de principios que regía a esta sociedad. El escrito fue redactado por el mismo doctor Goering. En él se afirma lo siguiente:

Esta sociedad tiene la tarea […] de unir a todos los médicos alemanes […] que pretenden formarse y practicar la terapia psiquiátrica conforme a las concepciones nacionalsocialistas. La Sociedad presupone que todos sus miembros activos, los que hacen uso tanto de la palabra verbal como escrita, han trabajado el libro fundamental de Adolfo Hitler, Mi lucha, con toda la seriedad científica y lo reconocen como fundamento. La Sociedad pretende colaborar en la obra del Kanzler, educando al pueblo alemán hacia una convicción heroica orientada al sacrificio.

Aunque años más tarde Jung negó haber tenido conocimiento de esta declaración de principios antes de su publicación, él era en ese entonces editor y responsable de la Revista de Psicoterapia, en la cual fue dada a conocer la declaración. Las páginas editoriales del número en que apareció la declaración fueron escritas por el mismo Jung, y su contenido se apega al sentido de las palabras del doctor Goering: “Las diferencias que realmente existen desde hace mucho tiempo entre la psicología germana y la judía no deben continuar siendo ignoradas; para la ciencia, esto sólo puede ser provechoso”. Con ello, Jung mostraba que no sólo estaba interesado en señalar las diferencias entre ambas psicologías, sino en proclamar la superioridad de la psicología alemana frente a la judía. Jung, por cierto, nunca se distanció públicamente del manifiesto psiquiátrico del doctor Goering.

Diversas publicaciones muestran que Jung participó voluntaria y conscientemente en las difamaciones que se divulgaban sobre los judíos y el psicoanálisis. A principios de 1934, en su artículo “Sobre la situación actual de la psicoterapia”, afirma que el judío, como “nómada”, no puede crear jamás una cultura propia; para desarrollar sus instintos y talentos tiene que apoyarse en un “pueblo anfitrión más o menos civilizado”.

En este mismo artículo, Jung se empeñó en hacer notar la imposibilidad del psicoanálisis judío de explicar el surgimiento del nacionalsocialismo, y lo acertado y útil que resultaba su propia psicología en este sentido. “¿Ha podido (el psicoanálisis de Freud) esclarecer la grandiosa aparición del nacionalsocialismo al que todo el mundo observa con los ojos llenos de sorpresa? ¿Dónde se encontraba el ímpetu silencioso y la fuerza cuando todavía no había nacionalsocialismo? Ella se encontraba escondida en el alma germana, en aquel profundo fondo, el cual es todo lo contrario a la cloaca de los deseos infantiles insatisfechos y de los resentimientos familiares latentes”. Jung va tan lejos en su deseo de desprestigiar las enseñanzas de Freud, que llega a señalar la concepción de éste sobre la neurosis como “la sucia fantasía de adolescente tenida por su autor”.

En Suiza, algunos psicoanalistas reaccionaron con toda firmeza en contra de la posición de Jung. Entre ellos destaca Gustavo Bally, quien publicó en uno de los principales diarios del país, el Neue Zuercher Zeitung, fuertes críticas a las coincidencias de Jung con el nacionalsocialismo en lo que respecta al racismo, la ideología aria y el desprecio a los judíos.

Para leerlo entero:

http://www.cge.udg.mx/revistaudg/rug16/2Carl.html

EXAMEN DE UNA AMALGAMA PROBLEMÁTICA: PSICOLOGÍA ANALÍTICA Y ALQUIMIA

Es lo que llamo sincronicidad, algo que está por debajo de la lógica y une las cosas.

La bibliomancia o esticomancia es un arte adivinatoria que consiste en abrir al azar un libro cualquiera, formulando o no una pregunta, leer el primer párrafo que aparezca y tratar de encontrar allí la respuesta a nuestras inquietudes.

Repaso histórico:

-En el Imperio Romano y en la Edad Media practicaban un método de adivinación o predicción del futuro conocido por “Sortes Virgilianae”, que consistía en que una persona formulaba una consulta sobre su futuro y, acto seguido, seleccionaba al azar un pasaje de la Eneida de Virgilio (70 a.C-19 a.C). El pasaje se leía y se interpretaba como respuesta a la consulta. El prestigio del que gozaba Virgilio en aquella época era tal que se le consideraba un mago y un profeta, extendiendo su profecía a su obra cumbre: la Eneida.

-Cuentan las crónicas que Adriano (76-138) señaló al azar un párrafo de la Eneida que predijo la aprobación por Trajano de su sucesión al trono imperial. Y que Claudio II también señaló un párrafo que predijo la muerte de su hermano Quintilo pocos días después de convertirse en emperador.

-También fue utilizada la “Sortes Homérica” (utilizando la Ilíada y la Odisea de Homero).

-Otras formas de bibliomancia (uso de libros para la adivinación del futuro) han sido muy comunes a lo largo de la Historia, con frecuencia utilizando textos sagrados como la Biblia (“Sortes Sanctorum”) o el Corán en la cultura islámica. Pesonajes eclesiásticos como San Agustín o San Francisco de Asís practicaban estas consultas y se dejaban guiar por lo que los mensajes de los textos que leían.

¿Por qué se abre una página y no otra?, podríamos preguntarnos. La respuesta es la misma que responderíamos a otras cuestiones, como ¿por qué saco una carta del Tarot y no otra? o ¿por qué se dispusieron así las monedas del i-ching y no de otra forma?:

-Por sincronicidad o también lo podríamos explicar en términos de la ley de la atracción. Como dice Alejandro Jodorowsky, “si no existe el azar, todo es un milagro”.

Puedes practicar la bibliomancia con tus libros favoritos… y también con este blog, teniendo la mente abierta para escuchar los mensajes e interpretar las respuestas.

http://planocreativo.wordpress.com/category/danza-la-realidad/page/2/

Su noción de “sincronicidad” plantea la existencia de un principio no casual y no causal que enlaza sucesos de significado similar por medio de su coincidencia en el tiempo en vez de por su secuencialidad o por su relación causa-efecto. Reclama por ello que hay una sincronicidad entre la mente y los fenómenos perceptibles en el mundo. ¿Qué evidencias hay para sostener tal aseveración?. Ninguna. Él proporciona reflexiones sobre sucesos puntuales y no tienen científicamente la más mínima base probatoria. No puede postular leyes ni fórmulas de ninguna clase que resulten válidas de manera continua, uniforme y sistemática (22) . Ese es el motivo de que Jung comente: “… los hechos sincronísticos, que se pueden verificar empíricamente, lejos de construir una regla, son tan excepcionales que la mayoría de la gente duda de su existencia” (23). En sus cartas leemos: “…acausal phenomena must exist […] since statistics are only possible anyway if there are also exceptions” (24) También aserta: “…improbable facts exist–otherwise there would be no statistical mean…” (25) Finalmente expone ideas como que: “…the premise of probability simultaneously postulates the existence of the improbable” (26) Todo son magras presunciones. Su idea proponía la imposibilidad por su parte de dar con una ley o una regla general que pudiera ser bien definida, pero sí creyó localizar “fenómenos raros”, es decir, casos puntuales que mostrarían la evidencia. ¿Cuáles son?. Uno de sus puntos de apoyo básico es la percepción extrasensorial y la validez que concede a las experiencias de Rhine con barajas de cartas (27) Tales observaciones han sido actualmente contrastadas y plenamente rechazadas (28) Actualmente sabemos que no son demostrables ninguno de esos “fenómenos raros”, verificables empíricamente según él. Como resultado, el resto de presupuestos planteados por Jung a partir de la doctrina de la sincronicidad son inconcluyentes en todos los casos, total y absolutamente infundados. Con el principio de sincronicidad nos encontramos de nuevo, no en el terreno de la ciencia, sino en el de la creencia.
Pero vayamos más allá. Aunque hubiera una sincronicidad entre la mente y el mundo sensible (reiteramos, algo no demostrable empíricamente) de modo que en ciertas coincidencias resonara una verdad trascendental se mantendría el problema de descifrar esa verdad. ¿Qué guía debería seguirse para determinar la correcta interpretación del suceso?. No hay ninguna pauta objetiva, racional y sistemática, sólo la intuición y el juicio subjetivo, las mismas normas que gobiernan la interpretación freudiana de los sueños (29) En su trabajo de 1952 sobre la sincronicidad leemos: “Si esta conjetura llega a ser eventualmente probada, mi visión actual de la sincronicidad como fenómeno raro, debería ser corregida. Sólo sabemos que debe haber un fenómeno subyacente que pueda posiblemente explicar estos fenómenos relacionados” (30) Nada de eso se ha ratificado científicamente sino que, bien al contrario, sus pocos puntos de apoyo se han mostrado como inconsistentes e incoherentes. En una de sus obras leemos: “Un ejemplo de sincronía en gran escala sería la astrología, si dispusiera de resultados universalmente seguros. Pero sí hay hechos lo suficientemente seguros y afianzados mediante amplias estadísticas que pudieran hacer aparecer el cuestionamiento astrológico como algo digno de consideración filosófica. La posibilidad, verdaderamente real, de reconstruir ampliamente un carácter a partir del tema natal de una persona prueba la validez relativa de la astrología […] Tal es también la fórmula básica de la práctica del I-Ching” (31) . Precisamente sobre el I-Ching dice un poco antes que: “… su ciencia radica precisamente no en el principio de causalidad, sino en otro principio hasta ahora innombrado -por no existir entre nosotros- que yo he denominado tentativamente «principio sincronístico»”. Ni que decir tiene que ni la astrología ni el I-Ching son ciencias como él pretende, sino seudociencias (32) . Son meras formas adivinatorias sin base probatoria, y por muchas vueltas que Jung le dé, el razonamiento deductivo demuestra fielmente que el “principio sincronístico” que pone por rector de esos casos no es más que la pura vinculación subjetiva por parte del observador de hechos no relacionados entre sí de forma objetiva.
Hay más ejemplos de sincronicidad en otras obras del suizo verdaderamente sonrojantes, como su explicación acerca de una persona que recibió el mismo día un número de teléfono, una entrada del teatro y un ticket de tranvía con la misma numeración. Por la época en la que sucedió no debían superar las tres o cuatro cifras y por tanto la estadística demuestra que la coincidencia no es tan rara. No abundaremos en algunas de las otras “pruebas científicas” que propuso por sus evidentes carencias probatorias. El concepto junguiano de sincronicidad no es más que una expresión de falsa fenomenología.

De acuerdo con Jung la sincronicidad garantiza el acceso a los Arquetipos localizados en el inconsciente colectivo y caracterizados por ser predisposiciones mentales de rango universal no demostradas por medio de la experiencia. Como las Ideas (gr. Eidos) de Platón los Arquetipos (33) no tienen su origen en el mundo sensible, existen independientemente de este mundo y alcanzan directamente a la mente. No obstante, a diferencia del filósofo griego, Jung creía que los Arquetipos surgían en la mente de forma espontánea, no voluntaria, y especialmente en sus tiempos de crisis. Es en esos momentos marcados por la tribulación, el trance, el cambio, cuando se abrirían las puertas a lo trascendente, al inconsciente colectivo que dejaría salir al Arquetipo para revelar profundas verdades escondidas en el inconsciente ordinario del individuo.
Como resultado, lo inconsciente del individuo, concepto postulado originalmente por Freud y aquí llamado “inconsciente ordinario”, dependería para Jung, no de las pautas feudianas, sino de un elemento de grado superior: el inconsciente colectivo. Ni uno ni otro tienen base científica. Del inconsciente en el individuo ya hablamos al tratar a Freud. Respecto al tildado como “colectivo” se trata de un factor supuestamente originado al margen del mundo sensible, supraindividual, transcultural, no sometido a un plano espacio-temporal. Tanto él como sus componentes virtuales, los Arquetipos, resultan así totalmente inverificables.

El propio Jung era sabedor de la total subjetividad con la que había organizado los planos de la psique. En su libro “Mysterum conjunctionis” confiesa que no son más que un “marco provisional” destinado a clasificar los datos de una serie de experiencias que él consideraba como probadas empíricamente, pero que acabamos de mostrar como plenamente inconsistentes. Jung nos invita expresamente a no enjuiciar sus razones o las bases de su sistema, insta a sus lectores a sumergirse sin más en su universo de conceptos no verificables sobre la psique humana. Dice Jung: “Como no me apetece construir un mundo de conceptos que no haría sino conducirnos al insípido bizantinismo que lleva el nombre de discusión filosófica, no doy ninguna importancia particular a estas reflexiones. Si conceptos tales sirven para poner en un orden provisional el material empírico, ha cumplido ya con su cometido” (34) No obstante, a pesar de reconocer tácitamente la provisionalidad en la estructuración de su método y su carencia de argumentos definitivos y determinantes, unas páginas después Jung proclama para justificarse su propia autoridad como indiscutible: “Aconsejo a los lectores que me critiquen a que dejen a un lado los prejuicios, que prueben el camino que he descrito, o si no, que suspendan su juicio y admitan que no comprenden nada”. Es curiosa su invitación a la “suspensión de juicio”, actitud recomendada por el escepticismo antiguo como fuente de paz interior y felicidad al no adherirse la razón a ninguna opinión ni convicción. Con ella Jung conmina a los críticos a no entrar a cuestionar su sistema sobre la psique. No obstante, añade la necesidad de que reconozcan que sus dudas no tienen como causa faltas o errores del sistema junguiano, sino una total carencia de entendimiento por parte de los críticos. Su propuesta es muy clara y sintetiza muy bien el espíritu de su definitivo “Mysterum conjunctionis”, a saber: su libro es un compendio perfecto sobre el significado de la obra alquímica y si alguien no está de acuerdo con sus opiniones es debido a carencias personales del propio lector. Inmediatamente después se arroga el rango de infalibilidad en sus reflexiones: “Desde hace treinta años estudio estos procesos psíquicos, he adquirido la certeza [el subrayado es nuestro] de que los alquimistas, así como los grandes filósofos de Oriente, se refieren a tales experiencias y que, esencialmente, es nuestra ignorancia de la psique la que nos hace atribuirles el calificativo de místicas”. La solución que afirma con rotundidad es plasmada de forma categórica. A falta de sistemas objetivos de verificación él mismo es su propia prueba argumental, su palabra debe recibir el tratamiento de “certeza”, de evidencia plena, es decir, parejo al de un dogma. Estamos, en fin, ante un rasgo notorio de autor seudocientíco (35)

Para leerlo entero

http://idd00dnu.eresmas.net/jung.htm

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