Los peritos dicen en el juicio que el joven sufre esquizofrenia paranoide

Andrés Rabadán no ha podido explicar por qué asesinó a su padre

XAVIER MARGARIT MADRID, JUEVES 23 DE MARZO DE 1995

ESPECIAL PARA EL MUNDO BARCELONA.-

Los tres sabotajes de la línea férrea de Renfe en el Maresme ocurridos a finales de 1993 y que llevaron de cabeza a las Fuerzas de Seguridad de Estado tuvieron un único autor, Andrés Rabadán, de 21 años, y un único motivo: vengarse de la sociedad por haberle dejado solo. En la Audiencia de Barcelona se celebraron ayer dos juicios consecutivos contra el denominado «loco de la ballesta»: uno por matar a flechazos a su padre, por el que se le pedían 23 años de cárcel, y otro por hacer descarrilar tres trenes a finales de 1993 y principios de 1994, delitos por los que se pedían 36 años y 100 millones de pesetas. El procesado confesó sin titubeos la autoría de todos los delitos, pero se mostró más evasivo sobre las razones. Primero dijo que no sabía por qué había hecho descarrilar los trenes, pero posteriormente admitió que se trataba de «una especie de venganza» por lo que le pasaba en su casa. «Cuando iba por la calle me miraban de forma rara, me tenían olvidado», añadió. Explicó que su única intención era «asustar», y que estaba convencido que los descarrilamientos no tendrían consecuencias graves para los pasajeros. Rabadán afirmó que eligió para los sabotajes puntos de la red que no fueran peligrosos, pero que pudieran dar la sensación de serlo, como por ejemplo, justo antes de un puente. Los tres descarrilamientos no provocaron víctimas, si bien en el segundo, ocurrido el día 4 de enero de 1994, se estuvo al borde mismo de la catástrofe: un tren con diez pasajeros quedó prácticamente colgado sobre un puente del río Tordera. El procesado explicó que en el tercer descarrilamiento empezó a cortar el raíl izquierdo en el sentido de la marcha, pero que entonces se dio cuenta de que por ser una curva hacia la derecha, el tren caería irremisiblemente al mar y decidió cortar el otro. Su tesis quedó avalada por la declaración del mando de la Guardia Civil que dirigió la investigación. El relato del procesado sobre el parricidio, ocurrido el 6 de febrero del año pasado, fue espeluznante: «Acababa de comer con mi padre y fui a mi habitación y vi la ballesta. Era como un robot. Volví a la cocina y le disparé. Mi padre cayó al suelo y empezó a mover los brazos. Me asusté y le disparé más veces para que no sufriera», declaró Andrés. «¿Cómo eran las relaciones con su padre?», le preguntó atónita la fiscal. «Muy buenas», contestó sin titubear el encausado. Los tres peritos citados coincidieron unánimemente en el caso del parricidio: el procesado sufre una esquizofrenia paranoide que le hace absolutamente inimputable del parricidio. En relación a los sabotajes, las opiniones discreparon: uno de los psiquiatras continuó con su tesis sobre su falta de responsabilidad, mientras que los otros dos forenses señalaron que sus facultades estaban muy mermadas, pero no completamente anuladas.

Fuente: El Mundo

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