LOS CRÍMENES DE LA UNIÓN SOVIÉTICA

LOS CRÍMENES DE LA UNIÓN SOVIÉTICA (6ª PARTE): INTELECTUALES Y CIENTÍFICOS (Y II)

sakharovEl físico Andrei Sajarov quizá sea el científico disidente más famoso de la era post-estalinista.
Sajarov participó en el desarrollo nuclear soviético en los años 40, y 20 años más tarde se convirtió en disidente. Se unió a la samizdat, se hizo defensor de los derechos humanos y civiles, y apremió a los líderes del PCUS para que aboliesen la pena de muerte y liberasen a los presos políticos. En parte, influyó en que el gran violonchelista Mstislav Rostropovich se uniese a la campaña pro derechos humanos (Rostropovich tuvo que abandonar la URSS en 1974 y en 1978 se le retiró la nacionalidad soviética).

En 1975 se concedió el Premio Nobel de la Paz a Sajarov, pero el Gobierno de Brezhnev le negó el visado para ir a Oslo a recogerlo. En 1980 la KGB detuvo a Sajarov y su mujer por denunciar la invasión soviética de Afganistán; ambos fueron deportados a Gorky. Hasta diciembre de 1986, con Gorbachov en el poder, no fueron liberados.

Cuando el presidente ruso Boris Yeltsin llevó a cabo un proceso en 1991 contra el PCUS, que había intentado realizar un golpe de estado, Vladimir Bukovsky regresó a Rusia desde Gran Bretaña. Había sido expulsado de la URSS quince años antes, después de pasar por la cárcel y un hospital psiquiátrico.
Bukovsky asistía al proceso como “experto”.

Se presentó en la sede del Tribunal Constitucional en Moscú con un ordenador portátil y un escáner. Cuenta Anne Applebaum que, seguramente, por entonces en nadie había visto uno de esos aparatos, así que Bukovsky se sentó y empezó a copiar tranquilamente todos los documentos que le habían sido entregados como prueba. Cuando estaba terminando su tarea, quienes estaban junto a él se dieron cuenta de repente de lo que hacía, y alguien dijo en voz alta: “¡Los va a publicar allí!”. Se hizo el silencio en la sala y, “como en una película” (según palabras de Bukovsky), nuestro personaje cerró el ordenador, caminó hacia la salida, fue al aeropuerto y salió de Rusia de nuevo.
Aunque falten documentos por desclasificar, gracias a personas como Bukovsky sabemos de la represión en las últimas décadas de la URSS.

Bukovsky se enteró de que cuando fue detenido, hubo una reunión del Politburó para hablar de él. Varios dirigentes habían considerado que las acusaciones penales contra él “causarían una cierta reacción en el país y en el exterior”. Concluyeron que sería un error simplemente arrestarle, así que propusieron que se le internara en una institución psiquiátrica.
Se puso en evidencia de esa forma uno de los aspectos más siniestros de la represión soviética de los años 60, 70 y 80: la psijuska, el “hospital psiquiátrico especial”.

La psijuska mostró además cómo la ciencia, de nuevo, podía colaborar de forma repugnante con una dictadura. En este caso la repugnancia recayó sobre la psiquiatría oficial soviética.

Después del deshielo (la época de Jruschov), las autoridades soviéticas comenzaron a utilizar los hospitales psiquiátricos para encerrar a los disidentes. Aquello conllevaba una gran ventaja para la KGB, porque permitía desacreditar a éstos tanto en la URSS como en Occidente y distraer la atención sobre ellos: si no eran opositores serios sino que estaban mal de la cabeza, ¿quién iba a discutir su hospitalización?

La psiquiatría oficial participó en ello con gran entusiasmo.

Para explicar el fenómeno de la disidencia plantearon la definición de “esquizofrenia latente” o “esquizofrenia sigilosa” que, según aquellos psiquiatras, era una forma de psicosis que no dejaba huella en el intelecto o la conducta exterior, pero podía abarcar casi toda forma de conducta considerada asocial o anormal.

Dos profesores del Instituto Serbski escribieron que “con mucha frecuencia, las ideas sobre la “lucha por la verdad y la justicia” son concebidas por personalidades con una estructura paranoide”.

Y seguían:

“Un ejemplo típico de idea a la que se da un valor exagerado es la convicción del paciente de su propia rectitud, una obsesión por afirmar sus “derechos” atropellados, y la importancia de estos sentimientos en la personalidad del paciente. Tienden a explotar los procedimientos judiciales como plataforma para hacer discursos y llamamientos”.

Así pues, casi todos los disidentes entraban en la definición de locos.

Al escritor y científico Zhores Medvedev (cuyo padre había muerto en el Gulag y cuyo hermano, Roy, era un importante historiador clandestino) se le diagnosticó una “esquizofrenia latente” acompañada de “fantasías paranoicas de reformar la sociedad”. Además, se apuntaba que padecía una “personalidad dividida” porque trabajaba como científico y escritor.
Natalia Gorbanevskaia, la primera editora de Crónica, fue diagnosticada de una “esquizofrenia latente sin síntomas claros” que producía “cambios anormales en las emociones, deseos y patrones de pensamiento”.

Al general Piotr Grigorenko se le detuvo en 1969 entre otras cosas por protestar frente a la invasión soviética de Checoslovaquia. Se le diagnosticó una condición psicopatológica “caracterizada por la presencia de ideas reformistas, en especial la reorganización del aparato estatal; y esto está vinculado a una estima exagerada de su propia personalidad que alcanza proporciones mesiánicas”. Un comandante de la KGB se quejaba en un informe enviado al Comité Central de que tenía en sus manos a un grupo de ciudadanos con una forma particular de trastorno mental: “tratan de fundar nuevos partidos”

La sección de diagnóstico del Instituto Serbski estaba encabezada en los años 60 y 70 por el doctor Danil Lunts. Él era responsable de realizar el “diagnóstico” de los disidentes, y examinó personalmente a Siniavsky, Bukovsky, Gorbanevsakaia y Grigorenko. Al parecer llevaba el uniforme de general del MVD.

Según algunos psiquiatras soviéticos emigrados, Lunts y los demás del Instituto creían sinceramente que sus pacientes estaban enfermos. Pero
muchos presos políticos que le conocieron, le han definido como un oportunista que realizaba el trabajo que le encomendaban sus jefes del MVD “sin nada que envidiar a los doctores criminales que realizaron experimentos inhumanos en los prisioneros de los campos de concentración nazis”.

Los pacientes diagnosticados de enfermedad mental eran condenados a permanecer un tiempo en un hospital psiquiátrico que iba desde unos meses a muchos años. Los más afortunados eran enviados a un hospital psiquiátrico común, de los que había cientos, todos ellos sucios, atestados, y de los que lo mejor que se podría decir es que el trato a los pacientes no era demasiado bueno. Pero al menos allí se podía escribir cartas y recibir varias visitas.

Sin embargo, los considerados “especialmente peligrosos” eran enviados a “hospitales psiquiátricos especiales”, que estaban directamente controlados por el MVD. Éstos se encontraban rodeados de alambradas, guardias y perros.
Tanto en los hospitales psiquiátricos comunes como en los “especiales”, los médicos también tenían como objetivo la abjuración: un paciente que aceptaba renunciar a sus convicciones y que admitía que una enfermedad mental le había llevado a criticar el régimen soviético, podía ser declarado curado y ser puesto en libertad. Pero si no abjuraba, recibía “tratamiento”.

Los “tratamientos” consistían en fármacos abandonados hacía mucho tiempo en Occidente, que eran administrados rutinariamente, que elevaban la temperatura del paciente (a veces por encima de los 40º) y le causaban dolor y malestar, entre otras cosas. Se utilizaban con frecuencia tranquilizantes cuyos efectos secundarios se manifestaban sistemáticamente: rigidez, tics, temblores y movimientos involuntarios, y apatía. Otros “tratamientos” incluían electrochoques, varias formas de inmovilidad, palizas, inyecciones de insulina (que provocaban crisis de hipoglucemia) y punciones lumbares (introducción de un aguja en la espina dorsal). Había un castigo que se llamaba “el rollo” y que fue descrito por Bukovsky: “Se utilizabangrandes piezas de lienzo húmedo, en las que se envolvía al paciente de pies a cabeza, tan apretadamente que era difícil que respirara, y cuando el lienzo comenzaba a secarse se contraía más y más, y hacía que el paciente se sintiera todavía peor”.

Después de tales “tratamientos”, los pacientes yacían inmóviles durante días.

Applebaum equipara la vida en estos hospitales psiquiátricos con la película Alguien voló sobre el nido del cuco.

shalamovVarlam Shalamov, autor de Relatos de Kolyma, es junto a Solzhenitsyn uno de losescritores rusos que más han contribuido a denunciar los horrores del Gulag. Murió en 1982 en un hospital psiquiátrico donde había sido internado a la fuerza.

Pero el régimen soviético no logró los objetivos que perseguía encerrando a los disidentes en hospitales psiquiátricos, esto es, distraer la atención sobre ellos.

En 1977 Sidney Bloch y Peter Reddaway publicaron un amplio estudio acerca del abuso psiquiátrico soviético. En él constaba que al menos 365 personas sanas habían sufrido tratamientos por locura políticamente definida. Seguramente había cientos más. Además, desde los años 70 el tema de la psiquiatría soviética se hablaba con cada vez mayor frecuencia en organismos como la Asociación Mundial de Psiquiatría o el Colegio Real de Psiquiatras de Gran Bretaña.
El asunto finalmente también movilizó a los psiquiatras soviéticos no oficiales. Cuando Zhores Medvedev fue condenado a un hospital psiquiátrico, muchos psiquiatras rusos escribieron cartas de protesta a la Academia de Ciencias de la URSS. Además, Sajarov apoyó públicamente a Medvedev.

Medvedev, junto a otros presos políticos, fueron expulsados del país.

A pesar de todo, hubo entre los dirigentes soviéticos muchos que se empeñaban en que las cosas continuaran igual. Así, en 1976 Yuri Andropov, por entonces jefe de la KGB y que sucedería a Brezhnev al frente de la URSS en 1982, escribió un memorándum secreto explicando los orígenes internacionales de la “campaña antisoviética” y sus esfuerzos por hacer que la Asociación Mundial de Psiquiatría denunciara a la URSS. En consecuencia, el Ministerio de Sanidad soviético propuso lanzar una gran campaña de propaganda en favor de los hospitales psiquiátricos del país. Ésta consistiría en documentos científicos que negasen las acusaciones y en identificar a psiquiatras “progresistas” que los respaldasen. Dichos “progresistas” serían premiados con invitaciones a la URSS donde visitarían hospitales psiquiátricos específicamente designados.

En fin, que Andropov proponía negar lo evidente. Al fin y al cabo, no se podía admitir que algún aspecto de la política soviética estuviese equivocado. El número de internos forzados en los hospitales psiquiátricos continuó en aumento. Desde 1987 serían liberados miles de ellos.

Fuente: http://debatalia.com/index.php?showtopic=41761&st=180


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