CHINA | MANICOMIOS PARA DISIDENTES

Domingo 20 de enero de 2002 – Número 327

CHINA | MANICOMIOS PARA DISIDENTES

Enloquecidos

DAVID JIMÉNEZ Enviado especial a Guangdong

 

REPROGRAMACIÓN DEL PENSAMIENTO

Con ese siniestro nombre se denominan las terapias a que son sometidos los disidentes políticos y religiosos chinos en los sanatorios. Incluyen electroshocks, castigos corporales, sesiones de vídeo de hasta 12 horas diarias y administración abusiva de tranquilizantes. En la imagen, dos internos atados a la cama en el hospital psiquiátrico de Guangdong

Mientras se lo llevaban esposado el 15 de diciembre de 2000, Cao Maobing pensó en cómo sería la vida que le esperaba en la cárcel. El veterano electricista de 47 años había desafiado a la dictadura comunista organizando una huelga en la fábrica de sedas donde trabajaba y sabía que tarde o temprano vendrían a por él. Vinieron.

Pero la furgoneta policial que se lo llevó nunca se detuvo en el presidio local y siguió su camino hasta llegar al Hospital Psiquiátrico nº 4 de la ciudad de Yancheng, en la provincia de Jiangsu. Los médicos ataron a Cao a un camastro y durante los siguientes siete meses lo trataron con electroshocks y medicamentos suministrados a la fuerza. El paciente sufría, a los ojos del Estado chino y de los 17 expertos que firmaron su informe médico, un proceso de «psicosis paranoica».

El Hospital Psiquiátrico nº 4 de Yancheng forma parte del más secreto y desconocido sistema de represión del Partido Comunista Chino y es sólo uno entre las decenas de centros donde el Gobierno encierra a disidentes, líderes religiosos, dirigentes sindicales y opositores. Desde 1987, y sin el conocimiento de Occidente o de la Asociación Mundial de Psiquiatría, los líderes chinos han creado una red de hospitales mentales clandestina bautizada con el nombre de Ankang («paz y salud»). El investigador británico Robin Munro denunció por primera vez la existencia de los hospitales policiales la pasada primavera con la publicación de un detallado informe de 130 páginas en el Columbia Journal of Asian Law. Desde entonces, CRÓNICA ha viajado a diferentes ciudades chinas para conocer cómo funciona el sistema Ankang, se ha entrevistado con familiares de las víctimas y ha logrado entrar en un psiquiátrico de la provincia sureña de Guangdong.

Las pequeñas habitaciones del centro están situadas a ambos lados de un estrecho pasillo en el que no se alcanza a ver el final.A través de cada enrejado se puede distinguir la figura de hombres jóvenes y mayores atados de pies y manos a camas metálicas, con la mirada perdida. Si se continúa andando se llega a un edificio contiguo y a una oficina que ofrece la primera pista sobre quién dirige el lugar. «Secretario del Comité del Partido Comunista», dice el cartel que cuelga de la puerta.

Los psiquiátricos públicos chinos están divididos en dos grupos: los Ankang, administrados por el temido Departamento de Seguridad Pública y supuestamente creados para criminales especialmente peligrosos; y los centros del Departamento de Sanidad, como éste de Guangdong. «Nada se hace sin el consentimiento del Partido, nosotros sólo obedecemos órdenes», se justifica el médico que accedió a llevarnos hasta el sanatorio aprovechando una reunión de los dirigentes comunistas locales en Beijing.

Uno de los cuartos, cerrado con llave y sin ningún tipo de ventana, es lo que se conoce como «la habitación confidencial». «No sabemos lo que ocurre ahí dentro, nadie lo sabe», dice el doctor. Cada cuarto tiene entre cinco y seis pacientes, la mayoría atados de pies y manos a camas metálicas. «Pueden ser peligrosos, por eso los tenemos así. No pueden hablar porque están sedados», asegura una joven enfermera.

Lo normal es que pacientes sanos y otros que no lo están compartan habitación en los psiquiátricos utilizados para internar a disidentes.El Gobierno chino ha elaborado una serie de textos y libros donde se describen patologías no reconocidas en ningún otro país del mundo, pero que son de obligatorio estudio para los estudiantes de psiquiatría forense destinados a trabajar en hospitales Ankang.«Ilusiones reformistas», «monomanía política», «exceso religioso», «alucinaciones reformistas» o «interés desmedido en modas extranjeras» forman parte de los síntomas achacados a personas que se manifiestan contra el Gobierno regularmente o tratan de organizar asociaciones o grupos independientes.

Los hospitales con más capacidad pueden tener hasta 2.000 pacientes, de los cuales la gran mayoría son realmente enfermos mentales que han cometido crímenes que van desde el asesinato múltiple a la violación. Documentos oficiales, sin embargo, demuestran que los «delincuentes políticos» son clasificados y tratados dentro del grupo formado por los pacientes «más peligrosos».La Enciclopedia de la Seguridad Pública, un manual de la policía china, incluye entre ellos a quienes «gritan lemas reaccionarios, escriben pancartas o cartas reaccionarias, realizan discursos antigubernamentales en público o expresan opiniones sobre asuntos domésticos o internacionales de importancia».

La terminología médica y los tratamientos en los centros Ankang son una copia de los que la URSS aplicó durante décadas en sus Hospitales Psiquiátricos Especiales, denunciados por primera vez en la prensa occidental en los años 70. En 1983, debido a la fuerte presión internacional, la asociación de psiquiatría rusa fue expulsada de la Asociación Mundial de Psiquiatría tras quedar probado que cientos de personas estaban siendo falsamente diagnosticadas de esquizofrenia y confinadas indefinidamente.

«En Occidente no se había hablado nunca de los abusos psiquiátricos chinos, a pesar de que se trata de un sistema más sofisticado y más utilizado, sobre todo en los últimos años», asegura el profesor Munro, cuyo informe Psiquiatría Judicial en China y sus Abusos Políticos es consecuencia de 11 años de estudio. Su relato deja pequeño el calvario de presos políticos como el recién llegado a España Wang Ce, recluido tres años en un campo de trabajo en Zheijiang.

«MANIACO POLÍTICO»

Cuando Yao Guifang, la mujer del contestatario electricista Cao, pudo finalmente visitar a su marido en el hospital nº 4 de Yancheng, apenas pudo reconocer al hombre que tenía enfrente. «No sé por cuánto tiempo podré mantener el juicio», aseguró un desvalido Cao, que relató a su esposa que vivía encerrado en una pequeña habitación con 20 enfermos mentales y recibía constantes inyecciones que le llevaban a perder el sentido. Una huelga de hambre, la negativa de sus familiares a reconocer s

u supuesta enfermedad y la publicidad de su caso en la prensa occidental lograron que las autoridades chinas liberaran a Cao el pasado mes de julio.

El Departamento de Seguridad Pública del Partido Comunista presiona sistemáticamente a las familias de los detenidos para que firmen documentos corroborando los diagnósticos de incapacidad mental.En el Ankang de la ciudad de Shanghai permanece recluido Wang Miaogen, un curtido opositor del Gobierno que no tiene a nadie que interceda por él. Su diagnóstico: «maniaco político».

La policía lo encerró el 27 de abril de 1993 para evitar que se manifestara contra la dictadura china durante los Juegos Asiáticos que se debían celebrar en mayo de ese mismo año. «No tiene familia porque es huérfano. Todos sus amigos sabemos que no está enfermo y fuimos a la policía a interesarnos por él», relata un compañero de Wang localizado a través de una organización disidente china con base en EEUU. «En una ocasión dos amigos de nuestro grupo fueron encerrados en el psiquiátrico por movilizarse para lograr su libertad. Sabemos que Wang está muy mal, hace tiempo que no tenemos noticias de él, pero todos tenemos miedo de hablar. Por favor, no vuelva a llamar».

El castigo psiquiátrico en China comenzó nada más llegar los comunistas al poder en 1949, pero se extendió sobre todo durante la caza de brujas organizada a raíz de la Revolución Cultural de Mao (1966-1976). Los archivos del hospital nº 7 de la ciudad de Hangzhou demuestran que, hasta 1979, el 54% de los pacientes chinos había sido ingresado por llevar a cabo «acciones y discursos antisociales».

Ese mismo año, 1979, China comenzó a abrir su economía al mundo.Deng Xiaoping anunció que «hacerse rico era glorioso». Y el contraste es cada vez mayor entre una economía y una sociedad que avanzan imparables y un Partido de viejos revolucionarios empeñados en mantener a sus 1.300 millones de compatriotas bajo el yugo de la dictadura. El desequilibrio social es creciente. Cerca de 900 millones de campesinos continúan malviviendo en el campo mientras las ciudades de la costa este del país progresan y las desigualdades hacen cada vez más difícil mantener la estabilidad.

Los psiquiátricos para disidentes forman parte de un complejo sistema de control orwelliano que tiene como pilares los más de 1.000 campos de trabajos forzados distribuidos por todo el país. Sus inquilinos, ahora más que nunca, proceden de grupos que han sabido aglutinar el descontento de quienes no se han beneficiado de las últimas dos décadas de cambios.

Es el caso de la secta Falun Gong. «El modelo de represión psiquiátrica se ha extendido a los disidentes religiosos y sus seguidores están siendo internados en psiquiátricos regulares. No hay suficientes Ankang para ellos», afirma Munro.

Hospitales como el de Guangdong, al que tuvo acceso CRÓNICA, elaboran programas de «reprogramación del pensamiento» en los que los seguidores de Falun Gong son obligados a ver vídeos con las supuestas atrocidades cometidas por sus compañeros durante 12 horas al día. La admisión de la culpa ante cámaras de vídeo, la denuncia de otros miembros de Falun Gong, el castigo corporal y el estudio de la ideología maoísta forman parte de un tratamiento destinado a «lavar el cerebro» de los detenidos, según testimonios de quienes han abandonado los hospitales.

TIANANMEN

Sólo los casos considerados imposibles son enviados a los 20 centros Ankang que dirige el aparato de seguridad del Estado.La estancia mínima en uno de estos centros suele rondar los cinco años y la máxima hasta 20 años. Algunos pacientes jamás abandonan el hospital porque, en realidad, no existe una condena formal y el Partido tiene manos libres para mantener a los disidentes encerrados el tiempo que considere necesario.

Wang Wanxing fue detenido en 1992 tras desplegar en Tiananmen una pancarta conmemorando la masacre de estudiantes de la capital china tres años antes.

Para entonces, el Gobierno ya había perdido la paciencia con este veterano disidente que comenzó a crear y, sobre todo a crearse, problemas cuando en 1976 escribió una carta criticando la política de Mao Zedong. El Departamento de Seguridad decidió enviar a Wang al centro Ankang de Beijing durante siete años (1992-1999).En ese tiempo, su mujer, Junying, fue presionada sin éxito para que firmara un documento admitiendo la «locura» de Wang, que finalmente fue liberado durante tres meses de prueba en agosto de 1999 bajo dos condiciones: olvidar sus reivindicaciones democráticas y no hablar con medios de comunicación extranjeros.

Wang llamó a las autoridades chinas un día antes de que expirasen sus tres meses de prueba para anunciar que iba a romper la segunda de esas condiciones y describir su experiencia en una rueda de prensa. «¿Cómo puedes hacer esto, Wang Wanxing? Si te comportas de esta forma tendrás que volver al hospital», le amenazó en una conversación telefónica la directora del centro Ankang de Beijing, Lu Qiuling. «Le he contestado que estaba dispuesto a regresar al hospital, pero que iba a hablar con la prensa. Esta misma tarde la policía se ha presentado en mi casa y me ha dicho que no me mueva de aquí hasta el lunes, entonces decidirán sobre mi caso», declaró Wang poco antes de que los agentes regresaran para llevarlo de vuelta al hospital. No se ha vuelto a saber de él.

Todos las personas que hablaron con Wang en sus tres meses de libertad coinciden en que, a pesar de sus siete años de encierro, mantenía sus capacidades intelectuales intactas. Tras su último arresto, la ONU preguntó al Gobierno chino por su paradero. «Se ha determinado que el paciente sufre paranoia, que sus acciones están dirigidas por deseos imaginarios, que ha perdido su capacidad normal de discernir y que es irresponsable», respondieron las autoridades.

Munro calcula que 3.000 personas «completamente sanas» han pasado por los psiquiátricos chinos en los últimos 20 años. El objetivo del Gobierno es que en el futuro todas las ciudades de más de un millón de habitantes tengan al menos un centro Ankang. La construcción de nuevos hospitales avanza imparable, mientras psiquiatras chinos de prestigio internacional niegan que haya abusos. «Nuestro problema no es que se diagnostique como enfermos a personas sanas, sino la falta de medios para tratar a los que sí lo están», según el doctor Tian Zuen, del Departamento de Salud chino.

LUCHA ANTITERRORISTA

China, ahora aliada de Occidente en su guerra contra el terrorismo, justifica la detención de muchos disidentes dentro de su propia «campaña antiterrorista». Organizaciones como Human Rights in China temen que EEUU, el único país que hasta ahora presionaba a Beijing sobre derechos humanos, deje de hacerlo para mantener el apoyo del régimen comunista en su campaña contra Al Qaeda.

Lejos de la diplomacia internacional, Cao Maobing mantiene una guerra distinta en su Yancheng natal. Aspira a dar voz a los trabajadores chinos. Su última detención fue la décima desde que decidió movilizar a sus compañeros para exigir los seis meses de sueldo que les adeudaban. Su familia intenta evitar que Cao, al que hasta sus amigos empiezan a ver como un obstinado Quijote oriental, vuelva a la carga. «Sólo un loco podría enfrentarse de nuevo a todo eso», dice uno de ellos.

«ASÍ ME CASTIGARON»

Uno de los pocos testimonios que existen sobre las condiciones en el interior de los psiquiátricos Ankang procede de una joven disidente china y fue recogido en el informe publicado por el investigador británico Robin Munro el año pasado. La detenida, que ingresó en 1987, describe en primera persona los diferentes castigos a los que eran sometidos los internos del hospital Ankang de Shanghai durante su internamiento. La autora de las escalofriantes descripciones no puede ser identificada por razones de seguridad.

La hormiga eléctrica

«Uno de los tipos de castigo era la acupuntura con corriente eléctrica. Los pacientes lo llamaban «la hormiga eléctrica». Utilizaban agujas de acupuntura que descargaban electricidad.Había tres niveles de corriente. Cuanta más corriente, más doloroso, y el dolor dependía también del lugar donde se pusieran las agujas.[ ] Se convirtió en el código penal de los doctores. Cuando querían castigar a alguien, obligaban al resto de los pacientes a situarse alrededor de su cama mientras el paciente se retorcía de dolor a la vez que gritaba: «No lo volveré a hacer, no lo volveré a hacer »».

La inyección

«Otra forma de castigo eran las inyecciones.Una era una inyección muscular y la otra, mucho más dolorosa, intravenosa. Vi a algunos pacientes a quienes parecía que la lengua se les iba a salir de la boca tras recibir las inyecciones intravenosas. Tras varios días de inyecciones, sus músculos faciales quedaban paralizados, los ojos mirando fijamente a la nada. Sus caras parecían máscaras. No podían girar la cabeza y tenían que mover todo el cuerpo si querían mirar hacia otro lado».

La pastilla

«Las desobediencias al personal eran castigadas con un aumento de la medicación. Después de darles las pastillas, los pacientes sufrían calambres y no tenían ganas de hacer nada que no fuera dormir. Había que trabajar siete horas al día. Los que habían sido castigados con medicación echaban espuma por la boca. Sus ojos se movían sin control dentro de sus cavidades oculares. Caminaban muy despacio y se caían constantemente».

La cama

«La cama de una persona que era castigada se trasladaba de su habitación a un área que había entre el comedor y el lugar de trabajo y allí el paciente era atado de pies y manos al metal de la cama con correas. Desde ahí las enfermeras podían vigilar día y noche. Durante las horas de trabajo podíamos ver a una mujer atada de pies y manos a la cama. Permanecíamos en silencio, con la cabeza baja y trabajando. Al anochecer veíamos cómo se llevaban la cama y veíamos el espacio vacío donde estaba. Nunca sabías cuándo iba a ser tu turno. Cuando querían castigar a alguien, la alarma del pasillo sonaba y varios policías venían para atarte a la cama».

Fuente: http://www.elmundo.es/cronica/2002/327/1011608169.html

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