Loca no y no (Doida Não e Não!)
la crónica de un error médico
sábado 20 de agosto de 2011

Ocurrió en Oporto, entre las paredes de este mismo hospital desde donde hoy escribo este artículo. Corría el año 1918. Portugal vivía los convulsos años de la Primera República, presidida por aquel entonces por Sidónio Pais, con la Primera Guerra Mundial dando sus últimos estertores y la gripe española devastando el mundo. La protagonista fue una mujer que compensaba su pequeña estatura – cerca de un metro y medio – con una determinación irreductible para luchar por su amor contra viento y marea. Su nombre era Maria Adelaide Coelho da Cunha y formaba parte de la alta burguesía lisboeta. Era hija del fundador del histórico periódico portugués Diário de Notícias y se había casado con Alfredo da Cunha, que se transformaría en propietario del diario tras la muerte del padre fundador. Las vicisitudes de su historia, abordadas en el libro de Manuela Gonzaga “Doida não e não” (en castellano “Loca no y no”) ya forman parte del imaginario colectivo portugués.
El argumento tiene un inicio aparentemente simple: Maria Adelaide se apasionó por su chófer, un hombre cerca de veinte años más joven que ella, de nombre Manuel Cardoso Claro, y decidida a dejar una vida fácil y mundana, que la hacía profundamente infeliz, huye con el hombre de sus sueños para vivir con él un corto idilio en una pequeña y olvidada aldea de la Beira Interior. Pero la estancia en este paraíso bucólico dura el tiempo necesario para que el marido traicionado y ávido de venganza consiga organizar una cacería policial que acaba con la captura de la mujer y del amante.
Hasta aquí nada de original encontramos en esta historia que nos hace pensar en la versión provinciana de una novela decimonónica de adulterio de Zola o Flaubert: la inevitable relación triangular, la intervención de la pasión arrebatadora que hace saltar en añicos las barreras de clase y educación, la fuga obligatoria, la breve sinfonía pastoral de los amantes fugitivos y la aparición final del marido traicionado.
Pero tras la captura de Maria Adelaide y del amante, que fue encerrado en la Cadeia da Relação de Oporto, la historia adquiere repentinamente tonos más tenebrosos y, dando un giro inesperado, se transforma en un cuento lúgubre cargado de resonancias kafkianas. Alfredo da Cunha, herido en su orgullo masculino, se obstina en castigar el comportamiento de su esposa y, a pesar de que ella le transmite explícitamente su deseo de iniciar los trámites del divorcio, usa dinero e influencias para conseguir su ingreso en el Hospital Psiquiátrico Conde de Ferreira de Oporto, lejos de la distinguida alta sociedad lisboeta de que ambos formaban parte, evitando, de este modo, provocar escándalos innecesarios.
En este hospital, ella es valorada varias veces por el reconocido Profesor Magalhães Lemos, a la sazón Director de la institución y Profesor de Psiquiatría y Neurología de la Escuela Médico-Quirúrgica de Oporto, quien, sorprendentemente, no cuestiona el ingreso de la paciente. Comienza así una pesadilla que, aunque breve en el tiempo – sólo unos meses – conmueve y provoca la indignación del lector, en particular, cuando se da cuenta de que durante el tiempo que duró el ingreso, Maria Adelaide no recibió ninguna medicación psiquiátrica o tratamiento específico para su supuesta enfermedad mental. También somos testigos de cómo, antes de haber sido valorada por un perito psiquiatra, toda su correspondencia comienza a ser interceptada, al mismo tiempo que se le obliga a convivir con una empleada, que se transforma en su sombra y la vigila durante las veinte y cuatro horas del día. De igual forma, las visitas de los familiares solo son autorizadas pasado algún tiempo, y siempre con el imprescindible beneplácito previo del marido. Vale la pena referir como curiosidad que, a partir del momento en que se aplica la cuarentena en el hospital debido a la epidemia de gripe española, las visitas pasan a ser realizadas en la escalera principal del hospital, convenientemente separados visitantes y pacientes por un profiláctico descansillo de las escaleras.
Pasado cierto tiempo, nuestra heroína es objeto de un peritaje realizado por tres famosas eminencias de la psiquiatría de la época: el todopoderoso Júlio de Matos, el Profesor Sobral Cid y aquel que sería más tarde Premio Nobel de Medicina, el Profesor Egaz Moniz. El informe elaborado por los tres psiquiatras no ofrece dudas en sus conclusiones: Maria Adelaide Coelho sufre una enfermedad mental grave que justifica su reclusión y su incapacitación. Los términos clínicos usados en el informe son los habituales para la época: “degeneración hereditaria”, “locura lúcida”, “neurastenia”. Con todo, los peritos destacan el papel de la ovaritis, la importancia de una supuesta carga genética – para la cual no dudan en desenterrar patología psiquiátrica supuestamente presente en diferentes familiares muertos – y atribuyen una relevancia especial a las alteraciones hormonales asociadas a la menopausia, que habrían provocado un “recrudecimiento sexual” que impulsó a la paciente a quebrar todas las barreras inhibitorias… Todo demasiado vago, además de poco consistente, para justificar la naturaleza perentoria del procedimiento seguido y la decisión de la incapacitación, habida cuenta las repercusiones que esta decisión tendría inexorablemente para la capacidad civil y para el futuro de los bienes de María Adelaide. Nos surge entonces una pregunta inevitable: ¿cómo es posible que figuras de reconocida capacidad intelectual y con semejante peso en la historia de la psiquiatría portuguesa pudiesen aceptar participar en un proceso que tenía por objetivo el ingreso permanente y la incapacitación de una mujer que no presentaba ninguna patología psiquiátrica? A priori, es posible aventurar muchas explicaciones posibles, unas más verosímiles que otras: por dinero, por un error diagnóstico, porque el estado del saber psiquiátrico de la época dejaba espacio teórico para que tales “juicios morales” ocurriesen, tal vez porque los tres sabios se erigieron en representantes y defensores de las buenas costumbres o del poder patriarcal masculino… ¿Será este caso, confirmando las teorías de Foucault, una demostración más de la identificación del poder psiquiátrico como “policía moral”? Resulta tentador pensar que sí, y tal parece ser la opinión de la autora del libro.
No obstante, es necesario destacar un aspecto que el libro de Manuela Gonzaga, tan rico en pormenores históricos, se encarga de esclarecer: al contrario de lo pudiésemos pensar, el caso de Maria Adelaide no fue un caso aislado, ya que, según parece, en esa época era relativamente frecuente el ingreso psiquiátrico de las hijas descarriadas de la burguesía y de la aristocracia; un procedimiento que constituía una forma de punición, que era considerada adecuada frente a comportamientos supuestamente desviados, entre los cuales estaban las relaciones con individuos poco recomendables o de clase social inferior.
La autora del libro defiende que el factor principal que determinó la repercusión histórica de este caso fue el papel fundamental que desempeñó la prensa, que actuó como una caja de resonancia, facilitando que se tornase vox populi y adquiriese dimensiones inusitadas. A ello debemos sumar la decisión tomada por la protagonista y por el marido de saltar al espacio público, escribiendo libros y artículos donde intentaban defender y argumentar sus puntos de vista: “Infelizmente louca”, se tituló el libelo de Alfredo da Cunha y “Doida não” la contestación de María Adelaide. Títulos exclamativos y melodramáticos, que nos dan una idea de las pasiones envueltas en este proceso, tal vez uno de los primeros escándalos mediáticos de la historia de Portugal, cuya trascendencia se vio favorecida aún más por el hecho de que los dos protagonistas formaban parte de una de las más conocidas familias de la prensa portuguesa.
La historia, sin embargo, tuvo un final más
feliz de lo cabría esperar. La intervención de un abogado diligente permitió la liberación de María Adelaide, para lo cual fue necesaria, con todo, la intervención del Gobernador Civil de Oporto, que se presentó en el Hospital Conde de Ferreira para ordenar y verificar el alta clínica de la joven, a lo que siguió la liberación posterior del chófer. Ya libres, Maria Adelaide y el joven Manuel Cardoso Claro decidieron establecerse en Oporto, donde él trabajó durante muchos años como taxista en la Avenida da Liberdade, mientras ella cuidaba del hogar. El aspecto más dramático de esta historia es, sin duda, la incapacitación, que se mantuvo vigente hasta los 77 años de edad de Maria Adelaide, lo que nos hace pensar en el poder que emanaba de la pericia realizada en 1918. Entre tanto, ella ya había renunciado a todos sus bienes, que pasaron inicialmente para las manos del marido y finalmente recayeron en el hijo. Sin embargo, Maria Adelaide ya había clarificado que no era bienes lo que quería, que sólo deseaba que fuese corregido el dramático error médico cometido por los peritos que la habían valorado sesenta años atrás. Nada más quería que eso: recuperar la capacidad civil que le había sido retirada sin que nunca hubiese perdido sus facultades mentales. Tal como había escrito en el título de su famoso libro, quería demostrar tan solo, frente a la opinión pública, que ella, simplemente, doida não era (loca no era).
Bibliografía:
-Gonzaga M (2009): Maria Adelaide Coelho da Cunha: Doida não e não! Bertrand Editora. 3ª Edição. Lisboa.
Expreso de Medianoche (libro)
Hace poco que he leído este libro autobiográfico de Billy Halles, entre el libro y la película hay grandes semejanzas lo que cambia radicalmente es el final, en la película la estancia en el manicomio es no deseada se produce por un incidente en prisión que le saca de quicio y se enajena, mientras que en el libro su estancia manicomial es querida y simulada, por pensar que haciéndose el loco, tendrá más posibilidades de escapar que estando en prisión. En la película su estancia en el manicomio penal es al final, con un final apoteósico, la lucha a muerte con el funcionario de prisiones turco, en el libro es un paso intermedio.
Aparte de que el protagonista anteriormente ya había conseguido librarse del servicio militar en Estados Unidos por “enfermedad mental”, ya tenía experiencia y usa esos antecedentes para cambiar cárcel por manicomio.
En el manicomio relata la falta de higiene, el adocenamiento, depósito de cuerpos y la medicación a granel que consiste en “barbitúricos” y la división del manicomio penal en diferentes salas, la primera simuladores con dinero e influencias, la segunda mezcla (enfermos/simuladores sin influencias) y la tercera desahuciados + un sótano para castigos e irrecuperables, no obtenido el objetivo vuelve a prisión y allí más tarde vuelve a pensar en volver al manicomio o escapar por otros medios, como cambiar de cárcel. El final es menos impactante que su versión fílmica, pero también muy trepidante y emocionante.
A diferencia con lo que hace el protagonista intentando simular síntomas de enfermedad mental, para que le consideren como grave enfermo mental, es un error, el truco para ello es parecer lo más normal posible como hizo Nelly Bly como relata en su libro “Diez días en un manicomio“.
Permítanme que diga una cosa: desde que entré en el centro para enfermos mentales de la isla no intenté seguir con el falso personaje de loca, sino que hablé y actué como lo hago en la vida real. Y, aunque suene extraño, cuanto más sensatamente hablaba y actuaba, más loca me consideraban todos.
Extracto algunos párrafos de su estancia manicomial.
El traqueteo del camión rechinante me creaba toda una ilusión de avance. Nunca volvería a Sagmalcilar, estaba seguro; obtendría mi “certificado de loco” y me quedaría en Bakirkoy hasta que pudiera preparar una fuga; ésta era mi gran oportunidad.
***
Cuando entramos en la oficina de la administración, varios auxiliares del hospital, con sus uniformes blancos muy sucios, se hicieron cargo de nuestro grupo. El de más edad parecía tener unos sesenta años, pero era el más alto de todos y aún se veía muy fuerte. De su cuello pendía un silbato plateado y los otros lo llamaban Policebaba, pero respetaban su autoridad.
—¿Lira? ¿Lira? —preguntaban los auxiliares.
Simulé no advertirlo. Ese era el comienzo de mi actuación como insano y había planeado mostrarme malhumorado y poco comunicativo.
***
Evité su mirada y observé la sala, donde parecía desarrollarse un extravagante espectáculo circense, sólo que yo estaba entre los actores en vez de ser parte del público. El ruido siempre había sido insoportable en Sagmalcilar, pero aquí era peor. Se percibían sonsonetes y cantos constantes y monótonos, que formaban un trasfondo ruidoso a los gritos de las conversaciones y esporádicamente se oían alaridos desgarradores que conmocionaban la atmósfera. Los hombres se gritaban unos a otros peleando por sábanas, mantas, camas, cigarrillos. Otros se limitaban a permanecer sentados en sus camas, balbuceando para sí mismos. . . Se mecían, gritaban, reían, lloraban. Había hombres sucios y hediondos, algunos desnudos por completo, otros envueltos en sábanas rotas y ennegrecidas, que deambulaban por la sala desplegando una actividad desprovista de sentido.
***
Al volver a la primera sala comprendí de inmediato que existía un clima muy diferente de aquélla en la que estaba mi cama. Esta, si bien era sucia según las pautas norteamericanas, parecía el hotel Hilton comparada con la mía. Había unas cuarenta o cincuenta camas alineadas en tres hileras ordenadas. Casi todas tenían sábanas limpias y allí nadie estaba desnudo. Había hombres vestidos con pijamas limpios y viejos, sentados en sus camas, en aparente dominio de sus reacciones.
De pronto me detuve, sorprendido. Ahí estaba Memet Celik, a quien había visto en el tribunal y Alí Asían, a quien me habían señalado en la cárcel. Los dos eran kapidiye, bandidos turcos. Eran depravados y crueles, pero no locos. Estaban sentados en sus camas, con sus propios pijamas, no con los del hospital, jugando kulach con algunos auxiliares. ¿Qué estaban haciendo en Bakirkoy? Por cierto, no estaban ahí para escaparse. Ellos no podían permitirse huir y convertirse en fugitivos. ¿Por qué estaban estos kapidiye en Bakirkoy?
***
Era como si hubiese levantado una piedra y hubiera descubierto cientos de gusanos blancos que se movían hacia todos lados. El hedor hizo que me detuviera. La sala atestada de camas y cuerpos. Había grupos de tres o cuatro camas puestas una junto a la otra, sobre las que estaban acostados nueve o diez hombres. Parecía desarrollarse una perpetua lucha de jungla. Un hombre sacaba a otro de una cama y éste volvía gritando a reclamar su lugar.
Por todas partes se oían gritos, blasfemias y peleas. Allí era casi imposible evitar no sólo el fuerte olor a amoníaco, sino también el terrible hedor de las heces humanas, que se acentuaba en la entrada de lo que sólo podía ser el baño.
***
Avanzada la noche, apareció uno de los auxiliares con un gran delantal que tenía varios bolsillos abultados con pastillas rojas, azules, verdes y blancas. ”Hop, hop” (pastillas, pastillas), gritaba. Me encogí de hombros. No me gustaban los barbituricos, pero casi todos los otros tragaron las pastillas como si se tratase de caramelos y el auxiliar las repartía a puñados.
Cuando las pildoras empezaron a surtir efecto en la mayoría de los reclusos, el ruido descendió considerablemente hasta ser reemplazado por un zumbido seguido de gritos ocasionales. Los cuidadores volvieron a su juego de cartas. La sección 13 se aprestaba a pasar la noche.
***
El muro tenía más del doble de mi altura y estaba construido con piedras y argamasa, al igual que el viejo edificio. En muchos lugares la argamasa había desaparecido, dejando grandes espacios entre las piedras. Lo exploré con cuidado y busqué algún grupo de huecos que me permitiera trepar.
En la parte superior del muro había una vieja cerca de alambre. Los cordones de alambre de púas, herrumbrosos y rotos, estaban enredados y retorcidos entre un gran manto de hiedra verde.
Inicié una lenta caminata a lo largo de esta pared, estudiando detenidamente las hendiduras en la argamasa. Muchos de los grandes bloques de piedra estaban alisados cerca de la base del muro. ¿Las fricciones de cuántos locos? En la parte posterior del edificio se hallaba la escalera que llevaba a la puerta del subsuelo.
***
Por último, un auxiliar que acudió ante el tumulto y gritó Ossman, y luego, de la primera sala, vestido con pijama de recluso, llegó el turco más musculoso que había visto en mi vida; parecía un gorilla y demostraba la misma chispa de inteligencia en sus arrugados ojos. El “gorilla” se acercó al propietario de las cuentas, ya que éste era sin duda quien había causado el desorden y lo aferró por los hombros. El anciano gritaba, más no obstante lo empujó con tal violencia contra la pared que el viejo loco se derrumbó instantáneamente. Luego recogió el cuerpo inerte y lo llevó a la primera sala donde los auxiliares atendieron las heridas y magulladuras del anciano.
Ossman, Ossman —dijo el auxiliar en tono laudatorio, yOssman sonreía.
Entre los interminables pedidos de cigarrillos del ininterrumpido cántico de Omina Koydum que me llega a través del pasillo y el barullo general del lugar, no podía pensar con claridad. Debía evaluar mi situación, planear mis acciones, pero en ese manicomio, ¿dónde hallaría un sitio adecuado para pensar?
***
Sí; la rueda. Allí podría caminar en soledad y ordenar mis confusos pensamientos. Bajé al subsuelo. Me uní a la procesión que marchaba sin vacilaciones en sentido contrario al de las agujas del reloj. Mis pensamientos volvían siempre a la pared occidental, a esos grandes espacios entre las piedras. Estaba seguro de que podría escalar ese muro, ya que era un verdadero mono cuando de trepar se trataba; pero, ¿podría encontrar ropas? ¿Obtendría un pasaporte? Más importante aún: si escapaba del hospital, ¿tendría tiempo suficiente para cruzar la frontera antes que me descubrieran? Para ser libre debía huir, no sólo del hospital, sino también de Turquía. Mi cabello rubio y el pijama corto que vestía llamarían la atención en Estambul, así que resolví esperar hasta la decisión del médico, cuando una mano en mi hombro interrumpió mis pensamientos.
***
A la mañana siguiente, tres médicos turcos que hablaban un inglés bastante bueno me llamaron al consultorio.
—Buen día. ¿Cómo estás, William? —me dijo el que sin duda sería el jefe. No contesté.
—¿Por qué estás acá, William? —me preguntó.
Seguí sin hablar. Tenía la vista fija en el suelo. Estaba de pie en el centro del pequeño consultorio, forzándome por aparentar un estado de tensión que, dadas las circunstancias, me fue fácil lograr. Mi cuerpo empezó a sacudirse.
—¿Quieres sentarte?
—No. —Me retiré hacia un rincón.
—¿Qué ocurre, William? ¿Por qué estás acá?
—Ellos me enviaron. —¿Quiénes te enviaron? No respondí.
—¿Te sientes mal? ¿Estás enfermo? ¿Tienes algún problema? ¿Podemos ayudarte? —Esas preguntas eran deliberadas y formuladas con tranquilidad. Otro médico hacía anotaciones en una ficha.
—Me enviaron de la cárcel. No, del juzgado —rugí de pronto—. De la cárcel. No sé. No sé. ¡ ¿Qué me están haciendo?!
—¿Tienes algún problema?
—Tengo. . . callé. De repente me abalancé sobre el médico que escribía en la ficha—. ¿Para qué demonios está anotando todo eso? —grité—. ¿Creen que soy un animal? ¿Qué me están haciendo? ¡No soy un animal para que me tengan encerrado en una jaula!
—Cálmate, William. ¿Qué problema tienes? Estamos aquí para ayudarte.
—Mi problema es. . . me encerraron en esta cárcel. . . Estoy tratando de escribir notas. . . Antes era un tipo despierto. . . iba a la universidad. . . escribía. . . ahora ni puedo leer un libro. . . siempre me están mirando.. . ni puedo escribir una carta a mis padres. . . me olvido.. .
Corrí hacia el rincón y me detuve frente a la pared, ocultándome de ellos.
Los médicos hablaron en turco entre sí. No podía entender lo que decían. Me preguntaba si mi actuación sería buena, si habría puesto el énfasis necesario. Pensaba si sería necesario que saltase sobre el médico principal y le mordiera la nariz.
—¿Qué quieres que hagamos nosotros, William? ¿Quieres quedarte aquí? —No quiero quedarme aquí. —¿Quieres volver a la cárcel?
—No quiero volver a la cárcel. Allá quieren matarme. ¡Me encierran en una jaula como si fuese un animal!
—¿Por qué no te sientas en la silla? —me preguntó con tono amable.
— ¡No deseo sentarme en su maldita silla! —grité y pateé la silla a través del consultorio. El auxiliar que estaba en la puerta se puso en movimiento hacia mí, pero el médico lo detuvo con un gesto.
—A ustedes les importa un bledo. No les preocupa si vivo o muero. Son como los otros. Todos quieren encerrarme y matarme. ¡ ¡ ¡No quiero estar acá!!!
Salí corriendo del consultorio, eludí el brazo del auxiliar y volví a la segunda sala. Me acurruqué en la cama, sin poder creer todo lo que acababa de hacer.
Poco después vino a buscarme uno de los médicos que había sido muy amable durante la sesión y ahora trataba de tranquilizarme. —Vuelve. No te ocurrirá nada. Ven.
Lo seguí. Me hizo entrar en otra habitación.
Me indicó una silla y se sentó frente a mí. Colocó sus manos sobre mis rodillas desnudas y habló con suavidad.
—Creo que puedo ayudarte. Me gustaría poder hablar con el cónsul norteamericano. Aquí no te puedo ayudar. No en esta sección. Me gustaría llevarte a mi sección. Pero no puedo hacerlo a menos que el cónsul venga y se haga responsable de tu conducta.
Mantuve una expresión neutra en el rostro, aunque mi cabeza daba vueltas. ¡Si el cónsul se hacía responsable de mi conducta!, eso significaba que su sección debía ser de sistema abierto, sin barrotes ni paredes donde no había más que médicos para ayudar a los pobres enfermos como yo. Sí; podía imaginarlo. Me quedaría unos pocos días, caminaría por el parque, conversaría con el afable médico que aún apoyaba sus manos en mis rodillas y luego me iría como el viento. Nunca más Bakirkoy. Nunca más Sagmalcilar. ¡Nunca más Turquía!
El médico me permitió usar el teléfono para llamar a Willard Johnson, el vicecónsul a quien expliqué la situación, esforzándome por no delatar la excitación que sentía. Si él venía y hablaba con los médicos, éstos me ayudarían. El me contestó que pronto se comunicaría con ellos.
De regreso en mi cama, casi podía saborear la libertad.
No necesitaba los huecos de la pared occidental. Todo lo que debía hacer era mantener al médico convencido de que necesitaba ayuda urgente y pronto sería trasladado a un lugar donde estaría a centímetros de la libertad.
Con el útil ejemplo que me daban los cuatrocientos cincuenta locos de la sección 13, empecé a agregar nuevos signos a mi simulada locura, deseaba dar realismo a mi actuación, por si los médicos me hacían vigilar y rápidamente empecé a orinar en la cama y a defecar en el suelo. Como los pacientes más enfermos, en su mayoría, permanecían siempre desnudos, varias mañanas seguidas, después de ocultar mi dinero en un girón de la tela del colchón, me quitaba el pijama y salía corriendo al patio, porque me pareció que era lo que debía hacer y, si servían a mis fines, todos los inconvenientes de estar desnudo entre locos, se justificaban y por otra parte a los cuidadores no les importaba un loco más que se desnudara. Sólo el Policebaba parecía preocupado pero ignoré sus protestas. Más tarde cuando comprendí que los únicos que se interesaban en mi desnudez, lo hacían por razones equívocas, abandoné ese plan.
***
Sin que lo invitara, se sentó en mi cama. Su nombre era Ibrahim, me informó. Después de pedirme un cigarrillo, continuó su sombría charla. Deseaba desesperadamente que se fuera, pero como eso parecía un reconocimiento de no poder rebatir sus argumentos, una y otra vez le aseguré que si bien a él podrían retenerlo para siempre, yo pronto me marcharía.
Intentó explicarme la situación. —Todos venimos de una fábrica — pontificó, como un padre que sermonea a un hijo—. A veces la fábrica produce máquinas malas que no funcionan bien, entonces las traen aquí. Las máquinas malas no saben que lo son, pero sí lo sabe la gente de la fábrica Nos traen acá y nos retienen acá.
—Te retienen a ti, tal vez, pero yo me iré. —No, nunca te irás. Eres una de las máquinas que no funcionan.
***
Cada día que pasaba en Bakirkoy sentía que me iba aislando más de la realidad. La locura que me rodeaba parecía ser contagiosa. Las paredes opresoras, el constante parloteo y los gritos de los otros me atormentaban. Debía salir de la sección 13. Y pronto.
Con un billete de cincuenta liras, el Policebaba aceptó enviar por mí un telegrama. Era para Willard Johnson, del consulado norteamericano. Traté de que pareciera demasiado urgente, ya que si venía y persuadía al médico de que se podía confiar en mí, me trasladarían a una sección de sistema abierto, a un paso de la libertad, pero Johnson fue evasivo.
Los días pasaban e Ibrahim que seguía visitándome en mi cama, me dijo que yo no sabía lo que ellos me estaban haciendo porque una mala máquina no sabe que es una máquina mala.
Casi parecía que Ibrahim tenía toda la razón. Willard Johnson mantenía un extraño silencio y como los médicos ya no se ocupaban de mí, de pronto me encontré estudiando la pared occidental. ¿Debía intentarlo ahora o esperar? Si me declaraban insano, ¿tendría tiempo después para escalar la pared? En realidad, tal vez tendría que irme de esa manera, porque si verdaderamente creían que estaba loco, no me sería posible salir de otro modo. Parecía extraño que yo estuviese realmente tratando de crear la misma situación que Ibrahim me había pronosticado.
***
Abajo encontré la rueda quieta. Los que la movían de noche se habían retirado y los que lo hacían de día aún dormían. En todos los rincones se veían figuras cubiertas con harapos que se acurrucaban formando grupos en la oscuridad, debajo de la plataforma. La rueda estaba vacía y producía extrañeza. Nunca antes la había visto detenida, sino moviéndose siempre en la misma dirección. ¿Pero por qué? ¿Por qué las cosas siempre deben ser iguales? ¿Qué ocurriría si empezaba a caminar en la otra dirección? ¿Qué, si caminaba en el sentido de las agujas del reloj? Cuando los otros se despertaran, ¿se unirían a esa rueda que girase en el sentido inverso? Decidí intentarlo, de modo que, esa mañana, el primer rayo de la rueda empezó a girar con lentitud en la dirección equivocada.
Circulé solo alrededor del gran eje de piedra de la rueda, con el paso firme de los hipnotizados. Resultaba muy sedante ese lento movimiento circular en las tinieblas. Pude haber seguido así por largo rato, pero se acercaron dos turcos y empezaron a caminar en el sentido habitual, haciéndome señas de que cambiara de rumbo. Sacudí la cabeza y con un gesto los invité a seguir mi dirección.
— ¡Gower! —gruñeron y siguieron su marcha en el sentido contrario al de las agujas del reloj.
***
Yo me encontraba en la parte más próxima al eje de la rueda y cada vez que nos enfrentábamos, ellos intentaban bloquearme el paso, pero estaba decidido a conservar mi posición y a obligarlos a caminar alejados del eje. Por alguna razón, esto que me parecía importante se transformó en un principio, en una meta. Debía luchar contra la locura que me rodeaba.
Ahmet surgió de entre las sombras. Me llevó hacia un lado. Otros turcos despertaban y se unían al flujo de la rueda. —Un buen turco siempre camina hacia la derecha —me explicó Ahmet—. La izquierda es el comunismo. La derecha es buena. Debes caminar hacia la derecha. Tendrás problemas si caminas hacia el otro lado.
***
Cada vez que veía su rostro sonriente, los techos bajos de Bakirkoy me parecían más opresores; sentía que me asfixiaba entre tantos locos y que la suciedad, el hedor, los piojos, los gritos y ataques, así como las miradas de aquellos hombres cuyos cerebros no funcionaban, agudizaban mi depresión. Ibrahim siempre me decía que yo era uno de los desechos de la fábrica y ya estaba empezando a creer en sus palabras; indefectiblemente el poder de la sugestión, unido a la atroz realidad que me circundaba, me estaban llevando al límite.
Más tarde, mientras caminaba en la rueda en las primeras horas de la mañana, una respuesta flotó en mi mente. Sí; era una respuesta que me daría seguridad contra la teoría de Ibrahim, quien poco después del desayuno vino a buscarme.
—¿Aún no crees que eres una máquina que no funciona? Ya lo verás. Lo descubrirás. Más adelante lo sabrás.
—Ibrahim —respondí. Ya lo sé. Sé que tú eres una mala máquina y es por eso que la fábrica te mantiene aquí. —Bajé la voz. —Lo sé porque soy de la fábrica; hago las máquinas y estoy aquí para controlarte.. .
***
Me desperté en medio de una gran expectativa. Ya era el decimoséptimo día de mi estada en Bakirkoy y el plazo fijado por la corte expiraba ese día, de modo que los médicos debían tomar una decisión. Sabía que me enviarían de regreso a Sagmalcilar, pues estaba sano y no tenía nada qué hacer en Bakirkoy; eso era obvio.
Los soldados vinieron a buscarme. Me hicieron subir a la parte posterior de un camión y me condujeron a la cárcel. Extrañamente, deseaba volver a mi viejo kogus. Si debía estar encerrado, deseaba tener la compañía de mis amigos.

Billy Hayes está de vacaciones en Turquía y trata de sacar algún provecho de ello. Cuando sube al avión que le devolverá a su casa, es cogido por la policía con las manos en la masa: un alijo de droga que lleva pegado al cuerpo será el inicio de sus desgracias.
Las cortes turcas deciden que su caso debe ser ejemplar y le sentencian a una pena que supera los veinte años.
Hayes tiene dos oportunidades de liberarse: la apelación de su abogado, su familia y el gobierno americano, o El Expreso de Medianoche.
Una denuncia contra la violencia y el mal trato que sufren los presos en las cárceles turcas. La situación de indefensión en la que se encuentran. Un viaje terrorífico por un área de humana inhumanidad.
Cuerpos y Almas
“Cuerpos y almas” (1943) de Meersch Maxence Van Der. Leí esta novela hace un par de años y retrata las corruptelas de la medicina en Francia en los años 30 del siglo pasado, donde los procedimientos más costosos, tóxicos y asilares se imponían sobre tratamientos más naturales e higiénicos, y donde se compraban las plazas de catedrático y puestos en los departamentos de los hospitales, las influencias y conocidos valían más que la valía personal y técnica y donde ante el error médico se tendían a cubrirse mutuamente.

Pongo uno extractos porque en la novela relata entre otros casos, el trato a enfermos mentales con la terapia convulsionante del Pentilenotetrazol un anti GABA, a los internos les producía graves convulsiones y fracturas graves, hasta partirse la columna vertebral, para evitar esas fracturas, utilizan el curare una toxina anticolinérgica ionótropica. En España se utilizó la terapia convulsionante para la represión del bando perdedor republicano en los hospitales psiquiátricos de la posguerra civil Española.

Extracto:
Aquella mañana de comienzo de abril Doutreval aguardaba a Groix en el laboratorio. El sol iluminaba el jardín. En el gallinero, Marietie daba de comer a las gallinas y palomos. A través de la ventana abierta del laboratorio, y por entre el incipiente follaje de los boneteros, Doutreval, percibía inconscientemente una sensación de bienestar. El dia era espléndido. De dieciocho enfermos sometidos desde hacia algunos meses al tratamiento de la convulsoterapia, doee habían mejorado notablemente y hasta dos de ellos reanudaran un trabajo ligero. El resultado era inesperada. La única preocupación eran aquellas convulsiones atroces con las subsiguientes fracturas. Mas justamente se le ocurrió a Groix una idea valiosa. Claude Bernard ha analizado magistralmente en, un magnífico estudio, los efectos del curare. extraña sustancia venenosa india con la que los indígenas de la América del Sur impregnan la punta de las flechas, la cual tiene la propiedad de bloquear las funciones neuromusculares, es decir, paralizar completamente el organismo. Para combatir las horribles convulsiones de los enfermos inyectados por Doutreval, impidiendo asi las fracturas de los huesos de los miembros, Groix pensó en utilizar el curare. Cinco minutos antes de administrar el producto convulsivo, proponía inyectar una dosis reducida de curare. Los ensayos que se hicieron sobre gatos dieron un resultado concluyente. Aquella misma mañana Doutreval se propuso hacer un ensayo en un joven demente de unos quince años. Apoderóse de aquél una febril y gozosa impaciencia. Nada valía tanto para él como las poderosas emociones del descubrimiento.
***
«Señor doctor, quisiera tener noticias de mi padre, de mi marido., o. Luego, las cartas se iban espaciando. Después, nada. Cinco, diez años de silencio. A la muerte del desdichado demente, la administración escribia a la familia, y Doutreval recibía una breve respuesta:
—Señor doctor, le ruego que para evitar gastos entierran a mi padre en el cementerio del asilo .
Ni siquiera una postrera visita al muerto. Sola el abate Vicent acampañaba al loco a la fosa común.
En la enfermería esperaban a Doutreval que se proponía experimentar el curare en un muchacho de unos quince años. El paciente estaba tendido en al cama, desnudo. Regnoult le aplicó una inyección de curare en la vena del brazo. Doutreval, con el cuaderno de apuntes en la mano, anotó las reacciones; relajación muscular, muecas, ojos que bizquean, y, a poco, parálisis progresiva de los miembros. A una señal que en aquel momento hizo Doutreval Regnoult inyectó el producto convulsivo.
Como de costumbre, la crisis sobrevino en el acto, pero infinitamente menos violenta. Una cierta estupidez, debida quizá al curare, impidió que apareciera la habitual expresión de angustia y de terror que se dibujaba en las facciones de los pacientes. Algunas violencias convulsivas hicieron crujir la espina dorsal produciendo una crispación de los miembros, aunque sin fractura aparente. Al cabo de unos minutos el enfermo recobró el conocimiento sin dar muestras del terror y de las ganas de huir que solían producirse. Sólo se quejaba de un enorme cansancio y de un violento dolor de espalda. Doutreval, siempre reservado, exultaba interiormente.
—Yo creo que el problema está resuelto —dijo.
Y diciendo esto dio unos golpecitos en el brazo desnudo del enfermo.
—Nosotros te devolveremos el juicio, pobre diablo. Singular regalo, en el fondo. Si tuvieras voz y voto quizá nos pedirías que te dejáramos abandonado a tu suerte…
—¡Oh! —exclamó Regnoult.
***
Hoja de Curare
En resumen, Doutreval dominaba completamente su procedimiento. En un momento dada provocaba en los locos las convulsiones apetecidas. En los casos de demencia ya antigua, el resultado era nulo, Pero entre los enfermos que estaban en los comienzos de su evolución, podia confiarse un 80 u 85 por ciento de mejorados, y un 15 por cinto de refractarios.
—¡Y aún haremos cosas mejores! —decia Groix.
Doutreval decidió publicar, con destino a la Academia de Medicina, un estudio sobre la <<convulsoterapia mediante el curare y el pentametilentetrazol>>.
Fue Groix quien tuvo la idea del curare. Bajo el impulso del entusiasmo, Doutreval pensó por un momento asociar directamente a su obra a Groix y a Regnoult, uniendo al suyo, en su publicación, los nombres de sus dos ayudantes. Incluso se lo habia sugerido a Groix después del éxito del curare, pero en última instancia no se decidió a menguar su éxito compartiéndolo con otros. Cuando Groix vio por primera vez en el despaeho de] «patrón» la abultada carpeta azul con el trabajo ya terminado, al que sólo faltaban las correcciones de estilo de Regnoult—pulcro escritor— y leyó en las tapas el titulo con gruesos caracteres de letra y debajo únicamente el nombre del profesor Jean Doutreval, hizo un gesto.
***
Entretanto, Doutreval confeccionaba el plan de trabajos y viajes para aquel año. A fines de mes, a Holanda. Después de los exámenes universitarios de junio, a Noruega. En octubre, a Alemania. Y cuando se reanudaran ]os cursos, a Italia. Recibía cartas de invitación de tudas los países.
La difusión de su abra presentaba el inconveniente de que le impedia estudiarla a fondo como hubiera querido. El problema afrecia aún ciertas lagunas. ¿Por qué la acción paralizadora del curare manifestaba una variación tan ostensible cuando se aplicaba a distintos pacientes? Antiguos enfermos, ya curados, que incluso efectuaban un trabajo ligero, se presentaban de nuevo a Doutreval quejándose de agudos dolores en la espalda que les obligaban a abandonar el trabajo. ¿Por qué? Para descubrirlo hubiera sido necesaria mucho tiempo y largas y pacientes investigaciones Doutreval se entregaba a ello algunos dias, pero la preparación de una conferencia o un viaje a Toulouse o a Estrasburgo para demostrar su tesis, atascaban sus esfuerzas dando al traste con las ideas que a la sazón bullían en su mente. Par aquellos días tuvo que enfrentarse con su primer accidente mortal. Pese a ser éste inevitable, no por ello Doutreval dejó de experimentar una penosa impresión. Sucedió en el hospital de Saint-Clément. Groix y Regnault inyectaron el producto convulsivo en las venas de un joven de veintiséis años, tendido, completamente desnudo, sobre la cama; seis centímetros cúbicos exactamente. Después de una espera bástante larga sabrevino una crisis fulminante. El rostro del enfermo cobró una verdusca lividez. Con tanta violencia volvió hacia Doutreval los ojos y la cabeza que pareció habérsele dislocado la nuca. Bajo !os efectas del tétanos, con los músculos tensos coma una cuerda, el enfermo prorrumpió en un grito horrisono y cayó de espaldas con las piernas levantadas, agitándolas furiosamente, una tras otra, como si pedaleara en el vacio. Sus manos parecían agarrar el aire. Abrió la boca y la cerró con un chasquido brutal, como para hacer saltar los dientes de un estallido. De repente, en medio de un pavoroso esfuerzo de contracción, se produjo algo asi como un crujido seco, neto, límpido, el ruido de algo que acaba de quebrarse, en la espina darsal del loco. El demente soltó un rugido. Los tres hombres se miraron. Terminada la crisis. Doureval hizo trasladar al paciente, todavía inanimado, al departamento de radiografía. La primera vertebra dorsal aparecía rota, aplastada, completamente triturada bajo la tracción de los poderosas músculos espinales. Debía de haber graves lesiones en la médula espinal, pues el paciente falleció al atardecer del siguiente día.
Durante varias dias Doutreval discutió el caso can Regnoult y Groix. Doutreval se pronunciaba por un accidente, una predisposición del paciente a las fracturas a causa de su debilidad y de su desmineralización. En suma, una caso excepcional que no habia de tenerse en cuenta. Regnoult abundaba en esta opinión. Groix, en cambio, pretendía supeditar el accidente a una serie de hechos vagamente similares: los dolares en la espina dorsal frecuentemente comprobadas en el momento de la crisis, como era el caso de esos enfermos curados que se quejaban luego de agudas molestias en !a espalda. Como Groix se mostrase terco. Doutreval se vio obligado a atajar la discusión dando ésta por terminada.
***
cicatriz… El botellazo que recibió en la cara para salvar a Doutreval.. ¿Y de quién fue la idea del curare. quién la puso en práctica? Groix. Sin embargo, en el último instante, Doutreval prescindió de él y firmó solo la comunicación a la Academia de Medicina. Un robo, en suma. El sentimiento de orgullo había hecha tabla rasa de la conciencia, el sentido moral y la humanidad. Hubo momentos en que, de una manera intuitiva, Doutreval se habia dado cuenta de que andaba equivocado. Ante el espectáculo de las crisis sufridas por los convulsionados, ante aquellos miserables locos atacados de tétanos, cuyos miembros se les quebraban en sus espasmos, algunas veees, DoutrevaL horrorizado, había vacilado, percatándose de que iba demasiado lejos y que el derecho de uno a efectuar experimentos sobre sus semejantes tiene sus limites. Sin embargo, siempre habia hecho caso omiso de su conciencia. ¿Por qué? Porque lo que en el fondo ambicionaba era cosa distinta de la salvación de los hombres. Apetecía su única satisfacción, la apoteosis de su “yo” Acudíó a su mente aquel film de actualidades, en el que trataba de curar a un loco entre un combate de boxeo experimentado una impresión desagradable y asqueante. ¿Por qué? Porque, en el fondo, sin atreverse a confesárselo, se daba cuenta de que aquella farsa, aquella exhibición de un demente en plena convulsión de epilepsia artificial, constituía una sacrilega profanación de la miseria humana puesta al servicio del orgullo. Propaganda, artículos mendigados a amigos suyos, artículos pagados a pobres directores de revistas . Y una cobarde y secreta sensación de alivio cuando Groix, testigo demasiado lúcido, le dejó… ¡Demasiado lúcido¡ ¡Cuán acertadamente juzgaba su obra y la calificaba aquella noche en Amsterdam, cuando el «patrón» vacilaba, respeto a la operación de Mariette, entre Heubel y Géraudin! Groix había visto claro en el alma del maestro. Y habia «reabierto» a la muerta. Habia visto la verdad. Lo sabía todo. Desde aquel trágico momento en queh en su semi inconsciencia, a la cabecera del lecho mortuorio de Mariette. Doutreval oyera las palabras de Cassaing a Fleurioux: “La han vuelto a abrir y Groix me ha explicado que…»; desde aquel momento Doutreval se habia sentido desazonado en presencia de su ayudante.
***
Hay otra novela sobre las corruptelas del sistema médico, ambientada en la misma época pero en Inglaterra, concretamente en las minas de carbón de Gales del Sur, titulada “La Ciudadela” (1937) de A. J. Cronin, totalmente recomendable.
El complejo de dinero

Autor: Franziska von Reventlow
Título: El complejo de dinero
Género: Novela
Editorial: Periférica
Año: 2010
Páginas: 176 páginas
Precio: 17 euros
Traducción: Richard Gross
“No hay estaciones del año, no hay sol que brille ni flores que florezcan, no hay canto de calandrias ni hay ranas: sólo hay dinero”. La protagonista y voz narradora de El complejo de dinero vive sumida en una eterna bancarrota y un constante huir de sus acreedores (a ellos le dedica la autora, Franziska von Reventlow, el libro). El dinero no se tiene, el dinero la tiene a ella, la posee, le obsesiona, se inmiscuye en todos sus pensamientos y en todos los minutos de sus días. El dinero, en esta peripecia, tiene voluntad propia y resulta imposible de domesticar; es taimado y esquivo, pero nuestra narradora no se acerca a él con la actitud del humilde trabajador de la clase media u obrera, sopesando que la única posibilidad de tener dinero en sus manos es obtenerlo a cambio de trabajo. No: ella es heredera directa de las gentes que nunca han debido preocuparse por ganárselo y, por tanto, espera que fluya, naturalmente, hacia sí. Sin embargo, a la vista está que no sabe “relacionarse” con el dinero. En espera de una herencia que nunca llega y sintiéndose perseguida, se interna en una clínica psiquiátrica para ser tratada de su “complejo de dinero” por un psicoanalista freudiano (en los albores de la terapia, y en una muy tierna crítica a la misma, que ve complejos por todas partes). Allí se une magnéticamente a otros seres con problemas diversos que, según intuye, podrían ser todos curados con una buena dosis de dinero (y menos “baños, compresas y demás torturas medievales”). Y, entre todos, idean formas de salir de sus miserias, planean descabellados negocios, organizan fiestas decadentes y sobre todo se hacen expertos en el arte de dejarse llevar, haciendo pasar el tiempo en el sanatorio en espera de mejores vientos que arrastren al terrible dinero al alcance de sus manos.
Estamos hablando de una novela escrita en los primeros años del siglo XX por una alemana de buena cuna que dejó las seguridades familiares para vivir por su cuenta, que adoptó toda clase de trabajos y se reunió con la bohemia de Munich e, intentando desprenderse de la precariedad, un día contrajo matrimonio por conveniencia con un hombre mucho mayor. Sin embargo, sus problemas económicos tampoco se solucionaron. Lo que hizo, en cambio, Von Reventlow, fue contar estas experiencias y sus muy poco ortodoxas teorías acerca del dinero. El complejo de dinero es un libro agridulce, contado con engañosa ligereza y apariencia despreocupada, lleno de humor negro y toneladas de bilis, en el que se dispensa una curiosa, lúcida e irreverente crítica al capitalismo que ya, hace un siglo, estaba en plena forma. Divertido, dinámico y algo cruel, su lectura nos hace pararnos a reflexionar el momento presente bajo su luz y sentimos que su filosofía interna está, tristemente, muy de actualidad. Quizá no fuese mala idea subirse a un sanatorio en los Alpes y poner patas arriba una pequeña localidad, despreciando de paso el concepto que, hoy, para la gran mayoría, es condición sine qua non para obtener dinero: el trabajo.
Carolina León
18.08.10
http://www.editorialperiferica.com
http://www.notodo.com/libros/novela/1700_f_von_reventlow_el_complejo_de_dinero.html
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Mejor no se podía contar el cambio de intangibles por tangibles que hace la Salud Mental, sin necesidad de trabajar. Lo que esta novela de principios del siglo pasado, lo describe como un deseo o anhelo no satisfecho, bajo la fachada de problemas mentales, tratado sólo con terapia, ya se ha convertido en realidad ahora la terapia y el dinero son un tandem inseparable, dando solución de manera indirecta a los problemas materiales que son base de los “mentales” como ya vimos en el post “El manejo institucional del síntoma” , a diferencia de EE.UU. aquí se cobra sin necesidad de tomar terapia alguna, estamos un paso por delante de EE.UU. Los manicomios se vaciaron más por las pensiones que por los antipsicóticos .
Diez días en un manicomio

Título: Diez días en un manicomio.
Autora: Nellie Bly.
Traductor: David Cruz.
Editorial: Buck, Barcelona, 2009. 188 páginas.
Autora de la reseña: Carolina Botella Dorta
Nelly Bly, pseudónimo de Elizabeth Jane Cochran (Cochran’s Mills, Pensilvania, 1867 – Nueva York, 1922), fue una de las primeras mujeres que se dedicó al periodismo. En 1887 el New York World le ofertó una arriesgada propuesta:
El 22 de septiembre el World me pidió si podía internarme en uno de los sanatorios para enfermos mentales de Nueva York con vistas a escribir una narrativa sencilla y sin barnices sobre el tratamiento de las pacientes, los métodos de dirección, etcétera. ¿Creía tener el valor necesario para pasar por el trago que requería tal misión? ¿Podía fingir las características propias de la locura hasta tal punto como para engañar a los médicos y vivir una semana entre locos sin que las autoridades descubrieran que tan sólo era “una chica infiltrada que tomaba notas”? Dije que creía que sí. Tenía algo de fe en mis habilidades como actriz y pensaba que podría fingir locura justo lo suficiente como para cumplir cualquier misión que me confiaran. ¿Podía pasar una semana en el centro de dementes de la isla de Blackwell? Dije que podría y que lo haría. Y lo hice. […] Si conseguía entrar en el sanatorio, algo que no esperaba que ocurriese, pensaba que mis experiencias no se basarían en otra cosa que en un simple relato de la vida de tal institución. Lo que ni me imaginaba era que esa institución pudiese estar gestionada de forma tan mala y que existiesen tales crueldades bajo su techo. […] Conseguí que me internaran en el centro para enfermos mentales de la isla de Blackwell, donde pasé diez días y diez noches y experimenté cosas que nunca olvidaré. […] Permítanme que diga una cosa: desde que entré en el centro para enfermos mentales de la isla no intenté seguir con el falso personaje de loca, sino que hablé y actué como lo hago en la vida real. Y, aunque suene extraño, cuanto más sensatamente hablaba y actuaba, más loca me consideraban todos, excepto uno de los médicos cuya amabilidad y dulzura no olvidaré en mucho tiempo.
ALGUNAS DE LAS CRUELDADES QUE NELLIE BLY PRESENCIÓ Y ALGUNAS DE LAS COSAS INOLVIDABLES QUE EXPERIMENTÓ
Nos metieron en un frío y húmedo cuarto de baño, y me ordenaron que me desnudara. ¿Protesté? Bueno, nunca me he puesto tan seria en mi vida como en ese momento, cuando intenté excusarme. Me dijeron que si no lo hacía usarían la fuerza, y que no serían muy delicadas. Justo entonces vi a una de las mujeres más locas del centro junto a una bañera llena de agua, con un trapo grande y descolorido entre las manos. Charlaba para sí misma y se reía de una manera que me parecía maligna. Ahora sabía lo que iban a hacer. Temblé. Comenzaron a desvestirme, y una a una me quitaron todas las prendas que llevaba puestas. Me lo había quitado todo, excepto una prenda.
-No me la quitaré- dije con vehemencia, pero me la quitaron.
Miré al grupo de pacientes reunidas junto a la puerta, que contemplaban la escena, y salté a la bañera con más energía que elegancia.
El agua estaba fría como el hielo, y de nuevo comencé a protestar. ¡Qué inútil era todo! Supliqué que al menos se llevaran a las pacientes, pero me ordenaron que cerrara la boca. La mujer loca comenzó a fregarme. No puedo pensar en otra palabra que “restregar”. De un pequeño barreño de latón cogió un poco de jabón blando y me lo restregó por todo el cuerpo, incluso por la cara y por mi precioso pelo. Para entonces ya no podía ni ver ni hablar, a pesar de que había suplicado que no me tocaran el pelo. La vieja no paraba de restregarme mientras farfullaba para sí misma. Me castañeteaban los dientes y mis brazos tenían la piel de gallina y estaban azules por el frío. De repente me echaron, uno tras otro, tres cubetazos de agua sobre la cabeza; agua fría como el hielo que me entró en los ojos, en los oídos, en la nariz y en la boca. Cuando me sacaron creo que experimenté algunas de las sensaciones que debe de sentir una persona que se hubiese estado ahogando, jadeante, tiritando y convulsionada por el baño. Por una vez, parecía estar loca. Vi la mirada indescifrable de los rostros de mis compañeras, que habían presenciado mi destino y que sabían que el suyo estaba a punto de llegar. Incapaz de controlarme ante el absurdo cuadro que mostraba, me puse a reír como una desesperada. Me colocaron, aún calada hasta los huesos, una enagua corta de franela […]
Éramos cuarenta y cinco internas en la sala 6, y nos enviaron al baño, donde sólo había dos toallas ásperas. Vi a algunas mujeres con erupciones peligrosas en la cara secarse con las toallas y después otras con la piel sana usarlas. Fui hasta la bañera y me lavé la cara en el grifo abierto, usando la enagua como toalla.
Antes de completar mis abluciones trajeron un banco al cuarto de baño. La señorita Grupe y la señorita McCarten llegaron con peines. Nos dijeron que nos sentáramos en el banco, y una paciente y dos enfermeras, con seis peines, acicalaron el pelo de cuarenta y cinco mujeres. Al ver las cabezas llagadas de varias mujeres pensé que aquella era otra prueba con la que no había contado. La señorita Tillie Mayard tenía su propio peine, pero se lo quitó la señorita Grady. ¡Oh, vaya manera de peinar! Nunca antes me había dado cuenta de lo que la expresión “saber lo que vale un peine” significaba realmente, pero entonces lo comprendí.
Después de que volviésemos a la sala de estar se les ordenó a varias mujeres que hicieran las camas. Algunas pacientes tuvieron que ponerse a barrer, y a otras se les dieron otras tareas, de modo que se repartió todo lo que tenía que hacerse en el centro. No son las asistentes las que mantienen la institución tan limpia para los pobres pacientes, como yo siempre había creído, sino que las pacientes lo hacen todo, incluso limpiar los dormitorios de las enfermeras y ocuparse de su ropa.
Nunca olvidaré mi primer paseo. […] De dos en dos, formamos una fila, y, custodiadas por las asistentes, salimos por una puerta trasera que daba a los caminos.
No habíamos andado más que unos cuantos pasos cuando vi, avanzando por cada camino, largas filas de mujeres custodiadas por enfermeras. ¡Cuántas había! Mirara a donde mirara podía verlas con sus extraños vestidos, los cómicos sombreros de paja y los chales, deambulando lentamente. Observé atenta las filas que pasaban ante mis ojos y me recorrió un escalofrío de terror. Sus miradas estaban vacías, los rostros inexpresivos, y de sus bocas salían sonidos sin sentido. Pasó un grupo, y gracias al olfato y a la vista pude notar que iban extremadamente sucias.
-¿Quiénes son? –pregunté a una paciente que estaba junto a mí.
- Son consideradas las más violentas de la isla –contestó-. Son del pabellón, el primer edificio con altos escalones.
Algunas gritaban, otras maldecían, otras cantaban o rezaban, hacían lo que les venía en gana, y juntas formaban el más miserable de los conjuntos humanos que se hayan visto. Mientras se desvanecía el estruendo de su paso en la distancia, apareció ante mí otra visión que no podré olvidar.
Una larga cuerda iba unida a anchos cinturones de cuero que rodeaban las cinturas de cincuenta y dos mujeres. Al final de la cuerda había un pesado carro de hierro, y sobre él dos mujeres, una a la que sanaban un pie llagado, y la otra gritando a una enfermera, diciéndole: “Me pegaste y no lo olvidaré. Me quieres matar”, y se ponía a sollozar y a gritar. Las mujeres “de la cuerda”, como las llamaban las pacientes, iban cada una inmersa en su propio desvarío. Algunas gritaban todo el rato.
Nunca me he sentido tan cansada como cuando estaba sentada sobre aquellos bancos. Muchas pacientes se sentaban sobre un pie o de lado, por variar de posición, pero siempre las regañaban y les decían que se sentaran derechas. Si hablaban eran amonestadas y les mandaban callar. Si querían caminar para estirar las piernas, les decían que se sentaran y se estuvieran quietas. ¿Qué, excepto la tortura, podría causar la locura más rápidamente que aquel tratamiento? ¡Y a aquellas mujeres las querían curar! Me gustaría que los doctores expertos que me condenan por lo que hice, puesto que han probado sus capacidades, cojan a una mujer perfectamente sana y cuerda, la encierren y le hagan sentarse desde las seis de la mañana hasta las ocho de la tarde en un banco recto, que no permitan que ande o se mueva durante esas horas, sin darle nada que leer, sin dejar que sepa nada de lo que pasa en el mundo exterior, suministrándole comida de mala calidad y un trato muy duro, y veamos cuánto tarda en volverse loca. En dos meses sería un despojo físico y mental.
Mientras estuve en la sala 6 nunca oí a las enfermeras dirigirse a las pacientes si no era para reñirles, gritarles o hacerlas rabiar. Pasaban la mayor parte del tiempo chismorreando sobre los médicos y sobre otras enfermeras de forma poco edificante. […] Por la noche, una mujer, que supongo que era la cocinera jefa de los médicos, solía traer pasas, uvas, manzanas y galletas a las enfermeras. Imagínense cómo se sentían las hambrientas pacientes allí sentadas viendo cómo las enfermeras comían lo que para ellas era un sueño lujurioso.
Tras una larga charla con el doctor Ingram, dijo:
- Te voy a trasladar a una sala más tranquila.
Una hora más tarde la señorita Grady me llamó para que fuera a la sala, y, tras insultarme y vejarme todo lo que quiso, me dijo que tenía suerte mi pellejo de ser trasladado, porque si no me iba a hacer pagar por haberle contado todo al doctor Ingram.
- Maldita fulana, de ti se te olvida todo, pero nunca olvidas contarle cosas al doctor.
En la sala 7 […] no vi que diesen un trato tan inhumano como en el piso inferior, pero sí las oí hacer comentarios crueles y amenazas, retorcer dedos y dar guantazos a las pacientes más revoltosas.
El manicomio de la isla de Blackwell es una trampa para humanos. Es fácil entrar, pero una vez allí es imposible salir. […] Había deseado tanto dejar aquel horrible lugar que cuando llegó la liberación y supe que de nuevo vería la luz de Dios en libertad, me entró cierta nostalgia. Durante diez días había sido una de ellas. De manera muy estúpida, me parecía muy egoísta por mi parte abandonarlas en su sufrimiento. Sentí un quijotesco deseo de ayudarlas quedándome allí. Pero sólo fue un instante. Bajaron los barrotes y la libertad me resultó más dulce que nunca.
Poco después de despedirme del manicomio de la isla de Blackwell, fui llamada a comparecer ante el Gran Jurado. […] Juré la veracidad de mi historia, y después lo conté todo […] Los miembros del jurado me pidieron entonces que los acompañara en una visita a la isla. Consentí hacerlo con placer. […] El viaje a la isla fue muy diferente […] Los miembros del jurado visitaron entonces la cocina. Estaba muy limpia […] El pan que se exhibía era de una blancura sublime y muy diferente al que nos daban para comer.
Encontramos las salas perfectamente limpias. Las camas habían mejorado, y en la sala 7 los cubos en los que nos obligaban a lavarnos habían sido reemplazados por nuevos lavabos.
La institución se estaba exhibiendo, y no podía encontrarse falta alguna […].
Apenas esperaba que el Gran Jurado me apoyase después de haber visto lo diferente que era aquello respecto a cuando yo había estado. Pero lo hizo, y su informe al tribunal aconsejaba hacer todos los cambios que yo había propuesto.
De modo que al menos me consuela saber que debido a la fuerza de mi historia el comité de presupuestos dona un millón de dólares adicional al año por el bien de los enfermos mentales.
ANOTACIONES PERSONALES A GOLPE DE PELÍCULA
Leer algo sobre los antiguos manicomios y visualizar a Jessica Lange interpretando el papel de la actriz Frances Farmer mientras estuvo ingresada en una de tales instituciones es, para mí, todo uno. Graeme Clifford rodó Frances en 1982. Yo tenía cuatro lustros y es indudable que esta película me impactó. 27 años más tarde (22 de ellos ejerciendo la medicina), el horror que me produce lo que relata Nelly Bry es mucho mayor. Me abruma la gama de matices abyectos que ahora soy capaz de captar. No. No eran imágenes exageradas las de, por ejemplo, El hombre elefante (David Lynch, 1980), De repente el último verano (Joseph L. Mankiewicz, 1959), Alguien voló sobre el nido del cuco (Milos Forman, 1975), San Clemente (Raymond Depardon, 1980) o, más recientemente, El intercambio (Clint Eastwood, 2008). Con respecto a este último filme no puedo dejar de señalar el paralelismo que existe entre la historia real de lo que le sucedió a una mujer llamada Christine Collins en 1928 y lo que relata Nellie Bly. Si delirante es la forma en que contra su voluntad encierran a la cuerda Christine en un psiquiátrico, no menos disparatado es cómo, premeditadamente, Nellie consigue lo propio. Contarlo alargaría demasiado esta reseña. No queda más remedio. Hay que ver la película de Eastwood. Hay que leer el libro de Bly.
Fuente: http://www.fisterra.com/human/1libros/cbd/DiezDiasEnUnManicomio.asp
Psiquiatras, psicólogos y otros enfermos
Psiquiatras, psicólogos y otros enfermos
A veces, la felicidad es un estado sospechoso. Nada puede ser tan perfecto. Y, si lo es, enseguida aparece un psiquiatra que nos hace dudarlo y que, además, nos aligera el bolsillo. Un libro de Rodrigo Muñoz Avia
ELPAIS.es 05/04/2006

CAPITULO 1. El día que exploté
1
Hola. Me llamo Rodrigo. Rodrigo Montalvo Letellier. Antes de ir al psiquiatra yo era una persona feliz. Ahora soy disléxico, obsesivo, depresivo y tengo diemo a la muerte, o sea, miedo. En el psiquiatra he aprendido que la palabra felicidad es una convención que carece de sentido. He aprendido que el hecho de volver a ser feliz algún día no sólo es imposible, sino completamente imposible. Ahora me pregunto más cosas de las que me gustaría: sobre la muerte y sobre la vida.
Vivo en un chalet adosado de la urbanización Parque Conde de Orgaz, cerca de la calle Arturo Soria, en Madrid. Estoy casado. Mi mujer se llama Patricia, pero todos la llamamos Pati. Tengo dos hijos, Marcos y Belén. Marcos tiene diez años y Belén seis. Por las noches, cuando Pati está ya metida en la cama esperándome, y mis hijos llevan más de dos horas durmiendo, me gusta salir al jardín y orinar en algún árbol o parterre. Por lo general, cuando esto ocurre, el gato de mis hijos, que, aparte de ser un animal esquizofrénico, conserva todavía algunos instintos, orina exactamente en el mismo lugar donde yo acabo de hacerlo.
El gato de mis hijos es un gato persa himalayo de un tamaño descomunal, y su principal peculiaridad es que en vez de maullar, ladra. Esto lo digo completamente en serio, aunque nadie me cree nunca. Ese gato, a diario, cuando llego a casa para comer y abro la puerta del garaje con el mando a distancia, me dirige su mirada cruzada desde lo alto de su columna (una de las columnas de ladrillos que delimitan la cancela exterior) y emite unas extrañas ventosidades con la boca, sonidos guturales muy secos y cortos, que si no fuera porque provienen de un gato, nadie dudaría en denominar ladridos.
El gato de mis hijos, o perro, o lo que sea, se llama Arnold, supongo que porque mis hijos pensaron que se parecía a su ídolo Arnold Szenchwaseger… o Schwasnezeger… o Schnegerwasze… bueno, no lo sé; hay nombres imposibles, sobre todo para un disléxico como yo. Arnold tiene el morro aplastado, como si hubiera tenido un choque frontal con otro gato de la misma zarra, y cuando te mira parece que no te está mirando, como si su ojo izquierdo sólo pudiera mirar a su ojo derecho y su ojo derecho sólo pudiera mirar a su ojo izquierdo, y sólo sus dientes, asomando como piedras incrustadas en su morro aplastado, estuvieran atentos a cada uno de tus movimientos.
Arnold me tiene manía. Cuando era sólo un cachorro de unas cuantas semanas se orinó encima de un grabado antiguo que me había regalado mi mujer y yo lo tiré a la piscina (al gato, no al grabado) de donde, sin apenas tocar el agua, salió rebotado hasta el borde, como si el agua y sus patas hubieran hecho un cortocircuito eléctrico. Desde entonces, Arnold me ladra cada vez que llego a casa, porque me considera un intruso indeseable en su territorio, y todas las noches, antes de que yo vuelva a entrar en casa, tiene buen cuidado de orinar allí donde yo lo he hecho, para que, a ser posible, no quede el menor rastro de mi existencia.
Una de mis aficiones favoritas es mi gran maqueta de tren, y una de las aficiones favoritas de Arnold es pasearse por encima de mi maqueta y dar toquecitos con la pata a los árboles y los semáforos y al tren que sale en ese momento de uno de los innumerables lútenes, o sea, túlenes. Ver a Arnold encima de la maqueta es como ver a un oso polar encima de la maqueta. Me saca de quicio, pero he aprendido que es mejor no perder los nervios y dejar que sea él mismo, el oso, quien escoja el momento de desaparecer.
Pati y yo tenemos dos coches, un todoterreno y un utilitario con el cambio automático. Yo sólo utilizo el coche para ir de casa al trabajo y del trabajo a casa. A Pati le pasa lo mismo, pero su caso es más grave, porque ella trabaja a trescientos metros de casa, en el centro comercial Arturo Soria Plaza. Ni a ella ni a mí nos gustan mucho los coches ni les prestamos mucha atención. Yo lo único que le pido a los coches es que funcionen, porque me parece lo normal, y cuando veo que alguno de sus accesorios falla me pongo muy nervioso y pienso en cosas que no me gustan.
Mi madre y mi hermana Nuria me dicen que para qué quiero un coche todoterreno si jamás voy al campo. Mi madre y mi hermana son sensatas por igual. Son como las dos orillas de un río separadas por un cauce arrollador de insensatez, o sea, yo, y también mi padre, que es todavía más insensato que yo. Yo les digo que no voy a ir al campo por el mero hecho de tener un coche todoterreno, sobre todo cuando ir al campo es una cosa que no me gusta nada en absoluto. La razón por la que tengo un coche todoterreno es mucho más sencilla: es el coche, entre todos los que vi, que más me gustó y que más me apetecía tener. Pensé que era un coche fiable, fuerte y seguro. No me gusta la velocidad. Me gusta conducir desde arriba y ver el techo de los demás coches. Yo tomo pastillas para los nervios (esas pastillas que los psiquiatras comenzaron a recetarme para acabar con los nervios que ellos mismos me producían), y prefiero pensar que si me quedo dormido y me estrello contra un muro, el coche va a ser lo suficientemente resistente para salvar mi diva, o sea, mi vida, que es lo que importa. Hay gente a la que le importa más el coche que su propia diva. A mí sólo hay una cosa que me importa más que mi propia vida: la vida de Pati, de Marcos, de Belén, de mis padres, de mi hermana Nuria y de otros cuantos familiares y amigos a los que quiero especialmente.
El único deporte que soporto, hasta el punto incluso de gustarme, es el (creo que se llama así) ice packing. El ice packing es un deporte tan absurdo que me hace gracia. No es muy conocido, al menos aquí en España, pero yo lo veo siempre en el canal Eurosport de la televisión por satélite. El ice packing es una mezcla de petanca y de bolos, pero sobre una superficie de hielo. La verdad es que aunque lo he visto muchas veces todavía no he llegado a entender bien las reglas. El caso es que las participantes arrojan, muy lentamente, una especie de plataforma con asa (como una gran tetera, pero sin pitorro) por la superficie de hielo, con el objetivo, creo, de conseguir que se detenga lo más cerca posible de un punto que hay pintado bajo el hielo. Para ello adoptan una postura muy ridícula parecida a la de los jugadores de bolos pero mucho más agachada, aunque una vez lanzada la tetera, y si ésta va demasiado despacio, la propia lanzadora y las otras dos componentes de su equipo se dedican a frotar el hielo por delante con una especie de escoba pulidora. Es ridículo, ya lo sé, pero tiene algo tan pausado y delicado que me gusta verlo. Es un deporte rarísimo, lleno de teteras y de escobas, y, curiosamente, practicado sólo por mujeres, tengo entendido.
Hace tres años que Pati decidió poner su propio negocio en el centro comercial Arturo Soria Plaza. Se trata de una tienda de marcos que comparte con otras dos socias, sus amigas Myriam y Carolina. Nunca he entendido cómo semejante tienda puede resultar rentable, pero al parecer lo es. Mi mujer trabaja sólo por las mañanas, pero muchas tardes, cuando estamos tranquilamente en casa, yo la oigo hablar por teléfono durante horas. Habla de los tipos de madera, los barnices, los colores, el ancho de los paspartús, los cristales, el pan de oro, el craquelado, el metacrilato, la ligereza del metacrilato, los descuentos, los clientes pesados, los clientes insoportables y los clientes literalmente asesinables. Por cierto, lo de que Pati tenga una tienda de marcos y nuestro hijo se llame Marcos es una coincidencia que sólo nuestro hijo tiene que padecer. Sus amigos le llaman «inglete», o «veinte por veinticinco».
Los monjes budistas, los eremitas, las personas capaces de dedicarse a la vida contemplativa consideran que la máxima pureza y la máxima profundidad se alcanzan con la máxima sencillez. Son personas desprendidas de todo lo material y sólo se necesitan a sí mismas, su interior, para alcanzar una vida plena. Por mi parte me hallo muy lejos de semejantes objetivos. Yo reconozco que necesito rellenar el espacio que me rodea con objetos de toda clase: microondas, agendas electrónicas, barbacoas y rascavidrios. Reconozco que me da pavor el espacio vacío y el tiempo desocupado. El trabajo es un invento magnífico que te rellena cinco de los siete días de la semana. Ocupar los dos días del fin de semana no es tarea fácil. Nada me inquieta más que el síndrome del parado o del jubilado. También me inquieta el síndrome de los muertos, solos en un espacio pequeño, alejados de sus personas y objetos queridos, desprendidos de todo como un budista. Entiendo más a los faraones, acompañados por siempre de sus alhajas, vasijas y enseres queridos.
Los fines de semana solemos pasarlos en casa. Yo tengo mi maqueta de tren y me gusta pasar el tiempo sentado al control de mandos y haciendo girar los trenes. Entre todos mis trenes el AVE es mi favorito, aunque desgraciadamente descarrila siempre que lo llevo a más de 12 voltios. También me entretengo construyendo nuevas casas e instalaciones, aunque como ya no me caben en la maqueta, me dedico a coleccionarlas sobre una estantería.
También nos gusta montar en bicicleta. Marcos, Belén y yo vamos al pinar que está cerca de casa y recorremos los caminos. Marcos protesta de que tengamos que esperar siempre a Belén, pero Belén todavía es muy pequeña y no puede ir más deprisa. Hace un par de meses Marcos y yo hicimos un sprint y nos distanciamos unos doscientos metros de Belén. Mientras la esperábamos y recuperábamos, al menos yo, el resuello, Marcos me preguntó el significado de la palabra «masturbarse». Quise saber dónde había oído esa palabra y me contó que su amigo Julio, paseando por el pinar con sus padres, había visto a un hombre masturbarse. Afortunadamente Belén llegó junto a nosotros antes de que yo pudiera responder a Marcos. Cuando le conté a Pati lo que había pasado, ella lo consideró lógico y normal, pero yo no pude considerar lógico y normal que Marcos me hiciera esa pregunta, ni que el exhibicionista de la urbanización siguiera masturbándose en el bosque, ni que el tiempo hubiera pasado tan deprisa desde que yo le preguntara a mi padre qué significaba «hacerse una paja» y mi padre me respondiera que él tampoco lo sabía y que habría que preguntárselo al médico.
La figura del exhibicionista del pinar es una de las más antiguas de nuestra urbanización, aunque tengo que reconocer que yo nunca lo he visto. A veces pienso que es uno de esos mitos que la gente se inventa, como la mano negra que salía de los retretes en mi colegio, pero lo cierto es que cada tres o cuatro meses se crea un gran escándalo en nuestra urbanización ante una presunta aparición del hombre de la gabardina. Dicen que la gabardina que lleva es de marca —no sé quién tiene tiempo para fijarse— y eso les hace pensar que el exhibicionista es del barrio. Así es la gente de mi urbanización: están convencidos de que sólo ellos en el mundo tienen dinero, o derecho a tenerlo, o derecho a comprar determinadas marcas. También dicen que el exhibicionista es en realidad un espíritu, el espíritu de don Luis Guijarro, empresario extremeño que, por lo visto, murió en el propio pinar en brazos de una prostituta. En fin, no lo sé. Yo, ante la duda, cuando tengo que comprarme una gabardina, procuro comprármela de las baratas, por si acaso.
Mi hijo Marcos tiene la personalidad de los guepardos. Es rápido, fuerte, astuto y competitivo, pero al mismo tiempo es frágil y sensible, necesita el apoyo de sus semejantes y las heridas le hacen más daño que a nadie. Marcos siempre está haciendo cosas (y espero que ningún psicólogo indague nunca en la razón profunda que le lleva a hacerlas): mata moscas, bebe agua, rompe vasos, sube las escaleras, las baja, coge la bici, pega cromos, tiene una idea, tiene dos ideas, tiene tres ideas, empieza una, empieza la otra, empieza las tres.
Belén, al contrario, posee la personalidad de los armadillos. Los armadillos son esos animales que viven en América del Sur y que tienen todo su cuerpo recubierto de un caparazón compuesto por diferentes placas articuladas. Es decir, son como topos, pero recubiertos con una armadura. Son lentos y poco sociables, pero invulnerables. Cuando advierten peligro se enrollan sobre sí mismos y se protegen bajo su caparazón. Tienen unas uñas muy fuertes que les sirven para buscar tubérculos, raíces e insectos con los que alimentarse. En definitiva, son poco espectaculares pero autosuficientes. Como Belén, pendiente sólo de sus cosas y de su mundo, e impermeable a cualquier agresión exterior.
Los documentales que más me gustan son los que comparan aspectos concretos del comportamiento en distintos animales. Por ejemplo: la reproducción de las ballenas, los elefantes, los hipopótamos y las personas. Un día le dije a un psiquiatra que mi hijo era como un guepardo y mi hija como un armadillo y me dijo que se trataba de comportamientos especulares, en espejo, y que cada uno se definía como reacción al otro. No lo sé. A mí ésa me parece una conclusión demasiado fácil. Los psiquiatras siempre tienen que encontrar una teoría que lo explique todo, como si en el mundo no pudieran ocurrir un montón de cosas por casualidad, porque sí. Yo prefiero pensar que Marcos es un guepardo y Belén un armadillo, y que nadie les ha dado la oportunidad de escoger.
De mi constitución física no voy a hablar demasiado. Mido 1,76, un centímetro menos que mi padre, y soy muy delgado, con las piernas y los brazos de alambre, como dice mi madre. Soy moreno, y todos los pelos que tengo los tengo donde deben estar, en la cabeza. Por el contrario apenas tengo vello en el resto del cuerpo. Tengo cejas, y pestañas, por supuesto, y si no me afeito pueden llegar a salirme unos cuantos pelos en la barbilla y en el bigote, pero nada más. Sinceramente creo que soy una persona afortunada en este aspecto. Los pelos que brotan en lugares poco oportunos producen en mí cierta desazón. Un trozo de piel desnudo, sin pelos, es hermoso. Un trozo de piel alfombrado de pelos me da dentera, lo mismo que un trozo de piel de melocotón le da dentera a mi mujer. Hace poco he oído que el pelo de los muertos sigue creciendo durante una temporada. La verdad es que es una cosa muy rara, pero, pensándolo bien, preferiría no hablar mucho de esto. Los muertos.
Los pelos de Arnold son blancos, cortos y lovátiles, y Marcos le hace tragar una vez a la semana una pomada para que no se le hagan bolas de pelos en el estómago. La naturaleza es tan poco sabia que, al parecer, un animal que pasa la mitad de su tiempo lamiéndose el cuerpo puede morir por culpa de la cantidad de pelos que traga. Menos mal que el hombre, que es mucho más sabio que la naturaleza, ha inventado esa pomada disolvente de pelos, una especie de desatascador para gatos. Cuando Arnold ve a Marcos con el tubo de pomada, corre a su encuentro y se le sube encima, porque el sabor de la pomada le gusta tanto que quiere chupar directamente del tubo, tal como hace Belén con el tubo de leche condensada. La leche condensada también debe de tener algo disolvente, porque a mi hija siempre le produce diarrea.
Trabajo en la empresa Germán Montalvo, que es una marca de ascensores bastante conocida y que vende en todo el país. Germán Montalvo es además el nombre de mi padre. Hace más de treinta y cinco años que mi padre creó la empresa y desde entonces su valor no ha hecho más que crecer. Hoy día tenemos más de trescientos empleados y diecisiete delegaciones repartidas por toda España. Antes de fundar su propia empresa, mi padre trabajaba en la multinacional del ascensor Schindler, pero un buen día, él y su amigo Jaime Dávila decidieron llevarse todos los conocimientos adquiridos en Schindler y crearon su propia empresa: Montalvo & Dávila. Siete años más tarde Dávila murió y mi padre compró su parte a la hija y los viudos, o sea, la viuda y los hijos. Entonces cambió el nombre de la empresa, porque ya era completamente suya.
Yo he trabajado en Germán Montalvo desde los veinticinco años. Empecé desde abajo: mi padre, como buen hombre de empresa, no quiso ponerme las cosas fáciles. Hoy ocupo un despacho casi tan grande como el de mi padre y pegado al suyo. Mi padre tiene ya setenta y cuatro años y aunque viene todos los días a la fábrica, la única misión que le queda es la de despachar un rato conmigo. Es lo que yo llamo «transmisión de poderes», un antiguo ritual basado en la idea de que, por el momento, él puede morir y yo no. Esta idea no está del todo justificada y a veces pienso que, al igual que hacen el Rey y el Príncipe de España, mi padre y yo deberíamos viajar siempre en coches separados, y de esta forma evitar que los dos muramos en el mismo accidente y todo aquello que sólo nosotros sabemos sobre la empresa se pierda irremediablemente.
Nuestra fábrica está en un polígono industrial de Coslada, cerca de la carretera de Barcelona. Hace tres años, inauguramos unas oficinas nuevas en el parque empresarial del Campo de las Naciones, junto a la M-40, más cerca todavía de casa, pero mi padre y yo seguimos conservando nuestro despacho en la fábrica, porque ése nos parece el auténtico centro neurálgico de la empresa, el lugar donde se hacen materialmente los ascensores, el lugar donde uno asiste diariamente al prodigio de la técnica y del trabajo en equipo. Esto no lo digo yo, lo dice mi padre, pero yo tengo que estar de acuerdo. Nosotros vendemos elevadores eléctricos e hidráulicos, montacargas y montacoches, plataformas elevadoras, puertas de garaje, escaleras mecánicas, elevadores panorámicos, salvaescaleras y montaplatos. Además de vender, tenemos nuestro propio servicio de instalación y reparación. Hoy en día mi trabajo consiste básicamente en supervisar. Es estupendo supervisar cuando no tienes a nadie que te supervisa. Aunque en realidad mi trabajo consiste en ser dueño, y eso no es tan fácil, porque ser dueño significa que puedes hacer lo que te da la gana pero que en realidad nunca lo haces. Yo faltaba más días al trabajo cuando empecé como ayudante de montaje que ahora que soy dueño. Tener libertad para hacer lo que te da la gana es una responsabilidad demasiado grande, y puede llegar a angustiarte bastante.
Mi padre es una persona un tanto especial y no me resulta muy fácil describirla. La gente dice que yo tengo un carácter parecido al suyo. Quien más me lo dice es mi madre, pero en su caso sólo ocurre cuando está enfadada conmigo y no encuentra un insulto peor que decirme: eres igualito que tu padre. No lo sé. Puede que yo tenga algo de la personalidad disparatada de mi padre, pero sinceramente creo que entre ambos todavía hay un abismo, entre otras cosas porque yo no tengo setenta y cuatro años y no he alcanzado todavía ese grado de senilidad necesaria para que la opinión de los demás te importe exactamente lo mismo que te importa un rábano. Últimamente mi padre ha decidido gastar la mayor parte de su tiempo en darse baños de sol y en acechar a su asistenta nueva en la cocina. Esto puede que lo haya hecho antes con otras asistentas, pero es que ahora no lo disimula ni lo más mínimo.
Nuestro chalet adosado sólo está adosado por un lado, el izquierdo según se entra, donde está el chalet de Nuria, mi hermana, que a su vez está adosado por el otro lado a la casa de mis padres. Esto no quiere decir que en mi familia estemos tan locos y nos queramos tanto que nos hayamos comprado tres chalets contiguos. Lo que quiere decir es que la casa de mis padres era muy grande y decidieron dividirla en tres para que, después de casarnos, pudiéramos vivir cerca de ellos, nosotros y nuestros hijos.
Ni en mi casa ni en la de Nuria hay ascensor, pero en la de mi padre sí. Lo ha habido toda la vida: un ascensor que recorre cuatro plantas, desde el garaje hasta el estudio abuhardillado del tejado, y cuya única función ha sido siempre la de servirnos a nosotros, Nuria y yo, y ahora también a Marcos y Belén, de excelente entretenimiento para pasar la tarde. Lo primero que hacen mis hijos cuando llegan a casa de mis padres es montarse en el ascensor y subir y bajar de un piso a otro y echar carreras a ver si son capaces de bajar más rápido por las escaleras. Mis padres, que no entienden que nosotros no hayamos puesto un ascensor en casa, y que siempre lo defienden como instrumento de primerísima necesidad, no lo utilizan nunca, porque curiosamente dicen que a su edad es bueno trabajar las piernas y subir las escaleras andando. Yo creo que en realidad les da miedo quedarse encerrados dentro, lo que pasa es que eso no se atreven a decirlo.
La ciudad favorita de mi padre es Nueva York. Creo que no hace falta que explique las razones por las que, aunque él las niegue, este fabricante de ascensores adora la ciudad de los rascacielos. Podéis imaginarlo en su paraíso particular, subido en cada uno de los ascensores de la ciudad, pulsando él mismo los botones de los pisos, observando el diseño futurista de las cabinas, disfrutando de unas velocidades para las que sus arcaicas concepciones del ascensorismo no están preparadas. Sinceramente creo que lo que más valora mi padre de los ascensores de Nueva York no es que sean muy rápidos o muy modernos: lo que más valora es que son muchos, muchísimos, tantos que ni cien empresas como la suya podrían dar servicio a semejante volumen de clientes.
Mi hermana Nuria es dos años más pequeña que yo y seguramente por no seguir el pésimo ejemplo que yo fui para ella, ha sido siempre muy buena estudiante. Todo el mundo dice que se parece mucho a mi madre. Las dos son muy delgadas, las dos son altas, las dos se tiñen el pelo de rubio y las dos han votado siempre a la derecha. La diferencia fundamental entre ellas es que Nuria es española y mi madre es francesa, y aunque lleve más de cuarenta años en España sigue considerando un error que las «erres» no se pronuncien como las «ges», y que las «uves» no se pronuncien como las «efes». Mi padre dice que en Francia mi madre nunca habría podido presumir de ser francesa, y que por eso se vino a España. Mi padre se mete mucho con mi madre pero no sabe vivir sin ella. Mi madre se mete mucho con mi padre, pero en realidad se ha desvivido siempre por él, y ha hecho todo por su felicidad.
Nuria es notario, o notaria, y está casada con Ernesto, que además de ser psiquiatra, siega el césped dos días a la semana, y camina durante una hora todos los días antes de cenar, y los fines de semana practica el bricolaje, y dice que, por mucho que yo me empeñe en lo contrario, ninguna de estas actividades está relacionada en su caso con el miedo a la muerte. A diferencia de mi madre, Nuria no se desvive demasiado por su marido. Es Ernesto quien se desvive por ella, entre otras cosas porque Nuria le saca una cabeza. Ernesto y Nuria no tienen hijos. Las razones las desconozco.
Lo único que tenemos en común Ernesto y yo es que los dos odiamos al gato Arnold, pero por aquello de que el gato es de mis hijos yo tiendo a protegerle y a veces hasta me ofendo cuando Ernesto se mete con él y protesta de que se haya comido sus claveles chinos. Cuando Ernesto poda la parte de su seto lindante con nuestro jardín, Arnold se sube al cerezo y le observa, y si a Ernesto se le ocurre corresponderle la mirada, entonces Arnold empieza a ladrarle, con ese estilo tan característico y tan único de Arnold, y que en estas ocasiones tanta gracia me produce.
Bien. No sé si he conseguido presentarme correctamente, pero al menos lo he intentado. Una parte de lo que yo soy me la debo a mí mismo; otra a mis padres y a mi hermana Nuria; otra a Pati y mis hijos, y otra a las cosas del mundo: la puerta del garaje contra la que me abrí la cabeza a los seis años, el tobogán desde el que resbalé a los ocho, o el borde de la piscina contra el que me partí la nariz a los trece. Ya está.
Por las noches me gusta por encima de cualquier otro el momento de meterme en la cama y cubrirme con la funda nórdica. Desde la paz y el calor de nuestra habitación oigo pasar el coche de la empresa de vigilancia que patrulla la urbanización toda la noche. Cada media hora aproximadamente, se acerca hasta nuestra habitación el sonido de ese Ford Fiesta cascado, parecido al de un taxi, y que antes de que te des cuenta ya está alejándose de nuevo, entre una interminable colección de chalets parecidos al nuestro. El sonido del coche de vigilancia es como una música arrulladora que nos permite dormir y que salvaguarda la paz de nuestras conciencias. Los esporádicos ladridos de Arnold, peleándose con otros gatos, nos recuerdan que en algo somos distintos de nuestros vecinos.
Rodrigo Muñoz Avia
¿Es realmente necesaria la ayuda de un especialista en la mente humana para vivir mejor?
Aunque la más bien «seria» pregunta anterior es el núcleo de la novela de Rodrigo Muñoz Avia (madrileño, nacido en el año 1967), su planteamiento se hace de manera jocosa, al estilo casi del teatro del absurdo, pues las situaciones más cotidianas o mundanas adquieren ese toque solemne y a la vez ásperamente hilarante de moraleja tipo Ionesco.
Obviamente sin ánimo de ofender ni de subestimar a psicólogos y psiquiatras, cuya acertada y necesaria labor es más que respetable en general, la novela de Muñoz Avia plantea la duda de hasta qué punto podemos fiarnos completamente de «especialistas» en una cuestión tan delicada y abstracta como la mente humana, teniendo en cuenta que dichos profesionales tienen también una mente llena de los mismos recovecos, sombras y luces que las mentes de los pacientes que intentan ayudar.
En el mundo contemporáneo del siglo XXI en que vivimos, en que las ciencias y la tecnología han adquirido rápidamente y en un periodo de tiempo muy corto una sofisticación que, aunque probablemente esté aún en pañales, a pesar de su impresionante trayectoria, nos ha llevado a la creación de nuevas ciencias o al desarrollo acelerado de las ciencias tradicionalmente existentes, a diario nos tenemos que enfrentar a nuevas teorías y nuevos conceptos que hasta hace muy poco ni siquiera nos hubiéramos planteado.
Por tanto, muchas de las terapias de la psicología o la psiquiatría (ciencias hermanas, pero para nada gemelas) nos hacen hoy en día analizar cada uno de nuestros comportamientos a partir de teorías que han ido cambiando e incluso quedándose rápidamente desfasadas, hasta el punto que, como propone Muñoz Avia, algunas veces, en lugar de ayudarnos, pueden crearnos dudas y angustias que jamás nos hubieran surgido de no haber acudido a un psicólogo o un psiquiatra.
Así como el tan moderno concepto de lo «políticamente correcto» puede terminar siendo empalagoso o exagerado en su afán de que no caigamos en ninguna aparente intolerancia o falta de respeto hacia el prójimo, igualmente la psicología o la psiquiatría (o más bien los psiquiatras o los psicólogos) pueden caer en planteamientos que terminen siendo a veces contraproducentes o exagerados.
Pero, como ya comenté al inicio, Muñoz Avia hace esta crítica indirecta de psicólogos y psiquiatras sin el más remoto ánimo de plantear un análisis «académico» o «científico», pues obviamente no es ningún experto en la materia, sino con una dosis suficiente de humor (para algunos seguramente «políticamente incorrecto») que nos hará reír o, como mínimo, sonreír al leer dicha crítica, por lo cual dudo que algún psiquiatra o psicólogo se sienta realmente ofendido al leer esta novela.
La «sesuda» teoría que Muñoz Avia termina por ofrecer como un guiño a psicólogos y psiquiatras es que el mundo se divide entre las personas a las que les gusta la Coca Cola (los que son felices) y a las que no les gusta (los que no son felices). Habría que investigar si la Coca Cola ha contribuido a financiar esta divertida novela.
Otras obras que le van como anillo al dedo a la psiquiatría

1984
Geoge Orwell
Año de publicación: 1949
En 1984 el mundo se encuentra dividido en tres estados, dominados por gobiernos absolutistas que prohiben cualquier manifestación de placer. Winston, un trabajador del Partido Exterior en el Ministerio de la Verdad, está escribiendo un diario que puede ser motivo de detención, tortura y posterior ”vaporización”. Su vida se complica cuando conoce a Julia, con la que inicia una relación clandestina, que mantienen fuera del alcance de las cámaras que vigilan a la población, para aniquilar cualquier asomo de rebelión.
En la primera todo se soluciona negando la realidad e inventado un nuevo lenguaje “neo-lengua” por ejemplo la Nosología en Psiquiatría y tratamientos conductuales para modificar la conducta, es una modificación más tosca que la siguiente de tipo genético-farmacológico.

“Un mundo feliz” (A Brave New World)
Autor: Aldoux Huxley
Año de publicación: 1932
Aquí se soluciona a base de pastillas el “soma”que toman los trabajadores, la aceptación de la realidad en la que viven aparte del condicionamiento genético que ya tienen de nacimiento.
En este libro visionario escrito en 1932, Aldous Huxley imagina una sociedad que utilizaría la genética y el clonaje para el condicionamiento y el control de los individuos.
En esta sociedad futurista, todos los niños son concebidos en probetas. Ellos son genéticamente condicionados para pertenecer a una de las 5 categorías de población. De la más inteligente a la más estúpida: les Alpha (la elite), los Betas (los ejecutantes), los Gammas (los empleados subalternos), los Deltas y los Epsilones (destinados a trabajos arduos).
“El mundo feliz” describe también lo que seria una dictadura perfecta que tendría la apariencia de una democracia, una cárcel sin muros en el cual los prisioneros no sonarían en evadirse. Un sistema de esclavitud donde, gracias al sistema de consumo y el entretenimiento, los esclavos “tendrían el amor de su servitud “…
Sobre el juego distorsionador psiquiátrico hay un escritor de Cf que su obra deja en pañales a toda la psiquiatría es
Philip K. Dick (1928 -1982)

Una obra cumbre como
“Los tres estigmas de Palmer Eldritch”

Habla de la creación de”Realidades Subjetivas” otros universos pararelos a éste, no siendo más reales que otros ya que sólo se distinguen por quíén tiene el control de tal universo (criterio de autoridad) obra hilirante y transcendente a no más poder. Es peligroso vivir en un universo que sólo es real lo que dice la autoridad ya sea política, judicial o psiquiátrica. Al principio el modo de entrada a esos mundos virtuales se hace mediante drogas voluntariamente, luego es pura imposición.
En todas sus obras juega con el concepto de realidad .
“Los clanes de la luna alfana”

Juega con el concepto de mandar a los locos con el mismo tipo diagnóstico a una suerte de campos de concentración en la luna luchando por el mismo espacio vital.








